Trozos de febrero (V)

25 02 2010

Una grieta en la pared es justo lo que no necesito ahora. Debo taparla, ocultarla bajo algún adorno, algo no demasiado llamativo, pero un adorno; quizá una fotografía, sí, ¡me gusta la idea!, una fotografía, ya sé lo que haré: voy a pedirle a mi amigo Jon que se case en la ermita de San Pelayo de Bakio, se vaya de viaje a Buenos Aires con Liliana, recorra la capital argentina buscando una pintada que ponga: «Los lápices sigue escribiendo», y cuando la encuentre le haga una buena foto, una foto de esas que puedes contemplar horas y horas sin decir nada, simplemente mirando, luego la revele, la pegue sobre cartón pluma (a sangre, la prefiero a sangre) y me la traiga este sábado para colgarla en mi buhardilla, y ocultar así la grieta en la pared que ya me está empezando a perturbar, y no quiero perturbarme, no es lo que necesito ahora.

Esta noche, en uno de los sueños que han asaltado mi cama, me he encontrado con G y he sonreído al verle, y cuando por fin me ha descubierto, a lo lejos (él estaba a unos ciento cincuenta metros de donde estaba yo), ha levantado el brazo y ha abierto la mano para saludarme, y ese saludo, que la mayoría de la gente puede pensar que es el típico saludo, a mí me ha parecido una obra de arte, porque lo ha acompañado de una sonrisa, bueno, más bien de una especie de mueca que se asemejaba a una sonrisa, pero, en cualquier caso, como digo, me ha parecido una obra de arte, y yo no he sabido qué hacer, me he quedado quieto y simplemente le he mirado, pero al rato mis piernas han empezado a moverse, acompasadas, con cierto ritmo, y han marcado una dirección muy concreta: el lugar donde estaba G, y yo he dado gracias a mis piernas por esa decisión que habría sido incapaz de tomar solo, y he dado gracias a mis piernas por hacer lo que yo solo nunca habría sido capaz de hacer, y al llegar al lugar donde estaba G, como me temía, ya no había nadie, ni rastro de G, ni rastro de nadie, y me he quedado con las ganas de decirle que su saludo me ha parecido una obra de arte, y me he quedado con las ganas de pedirle, hubiera estado dispuesto a corear la petición con un por favor, que lo repitiera, que lo repitiera para mí, porque esa sería la única manera de que mi sueño tuviese algún sentido, que yo no duermo por nada, si no estaría despierto todo el rato, yo duermo para esto, para soñar que contemplo saludos que me parecen una obra de arte, ¿para qué otra cosa si no?

¿No te gustaría?
¿Qué?
Lo que te he dicho, ¿no te gustaría?
No sé qué me has dicho, disculpa.
Ah, no, te decía que si no has pensado nunca en perderte en corrientes circulares en el tiempo. Que si no te gustaría…
Ah, ¿era eso? No sé, ¿por qué lo dices?
¿Yo? No, por nada, ¿por qué iba a decirlo? Era una pregunta tonta.
No me parece tan tonta y por algo lo habrás dicho, que tú no dices nada por nada…
Ya estamos. ¡Joder! Mira, que he pensado que tienes razón, que no es una pregunta tan tonta… Que a ver si te pierdes en corrientes circulares en el tiempo…

