Memorar

18 08 2009

…Sai, a conti fatti, della vita è più quello che non si ricorda di quello che si ricorda…
 Antonio Tabucchi en Tristano Muore

Hay verbos que desgraciadamente no han nacido para conjugarlos. Por ejemplo, memorar. Decimos hacer memoria en lugar de memorar. Nadie dice yo memoro, sino yo hago memoria. Me hubiera gustado que memorar significara exactamente lo mismo que memorizar, porque memorizar se deja conjugar y es una palabra preciosa; preciosa y denostada por igual, eso es cierto, y toda la culpa es de la educación que implantó la escuela franquista, en la que lo único importante era memorizar, ya fuera la lista de reyes godos o la tabla del siete. Memorar quizá suene raro, pero me gustaría que conjugásemos más ese verbo, que no tuviéramos miedo a memorar. Yo no tengo ningún miedo a memorar. Yo quiero hacerlo. Yo lo hago. Lo estoy haciendo ahora: estoy memorando —memorando también significa cuaderno de apuntes, que es uno de los mejores sitios para memorar, y no es casualidad…—; no estoy haciendo memoria. No quiero hacer memoria, no me interesa, la memoria ya está hecha y es suficiente así. No se puede comprar un kilo de memoria en Carrefour.  Que no os engañen, no se puede, intentadlo si queréis, pero no se puede. Yo quiero memorar, memorar está bien, me parece lo correcto.

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Peor que mal

14 08 2008

El deterioro del periodismo, y del papel de los periodistas, está siendo un tema recurrente en el Seminario sobre Antonio Tabucchi. Se entiende, si tenemos en cuenta que la situación de los medios de comunicación en Italia, según organismos internacionales, está aún peor que, por ejemplo, en Filipinas. El escritor italiano ha dicho, entre otras cosas, que: «la voz crítica de los intelectuales queda apagada por el poder de los medios». ¿Cómo luchar contra cuatro o cinco horas de televisión diarias? Imposible, y nadie está a salvo de esa preocupante realidad.

Hoy, leyendo una noticia absolutamente surrealista al respecto de la suspensión del Summer Festival, reflexionaba sobre el papel de los periodistas. ¿Para qué sirve el periodismo hoy en día? ¿Para transcribir teletipos? Si la política, en ocasiones,  es una manera de escribir la historia al gusto del político de turno, ¿cuál debe ser el papel del periodista? Llegados a este terrible punto, ¿no tiene el periodista nada que decir? ¿Quién alivia al ciudadano normal de esta terrible indefensión? En definitiva, ¿quién testifica por el testigo?

Al hilo de esta noticia, me han asaltado varias cuestiones: si se puede hablar en presente de algo que es pasado, si alguien es capaz de plantear una revisión de los hechos probados para desplazar de su lado la responsabilidad, si hay gente dispuesta a mentir sistemáticamente tan sólo por buscar el patético y entregado respaldo de los suyos y de aquellos que no tienen memoria, consciencia ni conciencia, ¿dónde está el límite? ¿A qué vamos a decir que no? ¿Cuál es la línea que no podemos ni debemos sobrepasar? O, por el contrario, ¿las hemos cruzado ya todas?

En medio de este deprimente panorama, surge —¿casualmente?— en nuestra región una especie de nuevo sindicato del crimen periódistico. Se han unido —por fin, ya han tardado— varios catedráticos de la mentira y la indecencia. Insignes periodistas como Félix el Locha, Fran J. Girao o Fernando Collado lideran un movimiento asociativo que seguro tendrá entre sus fines promover un periodismo de calidad, el respeto a los libros de estilo, la defensa a ultranza de la ética periodista y el respeto a la verdad y a los demás. No necesito que nadie me alerte sobre la mierda, porque cuando es de calidad huele a mucha distancia. Al final, van a conseguir banalizarlo todo y algunos reprochables comportamientos acabarán estando legitimados, o al menos asumidos por la gente, gracias al inestimable y calculado soporte de quienes dicen buscar el efecto contrario.





Tomando posesión

11 08 2008

Por la ventana de mi acogedora buhardilla entra algo de aire fresco. Se agradece, por el alivio momentáneo; pero también porque todavía siento en mi piel la presión del intenso calor de la tarde de ayer. Hoy es un día no laborable en El Escorial, que está inmerso en sus fiestas patronales. Esta noche ha debido ser larga para las almas noctámbulas. Desayunando he escuchado a gente comentar que le ha sido imposible dormir por el ruido (sic) de la música. Yo no me he enterado de nada. Al cansancio del viaje, el calor, y el déficit de sueño le sumé un cero en el marcador de café.

