Reconciliación

13 02 2008

Siempre he pensado que la tarea de reconciliarme con los Estados Unidos de América me iba a resultar muy complicada. Hay demasiados temas en el cajón del debe, que no voy a repasar ahora porque iría en contra de mi propia voluntad de perdón. Soy de los que aplaudí cuando Zapatero se quedó sentado al paso de la bandera de las barras y estrellas, pero, por ello, no dejo de entender que como país nos conviene tener unas relaciones fluidas con la, todavía, primera potencia mundial. Y no, sólo, a nivel político: necesidad de una buena interlocución entre la Casa Blanca y La Moncloa. Hablo, también, de mejorar las relaciones comerciales, sociales, culturales, académicas o personales. Nunca he ido a EE.UU. No es que no me llame la atención —todo lo contrario—; tampoco he cruzado demasiadas veces el charco, y cuando lo he hecho, el imán de La Habana no me ha dejado tomar otras decisiones. Pero, tengo decidido que este año voy a pisar suelo estadounidense. Le escribiré a Howard Dean, para ver si puedo ir de observador a la convención demócrata que se celebrará en Denver, del veinticinco al veintiocho de agosto. Lo malo es que me queda un poco lejos de Nueva York, una ciudad —la ciudad— en la que me da, ya, cierto coraje no haber estado.

En fin, que no sé si cuando haga mi primera incursión en el país de Elvis, Michael Jordan, Bogart… Obama será presidente o, todavía, estará a punto de serlo. Lo que tengo claro es que lo va a ser. Y lo mejor de todo es que Hillary y, sobre todo, Mc Cain, también son conscientes. La gran contribución de Clinton a su país, ha de ser dejar el paso libre al torrente de cambio que encarna Obama; no sé a qué espera la senadora demócrata para retirarse, reconociendo su abultada derrota, no tanto, por el momento, en delegados —sí en estados—, como en ilusión. La que ha generado Obama, no sólo en su país, si no en todo el mundo, no es comparable a nada que yo haya visto antes. Confieso que llevo unos días, por aquello de la diferencia horaria, despertándome en mitad de la noche para comprobar, en la pantalla de la blackberry —tan borrosa por el sueño como nítida por las concluyentes cifras—, las aplastantes victorias del senador demócrata. El Yes, we can! es el mejor invento de comunicación emocional  de los últimos años.

No sé a quién votarán los hermanos Coen, pero si tengo claro que yo les votaría para el Oscar —huelga de guionistas mediante, a los que traslado mi reconocimiento por su constancia— a la mejor dirección, y a la mejor película. Ni comento, por obvio, que Bardem se merece el premio al mejor actor de reparto —¿actor de reparto quien sostiene, de principio a final, la película?—; su interpretación es tan contagiosa que, en mitad de la proyección, estuve a punto de ajusticiar a un viejo que roncaba, a un volumen insoportable, dos asientos a la derecha del mío. La señora del durmiente impidió el homicidio, despertándolo con unos codazos dignos del mejor pressing catch. En fin, que si no es país para viejos, si lo va a ser, por fin, para un presidente negro. Y porque va a ganar Zapatero —la otra opción me da más miedo que Bardem—, pero no puedo dejar de imaginarme a Rajoy poniéndole a la firma al Presidente Obama, en su primera visita oficial a España, el contrato de integración, con el listado anexo de costumbres patrias a consagrar.





Give me hope, Obama!

4 01 2008

No me acuerdo de quien era este famoso tema musical; tan sólo haberla cantado muchas veces; seguramente en su momento fue canción del verano o algo así. Hoy me sirve para poner música a una victoria que abre el camino de otras más importantes; también -espero- de la gran victoria. Esta noche, Barak Obama se ha ido a dormir (supongo que no habrá conseguido conciliar el sueño) como ganador del caucus de Iowa, con todo lo que ello supone (información sobre las elecciones en EE.UU la tenéis, a raudales, en el blog de Ruth, por lo que no voy a repetir nada). Todo ha ido según las últimas previsiones: John Edwars segundo y Hillary Clinton tercera. Me gustaría que, después de todo el largo y complicado proceso, las cosas quedasen así, y el ticket demócrata fuese Obama-Edwards. La era republicana que tanto daño ha hecho fuera (sobre todo) como dentro de los Estados Unidos, está llegando a su fin. Quiero que gente como Bush, Cheney, Condolezza y cía, sean historia. Para favorecer esa necesidad planetaria he decidido contribuir, de manera simbólica, con la campaña de Obama. He hecho una donación de $10. Me diréis que soy un tacaño, y que con eso no le llega ni para el sello de una carta agradeciéndo mi generoso dispendio; pero la ilusión que me ha hecho no me la quita nadie. Soy donante del próximo Presidente de EE.UU. Ya verás como al final me van a caer bien estos yankees…