No sé por dónde empezar

25 01 2009

No sé por dónde a empezar a explicar lo que pasó ayer en el Teatro Jovellanos de Gijón. No sé por dónde empezar y tampoco sé si debo empezar, y no lo sé porque tal vez lo mejor sería permanecer dentro de mí y no salir nunca, pero quizá luego me arrepentiría o, sin llegar a arrepentirme, terminaría saliendo a borbotones un buen día y me inundaría y yo quedaría exhausto para siempre.

No sé por dónde empezar a explicarlo pero sé que salí del Jovellanos dolorido, como cortado en pequeños pedazos, con pocas ganas de nada o con ganas de casi todo… No sé por dónde empezar a explicarlo pero reconozco que en algún momento dudé si estaba vivo o muerto, atrapado en mi resbaladiza butaca roja, concentrado en no sufrir más de lo necesario…

No sé por dónde empezar a explicar lo que pasó anoche en el Teatro Jovellanos, y ya sé que me repito pero me da igual porque estoy jodido y porque unas cuantas horas después todavía sigo tragando toneladas de bilis ajena, o quizá propia, y aunque pueda parecer fácil no lo es, no lo es de ningún modo, ya te digo yo que no es fácil…

No sé por dónde empezar a explicar lo que pasó anoche en Norteña, pequeña patria de cielos grises y azules, como el plumaje de los pájaros que siempre terminan posándose en ventanas que nunca les pertenecen, no sé por dónde empezar y sigo dudando, a pesar del paso de las horas y de que haya amanecido y de que en días como éste no me guste despertar, sigo dudando, digo, y me gustaría tener alguna certeza, aunque eso termine matándolo todo…

No sé por dónde empezar a explicar si ayer escuché a un ángel, o me encontré conmigo mismo, o ninguna de las dos cosas, o quizá sea una tercera y la tercera sea la que de verdad me duele, o puede que no sea nada y todo se solucione con caja y media de alprazolam, lo que me haría recuperar la fe, si es que alguna vez la tuve que tampoco lo tengo claro, y ahora qué más da si ya pasó todo, ya salí del Jovellanos, y poco a poco va despareciendo el shock post-traumático aunque yo me empeñe en que no desaparezca y lucho como gato panza arriba porque se quede conmigo un rato más…

No sé por dónde empezar a explicar lo que pasó ayer en el Teatro Jovellanos, pero se me ocurre que ya es hora de recapitular las hostias que me ha dado el mundo…

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Universo personal

23 01 2009

No sé por qué pero estos días me he acordado mucho de cuando, en mis cumpleaños adolescentes, mi tío Jaime (el único varón de la larga familia de los Benito González) me regalaba música, música muy diferente a la que yo entonces escuchaba, que era, básicamente, todo lo que tenía que ver con tupés, sí, hubo una época en que el pelo me daba para llevar tupé, ¿qué pasa? Recuerdo especialmente un disco doble de Leonard Cohen y otro de Tracy Chapman. Le agradezco mucho a Jaime, más aún con el paso del tiempo, el detalle de ampliar mi universo con cosas nuevas, diferentes… Yo trato de hacer lo mismo con la gente a la que quiero.

Suzanne takes you down to her place near the river
You can hear the boats go by
You can spend the night beside her
And you know that she’s half crazy
But that’s why you want to be there
And she feeds you tea and oranges
That come all the way from China

Estos días estoy volviendo a escuchar mucho al Sr. Cohen, no sé si para entender mejor a uno de sus nietos más ilustres, Nacho Vegas, o simplemente por el intenso placer que me produce la música de verdad, esa que es exclusiva de arquitectos de la palabra como Leonard o Bob Dylan. En los últimos días estoy volviendo a escuchar al Sr. Cohen y me he acordado de esos regalos de Jaime que pretendían ampliar mi universo. En las últimas navidades quise devolver, de alguna manera, el gesto y le regalé a Álvaro, su hijo, mi pequeño gran primo, un libro de Eduardo Galeano y creo que acerté, igual que acertaba Jaime.

And just when you mean to tell her
That you have no love to give her
Then she gets you on her wavelength
And she lets the river answer
That you’ve always been her lover

Escribo esto mientras disfruto de Suzanne, que ya es disfrutar, que ya es emocionarse, y lo escribo convencido de la necesidad de ampliar constantemente mi universo personal, hacerlo cada día, descubrir cosas nuevas, de la mano de alguien o por mí mismo, investigando, leyendo, abriendo bien los ojos, diversificando, viviendo, y a ratos, sólo a ratos, sufriendo un poco…

And you want to travel with her
And you want to travel blind
And you know that she will trust you
For you’ve touched her perfect body with your mind.





