Siempre nos quedará París

3 12 2007

Si Rick Blaine hubiera pensado más en sí mismo que en hacer lo correcto, seguramente el final de Casablanca habría sido otro. ¿Quién no ha esperado, alguna vez, que después de la imagen del avión despegando rumbo a Lisboa, apareciese tras la niebla el delicado rostro de Ilsa Lund, enviando a Louis, otra vez, a su condición de actor secundario y devolviendo a Richard el dulce recuerdo de París? Pero la cruda realidad es que eso nunca pasó, ni pasará. Tampoco sabremos si Rick Blaine se arrepintió de haber hecho lo correcto. Ni tendremos noticias de si, en algún lugar del mundo, Ilsa fue feliz. Lo que si conocemos, porque está en la historia, es que la (nunca suficientemente agradecida) labor de gente como Víctor Laszlo desde la resistencia, contribuyó a terminar con el delirio nazi. Historia felizmente repetida en la mayoría de los delirios, ya sean de alta o baja intensidad, o de alto o bajo valor añadido. Dice un amigo que siempre hay una frase de Casablanca para todo. En tiempo de nuevos delirios me quedo con estas cuatro: “El mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos”, “Captura a los sospechosos de siempre”, “De todos los bares en todos los pueblos en todo el mundo, ella entra en el mío”, y la mejor: “Siempre nos quedará París”.

Anuncios




Bilbaíno por un día

31 10 2007

Es muy pronto. Soy la única persona que cruza, a estas horas, el túnel del Pasaje de Peña. Hace frío, aunque no tanto como esperaba. Este maletín pesa menos. Esta vez, no podré traerme tantos libros y carpetas, pero es más cómodo de llevar. Cruzo de noche, todavía, la frontera de la tierruca. Se nota el atasco de entrada, pero llegamos a la hora prevista. Bajo en el Termibus y me dirijo al metro. Sonrío al pensar que hoy formo parte del engranaje que admiro. En esta máquina no se puede pagar con monedas. Supongo que poca gente sacará un “billete ocasional”. El metro está repleto. Salen unas pocas sardinas y entran otras. Sólo tengo dos paradas hasta Moyúa. Aquí la gente empieza a funcionar una hora antes que en Santander. Pero tienen la misma cara de dormidos. Termina mi trayecto y salgo a la luz justo enfrente del majestuoso Carlton. Me ofrecen tres tipos de periódicos diferentes. No cojo ninguno porque he visto un quiosco para comprar El País. Veo la foto que refleja la desolación de las azafatas españolas en Chad. Entro en una cafetería para hacer un exceso. “Un mediano y un croissant”. La camarera no entiende lo del mediano. Mi euskera no es muy bueno. “Un café con leche, quería decir”. Busco el autobús 3224 que lleva al Parque Tecnológico de Bizkaia, en Zamudio. Antes de salir de Bilbao cruzando el túnel nuevo, pasamos por el puente de La Salve, muy cerca del Guggenheim, que aparece a la izquierda de nuestras imágenes, bastante crecidito por sus diez años recién cumplidos. Evidentemente, giro la cabeza y contemplo, con la emoción de siempre, el edificio de Gehry. Nadie más que yo lo mira. El resto sigue a sus cosas, con la mirada perdida. La radio en los cascos, el mp3, los deberes de inglés o el 20 Minutos. Que suerte la de poder pasar por delante del Museo y no sorprenderte. Ya me gustaría a mí. Y que desgracia la de que te pase eso. Acostumbrarte a la belleza, hasta transformarla en rutinaria. No sé. Yo llevo viendo la Bahía de Santander toda mi vida, pero no puedo pasar por delante sin mirarla y sonreír. En veinte minutos estamos entrando al Parque. Inmenso, verde, moderno, sostenible, habitable, innovador y con mucha solera. Es de Bilbao de toda la vida. No como yo, que sólo he sido bilbaíno por un día.





Comer la tostada

18 10 2007

El hecho objetivo que motiva mi comentario es que el Ministerio de Fomento del Gobierno de España, presidido por el socialista José Luís Rodríguez Zapatero, se ha tomado en serio lo de la reordenación ferroviaria de esta ciudad. Otro proyecto desempolvado por los socialistas, que parece que ya le sacamos un poco de ventaja al PP en eso de hacer cosas por esta tierra. El presupuesto total de esta gran obra asciende a 368 millones de euros largos, que PAGARÁ, íntegramente, el Gobierno de España (el de los socialistas) y se liberan 200.000 m2 para disfrute de la ciudad de Santander y todos sus vecinos. Es fácil concluir que, junto con La Remonta, el PCTCAN, la Ronda de la Bahía y la transformación del frente marítimo (Puerto-Ciudad), es uno de los 5 grandes proyectos que van a llevar a esta ciudad, de una vez y muy a pesar de algunos, al Siglo XXI.

