Notas lisboetas (y III)

12 01 2009

Pois, Café: desayuno en casa; mejor que en casa y casi más barato que en casa, colores, olores, sabores diversos, sillas y mesas también diversas, camareras diversas, libros, tres o cuatro estanterías repletas de libros, rebosantes de libros, cuadros expuestos en las recias paredes de piedra, cuadros expuestos al calor humano, pero no al humo, no hay humo y se agradece, así es más como en casa, más como en casa…

Búscame en el número uno de Beco dos Cativos, búscame allí, búscame en el número uno de Beco dos Cativos, búscame en Alfama, búscame entre las calles más estrechas de Europa, búscame entre esos recovecos del alma que, para abreviar, se llaman Becos, búscame justo en el número uno de Beco dos Cativos, y si me encuentras me daré por vencido pero no antes, ¿vale? ¿Aceptas? Búscame allí, búscame en las faldas de la Catedral de Lisboa, en las faldas de Sé, donde van a parar todos los pescadores lisboetas y de otros sitios, porque allí puede ir todo el mundo, aunque las calles sean las más estrechas de Europa, no importa, la gente siempre es bienvenida, vengan de donde vengan, la gente siempre es bienvenida, porque la capital de Portugal es más europea y más internacional que muchas otras ciudades que presumen más, sí, presumen más, pero detrás no hay nada, o hay menos que en Lisboa, mucho menos, búscame, si puedes, en el número uno de Beco dos Cativos, búscame allí, en Alfama, en esas pequeñas casas que desafían a la gravedad, que no entienden de líneas rectas, que están en permanente equilibrio, que van y vienen, que al final siempre terminan en el mismo sitio: Alfama, la patria de los pescadores lisboetas y también un poco de todo el mundo, porque la gente siempre es bienvenida, búscame en el número uno de Beco dos Cativos y si no me encuentras nunca, no llores, no llores, por favor, hazme ese favor, no llores, si no me encuentras sigue tu camino por esas calles, las más estrechas de Europa y procura no mirar para atrás cuando estés en la escalera número cincuenta y cuatro, procura no mirar para atrás y será mejor para ti y para mí y casi lo será para todos, búscame en el número uno de Beco dos Cativos y si no me encuentras, amiga mía, si no me encuentras, casi mejor que huyas de Lisboa y que no vuelvas, porque si no me encuentras llegará un momento terrible en el que tampoco te encuentres a ti misma, si no me encuentras huye de Lisboa y no mires atrás, no reveles tus fotos, no repases las notas del viaje, si no me encuentras despídete de todo, despídete de mí, despídete de Lisboa para siempre…

En el bar del Hotel Ritz Four Seasons tomando primero un té verde y después un café expresso —bica dicen aquí— con galletitas que tienen forma de pino, música tranquila y un servicio que si peca de algo, es de demasiada amabilidad, amabilidad pegajosa, pero no me importa, me he puesto en la zona de fumadores para poder estar cerca de las señoras de cincuenta años que consumen allí su vida y mantienen su belleza, grandiosa a pesar del paso de los cigarros…

Último día en Lisboa, último día en el universo de Pessoa, el poeta del Portugal, el poeta del mundo, último día y siento una congoja que me recorre de arriba a abajo el cuerpo y que se ceba en la garganta, justo en la garganta, allí donde deberían producirse esas palabras que ahora me niegan, último día y ya quiero volver, porque el silencio me llama, el silencio de Lisboa me llama constantemente, dulce, con ese orgullo de los que saben que están haciendo bien las cosas, me llama y yo debo responder, sé que debo responder, pero no me atrevo, aún no me atrevo, el silencio es la gran paradoja de Lisboa, una ciudad de palabras…

Anuncios




Notas lisboetas (II)

10 01 2009

 

Los portugueses miran a las mujeres como los miopes: enfocando; se detienen el tiempo que consideran necesario para focalizarlas, se detienen un buen rato contemplando su objetivo y lo hacen sin pudor alguno, lo cual no parece reprochable: ¿qué problema puede conllevar la contemplación de la belleza?

 

Una ciudad decente es aquella que tiene un hospital de muñecas, donde hay gente que se dedica a cuidar de quienes te han cuidado durante la etapa más delicada, gente que se dedica a cuidar de quienes te han acompañado, fieles, sin reprocharte nada, durante toda la infancia, una ciudad decente tiene que ser aquella en la que hay un hospital de muñecas, y mejor si está en una plaza importante, grande, céntrica, de paso; que todo el mundo pueda darse cuenta y exclamar al viento: ¡Qué ciudad más decente!