Crujidos sobre la bahía

23 12 2008

Hay ratos de balcón que valen una vida. Imágenes que te reconcilian con el mundo en poco más de dos segundos. Hace frío pero es de ese tipo de frío que reconforta. Las manos heladas y el sol en la cara: delicioso contraste. El mar siempre presente. El mar recortado y el mar infinito. Carreteras que llevan a destinos encendidos por una luz casi divina, donde no hay nada que estropee nada.

“Y si no encuentras fuerzas para salir de aquí,
yo las sacaré de donde sea y seguiré sin ti”.
Me dijiste algo así con voz grave y resignada,
me grabé tus palabras y me vestí listo para comenzar.

Te escucho una y otra vez. Con los ojos cerrados y abiertos. Te escucho siempre. Y si tengo el mar justo enfrente tus palabras me llegan intermitentes y con una ligera distorsión que casi parecen cacofonías. El mono me detiene y ahora estoy casi congelado, aunque a ratos me vuelvo tibio. La tibieza me asusta más que el dolor de las cuestas que no soy capaz de subir.

Día 1, en pie, no he de pensar,
ya es día 2, alprazolam,
comienzo a hablar y no me hago entender,
y llega el día tres, lo vuelvo a estropear.

Si nunca has hablado a las nubes no serás capaz de entender mis motivos. Y te puedo decir que son bastante sencillos: mar, frío, sol, temblores, imágenes que se repiten y que cada vez pasan más despacio, como queriendo detener el tiempo, palabras dichas con un registro equivocado y alguna que otra pregunta que nunca debería haber salido de mis labios.

No preguntes ni por qué ni por qué no,
sólo yo sé el motivo y no es bonito.
Me mudaré a otro sitio, me iré de esta ciudad,
pero ahora es de mí mismo de donde me quiero escapar.

«Que es jodido ya lo sé, pero no es dramático, esto no es tan trágico, esto no es un drama, no, te diré mil cosas por las que llorar…»





Uno de esos días en que era mejor no haberse levantado

12 12 2008

Hay días que según nacen, bien temprano, ya sabes que lo mejor hubiera sido saltarse el calendario. Es una sensación extraña que te asalta en el momento de exprimir toda la vitamina C de las naranjas. Hoy es uno de esos días. Tengo buen instinto y no necesito ver pasar muchas horas para saber que este viernes de diciembre no va a pasar nada bueno. Y no creo que me equivoque. No suelo hacerlo. Supongo que me jode que haya salido el sol. No entiendo por qué tiene que aparecer precisamente hoy para darle brillo a este potingue asqueroso.

No voy a intentar cambiar nada hoy. Esfuerzo baldío, roto, innecesario. No voy a gritar ningún lema de antes de ayer, porque los he olvidado todos convenientemente. Resucitaré al segundo día y entonces, sólo entonces, recordaré estas palabras con una sonrisa lastimera en la boca. Y en voz baja te preguntaré si es verdad que una noche mis pies estaban demasiado fríos. Y brindaré por ti y por la gente del barrio, que pasean sin darse cuenta de que siempre llegan tarde a todo, incluso a ellos mismos.

Tuerzo la boca y aprieto los labios en señal de recogimiento intelectual. Enciendo la radio y pruebo a sintonizar alguna frecuencia en la que suene Canción de palacio # 7, pero como me imaginaba ninguna emisora se atreve a contar las cosas que pasan en mi vida, en la de todos. No le interesan a nadie. He decidido que ni siquiera a mí. Abro el mueble donde está toda la música, busco un cd concreto, lo pongo en el aparato reproductor y me sirvo una copa con muchos hielos para reducir la terrible inflamación. Dejo que suene y declaro solemnemente que es lo único que quiero escuchar hoy. Lo único, ¿vale?

Con todas estas páginas he construido mi mansión en una zona alta de la ciudad, soleada y residencial.
Me llegó a ofrecer —y era una ganga
mano de obra infantil cierta gran multinacional.
Claro, yo la rechacé.
No saben la de cosas que se escuchan cuando tus paredes son todas de papel.
Anoche oí a dos tipos planear una guerra nuclear mientras me hacía un té.

Y a veces oigo a las ratas
que roen la pared.
Les doy papel de estraza
del que uso yo para sacar la tinta de la piel.

Y vivo así en mi palacio de papel.
Se está bien aquí, se está bien.
La mujer del tiempo anuncia un vendaval,
pero no me iré; resistiré.

Y se oyen voces que hablan de deshaucio y sé que quieren derribar mi humilde mansión.
Al parecer pretende abrir aquí una nueva boutique un tal Louis Vuitton.
Puede que lo hable con él…
O puede que me atrinchere aquí, y como cualquier animal ya sabré lo que hay que hacer.
O entienda que si no pierdo la fe es porque jamás llegué a tener una que perder.