Me han dado la misma habitación que en mi última visita, hace nueve años. Pequeña y práctica. Con una cómoda cama individual, un sillón hecho para disfrutar de la lectura, un armario empotrado en el que desordenar mi ropa, un baño sencillo y un escritorio en el que acomodar el ordenador y los libros. Domina mi librería portátil el escritor que me ha traído hasta la montaña madrileña: Antonio Tabucchi. Él es el protagonista, el hilo central de todo lo que aquí pase durante esta semana; pero por ello no va a dejar de ser la sombra de Pessoa —he colocado sus libros en posición horizontal, protegidos del sol por los del poeta portugués—. Han querido acompañarme en este viaje mi amigo Enrique Vila-Matas y el padre de casi todo esto: Franz Kafka.

No recordaba como era el pueblo de El Escorial y me he llevado una sorpresa muy agradable. Construido en torno al Monasterio, en su centro —en el que casi se puede tocar la tranquilidad— dominan las calles peatonales, los equipamientos culturales y las terrazas a la sombra en las que combatir las altas temperaturas. El gran número y variedad de hoteles y restaurantes me hace pensar que es un destino apreciado por una determinada gente que piensa que el verano no es sólo playa. Yo pienso así; pero no me veo pasando mis vacaciones en El Escorial. Interminables cuestas y calor sofocante no es un binomio que me resulte demasiado atractivo.

Esta mañana, pronto, muy pronto, he salido a correr —no todo va a ser cultivar la mente— y en mi camino he visto varias señales anunciando que estaba en la dirección correcta para llegar al infame valle de los caídos —qué manía tengo de moverme siempre en territorio hostil—. Aunque peor ha sido no encontrar en todo el trayecto más de doscientos metros sin pendientes. Las piernas sufren, da igual que sea hacia abajo que hacia arriba, aunque es cierto que cuando hay que subir se suda más. A ambos lados de la carretera urbanizaciones privadas de pomposos nombres, impecables, ensimismadas y cerradas a cal y canto, en las que los seguros —y no tan libres— madrileños encuentran la paz —el aburrimiento— que hace tiempo perdieron en la capital. Prometo que nunca viviré en una urbanización de existencias pareadas; la vida ya está demasiado desnaturalizada como seguir restando.





Cuento las horas

1 08 2008

«Te escribo desde un café al borde de la carretera, aquí al lado hay un buzón, diviso una hilera de cipreses que ya para mí son nostalgia, y quisiera que la recibieras mañana, con mis caricias más frescas.» Todavía queda algo más de una (larga e interminable) semana para mi encuentro en la Universidad Complutense con Antonio Tabucchi; pero ya cuento las horas. Y las cuento en forma de lecturas y relecturas de sus libros, y de impaciencia y ganas de que llegue el momento. Estos últimos días me he centrado casi por completo en él. En parte por adquirir una buena base para poder participar con más criterio en el Seminario; pero sobre todo porque leer a Tabucchi es una auténtica delicia.

«Te llamaré Mi Sublime Cómplice, por esa complicidad y ese entendimiento “de fondo” que sólo nosotros conocemos y que las almas simples llaman amor.» Entre los recientes descubrimientos está su Autobiografías ajenas. Poéticas a posteriori, que es una especie de revisión de algunos de sus libros: Sostiene Pereira, Se está haciendo cada vez más tarde, Dama de Porto Pim, La línea del horizonteRéquiem. Es como releer a Tabucchi guiado por Tabucchi (meritorio y doble ejercicio de introspección del escritor). El problema es que ahora tengo muchas más preguntas que hacerle, y creo que me acabará odiando: «Ya está el tío pesado con el brazo erguido y el dedo índice apuntando al techo del aula», pensará. O lo dirá en voz alta, lo cuál será terrible: me esconderé debajo de mi propia vergüenza. Pero no conseguirá su propósito, y seguiré con mis preguntas y mis dudas.

«La filosofía parece ocuparse sólo de la verdad, pero quizá no diga más que fantasías, y la literatura parece ocuparse sólo de fantasías, pero quizá diga la verdad.» Pereira sostiene tan elevada reflexión, y desde ahí la deja caer como sin querer, como quien pasa por delante de un escaparate y mira adentro de reojo y con prisa; pero en ella se encierra buena parte de la poética de Antonio Tabucchi. Y Pereira sostiene sobre todo un espacio de dignidad personal, inasible a la más terrible de las tiranías: la ausencia de libertad.

«El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es aquella cualidad que conduce a la acción, esto es, la voluntad. Ahora bien, hay dos cosas que estorban a la acción: la sensibilidad y el pensamiento analítico, que no es, a fin de cuentas, otra cosa que el pensamiento con sensibilidad.» Le cojo prestado a Fernando Pessoa un fragmento de El libro del desasosiego, que me produce un profundo sentimiento que hace honor al título del volumen del gran escritor y poeta portugués. ¿Qué hubiera sido de Antonio Tabucchi si aquella tarde a orillas del Sena no se hubiese topado con el Bureau de Tabac de Pessoa? Y, teniendo en cuenta que lo que yo estoy viviendo ya lo ha escrito alguien, y simplemente estoy transformando en vida lo que un día fue literatura, ¿qué hubiera sido de mí si no me hubiese encontrado, felizmente, con Antonio Tabucchi aquella semana en El Escorial?