 

Hoy estoy más contento aún, más contento que ayer y bastante más alterado, he bajado a desayunar todavía de noche porque algunas cosas saben mejor a deshora, por el momento sólo he comido fruta, no quiero castigar demasiado al estómago, y mientras comía fruta, y mientras leía 2666 de Roberto Bolaño, y mientras contestaba algún bonito correo ha amanecido en Lisboa, no del todo, pero ha amanecido, no se puede decir que haya una claridad dominante, pero ha amanecido, y sé que va a ser un gran día, porque es una buena forma de amanecer ésta de hoy, porque pasar de la noche al día comiendo fruta, leyendo 2666 y contestando un bonito correo me parece un buen preludio, y miro a la gente que desayuna a mi lado buscando su aprobación, o al menos su comprensión, o eso quiero pensar, y la busco porque estoy en Lisboa, y me parece justo, no haría lo mismo en Santander, no haría lo mismo porque allí no necesito —faltaría más— la comprensión y mucho menos la aprobación de nadie, y eso debe ser porque aquí, en Lisboa, aquí los edificios se parecen sobre todo a los tranvías: rectangulares, amarillos y con una ligera redondez en los extremos.

 

Estoy delante de la tumba de Fernando Pessoa y me siento más portugués que nunca y siento, también, un profundo orgullo de pertenencia a Pessoa y Portugal, y recito para mis adentros los primeros versos de Tabaquería y me encuentro con el poeta y le doy las gracias, por si no se las había dado hasta ahora, le doy las gracias porque es lo menos que puedo hacer en medio de esta sublime emoción y de este orgullo de ser portugués y de ser casi parte de Pessoa.

 

AUTOBOMBO: Os pongo el enlace de la entrevista que me hizo Guillermo Balbona y que salió publicada ayer en el De Marcha de El Diario Montañés, el suplemento para jóvenes creado por José María Gutierrez. Gracias a los dos por defender el periodismo con mayúsculas.





Notas lisboetas

8 01 2009

Desde la habitación del Hotel, que está muy cerca de Rossio, a un minuto de Rossio, se puede contemplar el Castillo de San Jorge, la habitación está muy bien, amplia, limpia y con un mini bar bien equipado. He salido a buscar un sitio donde comer y lo he encontrado en la Baixa, he pedido sopa alentejana y omelette a las finas hierbas, durante un instante de lucidez he podido ver a Pereira sentado unas mesas a mi derecha comiendo exactamente lo mismo que yo y leyendo un libro que no he acertado a saber cuál era, lástima.

Pessoa impasible, viendo pasar el mundo —que no pasa por él—, con la mirada altiva, como convencido de lo que está haciendo, recurriendo al dolor cuando toca, sin huir, yo puedo asegurar que Fernando Pessoa existe y que piensa que vivir no es necesario, lo necesario es crear, y yo pienso lo mismo, porque vivir es algo secundario.

Chiado revive tras el incendio, ha recobrado todo su esplendor, se ha superado a sí mismo, el café está rico, rico y caliente, la gente pasea, se para, pasea y se para, no hay muchas chicas guapas pero si aparecen, Chiado resplandece, como lo hace Lisboa en esos días que el sol parte en dos el Tajo, el Tejo como dicen aquí y dicen bien.

Me gustan los gls que pueblan Barrio Alto, me puedo sentir parte de ellos, me gustan los gls que pueblan Barrio Alto, le dan un toque de distinción y de libertad a Lisboa que es difícil ver en la gran mayoría de las ciudades de nuestra mierda de país tercermundista, me gustan los gls que pueblan Barrio Alto, porque siempre te saludan con una sonrisa en el alma, y en las buenas ocasiones, cuando ellos deciden, también te sonríen con los labios, con la boca, con esas bocas pequeñas que sólo se hacen grandes para comerse a besos y gritar palabras como Libertad o Dignidad, me gustan los gls que pueblan Barrio Alto, porque sin ellos Barrio Alto tendría de alto sólo su topografía y sería un barrio normal, como otros, o peor, estaría ya en ruinas, porque a ningún especulador le interesa el alma de las ciudades, me gustan los gls que pueblan Barrio Alto, porque siempre aciertan cuando les preguntas por un sitio concreto, porque se los conocen todos, porque los viven y los mueren, porque son de la misma calle, son de allí dentro, del bendito corazón de Barrio Alto y ahora no se van a ir nunca, y mejor, porque el día que se vayan Barrio Alto volverá a su mediocridad, retornará a un pasado pintado de gris, pintado de gris, gris como alguna gente que pasea por Barrio Alto y no saluda con esa sonrisa en el alma que es la más perfecta de las sonrisas, porque no se puede falsificar, no tiene copia, no tiene doble, es tan natural como la muerte.





