Uno

15 12 2009

Uno es más que cero y menos que dos. Uno es quizá algo incierto. Uno es debilidad de adolescente. Uno es restos de cenizas. Uno es lo más parecido a una revuelta en el frenopático. Uno es la delicadeza dormida. Uno es desafío parcial. Uno es que vivas rodeada de pequeñas figuras humanas. Uno es epitafio sobre tumba ajena. Uno es rebelión en la granja sometida a las reglas del derecho internacional. Uno es nochevieja sin año nuevo. Uno es apetito, siempre apetito. Uno es el centro del universo. Uno es la perfección indemostrable. Uno es deseo, sudor y más deseo. Uno es coloquio universal. Uno es mirarte y saber que la cosa no va en broma. Uno es acertijo de ceremonia fúnebre. Uno es dar a diestro y siniestro. Uno es ocultarme bajo tu minifalda a esperar que pase la tormenta. Uno es también y sobre todo el comienzo de dos. Uno es aquello que una vez pensé que iba a ocurrir y nunca ocurrió y ahora es uno. Uno es devolver lo prestado. Uno es leer a través de tus ojos de gata. Uno es divertido, muy divertido. Uno es la caricatura de un sueño de la infancia. Uno es el recorrido más largo para llegar a la meta. Uno es todo menos un arma de destrucción masiva. Uno es la elegancia de un caballito de anís. Uno es Rodrigo y Roberto y Julio. Uno es un paseo entre molinos que tocan el cielo. Uno es la auténtica tentación, la dulce tentación. Uno es a ratos terrible. Uno es compositor de sinfonías a las que nunca asignarán un número. Uno es la maravilla entre tus piernas. Uno es la revelación del espíritu santo. Uno es uno y es más, es mucho más, pero es uno. Uno es uno, ¿verdad?

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Principios y números imaginarios

8 09 2009

   Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros. Groucho Marx

No es una novedad, pero estos días me estoy acordando mucho de esta idea marxista (de Groucho, no de Carlos) por la cuál una persona puede ir adecuando sus principios, convicciones o creencias en función de lo que más le conviene, de lo que otros le piden/exigen, de lo que se lleva o simplemente de lo que interesa más en cada momento. No puedo con ello. Lo siento. No puedo. Tendré millones de defectos (ahora mismo seguro que, igual que a mí, se os están ocurriendo cientos de ellos) pero ése no lo tengo ni lo tendré nunca, porque perdería mi nombre y mi apellido, dejaría de ser quien soy, moriría…

Mi compromiso político me ha enseñado muchas cosas buenas, muchísimas, pero también bastantes malas, nefastas. Una de ellas contemplar con una mezcla de estupor y cansancio que mucha gente (demasiada) no tiene ningún pudor en seguir el ideario de Groucho Marx, en cambiar sus principios con el comienzo de cada nueva semana, o cada vez que amanece, o en mitad de una conversación. Todo sea por permanecer, por sobrevivir (yo creo que eso es lo más parecido a la muerte, pero allá cada uno). Hay camaleones que no mutan tanto.

Una interesante labor de investigación me ha llevado a descubrir que mi vida es una sucesión de números imaginarios (que son los que no tienen solución real), y eso me permite saber en qué fase estoy y cuál viene después (los valores de sus potencias se repiten cada cuatro). No es poco, porque así puedo tener cierto control sobre mi vida y la capacidad de anticiparme a algunas situaciones que antes no era capaz de dominar. Tras el descubrimiento me siento liberado, tranquilo, feliz (más si cabe), porque he comprendido de golpe buena parte de las cosas (buenas y malas) que me han ocurrido estos últimos años, y además puedo encarar el futuro inmediato con bastantes dudas, pero también con muchas certezas.

Suenan los fuegos artificiales en Santoña justo en el momento en que termino de escribir este pequeño texto. Fuegos artificiales que me recuerdan que ya es día 9 y soy un año más viejo, aunque no está tan mal esto de cumplir años ahora que sé que mi vida no tiene solución real. Encima de la mesa tengo un libro de Enrique Vila-Matas, otro de Julio Cortázar y algunos cd´s de Antony and the Johnsons y Bob Dylan: «How many roads must a man walk down before you call him a man?»





