De cómo fui el primer ministro ‘Bartleby’ de la historia de España

12 04 2008

   Me encontraba ayer por la tarde en casa, más o menos como en una tarde cualquiera. Lo único diferente, quizá, es que estaba tomando un té de regaliz verde y empezando a leer Infidelidad del regreso, de Juan Benet. Cuando iba por la página dieciocho sonó el teléfono. Era un número oculto y no suelo responder en esos casos porque me molesta la incertidumbre del quién será, pero, no sé por qué razón, contesté a la llamada:
  —¿Sí?
  —¿Raúl? ¿Raúl Gil? —preguntó alguien con una voz que me sonaba familiar.
  —Sí, sí… Soy yo. ¿Quién es?
  —Soy José Luis Rodríguez Zapatero, el Presidente —y sonó con tanta solemnidad que no supe qué decir durante unos segundos.
  —…
  —¿Estás ahí?
  —Sí, sí. Disculpa Presidente. Es que no esperaba tu llamada —evidentemente que no la esperaba: ¡Qué tontería estaba diciendo!
  —Te llamo porque, como seguro sabes, estoy formando gobierno y resulta que he pensado en tí —¿Ha pensado en mí?, pensé… (¡Igual es mucho pensar!)— para ser Ministro de Defensa.
  —¿Ministro de Defensa? Pues… Presidente, yo te agradezco que hayas pensado (otra vez el puñetero verbo) en mí, pero ya sabes que no termino de encajar del todo con las fuerzas del orden —le indiqué buscando la primera excusa para no aceptar el cargo.
  —No te preocupes por eso. Yo necesito alguien que ponga firme al ejército —valga la redundancia dije yo—. Me han comentado fuentes bien informadas que tu madre trabaja en el Ministerio de Defensa y sabe como lidiar con capitanes, coroneles y generales.
  —Ya, pero yo no soy mi madre. ¿Y si la nombras a ella? —segunda intentona para librarme.
  —Si la nombro a ella me saldría un Gobierno con más mujeres que hombres y no sé yo si España está todavía preparada para eso. Le dices que te ayude, la nombras asesora o lo que sea —esta última frase la dijo con un tono más coercitivo y concluí que no podía negarme por más tiempo.
  —Está bien, Presidente, acepto ser Ministro de Defensa —le dije resignado—. ¿Qué tengo que hacer ahora?
  —Muy bien. Nada, tú no hagas nada. Espera acontecimientos y, sobre todo, no se le digas a nadie, ni lo escribas en tu blog que luego se entera todo el mundo —con esa orden y un «nos vemos pronto» dio por terminada la conversación, antes de que me diera tiempo a preguntarle si el billete a Madrid me lo tenía que pagar yo, porque no está el mes de abril para muchas alegrías. En caso de que fuera así, decidí que cogería el bus o el tren que es más barato y además, con lo que dura el viaje, me da tiempo a leerme, dos veces, el Manual de instrucciones del ministro novato, editado por Moncloa.
  Dejé el teléfono sobre la mesa de la cocina y me quedé paralizado. ¿Y ahora qué? Llamé a mi madre y me dijo lo que suelen decir todas las madres: «Hijo mío… Tienes que buscar piso en Madrid y comprarte ropa nueva que, últimamente, te estás dejando mucho». Me entró más miedo tras escuchar a mi madre. ¿Me estoy dejando? ¿Piso en Madrid? Busqué en internet el teléfono de alguna inmobiliaria de la capital, y llamé con la idea de buscar un piso de alquiler, pequeño y acogedor, no muy lejos de la sede del Ministerio de Defensa —que por otra parte no tenía ni idea de dónde estaba—. El chico que me atendió me dio varias referencias y me preguntó en qué trabajaba:
  —¿Yo?… Pues, yo, yo soy Ministro —justo al terminar esa palabra escuché una risita al otro lado del teléfono y comprendí que, antes de hacer más el ridículo, era mejor llamar a alguien que supiera de estas cosas.
  Marqué el número de Elena Salgado y al cuarto tono contestó. No la dejé preguntar nada, le expliqué lo que pasaba de la mejor manera que pude, me felicitó, la felicité yo a ella, ambos felicitamos a Alfredo, y de paso —y porque nos lo merecemos— felicitamos a todos los socialistas de Cantabria; una vez terminado el círculo vicioso de felicitaciones me aclaró que el Ministro de Defensa, por seguridad, tiene que vivir en un piso habilitado en el propio Ministerio. La noticia terminó por destruirme por dentro. ¿Vivir en el propio Ministerio? Pensé con terror que, quizá, también debería comprar el pan en una tienda, atendida por un funcionario con siete u ocho trienios, ubicada dentro del propio Ministerio. Me pregunté si podría ir al cine o, sin embargo, tendría que ver películas en una sala habilitada dentro del Ministerio —o, aún peor, que en esa sala sólo se pudiera ver la televisión—, y me alsaltó la duda de si el JEMAD me autorizaría lecturas de Faulkner, Pedro Juan Gutierrez o Vila-Matas. Rompí a llorar como un niño, y grité al viento (dentro de casa no soplaba, evidentemente, pero queda mucho más poético) que no quería ser ministro.
  Me armé de valor y llamé a Moncloa, con la intención de decirle al Presidente las palabras que, justo hacía unos segundos, había gritado en la soledad de mi casa vacía. Una señorita muy amable me pasó con José Luis:
  —Presidente, perdóname, pero tengo que decirte que dimito como Ministro de Defensa —le expliqué con un tono de voz nada convincente, pero eso era lo que había…
  —¿Dimites? Pero… ¡Si ni siquiera te he nombrado! ¡No me puedes hacer esto! Tienes que ser Ministro de Defensa.
  —Prefería no hacerlo —le espeté decidido, convirtiéndome de esa manera en el primer ministro Bartleby de la historia de España.
  El Presidente, lector empedernido y hombre comprensivo, entendió enseguida el mensaje y, abrumado por la perfección de mi «preferiría no hacerlo», no insistió más. Casi ni se despidió —lógico por otra parte—, aunque le escuché mascullar algo sobre una tal Carmen Chacón y un Gobierno con más mujeres que hombres. Pero esa, amigos y amigas, es otra historia…





