¿Febrero?

16 05 2010

Yo prefiero seguir buscando
los defectos y los encantos
de una dama golfa y valiente,
verdadera como la guerra,
despeinada como la tierra
y canalla como la gente,
yo prefiero una compañera
perfumada con la madera
con el cuero y con la palabra.

Aragón, la pluma revolucionaria, el poeta de Cádiz. Mientras me pregunto para cuándo una antología de sus textos, trato de arañar la guitarra, mucho tiempo callada, sin perder el compás del 3×4, el compás del carnaval, carnaval donde empezó y terminó todo, carnaval que ha vuelto ahora cuando ya había olvidado febrero. Suena Aragón, pero no consigo enterrar sus versos. Escribo; dejo de escribir y con la mano derecha golpeteo el 3×4 en la piel metálica del portátil, pero me resta poca sangre chirigotera. Escribo; dejo de escribir para intentar una segunda imposible, pero mi voz hace tiempo que ignora los dos años de coral. Escribo; dejo de escribir y hago una lista de todo lo que he perdido en Cádiz, pero soy incapaz de pegarme el tiro de gracia. Me llama Carlos para decirme que tiene dos entradas en fila 3 para el recital que Antonio Martínez Ares va a dar el próximo sábado en el Teatro Liceo de Santoña, y me empieza a asustar esta repentina inmersión gaditana. Aragón vs Martínez Ares. Aragón y Martínez Ares. Miro a la guitarra y ha callado del todo. La guitarra me mira y he callado del todo. Silencio. Ahora sólo cantan Los Yesterday.





¿Por qué Cádiz?

18 06 2008

El lunes por la noche, mientras degustaba un pollo andalusí en La favorita, un local de moda en el Barrio del Pópulo, alguien me preguntó cuál era la razón de haber venido seis veces a la Tacita de Plata en el último lustro. ¿Por qué Cádiz? La pregunta me cogió de sorpresa, y sólo supe balbucear un inconsistente: «No sé, por todo». Al día siguiente, fui encontrando —sin buscarlas— todas las respuestas que querría haber dado la noche anterior: Me levanté temprano. Es una de mis manías en vacaciones. Sé que es molesto para quien comparte dormitorio conmigo; pero a las siete en punto abro los ojos y, sin demasiada dificultad, comienzo la jornada. Sin tomar nada, salí del apartamento para dar un largo paseo. Recorro la pequeña calle Abreu para llegar al Campo del Sur —el malecón gaditano—; dejo atrás Puerta Tierra —límite entre Cádiz: el casco histórico, y extramuros: la ciudad nueva— y camino todo el largo de Playa Victoria hasta Cortadura, la playa que separa la capital gaditana de San Fernando. De vuelta al apartamento, tras casi dos horas de saludable paseo en el que he desafinado alguna de las canciones del mp3, paro en una tienda del barrio y compro pan y jamón cocido. Allí me entero que Abraham Paz ha fichado por el Legia de Varsovia. «Que tire muchos penaltis», dice con sorna uno los clientes. La gente sigue conmocionada por el descenso del equipo amarillo a 2º B. Recuerdo una letra mítica de la chirigota de Manolito Santander: «Y aunque reciben a cambio / todo un calvario de decepciones, / amarillo se pintan la cara, / amarillos son sus corazones; / han dado su vida y sus gargantas / siguiendo donde haga falta / al Cádiz de sus amores».

Compro El País y El Mundo Deportivo, me ducho y preparo un desayuno con sandía, zumo de naranja, pan con tomate, aceite, jamón cocido y café con leche. El apartamento está recién reformado y tiene vistas al mercado de la Plaza de la Libertad. De techos altos y paredes blancas, destaca un amplio salón con una galería y un balcón que dejan entrar todo el sol de la mañana. A través de una de las ventanas llega el murmullo de la calle. Es incesante. Como si la gente, los animales y las cosas quisieran dejar claro que están ahí: gritos, ladridos, hormigoneras, pío píos, frases ingeniosas, taladros, diálogos entrecortados… En las calles peatonales de los barrios de las ciudades, la gente recupera su espacio natural. Baja al portal, conversa, ríe, camina decidida, compra en la tienda de la esquina, saluda a los conocidos que pasan a su lado… En esas calles se pueden apreciar sonidos en peligro de extinción. Como la nota desafinada de una puerta metálica sobre un suelo de mármol, que se abre y se cierra despacio, enfatizando su propia existencia. Y lo hace poniendo en valor que en la vida hay otras cosas, y que nos las estamos perdiendo por las prisas, por la llegada, una vez más, de la modernidad. El grito de esa puerta es una llamada de atención. Quizá más que eso: un lamento por lo que adivina que vendrá, y sabe que es imparable y terrible.

