Carne de perro

26 09 2008

Pedro Juan prefiere la carne de perro. Ya se lo dijo su madre: «A ti te gustan las mujeres de orilla. Eso es carne de perro.» Y él, para no defraudarla, no ha cambiado todavía de menú vital. Carne de perro. Eso y tener un corazón de piedra, endurecido. Sobrevivir en La Habana requiere de un corazón de piedra, para intentar ser, al menos, tan duro como ella. Es una ciudad desafiante, compleja, agresiva, a ratos dulce, pero con esa dulzura que advierte de un inminente sobresalto, es una ciudad perpetua, colmada de sinrazón, pervertida y a veces hueca para defenderse del dolor que por culpa del salitre es más dolor, y más intenso. Es una ciudad en la que percibes con claridad que las dos secciones de dientes afilados que tienen los lobos presumen que no se alimentan de sueños. La carne de perro y el corazón de piedra. El corazón de piedra y la carne de perro. Ya lo decía la madre de Pedro Juan, y él no ha querido defraudarla.

Yo he estado en La Habana y se puede hacer poesía. En Hiroshima no. Y mucho menos en Auschwitz. Dijo Theodor Adorno que después de Auschwitz ya no se podía hacer poesía, pero Paul Celan le llevó la contraria y dejó escrito aquello de: «Madre, ellos [los nazis] también escriben poemas.» Y Celan, quizá sin proponérselo, lo explicó casi todo con ese sencillo verso. Y creo que no hace falta que nadie diga nada más. Y mucho menos yo, que prefiero el insomnio a la anestesia.





Nos vemos pronto

8 01 2008

Hoy he comido con Jon. Nos encontramos hace unos días por el Paseo Pereda y quedamos en que nos veíamos, sin falta, esta semana. Nos conocemos desde hace más de veinte años y trabajamos a una manzana el uno del otro; pero por diversas circunstancias —o por ninguna— hacía unos tres meses que no estábamos un rato juntos. Venía de una reunión —siempre está en reuniones—; yo le estaba esperando en el portal donde trabaja, justo al lado del Rocambole.
—¿Te apetece ir al Fuente Dé? —le dije.
—Vale, pero igual no encontramos mesa.
Había, para dos; la suerte también fue doble porque el plato del día era cocido montañés. Dos de cocido, vino y casera. ¿Hace falta más? Empezamos hablando de gastar y ahorrar; somos los dos del primer verbo, así que no hubo mucho debate. Luego su postgrado, mis asignaturas, la antropología pendiente; en esto también hubo acuerdo: aunque sólo sea por satisfacción personal. Nos desvíamos un poco —lo justo— para poner a parir a los típicos jefes tóxicos, cuya labor en una empresa es desmotivar, todo lo posible, a los mejores talentos. De ahí a los libros y al cine. Justo antes del repaso crítico a las últimas películas que habíamos visto, le comenté mi objetivo de ir haciendo una biblioteca que se merezca el nombre; en la que haya una serie de referencia básicas que todos deberíamos leer.
—Más o menos como la que tienes tú —le dije para que se hiciera una idea.
—Eso está bien; leí a Herman Hesse cuando tenía doce años y me marcó profundamente —me comentó, mientras recordaba tres o cuatro títulos del escritor alemán.
—Come un poco más que sobra media fuente —le solté, rebajando el nivel de la conversación.
—Está cojonudo pero luego lo vamos a pagar —concluyó mientras se echaba el último y rebosante cazo.
Jon es Licenciado en Bellas Artes por la rama de Imagen y Sonido; desde hace tiempo trabaja en el sector de las tecnologías. Fue un pintor aceptable —todavía le insisto para que me venda su mejor cuadro—, y es un lector empedernido. Amante del buen cine, no conozco a nadie que tenga una colección de películas como la suya. Es de Bilbao, aunque tiene parte de santoñés, y ha vivido varios años en Madrid —el primero de la pandilla que se fue buscando un sitio donde trabajar y vivir—; ahora vive en Santander y, no sé muy bien porqué, le veo menos que cuando estaba en la capital. Desde siempre le he tenido un cariño especial: como cierto respeto. Estoy contento porque, en general, le van bien las cosas. Es, sobre todo, un buen tío: divertido, culto y amigo de sus amigos. Y eso, en estos tiempos de mediocres, es algo a valorar.
—Te he traído el libro que te dije —me comentó mientras me lo daba, envuelto en una bolsa—. Es de fotografías de La Habana. Me gusta porque son fotos de personas, fotos muy humanas.
—Muchas gracias —le dije—. El próximo día te regalo uno de Pedro Juan Gutierrez.
—Bueno, vamos que tengo que volver al trabajo —me espetó, algo apresurado.
—Vale, me alegro de verte bien, nos vemos pronto. Cuídate.