Pero en veintiocho años,
vean que la reconstruí
con estas sucias manos
un millar de veces y sigo viviendo así,

como un rey en mi palacio de papel.
Se está bien aquí, se está bien.
La mujer del tiempo anuncia un huracán,
pero no me iré; resistiré.

Y si hay un fuego aprenderé a arder.
Y si empiezo a arder aprenderé a apagarme.

Y vivo así en mi palacio de papel…

(Tengo una razón y volveré a ACTUAR.)
(No hay IMPUNIDAD pero voy a actuar.)

Nacho Vegas





Miro el techo que hoy ha vuelto a gotear

29 11 2008

Miro al techo que hoy ha vuelto a gotear,
hacía tiempo que no llovía así,
y cada gota golpeando contra los cacharros de metal
me hace pensar unas veces en sangre y otras veces en ti,
lo que en realidad viene a ser lo mismo,
lo que por crueldad ahora viene a dar igual…

Ocho y medio, NACHO VEGAS

Aunque al final de esta terrible canción Nacho Vegas diga: «dentro de este horror no hay literatura», me apetece desafiar su sentencia y escribir alguna cosa más o menos coherente mientras la escucho una y otra vez. Escribir aunque el dolor que vierte el aparato de música me resulte insoportable. Escribir aunque pueda imaginarme a Nacho Vegas —casi puedo verle si aprieto los ojos— desgarrándose mil veces al tiempo que dibuja los garabatos que terminarán uniéndose en la maravilla de Ocho y medio. La maravilla del absoluto dolor. La maravilla del dolor absoluto. La maravilla de la muerte en vida. La maravilla de una vida muerta.

Escucho la armónica que trata de rebajar la sobredosis de barbitúricos y pienso que no querría estar en la piel de Nacho. Aplaudo su transparencia, alucino con su capacidad para contarlo todo y contarlo así, pero que nadie me pida que yo haga lo mismo. No creo que nadie quiera destrozarse de esa manera. Yo no quiero, pero soy tan egoísta que me encanta que Nacho lo haga. Me reconforta. Me siento bien. Me duele pero no es mi dolor y así es mucho más fácil, más sencillo, así es mucho más digerible. Siempre nos reconforta el dolor ajeno. Somos así de hijos de puta. Y si encima el dolor ajeno viene escrito en tonos menores es aún mejor. En tonos menores todo es más emocionante, por tétrico, por sombrío, en tonos menores todo es más trágico.

Nacho tiene esas cosas, le gustan los tonos menores. Eso debe pensar la gente. ¡Qué cojones le van a gustar! No le queda otra. Si sufres estás abonado a los tonos menores. Además, no creo que El Maestro sea adicto al sufrimiento, simplemente sufre y nos lo cuenta con la naturalidad de un muerto. Y lo hace de manera tan bella que nos libera un poco de nuestro propio sufrimiento. Es la mejor medicina, aunque en pequeñas dosis: no es recomendable abusar del dolor de Nacho Vegas. Con su último disco, El Manifiesto Desastre, ha culminado con saña la Gran Trilogía del Sufrimiento: Ocho y medio, El ángel Simón y Morir o Matar. Prueba a escuchar la Gran Trilogía del Sufrimiento seguida, sin ninguna pausa, y luego dime si no te apetece suicidarte un poco, luego dime si no te entran ganas de lanzarte al vacío, o dejarte caer sin más, porque el vacío es precisamente el lugar donde tiene lugar el milagro musical de la Gran Trilogía del Sufrimiento.

Hace frío, mucho frío. Estoy helado. Hay canciones más duras que el hielo de la Antártida. Hay canciones más duras que la muerte. Hay canciones que se instalan en tu vida y no puedes expulsarlas. Hay canciones que producen adicción. Hay canciones con las que experimentas el dolor verdadero, sin necesidad de nada más. Hay canciones que refuerzan nuestra adicción al dolor ajeno. Hay canciones que son los mejores catalizadores de las emociones más ingratas. Hay canciones terribles que si las escuchas cuarenta y siete veces seguidas dejan de ser terribles. Y es que nos acostumbramos a todo. Cuando llega la vez número cuarenta y ocho casi puedes bailar y deshacerte del dolor. Es lamentable, pero es. Así somos, ¡bah!