Todos os sonhos do mundo

21 11 2008

Lisboa por fin. Lisboa en unos días. Los cuento en todos los calendarios y me parecen demasiados, pero son pocos. Lisboa en enero. El mejor regalo. Lisboa a tiempo. He estado allí tantas veces y ninguna, que no sé qué Lisboa me encontraré esta vez. Não sou nada. Nunca serei nada. Não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo. Pasear por las calles de Lisboa de la mano de María do Carmo es uno de esos sueños.

Me sentaré en A Brasileira a ver pasar las horas, justo en esa silla vacía que hay junto a Pessoa, sin más refugio que unas notas desordenadas y un café tras otro esperando que el frío no apague mis huesos. Me sentaré en A Brasileira, justo en esa silla vacía que hay junto a Pessoa, con el encargo sublime de decir en voz alta mil doscientos cincuenta y cuatro de sus poemas. Fica só, sem mim, que esqueci porque durmo, Lisboa com suas casas. De várias cores.

He pasado la noche sentado en el tranvía 28, leyendo a media voz para no dormirme, porque me parecía el mejor ritual para recordar a María do Carmo. Esta mañana, ella ha suspirado al verme convertido en uno de los heterónimos, se ha removido algún miedo en su estómago, pero ha sabido detenerlo y, mirándose al espejo, ha dibujado con pestañas de colores un juego nuevo. Noite absoluta, sossego absoluto, lá fora. Paz em toda a Natureza. A Humanidade repousa e esquece as suas amarguras.

Lisboa por fin. Bairro Alto. Alfama. Baixa y Chiado. Belém. Pessoa. Pereira, tal vez, sostiene. Antonio Tabucchi y su Requiem: «Hijo, me dijo la vieja, escucha, así no puedes continuar, tú no puedes vivir en dos lados, el lado de la realidad y el lado del sueño, eso provoca alucinaciones, eres como un sonámbulo que atraviesa un paisaje con los brazos extendidos y todo aquello que tocas pasa a formar parte de tu sueño.»





Está el día con cierta lógica

16 09 2008

Después de las interminables fiestas de Santoña, en las que me he reído mucho y bien —y cuando digo bien es bien, al modo de Nacho Vegas—, mi vida ha recuperado cierta lógica. Ayer fui al cine a ver Che: El Argentino. Me sorprendió ver la sala a reventar. Quizá la mayoría esperaba una película de acción —ya siento dudar de un repentino y general interés histórico o político—; pero Steven Soderberg nos obsequió con una buena ración de cine documental, didáctico: cine del bueno, con una arquitectura narrativa perfecta y un excelente desarrollo. La cinta colmó todas mis expectativas. Siempre tengo cierto reparo cuando se trata de películas sobre temas que han estado presentes en mi vida alguna vez —apunto aquí como información necesaria que con catorce años me imaginaba liderando la transición en Cuba y recuperando el espíritu del Movimiento 26 de Julio.

Soy muy exigente cuando veo una película de la que tengo el contexto interiorizado, y eso, a veces, me juega malas pasadas; pero Benicio del Toro —que ya no sé si siempre fue el Che o sólo lo ha interpretado en esta ocasión— está absolutamente espectacular: ayer me enamoré de él otra vez. Su parecido físico es evidente, y sencillo de alimentar: un gesto crudo y mucho maquillaje; pero lo complicado es hacer del Che en toda su plenitud como logra el actor puertorriqueño. Película absolutamente imprescindible en una cartelera llena de mediocridad.

Esta noche vuelve el Barça a la Champions, y las pintas de Murphys a la Celtics Tavern. Por lo que he escuchado los últimos días, debo ser de los pocos culés con ilusión por lo que se empieza a adivinar del proyecto de Pep Guardiola. Menos mal que he leído a Cruyff y pensamos más o menos lo mismo: creí que me había vuelto loco. Espero que en el partido de hoy contra el Sporting de Lisboa —ya siento que sea contra el equipo de la ciudad de Pessoa y Pereira—, además de jugar bien, marquemos tres o cuatro goles y la rigurosa afición blaugrana se enchufe, definitamente, al Barça de Pep. El fútbol lo agradecerá.

Y en esta cierta lógica, que viene acompañada de paz y de reencuentro, vivo estos días de septiembre, recuperando buenos hábitos —hoy he pasado por Gil a buscar unos encargos de palabras en versión original—, disfrutando del tiempo, del espacio, y es que está el día repleto de luz, oxigenado, vibrante. Está el día nuevo, como si no fuera de este mundo gastado. Está irreconocible, lírico. Está el día de una belleza casi violenta, que perfora las razones de la resignación. Acristalado y fugaz, como los recuerdos de las imágenes desde la carretera. Está como para quedarse en él, honrarlo, protegerlo de los peligros, muchos, que acechan en silencio, cobardes, llenos de odio. Está el día repentino, soliviantado de tanta humedad incontenida. Está el día entre azul y verde, plateado, sereno…