20.625

2 02 2008

Veinte mil seiscientos veinticinco. Son los jóvenes que van a poder votar, por primera vez, en unas Elecciones Generales en Cantabria. Es una cifra importante; superior a las de otras provincias, como Valladolid, con un número similar de habitantes. Un grupo a tener en cuenta, ya que su comportamiento electoral puede tener cierta influencia (y no sólo por eso). Son los nuevos votantes, que se posicionan, mayoritariamente, en contra de lo establecido: del partido en el Gobierno, de los que mandan. Aunque es posible que, esta vez, cambie esa tendencia, visto el comportamiento del voto joven en las elecciones de 2004 —mayoritariamente socialista—, y la legislatura tan pedagógica que nos ha dedicado la derecha extrema que gobierna en el PP.

En estas elecciones generales se incorporan menos jóvenes que a otras convocatorias anteriores —por el descenso de la natalidad y la imposibilidad de votar para los extranjeros—, y eso quizá lleve a los partidos a centrar más sus mensajes en otros colectivos más numerosos, y más rentables electoralmente. Lo que quizá pueda ser una opción defendible para el corto plazo, es una decisión muy perjudicial para el futuro. Necesitamos incorporar a esos jóvenes a la participación política, y eso no es posible dándoles la espalda: no considerándolos como sujetos de derechos, como demandantes de políticas, y como activos reivindicativos. Ser justos con los jóvenes, que se incorporan por primera vez a votar, no es sólo (que también) hacer campaña utilizando todas las herramientas que nos brinda internet —como parece creer alguna gente—; ser justos con los jóvenes significa considerarlos de igual manera que a cualquier otro votante, respetando su inteligencia y entendiendo sus aspiraciones. Si somos capaces de comprender cuáles son sus sueños individuales y colectivos, tendremos mucho camino andado.

Esta legislatura, por fin, ha habido un Gobierno que ha afrontado, de manera seria y sincera, los dos grandes problemas de los jóvenes: empleo precario y vivienda inaccesible. Se ha podido estar más o menos acertado, pero ha habido una voluntad, casi épica, por cambiar una dinámica que algunos pintaron —y lo siguen haciendo— como inmutable. (Todavía recuerdo aquellas indecentes palabras —en realidad, no eran indecentes las palabras, si no las intenciones del que las pronunciaba— de Cascos sobre que si se vendían muchas viviendas, aún siendo caras, era porque la gente podía pagarlas). El PSOE debe seguir poniendo en valor todas las iniciativas que ha puesto en marcha para la juventud, pero sobre todo tiene que seguir abriendo cauces para que los jóvenes digan lo que les apetezca, y tengan capacidad real para cambiar las cosas que no les gustan. Esta misma mañana, la ministra Elena Salgado —inmersa en una intensa y cercana presencia en Cantabria—, decía, en un encuentro con gente joven, que “el gobierno socialista ha cumplido con los jóvenes y lo va a seguir haciendo”. Mientras que el PP, gobernado por la COPE y Aznar, no es, desde luego, un lugar donde habita el buen rollo necesario que necesita la gente joven para poder respirar. Como decía hace unos días Carme Chacón —la política de moda—, en el Cercle d´Economía: “…delante de nosotros se abren dos caminos, y únicamente dos caminos: o preside el Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, o lo hace Mariano Rajoy”. Y ante esa decisiva tesitura —tan sencilla en su planteamiento como compleja en sus consecuencias—, me resultaría extraño, y difícil de entender, un resultado que no fuese que la mayoría de los jóvenes, el nueve de marzo, opten por votar a ZP.