Al terminar el reparador desayuno, y después de conocer los planes de Pep Guardiola —talento e ideas claras— para la temporada que viene, me pongo el bañador y me voy a la playa de La Caleta, con una toalla verde y azul y El mal de montano de Enrique Vila-Matas en la mochila. En menos de diez minutos, cruzando el corazón del Barrio de la Viña, llego a la única playa del mundo en la que hay que entrar por una puerta. Intento poner tono a la maravillosa letra de Antonio Martín: «Es el embrujo sobrenatural / de esa diosa del mar / que se llama Caleta, / que adormecida en su soledad / se va haciendo inmortal / sin que nadie lo sepa. / Su viejo faro relevo del sol / por la noche es timón / para los marineros, / viva la suerte de poder gritar / contemplando su mar / yo nací caletero». No he nacido caletero; pero puedo entender el sentimiento que esa pequeña playa y sus barquitos provocan en los gaditanos.

Después de pintarme de dorado —me he echado protección del treinta, mamá, no te preocupes; por cierto, como puedes leer estoy en Cádiz, espero que no te moleste enterarte por el blog, es lo que tiene esta Era 2.0—, vuelvo a la calle Abreu para dar cuenta de una ensalada de pasta con bonito, maíz y tomate, y así coger fuerzas para sumergirme en la lectura de Castellio frente a Calvino de Stefan Zweig. El humanismo en su lucha contra el fanatismo. La libertad frente a la intolerancia. El debate de siempre, aún sin resolver. «Matar a un hombre no será nunca defender una doctrina, será siempre matar a un hombre», quizá la frase definitiva de Castellio, digna de aplicar a tanta barbarie acumulada en la historia de la humanidad. Un buen tema para reflexionar en una ciudad trimilenaria y constitucional como Cádiz.

Hay dos Cádiz. Del mercado a la zona portuaria, la parte noble, cuidada, comercial, rica. Del mercado a La Caleta, la que se cae, la de las infraviviendas, la del Carnaval, la de la gracia a pesar de todo. Me paro en el número diecinueve de la calle Ancha, donde está la Librería Quórum, para comprar un moleskine de verano —más fino y manejable—. Sigo hasta el Atlántico, para disfrutar de la puesta de sol con Luis García Montero. «Porque tal vez la vida / sólo nos quiere dar / aquello que después sabe quitarnos». ¿Es posible calcular la distancia que hay de aquí a la línea del infinito que dibuja el océano, llegar hasta ella, mirar atrás y vernos? ¿El infinito es sólo un punto o es una sucesión de puntos? En la zona de la calle San Francisco están El show de las tapas y La gorda que me da de comer. He pedido cebiche de perca con salteado de arroz salvaje y verduras, y lo acompaño de un vino de maceración carbónica. ¡Este vino es jarabe de vino! Me fijo en ellas, las gaditanas. Son más que ellos, en todos los sentidos. Les solapan, les colman. Les llenan de sí mismas. Se imponen en un mundo masculino. Vencen la batalla de los sexos. «Y en su vientre un continente / que allí se descuelga del mapa / igual que si fuera el corazón / sin latido de un hombre / que aparece y que luego se esconde / de verla tan guapa», Juan Carlos Aragón aparece para recordarme que todavía queda algún poeta en el Carnaval. Vuelvo al Barrio del Pópulo, al lugar donde me hicieron la pregunta que ha motivado estas mil y pico palabras, y en el mítico Pay-Pay me tomo un Havana 3 cola light mientras pienso que Pedro Juan Gutierrez debería escribir la segunda parte de El rey de la Habana, ambientado esta vez en Cádiz. Le presto las notas que no he podido usar aquí.  





