Fragmentos de libreta (cinco)

21 01 2010

Mi vida aquí es muy excitante: me levanto bastante pronto, desayuno frutas en zumo, pan con aceite y café con leche, trabajo un buen rato (sólo en lo que me gusta), cuando me aburro salgo a dar un largo paseo (disfruto de un paisaje bien conocido pero que cambia cada día), con el ejercicio me entra hambre y vuelvo a casa a comer una ensalada o legumbres (o pasta o algo de pescado) con un vaso de vino tinto, a continuación duermo una breve pero reparadora siesta en la habitación (sin meterme en la cama, con una manta de pachwork por encima), después escribo algo nuevo o paso a limpio mis notas o escucho canciones que no me suelen dejar indiferente, cuando termino vuelvo a la calle a dar vueltas sin rumbo pensando en mis cosas, a media tarde entro en un café tranquilo y me tomo un té aromático mientras leo (Bolaño, Fresán, Vila-Matas, Cortázar, Tabucchi, Pessoa, Kafka, Rey Rosa, Santamaría, Fernández Mallo: los de siempre), luego doy otra vuelta y si me apetece tomar una cerveza tostada, entro en un bar, si no, vuelvo a casa a escribir lo primero que se me ocurre (en compañía de Juan de Pablos), ceno algo ligero, me adentro sin mucho afán en la red (cada vez menos, cada vez me da más pereza) y a eso de las once me voy a dormir con un libro.

No veo al Cioli por aquí y me parece raro, ¿se habrá ahogado por el peso de la medalla? El reconocimiento oficial tiene estas cosas: la gente se relaja y el Cioli no iba a ser una excepción.

Una tarde cualquiera, no recuerdo cuál, leí un libro de Enrique Vila-Matas, El mal de Montano, en el que contaba que había escuchado decir (creo que en la radio) a Julio Arward que una amiga suya (de Julio) le contó un día que cada uno de nosotros tenemos un doble que está en otro sitio, viviendo su vida con una cara idéntica a la nuestra; y hoy, no sé por qué, lo he recordado y he pensado que me gustaría conocer a mi doble y preguntarle, curioso, qué tal le va mi vida.

Una mujer y una hija, francesas, están sentadas enfrente de mí en la cafetería del balneario. Me gusta escucharlas, no entiendo casi nada de lo que dicen, pero me gusta el modo en que las palabras salen de sus bocas: parecido a como se forman esas efímeras olas cerca de la orilla; seguro que están hablando de las cosas más tontas, pero a mí su conversación se me antoja trascendental. Al prestarles más atención me han entrado ganas de follar con las dos a la vez, y he estado a punto de llamar (he tenido el teléfono en la mano un buen rato) a un amigo para que participase, pero enseguida me he dado cuenta de que estará trabajando y no tendrá tiempo (ni ganas) de entretenerse con cosas banales como el sexo.

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33 año cero

9 09 2008

Hace justo treinta y tres años no llovía —dice mi madre que mandaba el sol—; pero desde entonces ha caído lo suyo. Tanto que me parece un buen momento para empezar otra vez, con la ventaja que da saber por donde vienen las hostias en la vida. Me he puesto ropa seca, he llenado una pequeña mochila con lo imprescindible, y he comunicado al mundo que estoy preparado para otros treinta y tres. Preparado y con ganas de hacer cosas nuevas, y viejas también, si es posible mejor. Entre las nuevas destacan las clases de inglés y el Máster de la Universidad Autónoma de Barcelona en el que me he matriculado. Ya tengo ganas de empezar.

Con el mes de septiembre, después de un verano bartleby, he recuperado mi hábito de escribir, y estoy contento por los progresos —yo también quiero ser un escritor mutante—, aunque ahora cada folio me cuesta mucho más esfuerzo. Otra buena noticia es que, para celebrar mi cumpleaños, Enrique Vila-Matas y Antonio Tabucchi publican sus nuevos libros: Dietario voluble y Contratiempo. Con Enrique me encontraré en octubre en el Instituto Cervantes de Burdeos, y podré echarle la culpa de mi Mal de Montano. Me dirá que lo mío no tiene cura: ¡Menuda noticia!

Nazco, por tanto, hoy, este nueve de septiembre, treinta y tres años después, y nazco con casi todos los cordones umbilicales cortados. Todos, salvo algunos que quiero conservar porque son parte de mí, son yo: Los amigos nunca suficientemente agradecidos, mi familia cada día más familia —para lo bueno y para lo malo—, mi gaditana del norte —omnipresente— y esos libros y esa música que son el bendito alimento del alma. Me gustaría, para reconciliarme del todo en mi natalicio, volver con una sonrisa a la casa donde he vivido tantas cosas; pero hacerlo en compañía de algunos compañeros insustituibles, volver para quedarme por un tiempo y hacer esa casa más habitable y amable, volver silbando por los pasillos una melodía desconocida, inventando un nuevo alfabeto con más vocales que consonantes […]

 





Todo a la vez

3 07 2008

Voy a tener que irme de Santander más a menudo, porque parece que es automático: me cojo un avión a Madrid esta tarde y en las siguientes venticuatro horas (en las que yo, por supuesto, estoy ausente) hay más eventos culturales interesantes que en todo el año. Recapitulemos. Justo a la hora en que estaré embarcando (a las siete de la tarde), el maestro Sabina estará por la UIMP para ser entrevistado por María Teresa Campos (?). Tres horas más tarde, en el paraninfo de la Magdalena, sonará el pop de Vetusta Morla. Son muy buenos. Su canción Copenhage, bellísima, va la tercera en la votación de los Indispensables de Radio 3.

Pero no acaba ahí la cosa, sino que todavía empeora (mejora para los que os quedáis) mañana. El Curso Literatura Europea en nuestros días. ¿Se acabaron las fronteras también para la literatura? dedica su última jornada al más lúcido e interesante escritor de las últimas décadas: Enrique Vila-Matas. Me imagino que comience su conferencia dudando del título del curso. Quizá diga que donde no ha habido nunca fronteras es precisamente en la literatura (desde Homero). Tal vez asegure que se debería extender sobre la humanidad El mal de Montano, en lugar del miedo al diferente, lo cuál sería una buena manera de terminar con todo tipo de fronteras, que al final son fantasmas que están en la cabeza de dirigentes preilustrados, acobardados por la velocidad con la que ocurren las cosas en el mundo. En fin, que me hubiera encantado escucharle. Otra vez será. ¡Un abrazo Enric!

Y para terminar el gran despliegue cultural, resulta que Gemma Nierga se viene a hacer La ventana a Santander, y claro, aprovechando que está Juanjo Millás, que Jesús Ruiz Mantilla ha publicado un libro, y que en esta ciudad contamos con una de las librerías más auténticas del país (Gil, of course), se van a pasar sobre las ocho de la tarde por la librería de la Plaza Pombo. Va a ser una gran fiesta. Espero que todo salga genial. Yo, desde Madrid, casi al final de una jornada que va a ser muy especial, estaré también un poco en la Librería.