Para Elena

19 01 2008

Como sé que eres lectora asidua de mi blog (?), y teniendo en cuenta que ya has empezado la campaña —ayer la cena del PSOE y hoy la visita a Cabezón de la Sal—, permíteme que comparta contigo algunas reflexiones —que seguro ya has debatido o escuchado antes—, que, en mi opinión, son importantes para que las cosas vayan lo mejor posible en las Elecciones del próximo 9M:

1.- Necesitamos movilizar al electorado socialista de toda la vida, incluidos los que el 27M se fueron con el PRC, así como incorporar a nuevos votantes —jóvenes—, abstencionistas y parte del voto fiel del PRC en las autonómicas. Con los primeros, lo que mejor funciona es poner en valor la marca PSOE, con las menores interferencias personales posibles: el recuerdo de voto y, sobre todo, de tiempos mejores; los jóvenes demandan otro tipo de campaña —en la red, sobre todo— más allá de las típicas visitas a los mercados; los abstencionistas menos ideologizados van a seguir con el mismo comportamiento electoral, salvo que tengamos algún conejo dentro de la chistera —con los ideologizados sí que funciona lo de confrontar con la derecha—; y, por último, podemos tener alguna oportunidad de incorporar voto fiel del PRC en las autonómicas, que suele votar PP, pero que, después de 5 años de coalición, podría cambiar su voto: para ello, por una vez y sin que sirva de precedente, es bueno que Revilla siga hablando (de las bondades del Gobierno de ZP).
2.- No debemos introducir elementos de crispación en la campaña, que la legislatura ha sido muy dura y hemos sobrepasado, con creces, el límite de la paciencia ciudadana; sería bueno, por tanto, olvidarse de la descalificación fácil de Sieso y cía, y hablar más de lo que vamos a hacer —sobre todo de eso—, porque no nos podemos olvidar de que la gente vota por expectativas. La gestión del Gobierno del PSOE en Cantabria ya está amortizada —repetirla hasta la saciedad no aporta más que cansancio propio y ajeno—. Ahora toca ofrecer nuevos proyectos e ideas para la próxima legislatura.
3.- Intenta ser cercana. Sé que te va a costar al principio —por tu forma de ser y porque es un lugar nuevo—, pero es muy importante. La cercanía es un valor del socialismo. Un valor enfrentado al populismo barato —reprochable por ser contrario a la ética política—, ante el que hemos perdido, en parte, la batalla, porque no hemos sido capaces de ser cercanos a nuestra manera.
4.- Lanza pocos mensajes —que los puedas contar con los dedos de una mano— y que sean claros. Mensajes fáciles de entender, memorizar y transmitir, para que la gente sea capaz de repetir lo que te ha escuchado en televisión o en la radio. Es la mejor manera de tener la mayor cobertura ciudadana posible. Si puedes contar historias mejor, y más si es de personas con nombres y apellidos. Trata de emocionar con tus palabras.
5.- Procura no exagerar. Decir que “Pizarro es un tiburón y Solbes un mago económico” sólo provoca sonrojo entre cualquier persona con un mínimo de criterio. Huye de la suma indiscriminada de adjetivos calificativos —a la que son tan aficionados Diego, Buruaga y cía— y de las palabras gruesas, de esas de manual de la II Internacional. Dirígete a la gente en un lenguaje sencillo, no académico, ni demasiado técnico. No son las aburridas y pedantes elecciones a Rector de la Universidad: esto es otra cosa.
6.- Pon en valor tus virtudes: formación, capacidad de gestión, esfuerzo, cierta notoriedad, conocimiento de los temas que importan a los ciudadanos, experiencia en diversos ámbitos, comprensión de lo que sucede en el mundo, buena imagen, alta preocupación por el bienestar de la gente…Esa es tu mejor carta de presentación.
7.- Ante las acusaciones que te hace el PP sobre tu presunto desconocimiento de la realidad cántabra o la supuesta falta de compromiso con nuestra región, responde que en el mundo en que vivimos, no tiene importancia donde naces, ni de donde eres, si no la capacidad y la voluntad que cada uno tenemos para cambiar la realidad a la que nos enfrentamos cada día. Y ahí, diles que no te ganan.
8.- En la política cántabra el talento es escaso —ya te irás dando cuenta—. Aprovecha esa circunstancia para marcar la diferencia. No juegues en terreno embarrado. Eso déjalo para los mediocres, de uno y otro lado.
9.- Aunque son sólo dos meses, rodéate de un equipo de apoyo. No hace falta que esté formado por mucha gente, pero sí que sea diverso, comprometido, valiente, con conocimiento de los temas, y que trabaje con una visión compartida. Un grupo en el que confíes y que pueda confiar en ti. Con el que estés a gusto. Suma a gente tuya con gente de aquí y ponles a trabajar juntos en este empeño. Pasadas las elecciones, te servirá de enlace permanente con la región para toda la legislatura.
10.- En Cantabria todavía no ha habido un cambio definitivo en muchos aspectos de la vida política, económica, social o cultural. De hecho, algunas cosas no cambiarán nunca, a pesar de los esfuerzos de inocentes bienintencionados. No des la batalla en esas. No vas a conseguir nada más que frustrarte. Localiza donde puedes ser útil y lánzate sin red. Esa será tu mejor contribución a esta tierra y a su gente.

Un bico e boa sorte.