Pues hete aquí, que el que se llena la boca de palabras como respetolealtad colaboración institucional, ha decidido, en un ejercicio de caradurismo político, apropiarse de un proyecto que es de todos (pero sobre todo del Gobierno de España que es el que paga), y en el que participa en calidad de administración en cuyo término municipal se desarrollarán las obras. Me refiero a nuestro refinado Alcalde, que con un par de flashes ha querido trasladarnos que sin su humilde protagonismo y su modesta contribución, este gran proyecto no hubiera salido adelante. A mí me daría vergüenza. Y lo triste es que nadie diga nada.

Mal, el que se apropia indebidamente de un proyecto que no es suyo.

Aunque, quizá peor el que se deja comer la tostada. Parecemos nuevos.





hay otros trenes

10 10 2007

Cojo un tren, en hora y veinte, a Córdoba. Un tren que no es el tren del que nos habla MC, con un criterio infinito, en su recién estrenado blog. Este es un tren (o un bus, o un taxi, o un paseo) que me lleva de parque en parque. Lo de la segunda modernización de Andalucía que repite Chaves, hasta el hartazgo, va por buen camino. La Andalucía de los cortijos, de los señoritos, de los rentistas y el subsidio, va dejando paso, felizmente, a la Andalucía del I+D+i, la creatividad y el talento. Nos llevan mucha ventaja. Pero, como estos días me repite toda la gente que estoy viendo, si tienes las cosas claras y sabes donde quieres llegar, no importa que llegues tarde. Es más, tienes una oportunidad, precisamente por eso. Si decides subirte al tren de la modernidad, en el que hay unos vagones que se llaman: tecnología, conocimiento, calidad de vida, creatividad, compromiso medioambiental, talento o entorno de innovación, tendrás éxito asegurado, aunque tarde(s) en llegar. En Cantabria, ya conocemos lo que da de sí (más bien de no) el cortoplacismo estratégico y militante. El tiempo no es una variable, cuando nos estamos jugando el futuro de nuestra tierra. 





Cuaderno de Granada (y III)

24 09 2007

Cruzamos la verja y estamos en otro mundo. Edificios renacentistas y del gótigo tardío español, albergan, entre otros vestigios históricos, las tumbas de los Reyes Católicos, y de Juana la Loca. Hay cola para entrar. ¡Qué novedad! Optamos por seguir caminando y vemos el Centro de Arte José Guerrero. Cerrado por cambio de exposición. A sus pies, otro José, de nombre Pepe, acaricia la guitarra y canta, convirtiéndose, por unos minutos, en el centro del arte. El rumor de la gente nos lleva a la Alcaicería. Intenso olor a cuero, especias, y falta de espacio. Un pequeño zoco en el corazón granadino. La catedral es sobria y sencilla. Le falta glamour. Durante unos segundos trato de encontrar el rosetón, pero MC me saca del embrollo. “Búscalo en las góticas”. Afuera, un barbudo cuerdo grita proclamas contra la jerarquía eclesiástica. “Pisan los derechos de los pobres. Son amigos de los poderosos. Compañeros y amigos. Teneis que saberlo”. Hacemos una parada en la Oficina de Turismo, que está junto al mítico Restaurante Chiquito. La señora informadora nos dice: “Lo mejor es perderse por el Albaycín, y entrar a alguna cueva del Sacromonte. Pero antes, vayan por el Realejo“. 500 años de Barrio. Hay una placa que lo recuerda. Dos jóvenes cocineros, con las rastras camufladas bajo un enorme gorro estilo italiano, nos dan un par de croquetas de verduras, para acompañar las dos cañas. Con una mahonesa suave de espléndido aceite de oliva. En todos los bares, por pequeños que sean, tienen carta de vinos. En este con más razón, porque se llama Taberna del Baco. En otro, dos señores calvos hacen bocadillos sin parar. Van a bandeja de cien a los cinco minutos. El Realejo es como una mezcla de Chueca y Lavapiés.