Un bonito día (del libro)

23 04 2009

Hoy es un bonito día: el día de Jorge, de Jordi, de regalar rosas y libros, de recorrer con el descaro de un lector empedernido alguna librería afortunada…. Este jueves es un bonito día de sol, de bancos llenos de gente, de aceras repletas, de descansar en medio de una paz sólo alterada por el ruido que hacen los motores de las abejas.

Un bonito día de libros emocionantes, autores sublimes: es indescriptible lo que me hacen sentir algunos de mis escritores preferidos. No sé cuántas veces me he quedado parado en una página concreta, en una frase, en una palabra, intentando certificar que lo que acababa de leer estaba ahí escrito y de esa manera, y he bendecido a su autor por ser capaz de crear tanta maravilla.

 

Leer debería ser obligatorio. Cada uno lo que le guste, lo que quiera, ¿qué más da? Hay que leer y además es muy barato: tenemos bibliotecas y los libros de bolsillo valen menos que un menú del día. Cuanto más leamos menos nos tomarán el pelo los que a pesar de no haber leído casi nada quieren gobernar nuestras vidas.

 

Si a Julio Cortázar no le hubiera leído nadie, seguiría siendo escritor, pero yacería en el olvido y de tan triste las hojas de sus libros terminarían destruyéndose como si fueran láminas de madera atacadas por un ejército de termitas.

 

A pesar de lo mucho que disfruto escribiendo, de todo lo que me aporta, de ese momento mágico cuando vas dando forma a una historia que justo hacía un minuto no existía, era nada, nada…, me quedo con el verbo leer, sobre todo si pienso en el capítulo siete de Rayuela.

En un rato me pasaré por la Librería Gil porque no voy a dejar de comprar libros justo en este día. Os recomiendo el último de Alberto Santamaría, Pequeños círculos, una absoluta maravilla.





Llibres, dolços, salats…

28 03 2009

Llibres, dolços, salats… Libros, dulces, salados… Oigo voces que desprecio con simpática virulencia. No quiero escuchar nada que no sea mi propia respiración, oculta, sometida al débil rumor de la incertidumbre… Tampoco me preocuparía dejar de escucharla. No temo a la muerte. Sólo temo dejar de vivir, no haber sufrido suficiente, no haber descubierto algunas calles caleidoscópicas, no haberme reflejado en un número razonable de rostros indefensos… El día que eso ocurra no me importará tirarme delante de un camión de seis ejes que supera en 20 km/h la velocidad máxima permitida en vía urbana. Ahora no es el momento y menos en Barcelona. Dice un amigo de Roberto que si vas a ir a la cárcel o al hospital, es mejor hacerlo en tu ciudad. Debe ser por aquello de facilitar las visitas. Si mueres, no tienes ese problema. Se puede morir en cualquier lugar. No me parece que el espacio físico sea una variable importante a la hora de morir. Si tengo que elegir, si pudiera elegir, ya sé que no es posible salvo en caso de suicidio —quizá sea esa la solución—, si pudiera elegir, digo, me encantaría morir en tu risa. Dejar mi vida en tu boca, sí, en esa boca de almizcle que a los ojos de los necios sonríe de manera exagerada. ¿Qué sabrán ellos?

Me he sentado a tomar un café con Roberto, Julio y Enrique. No se me ocurre mejor compañía. Y si se me ocurriese, tengo claro que ahora mismo no es posible cambiar las cosas, así que para qué vamos a perder el tiempo hablando de ello. Es algo muy típico de la gente, de esa gente que desprecio: se detienen eternamente en conversaciones acerca de temas —casi siempre temas es sinónimo de problemas para esa maldita gente— sobre los que no pueden tener ni la más mínima incidencia. Pierden el tiempo, por tanto, y el tiempo les pierde a ellos, porque no salen nunca de su lamentable bucle. ¡Y no trates de decirles nada! Te reprocharán el intento —temible intento— de hacerles ver que carece de sentido comportarse como lo hacía la gente que vivía en los pueblos en los años veinte del siglo pasado. Si la modernidad, la postmodernidad y la neomodernidad no han servido para terminar con estos modos de vida, es que alguien no está entendiendo nada, o no quiere entenderlo, o sabe dios qué…

«Muchacha a cuatro patas que gime mientras el vibrador entra en su coño. Tenía las piernas largas y dieciocho años, en aquel tiempo estaba en el negocio de la droga y no le iba mal, incluso abrió una cuenta corriente y se compró una moto.» Les he dicho que hoy me quedaré un rato más charlando con Roberto…