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Le he descubierto

24 02 2010

Mi abuelo Jaime me miró fijamente, sonrió con un gesto de comprensión, estiró las cejas hacia arriba todo lo que pudo —añadiendo frente a su ya generosa frente—, y me dijo: Yo soy un ácrata, ¿quién te ha dicho que soy de derechas? Nada de eso, soy un ácrata y nada más. Me pareció curioso, sobre todo porque hasta que llegué a casa y pude buscar en el diccionario el significado de la palabra ácrata no supe muy bien qué me estaba diciendo. No necesitaba entender a mi abuelo para saber que era mi abuelo y eso me ahorraba mucho tiempo, y ese tiempo ahorrado lo empleaba en cosas como: leer comics de Astérix, montar en bicicleta —la primera bicicleta en Santoña con muelles en la rueda delantera—, sentarme con mis amigos a comer pipas en algún banco de la Plaza de San Antonio o soñar con otras vidas mejores o sino mejores al menos diferentes. Mi abuelo Jaime hubo un tiempo en que vivió muy cerca de aquí, dos manzanas al este, si aquel tiempo fuera hoy podría saludarle desde mi hueco en la pared, gritar bien fuerte su nombre —nunca le llamé Jaime, siempre le decía Ito y esta vez no iba a ser distinto— y esperar ansioso la respuesta en forma de gesto cómplice en su rostro, de tos interrumpida, de tabaco de liar o de sala de revelado. Mi abuelo Jaime nunca me hizo una fotografía en la que capturase, con la velocidad de obturación adecuada, la admiración y el respeto que sentía por él, y hoy escribo esto y me doy cuenta que no recuerdo nada del día de su muerte y doy gracias por ello, sólo sé que era época de carnavales, porque yo me disfracé, me disfracé igual que otros años—¿por qué razón hacer lo contrario?, ¿qué otra cosa podía haber hecho?— y tengo un recuerdo más bien borroso de algo muy concreto y lamentable, y éste no es inventado, lo juro, recuerdo que me emborraché más de lo necesario, me emborraché tanto que ni a cuatro patas pude regresar a casa, si es que existía tal casa, y ya no recuerdo más —ya he dicho antes que era un recuerdo borroso—, y eso me permite inventármelo todo, que es la mejor manera de contar la vida, viviéndola e inventándola de nuevo, a mi antojo, sin ningún límite, y sé que mi abuelo Jaime hacía algo parecido con la fotografía: su realidad era una realidad distinta a la que fotografiaba, no interpretaba, él creaba, y es que algo nacía tras escuchar el clic de su cámara reflex, y en esa búsqueda de recuerdos en la que me encuentro ahora, y de la que no puedo salir —porque no quiero, porque no debo, porque no es posible—, he descubierto a mi abuelo Jaime, lúcido, lector, paseante solitario, galán de cine, le he descubierto mirándome fijamente, le he descubierto sonriendo con un gesto de comprensión, le he descubierto estirando las cejas hacia arriba todo lo que es posible,  y le he descubierto diciéndome: Yo soy un ácrata, ¿quién te ha dicho que soy de derechas? Nada de eso, soy un ácrata y nada más.





Nos vemos pronto

8 01 2008

Hoy he comido con Jon. Nos encontramos hace unos días por el Paseo Pereda y quedamos en que nos veíamos, sin falta, esta semana. Nos conocemos desde hace más de veinte años y trabajamos a una manzana el uno del otro; pero por diversas circunstancias —o por ninguna— hacía unos tres meses que no estábamos un rato juntos. Venía de una reunión —siempre está en reuniones—; yo le estaba esperando en el portal donde trabaja, justo al lado del Rocambole.
—¿Te apetece ir al Fuente Dé? —le dije.
—Vale, pero igual no encontramos mesa.
Había, para dos; la suerte también fue doble porque el plato del día era cocido montañés. Dos de cocido, vino y casera. ¿Hace falta más? Empezamos hablando de gastar y ahorrar; somos los dos del primer verbo, así que no hubo mucho debate. Luego su postgrado, mis asignaturas, la antropología pendiente; en esto también hubo acuerdo: aunque sólo sea por satisfacción personal. Nos desvíamos un poco —lo justo— para poner a parir a los típicos jefes tóxicos, cuya labor en una empresa es desmotivar, todo lo posible, a los mejores talentos. De ahí a los libros y al cine. Justo antes del repaso crítico a las últimas películas que habíamos visto, le comenté mi objetivo de ir haciendo una biblioteca que se merezca el nombre; en la que haya una serie de referencia básicas que todos deberíamos leer.
—Más o menos como la que tienes tú —le dije para que se hiciera una idea.
—Eso está bien; leí a Herman Hesse cuando tenía doce años y me marcó profundamente —me comentó, mientras recordaba tres o cuatro títulos del escritor alemán.
—Come un poco más que sobra media fuente —le solté, rebajando el nivel de la conversación.
—Está cojonudo pero luego lo vamos a pagar —concluyó mientras se echaba el último y rebosante cazo.
Jon es Licenciado en Bellas Artes por la rama de Imagen y Sonido; desde hace tiempo trabaja en el sector de las tecnologías. Fue un pintor aceptable —todavía le insisto para que me venda su mejor cuadro—, y es un lector empedernido. Amante del buen cine, no conozco a nadie que tenga una colección de películas como la suya. Es de Bilbao, aunque tiene parte de santoñés, y ha vivido varios años en Madrid —el primero de la pandilla que se fue buscando un sitio donde trabajar y vivir—; ahora vive en Santander y, no sé muy bien porqué, le veo menos que cuando estaba en la capital. Desde siempre le he tenido un cariño especial: como cierto respeto. Estoy contento porque, en general, le van bien las cosas. Es, sobre todo, un buen tío: divertido, culto y amigo de sus amigos. Y eso, en estos tiempos de mediocres, es algo a valorar.
—Te he traído el libro que te dije —me comentó mientras me lo daba, envuelto en una bolsa—. Es de fotografías de La Habana. Me gusta porque son fotos de personas, fotos muy humanas.
—Muchas gracias —le dije—. El próximo día te regalo uno de Pedro Juan Gutierrez.
—Bueno, vamos que tengo que volver al trabajo —me espetó, algo apresurado.
—Vale, me alegro de verte bien, nos vemos pronto. Cuídate.