El gozo de escribir

29 11 2007

Durante el último mes, gracias al concurso de microcuentos de la SER, he participado en un curso on-line de la Escuela de Escritores, que lleva por nombre El gozo de escribir. Ciertamente, hace honor a su título, y solo lamento no haber podido dedicar más tiempo: el necesario. Ayer nos despedíamos de nuestra profesora, Virginia Ruiz, y del resto de compañeros y compañeras: Carlos, Jose, Ana, MJ, Miriam,…Ahora toca releer todos los materiales, revisar los ejercicios (los míos y los de mis compañeros), y analizar, de manera pausada, los comentarios críticos de Virginia. Como pega, se podría decir que si el grupo hubiera sido más reducido y compacto habría mejorado la interacción y la participación. Me quedo, sobre todo, con cuatro cosas importantes: la libreta, mi inseparable amiga a partir de ahora; hay que mostrar y no explicar (la frase más repetida por Virginia); la idea de mirar la realidad de siempre con ojos nuevos; y el descubrimiento de Berna Wang: la maga de lo cotidiano. En fin, que me da pena haber terminado; me empezaba a gustar eso de…tengo que hacer los deberes de la Escuela de Escritores.

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El secreto de la lluvia

27 11 2007

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje. 

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante. 

FEDERICO GARCÍA LORCA, en Lluvia.

La lluvia ha irrumpido, con fuerza, en nuestras vidas, tornando la calle en un lugar de tránsito rápido en el que nadie quiere estar, por no mojarse o pasar frío. Es una de las incógnitas de la humanidad: sabemos que la lluvia existe, llevamos viviendo con ella desde que nacimos, pero no acabamos de acostumbrarnos; de eso se aprovecha para cambiar nuestros planes, para convertirnos en indefensos viandantes que van de un sitio a otro, con un gesto molesto en el rostro, maldiciendo el chaparrón que azota nuestros paragüas; eso cuando los tenemos. Mi vida entre semana transcurre, siempre, por las mismas calles. Siempre las mismas aceras, las mismas esquinas, los mismos comercios, los mismos olores: a café, por la mañana pronto; unas horas más tarde a tortilla recién hecha; y a la hora de comer a platos más elaborados, que me hacen salivar, mientras acelero la marcha para llegar pronto a casa y precipitarme, violento, sobre el frigorífico. Cuando llueve, y ese ha sido el caso los últimos días, los olores se diluyen, llegan difuminados, a lo que contribuye que pasamos más rápido por delante de todo. A veces ni nos damos cuenta de saludar a las mismas personas de cada día, con las que nos encontramos siempre a la misma hora y en el mismo número de portal de la misma calle. La lluvia consigue que todos seamos unos completos desconocidos. Es capaz, incluso, de hacer que pase de largo del dieciséis del Paseo Pereda, y que tenga que volver sobre mis pasos cuando veo el letrero de la Cafetería Fripsia y me doy cuenta de que, otra vez, se ha salido con la suya. Ella se presenta siempre distinta ya que, como buena coqueta, no le gusta repetir modelo. Hay días que opta por trajes largos y entallados, que cubren hasta los pies, y dejan poca libertad de movimientos. Suele usar colores oscuros: sobre todo negros y grises, pero también marrones, aunque, en ocasiones muy especiales, se le ha podido ver luciendo casi todos los tonos de la paleta. Otras veces, los vestidos son cortos, intermitentes, con un corte fino y moderno, siguiendo las recomendaciones de los mejores estilistas de la meteorología. Incluso, no se sabe si para llamar aún más la atención (porque se siente sola), alguna vez se aparece desnuda, sin más tejido que el llanto dulce de sus gotas, que buscan cobijo en el pelo y en los labios de algún desprotegido muchacho. La lluvia late con fuerza en las calles de mi ciudad. Rebota y explota como malherida. Vuelve más desdichada la rutina, que no tiene más remedio que compartir su tristeza con las personas que viven encerradas en ella. Aprovecha que la gente se encierra en sus casas, para disfrutar de la ciudad a su antojo. Juega divertida en los parques, pasea en círculos por las solitarias plazas y corre (casi vuela) por las avenidas sin hacer caso de las señales y dejando atrás todos los coches aparcados a su paso. Hay tardes en las que se la puede escuchar hablando con el viento. No se adivinan palabras, tan solo algún silbido que se pierde en el horizonte. Una noche, de camino a casa, me encontré con el vagabundo loco de mi barrio gritando sus proclamas en medio del incesante chaparrón. Una mirada rápida para darme cuenta de que, en toda la Alameda, sólo estábamos los tres: la lluvia, el loco y yo. Esa vez no sentí pena, ni asco, y me paré junto a él para escucharlo. Decía algo de la lluvia, aunque no se le entendía bien, porque cuánto más gritaba, más intenso se hacía el chaparrón; era como si ella quisiese silenciar sus palabras. Parecía como si estuviesen escritas en un papel, cuya tinta se va emborronando al mojarse. Decidí acercarme más; tanto que podía oler sus palabras. Al fin, conseguí descifrar el mensaje. Seguí caminando hasta casa pensando en ello. A la vez que las palabras del loco rebotaban en mi cabeza, se iban haciendo más pequeñas en medio de la noche. Cerré la puerta, me quité la ropa mojada, me sequé el pelo con una toalla que olía a humedad y me senté en el sillón para ver caer las enormes gotas, a través de la ventana de mi balcón. Puse las noticias y comprobé que, en la costa del sur del país, la lluvia también estaba haciendo de las suyas. Inundando calles, anegando portales y casas, destrozando coches y empujando, con fuerza, hacia ninguna parte a los incautos que osaban ponerse en su camino. Quizá el loco tuviera razón, pensé. Quizá sea cierto que la lluvia necesite deshacerse con fuerza cerca del mar, como cualquiera sintiendo algo parecido. Tal vez sea verdad que en la oscuridad de una noche cerrada, en medio de alguna devastadora tormenta, la lluvia y el mar se encuentran, desnudos y a solas, sin pensar nada más que en ellos mismos. ¡Quién podría condenarlos por eso!