No sé si es peor no saber pedir perdón o pedirlo demasiadas veces. No encuentro la respuesta en Ocho y medio. Debe ser una de las pocas cosas que quedan sin resolver en una canción que se extiende durante seis minutos y cincuenta y tres segundos. Ahora la estoy escuchando hacia atrás, en velocidad 2X. Sigue sonando a dolor intenso. Además, resulta todo mucho más desordenado: la música logra más protagonismo porque la letra se amontona y, como lo que escuchas pierde parte de su sentido, terminas estando más pendiente de los inquietantes arpegios. Si escuchas la canción hacia atrás la música termina dominando a la letra. No quiero vivir bajo esa dictadura, y me jode que eso pase con el noventa y tres por ciento de las canciones que oye a diario esta humanidad trastornada —¡cómo no estarlo! «Y ahora que te oigo llorar, en lugar de ir hacia ti, me vuelvo a anestesiar y me limito a subir el volumen del televisor, o me concentro en recordar, para no pensar en ti, que tendría que llamar… que alguien venga a reparar la gotera de una vez.»





Escucho música (para no dormirme)

28 06 2008

No me quiero dormir. Escucho música sin pausa. Esta noche está aflorando, con sublime estruendo, mi latente alma indie, la que se conmueve con ese extraordinario y poblado universo musical del que —confieso— no tenía muchas referencias, hasta que hace unos años me encontré, casi de casualidad, con los amigos de Iraultza (ahora Bandini) Producciones. El caso es que, poco a poco, empecé a interesarme por gente como Nacho Vegas (el enviado del Creador en la tierra), Sr. Chinarro, La Buena Vida, Los Planetas, Deluxe, Lori Meyers, Facto de la Fe, Cristina Rosenvinge, Cooper, Santi Campos, La Habitación Roja y muchos otros. Además, a la mayoría tuve oportunidad de escucharlos en Santander, con motivo de los diferentes ciclos de música independiente que organizamos durante la pasada legislatura.

Con seguridad, los directos de Gary Louris y Ken Stringfellow fueron, junto al de Nacho Vegas, lo más destacado de lo que se pudo ver en la sala del Paraninfo de la calle Sevilla. Tengo una debilidad suprema por Nacho Vegas. En esta década ningún músico me ha emocionado tanto como el asturiano ex de Manta Ray. Canciones como Ocho y medio, Blanca, El hombre que casi conoció a Michi Panero, El jardín de la duermevelaNuevos planes, idénticas estrategias, Días extraños La pena o la nada —mi preferida— son auténticas obras de arte, profundos delirios del poeta de las emociones. Vegas —el cantautor de este siglo— puede presumir de haber creado buena parte de las mejores letras del panorama musical de nuestro país. Hay tanta literatura desgarrada en sus canciones que o te estremeces escuchándole o es que no eres persona.

«Entre el dolor y la nada elegí el dolor». Vertiginosa frase de Faulkner —el escritor de Mississipi la acuñó de otra manera que ahora no recuerdo—, cinematografiada por Godard y cantada por un acongojado Vegas. Valiente resolución del dilema pendiente: la nada o el dolor. Pienso que el mundo no se debería dividir ya entre oriente y occidente, ni entre ricos y pobres, ni tampoco entre conservadores y progresistas. No. Habría que distinguir tan sólo —y ese resulta ser, amigos, el Gran Tema— entre las personas que eligen la nada y aquéllas que optan por el dolor. Yo soy, evidentemente, de los segundos. Me quedo con el dolor. Sin dudar. Convencido de lo que estoy haciendo/diciendo. El dolor es algo, la nada no es nada. El dolor, aunque te puede acabar matando, es un motivo para seguir viviendo, y una evidencia de que estás vivo; pero la nada no te permite, siquiera, empezar a vivir. ¿Qué prefieres? Dime.

«Miro al techo que hoy ha vuelto a gotear; hacía tiempo que no llovía así. Y cada gota golpeando contra los cacharros de metal me hace pensar unas veces en sangre y otras veces en ti. Lo que en realidad viene a ser lo mismo. Lo que, por crueldad, viene a dar igual. O puede ser un ángel que una vez perdió la fe y fue expulsado, y que ha venido a agonizar justo encima de mi hogar y estas gotas sean sus lágrimas. O puede que sea hora de entrar ya en razón y llegar a comprender que dentro de este horror no hay literatura, no, y eso tú lo sabes bien a fuerza de caer en una trampa mortal que en el tiempo dura ya ocho años y medio. Seré muy breve; te quiero, y esto duele.» (Nacho Vegas, Ocho y medio.)

«Blanca llega hasta mi mente / jura que ella es diferente / y es hermosa hasta en su forma de mentir. / Quién sabrá lo que ella sueña / lo que siente y lo que enseña / la razón por la que hoy la vuelvo a ver, / Blanca eres tan cruel. / Y no olvides que / al despertar / siempre hay cuchillos en el cajón…» (Nacho Vegas, Blanca.)