Paréntesis

29 09 2010

(Lesión. No es grave. Lesión. Afecta a más de la mitad de mis órganos vitales. Repito: no es grave. Trato de soltarme. Me suelto. Necesito respirar durante al menos dos lunas. Inspiro, expiro, inspiro, expiro y me doy cuenta de que estoy perdiendo movilidad en los dedos. ¿Será de estar todo el día tecleando en la puta Blackberry? No lo descarto. Eso me recuerda mi lesión. Ya lo dije: no es grave. Cada vez que me duele algo en el cuerpo creo que voy a morir. Cada vez que viajo en avión creo que voy a morir. Si me duele algo en el cuerpo mientras viajo en avión, ¿podré morir dos veces? ¿Y, al menos, creerlo? Las últimas horas han sido durísimas. Lo he probado todo para desintoxicarme. Ni yendo en bicicicleta con el viento sur golpeándome en la cara he conseguido quitarme de encima esta pegajosa sensación de moribundo. Me doy asco. Pena. Evito el contacto personal. No miro a la gente. No hay gente. No. Uff… Dios… Necesitaba esto. ¿Cómo he podido soportar el mono durante casi catorce mil palabras? Inspiro y expiro cada vez más fuerte. No me importa que alguien pueda estar escuchando al otro lado de la puerta. Oigo ruidos. No me importa. Yo sigo a lo mío. Repito en voz alta, con tan sólo un nanosegundo de dessincronización, las palabras que mis fatigados dedos aciertan a teclear. Estoy atrapado por la enfermedad. Lo sé. Y seguramente, a estas alturas, ya lo sabe más gente. Y ahora, como si tuviera pocos problemas, encima esta lesión. No es grave. Pero ¿cómo sé si no voy a morir justo ahora? ¿Hay alguna forma de adelantarme a la muerte y reírme de ella con una risa desencajada y cruel? ¿Alguien que haya muerto ya y que esté leyendo esto puede explicármelo? ¿Hay literatura más allá de la muerte? ¿Hay literatura más allá de la vida? ¿Hay vida más allá de la literatura? Al fin he llegado a la pregunta clave. Con un rodeo perverso, pero he llegado. ¿Hay vida más allá de la literatura? ¿Necesito salir de mi novela para poder vivir? ¿Es incompatible mi novela con mi vida? Quiero gritar. Grito: ¡Maldito Adorno y su Nuevo Imperativo Categórico! ¡Maldito seas! ¡Maldito Benjamin y su deber de memoria! ¡Malditos seáis los dos! ¡Dejadme en paz! La lesión se extiende. El setenta por ciento de mis órganos vitales no funcionan correctamente. Me paralizo. Temo reventar por dentro. Temo reventar por fuera. Temo mancharlo todo de sangre, memoria y ocurrencias. No me lo perdonaría nunca. Inspiro, expiro, inspiro, expiro y con la mano izquierda me froto los ojos como queriendo aliviar el dolor, pero no alivio nada y ahora veo aún peor la pantalla del ordenador. Tenía que hacerlo. No me arrepiento. Aunque me duela el cuello como nunca me ha dolido ninguna parte del cuerpo. Aunque no me circule la sangre por la pierna derecha. Aunque la lesión haya alcanzado ya a todos mis órganos vitales, salvo a uno. Un segundo… Ahora sé que masturbarse y morir son la misma cosa. Ahora lo entiendo todo. Cierro este paréntesis).





30 de marzo

26 09 2010

Me llamó la atención su apellido: Calamaro. Escucharlo y saber que había encontrado al compañero de aventuras ideal para mi primera noche porteña fueron un solo acto. En el bar sonaba El palacio de las flores, y al verme cantar cuidado con las palabras que terminan con ina, yo también quiero mucho a Argentina aunque nadie me preguntó si en Argentina quería nacer, donde el que no come se deja comer…, se me acercó con el cuento de que era primo de Calamaro y de ahí su apellido. Aún sabiendo que los dos somos heterosexuales no le creí. Fumaba. Fumaba sin parar, pero se le notaba incómodo. Me dijo que fuéramos a otro local, en el que al parecer no ponían pegas a los canutos. Voy a donde me digas, no conozco nada, Calamaro, le dije, ¿cuál es tu nombre?, le dije también, y no me contestó, Calamaro, llámame Calamaro, y acarició el llámame como si fuera la última palabra que le quedaba en la boca, me sentí bien, porque ya estaba a punto de irme al hotel y ahora, por el dichoso azar, porque la vida no es como el ajedrez, la vida es más como la rayuela (esa magia enredada en la vida cotidiana), tenía por delante un mundo desconocido, un guía y una necesidad: saber qué pasa cuando el aparato del Estado se va a dormir y la calle pertenece por completo a la gente. Dios es argentino, me dice gritando, como queriendo llamar mi atención sobre algo, Dios es argentino, y me explica que estuvo una vez en España, en Barcelona, durante el Fórum, que fue uno de los jóvenes diseñadores de su país que participaron en un proyecto expositivo que se llamó Dios es argentino, yo también visité el Fórum, le digo, pero no recuerdo esa exposición, pide otras dos cervezas y me explica que el diseño que más le gustó no fue el suyo, del que seis años después se arrepiente como de haber matado a un padre, sino el de una tal Cynthia Orensztajn, le da un sorbo a la Quilmes Imperial y me cuenta que el diseño de Cynthia llevaba por título Anagrama, y entonces Calamaro saca una pequeña libreta del bolsillo derecho de su pantalón y trata de reproducirlo:

El diseño de Cynthia resulta ser una pintada hecha con la técnica del stencil en una pared ajada, que inevitablemente trae a mi cabeza la imagen de Los lápices siguen escribiendo, y aprovecho para resumirle la historia de mi fotografía, de mi novela, de mi vida…; creo que el esfuerzo de síntesis acelera la acción de la cerveza y empiezo a marearme, miro a Calamaro y él está sonriendo, feliz por la coincidencia, y me pide que brindemos por todas las pintadas que hay en las paredes de Buenos Aires y repite varias en voz alta:
Reaparición en vida.
Están comprando tu felicidad, róbala.
Con las urnas al gobierno, con las armas al poder.
Si Evita viviera, sería montonera.
EE.UU. manda.
Come verdura.
Aunque nos echen hoy volveremos mañana.
Ricardo Darín es mi cuñado.
Basta de deshabilitar a los usuarios de droga.
Menem sos un cagón.
Acá viven dos sepulcros blanqueados.
Tengo ganas de culear.
Patria sí, Bush no.
Quiero vivir dos veces para poder olvidarte, te amo.
La moda rompe la cabeza a las mujeres.
Si éste no es el pueblo, el pueblo ¿dónde está?
La culpa la tiene el Vaticano.
Messi, haz eso en el Mundial.
¡Basta!, Calamaro, ¡Basta!, le digo, ya me hago una idea, además, tengo varios paseos pendientes por Buenos Aires y me gustaría que alguna pintada me sorprendiera, ¡no me las descubras todas!, y le dije eso porque no podía contarle la verdad: no me había gustado la pintada sobre Messi (a Leo ni tocar), pero no quería sacar el tema no fuera a ser que Calamaro se enfadara y diera por terminada nuestra recién estrenada amistad, así que pedí otras dos cervezas, perdí la cuenta de las que llevábamos, perdí un momento la consciencia, pedí a Calamaro que dejara de echarme el humo del canuto en los ojos y no lo hizo, perdí los nervios y le grité, pedí la cuenta y salí fuera, pedí un taxi y en lugar de darle la dirección del hotel le pregunté si podía llevarme a ver pintadas callejeras, no sé, igual hay una ruta, le dije, y el taxista sin mirarme en ningún momento murmuró algo que no pude descifrar, esperó a que me quedara dormido, dio unas cuantas vueltas por la ciudad y me despertó bruscamente cuando el taxímetro marcaba ya sesenta y dos pesos para anunciarme que estábamos llegando a la Plaza de Mayo, como si se me hubiera perdido a mí algo en la Plaza de Mayo, pagué la carrera y me bajé, creo que le grité boludo, pero no me oyó, menos mal… Entonces, mientras enfilaba el camino del hotel, me acordé de Calamaro y de lo que decía el stencil de Cynthia: Argentino es anagrama de ignorante, no un sinónimo.





Trozos de febrero (II)

8 02 2010

Sábado, 6 de febrero: De tanto llover la lluvia ya no cae del cielo, se ha pegado al suelo y el único movimiento que hace es rebotar todo el rato. Funeral gótico; en mi memoria el bonito con tomate; tanta gente conocida me hizo pensar que el muerto era otro; las mismas ausencias de siempre. Cerca de la medianoche me espera una música que me resulta conocida, pero ahora sólo escucho el sonido de un sms en mi móvil: Librería Gil. Hemos recibido su encargo. Puede pasar a recogerlo, gracias. ¡Alégrame el día, librero! Bolaño ha llegado, dejo todo lo que tengo entre manos, ¿qué otra cosa podría hacer?

Domingo, 7 de febrero: Desayuno de nueve y media a dos y media. ¿Hay otra manera mejor de pasar un día gris como éste?

Lunes, 8 de febrero: Sigue lloviendo y creo que está empezando a afectarme. Y me jode porque debería controlar estas cosas. El frío es más un estado de ánimo que una sensación térmica, pero la lluvia moja y se queda a vivir en tus huesos, y duele.

Varios:

Una de las cosas que más me duele con relación a estos últimos años es que, con toda seguridad, hemos decepcionado (defraudado sería la palabra adecuada) a mucha gente buena que, una vez superados prejuicios iniciales, confió en nosotros (todavía no sé muy bien por qué, quizá nos lo fuimos ganando poco a poco), gente como Isa, como Carlos, como Marta… Les recuerdo en esa foto y sé lo que piensan ahora de nosotros (cuando digo nosotros me refiero a la idea que les vendimos, y cuando digo sé lo que piensan es porque también lo pienso yo), después de habernos visto sonreír cómodamente sentados a la mesa de la gentuza contra la que tanto luchamos: ¡Menuda mierda!

Sé lo que necesito: estar a mi bola, pasar de todo el mundo, como he hecho hoy en cuanto me han dado una mínima excusa para ello. Pasar de todo el mundo, apagar los móviles, arrojarlos por la baza y tirar de la cadena un par de veces, y comprobar que han desaparecido por los desagües y que ahora están llenos de mierda, como tiene que ser…

Sé que algo me pasa, pero no tengo claro qué es. Para empezar, no consigo escribir de otros temas que no sean literatura, muerte y sexo, y no me preocupa literariamente, sino personalmente.