Sra. Rushmore se escribe con Z

26 11 2007

Es difícil saber quien es más afortunado: si el PSOE porque le haga la campaña la Sra. Rushmore, o la buena señora por tener la oportunidad de trabajar para el socialismo de Zapatero. Hace cuatro años fue Juan Capmany (presidente de DDB) y su efecto ZP, lo que revolucionó el marketing electoral en nuestro país. Esta vez, con menos margen para la innovación (por aquello de que gobernamos), los jóvenes creativos de Sra. Rushmore están situando al PSOE, en imagen (sobre todo) y mensaje, varios peldaños por encima del Partido Popular. Primero fue Con Z de Zapatero, ahora es La mirada positiva (inmejorable; me encantaría haber escuchado el briefing) y, unas semanas antes del 9M, conoceremos la imagen y el eslogan definitivo de campaña, que no nos dejará indiferente (y de eso se trata). Se le han criticado muchas cosas a Pepe Blanco (algunas con razón), pero hay que reconocerle dos hitos fundamentales en su gestión: haber renovado y unido a un partido centenario (a veces viejo) y con demasiados vicios heredados, y haber creado una de las mejores (y más engrasadas) maquinarias electorales del viejo continente. Para ello, ha optado por la solución más sencilla y que mejor funciona: hacer sólo que se sabe hacer y, para el resto (que es mucho), pagar (bien) a los mejores para que lo hagan.





Jueves lluvioso

22 11 2007

Ha dejado de llover. O eso creo. Hace un rato que no miro a través de la ventana. Ayer, el sur despertó, bruscamente, a la bahía. Hoy las nubes la duchan, para librarla de impurezas (in)humanas. Esta mañana, de camino al trabajo, me he encontrado con el maestro Fernán(do), que tenía su última función en el Teatro Español, en la Plaza de Santa Ana, donde un amigo ha comprado un pequeño apartamento; según me contó ayer por la noche. ¿Está lloviendo? No sé, y no tengo paragüas. Leo, por encima, lo del CIS(co). En la encuesta del 9M volveremos a ser los primeros. Como primeros (y espero que no únicos) han sido los compañeros de Euskadi. Eduardo hace tiempo que era el número 1. Ahora, también lo es en las listas. ¡Felicidades amigo! Sé de alguien que se hubiera alegrado muchísimo.





De orgullo, disgusto y extraños cambios de roles

19 11 2007

A veces pienso que debería programar mi radio para que en la desconexión territorial, que se produce demasiadas veces y a muy tempranas horas (para mi gusto), pusiesen publicidad, o conectasen con alguna radio fórmula, o alargasen hasta el infinito el ya mítico microespacio sobre “el Puerto de Santander, el Puerto de Cantabria”. Mientras tanto, me sigo torturando cada día muy a mi pesar. Normalmente, los lunes suelen ser peores, por aquello de que se rompe, de un sólo golpe, el espejo de la felicidad del fin de semana. Esta mañana, he asistido, con rubor (y un cabreo de cojones), a un (nuevo) extraño cambio de roles, que me tiene (al menos) perplejo. Los que teníamos que estar disgustados estamos orgullosos, y los que tenían que estar orgullosos (o simplemente no estar, que ya huele) están disgustados. No sé a qué clase he faltado este cuatrimestre, pero no entiendo nada. En fin, que voy a ver si consigo programar mi radio, de una vez, para evitarme estas inservibles reflexiones matutinas.