Placeres de la vida

14 05 2008

Voy a recuperar temas de menor audiencia (no me apetece seguir batiendo récords de visitas gracias al morbo), pero que me interesan mucho más y me reportan, como ya he escrito en otras ocasiones, placer y felicidad. Ayer, después del trabajo, salí a dar un paseo desde casa hasta el Museo Marítimo; pronto me vi acompañado por una de las trombas de agua más espectaculares de los últimos tiempos. De vuelta a casa, con la ropa empapada, me di una reparadora ducha con agua caliente, comí un plato de puré de verduras y me senté en el sofá dispuesto a ver una película. Llevo (llevamos, en realidad) más de tres meses sin antena de televisión y, lejos de preocuparme, estoy encantado: escucho más la radio, leo más, veo más películas y estoy más tranquilo. Evito, así, la tentación de perder el tiempo delante de algún programa más o menos entretenido. Ayer vi La ley de la calle de Francis Ford Coppola. Una película hecha para el lucimiento de Mickey Rourke, que responde al brindis con una interpretación espectacular (la única que le recuerdo). La película es pura poesía, un perfecto sueño. Los diálogos son magistrales, pero lo mejor es el magnetismo de la voz de Rourke (VOS, por favor). 

Llevo un tiempo viendo películas muy seleccionadas, y así me voy a dormir pensando que hay pocas cosas que me sorprendan tanto como el cine. Y dentro de esas maravillosas sorpresas, en posición muy destacada, está François Truffaut. Le debo a Jon el descubrimiento, y le estaré eternamente agradecido. Me quedan muchas películas que disfrutar del genio francés (ya le he pedido a Jon que me deje el estuche con la filmografía completa), pero lo que he podido ver hasta ahora me ha embrujado para siempre. Aparte de inspirarme algún que otro relato, Truffaut produce en mí una sensación extraña, entre onírica y real, que me hace revolverme en el sofá con cada nuevo plano. No he visto rostros que expresen tanto como los que aparecen en sus cintas; en ocasiones, ya cerca del éxtasis, pienso que algunos de esos trabajados gestos los están haciendo sólo para que yo los contemple. Jules et Jim, Farenheit 451, La mujer de al lado, Los cuatrocientos golpes, La noche americana… Auténticas obras maestras del cine, verdaderas joyas, de imprescindible visionado para cualquier persona que tenga un mínimo de sensibilidad.

He sufrido un descenso (más allá de lo deseable) en la concentración necesaria para leer buenos libros, y me he propuesto hacer un esfuerzo para compatibilizar la instintiva tarea que ocupa, en estos tiempos, buena parte de mi cerebro, con la saludable dedicación a la lectura. Me engaño a mí mismo, y antes de dormir devoro algunos de Las historias en la palma de la mano, de Yasunari Kawabata, ciento cuarenta y seis relatos muy breves que no requieren, en pequeñas dosis claro, una entrega excesiva. El escritor japonés comparte espacio en la mesita con uno de los pocos escritores patrios de la actualidad que me interesan: Rafael Chirbes, y su Crematorio, una magnífica guía para tratar de entender estos últimos años de corrupción política y urbanística, negocios sucios y grandes enriquecimientos ilícitos, que han dado como resultado, entre otras tristes cosas, depredación de la costa (y lo que no es la costa) en nuestro país. Para completar el abanico literario, esta semana me acompaña de aquí para allá El lobo estepario, del alemán Herman Hesse (influencia de mein Schwester). Un libro extraordinario, digno de su autor, pero que necesita dedicación casi absoluta. Cada una de las líneas tiene vida propia, la de Harry Haller, la del autor, la de su permanente crisis espiritual…

¡Y qué mayor placer que unas buenas vacaciones! Las mías ya están reservadas. Me espera, cuando llegue de una vez el verano, un precioso piso en el centro de Cádiz, justo al lado de la Plaza de las Flores, y a un minuto del Campo del Sur. Perderme en las callejuelas del Pópulo, descansar en la Caleta, comprar verduras en el mercado de la Plaza de la Libertad, comer pescadito frito en la Viña, cruzar la bahía en el vapor… No quiero pensarlo mucho, porque tengo tantas ganas que se me van a empezar a salir por los huecos de la camisa, y a ver cómo lo explico.