Mi vecino Arturo

17 11 2007

A veces la pantalla de la infancia se desenfoca y los recuerdos no llegan con la suficiente longitud de onda como para depositarlos, sin necesidad de intermediarios, en el cajón de las cosas recuperadas. Esta mañana he recibido una noticia que me ha hecho sentirme pequeño, indefenso y lejano en el tiempo: Arturo ha muerto. Mi vecino de al lado no ha podido seguir luchando contra ese cruel enemigo, mezcla de vejez y enfermedad, que ha terminado por imponerse, sin problemas, a la debilidad física y mental de un hombre viejo y cansado.  Me vienen a la memoria sus nietos, con los que jugaba en el patio de la comunidad. Fernando es el mayor, un año más que yo; Óscar el segundo, un año menos; y del tercero no recuerdo su nombre (sólo que tenía el pelo muy rubio), y eso que lo he visto, hace bien poco, por el Paseo Pereda con un mono azul de trabajo. Lo cierto es que, a pesar de que con Fernando, Óscar y el pequeño rubio compartía las aficiones, los miedos y las aventuras de la época de la niñez, quien de verdad me aportó algo fue Arturo. Lo recuerdo, los domingos por la mañana, llamando a la puerta de nuestra casa, vestido con ropa deportiva y su inseparable bastón de andar. El Monte Buciero no tenía secretos para nosotros. Subida hasta el Peñón del Fraile, pasando la Casa de la Leña, cruzando Cuatro Caminos, hasta llegar al Fuerte de Napoleón y bajada por la Alameda, para volver al Barrio de Santoñuca. Algo más de dos horas de recorrido, en las que hablábamos de las cosas que hablan los niños y la gente mayor, cuando están juntos. Digo esto, porque no recuerdo ni una palabra de aquellas conversaciones en medio de la naturaleza.  Supongo que, aparte de nuestros abuelos y abuelas, todos tenemos entre nuestros recuerdos el nombre,  la imagen, o la voz (normalmente grave) de alguna persona mayor; ya sea un maestro, un vecino, el tendero de la esquina, o el abuelo de nuestro mejor amigo. En mi caso, Arturo ha estado siempre ahí. Hasta hoy, claro. Nos encontrábamos en el portal; el subiendo despacio y yo bajando demasiado deprisa. Se asomaba a su balcón para vernos jugar al fútbol en el patio, hasta que los desagradables gritos de alguna vecina gruñona y terca terminaban con el juego. Otras veces, me tocaba llamar al timbre del segundo izquierda, para pedir algo de sal. En estos casos, era Toniuca, su mujer, la que me atendía, siempre con mucho cariño. Pensamos que hay personas que forman parte del atrezzo de nuestra vida. Arturo era una de ellas. Siempre he creído que mientras yo estuviese entrando y saliendo de ese portal, él aparecería para hacer algún comentario; últimamente, no se le entendía muy bien, por aquella de la evidente decadencia.  En alguna ocasión, hasta he pensado que un día volvería a llamar a mi puerta, vestido con su desgastado chándal, animándome a dar la última vuelta por nuestro monte. Mañana, por suerte, es domingo. Desde bien pronto estaré despierto y preparado por si suena el timbre.





Brazos de sol

17 11 2007

Suelo dedicar un rato del fin de semana a escuchar música, tocar la guitarra, aprender nuevos acordes, etc…Con el invento de YouTube, lo que más me gusta es ver y escuchar las versiones que hace la gente de las canciones que forman parte de mi vida. Hay mucho talento en el servidor de (ahora) Google. Hoy me ha dado por los cantautores de siempre y, entre ellos, me he quedado con el mexicano Alejandro Filio. He cogido prestado el título de su mejor canción para encabezar este comentario. Una absoluta maravilla, que es también un poema y una declaración de intenciones, de la que he encontrado varias versiones de gente, como yo, a la que le gusta darle un poco a las cuerdas; hasta que duelen las yemas de los dedos. Igual otro día me animo y subo algún vídeo de las versiones que hago (trato de hacer) de Silvio, Aute, Chaouen, Fernando Delgadillo, Antonio de Pinto, Pablo, Vicente Feliú, Quique González, etc…Mientras tanto, seguiré disfrutando del buen hacer de muchos aprendices de cantautores que llenan la red de pequeños homenajes a los grandes poetas de la canción. De aquellos, hoy me quedo con el otro Alejandro Filio, que no tiene nada que envidiar al original. Un puertorriqueño zurdo que, a pesar de sus problemas con los arpegios, nos deja en la red esta joya de cover de Brazos de sol.