Por la tarde, subimos al Albaycín, directos al Mirador de San Nicolás, desde donde se ve la estampa de La Alhambra, que sale en las típicas fotos. La que ilustraba la postal que animaba a votar para el concurso de las maravillas del mundo. El lugar está lleno de gente. La vista lo merece. Quizá sería necesario que al llegar a Granada, te trajeran directamente a este sitio. Embrujo de Alhambra. No puedes apartar la vista. Ni la cámara. “Llevo ya más de cien fotos en todas las posturas y perspectivas”. Seguimos callejeando arriba y abajo hasta encontrar una señal que nos guía para llegar al Sacromonte. El barrio de los gitanos. El barrio del flamenco. Cuevas que son casas. Enrique “El Canastero”, hijo de la mítica María “La Canastera”, nos acoge en su especial rincón de la colina. Fue el profesor de Eva “La Yerbabuena”. Es un Museo. Tiene fotos con medio Hollywood. Dos euros y medio entrar y una copita de manzanilla. A las diez, el espectáculo. El lugar es indescriptible. “Ahí nací yo”, dice señalando a un recoveco de la Cueva que llaman habitación. Nos cuenta que estas Cuevas del Sacromonte eran de los árabes, y cuando llegaron los Reyes Católicos, los gitanos que eran los herreros del ejército (hacían las espadas), se quedaron en ellas. Y hasta hoy. Hay cuevas que se alquilan por días. Nos despedimos de Enrique y volvemos a los pies de La Alhambra, bajando las escaleras de Santísimo, que llevan al Paseo de los Tristes.

Hace calor. La chica de la mesa de al lado, escribe en algo que podría ser su diario. Me gusta la gente que viaja sóla. Me cae bien. La música árabe crea el ambiente perfecto. El té ya ha reposado. El mío es verde con cardamomo. Estamos en Ramadán. Hay un póster con una enorme foto de La Meca. El camarero dice: “Arabia Saudí. El país más rico de los árabes. Allí no hay pobres. Ahora hay cuatro millones de personas. Ir te cuesta dos mil euros”. Entramos en el Restaurante Azafrán y, por suerte, queda libre una mesa desde la que se ve, perfectamente, La Alhambra iluminada por la luna. Supongo que esta ubicación tenga un suplemento por tanta belleza. Justo antes del postre compartido, y después de probar el salteado mozárabe de boletus y perlas de alcachofa, tengo la necesidad de escribir esto:

Luna sobre La Alhambra. Luna envidiosa de su belleza.
Caprichosa. Luna carroñera.
Luna partida por la izquierda. Luna con manchas. Luna de noche.
El sultán te mira desdichado. Quiere verte sufrir.
Llorar bajo tu manto de perfumes nazaríes.
Luna, despierta y vete. Sal de esta imagen.
Vuela contracorriente. Bate tus alas de cera en carne viva.
Azota, con tu polvo de estrellas, la Granada entera.
La que sobrevive a tus encantos.
La que cierra la puerta para no verte nunca.
No seré yo quien absuelva a la luna.
No seré yo quien abra la puerta a la princesa.
Encerrada con tu nombre: Alhambra, Alhambra, Alhambra…





Cuaderno de Granada (II)

23 09 2007

Una ducha reparadora y salimos del Hotel. Al cruzar la puerta, ya vemos La Alhambra. Iluminada en la oscuridad de la noche, que se va cerrando. Carrera del Darro arriba. Gente arriba y abajo. Precioso Paseo de los Tristes, en busca de una cerveza de terraza. Enfrente, en la ladera de la colina, cerca del río, varios grupos de jóvenes se entrenan con sus bongos, cariocas, mazas y cintas, bajo el sonido de un par de guitarras. El lugar es acogeder y propicio. Para ellos y sus inseparables perros. ¿Todos tienen uno? ¿Son perros colectivos? ¿Son atrezzo? Alguien debería responder a estas preguntas. Uno de ellos toca El Necio, de Silvio Rodríguez, con su guitarra. Quizá haya leído el bocadillo con nuestros pensamientos. El camarero, que nos trae las cervezas, se dirige a los perros con un: “Anda, irse a joder por ahí”. No le hacen caso, hasta que golpea el suelo con sus zapatos, haciendo un ruido molesto pero eficaz. Pasa el guitarrista ocasional y le pregunto por Silvio. Me dice que ahora toca más. Pero se va. En su lugar viene otro, sin guitarra, vestido de negro con un enorme gorro. Cuanto más grande, más recaudación, pensará. Escupe fuego. Quizá si acerco mi jarra de cerveza Alhambra Especial, pueda tomármela ya, sin que se me agrieten los dientes. Entre el grupo, me fijo en alguien. Ella es muy guapa. Tienen los pies descalzos, y está rodeada de perros con pulgas. Se atusa el ennegrecido pelo y se hace una coleta. Abronca a uno de los chuchos con rabia. Le habla en francés. Se acerca. El olor animal es intenso y sustituye, por desgracia, al del jamoncito de la mesa de al lado.

Decidimos hacer ronda por los bares de la zona. Cerveza y el Ribera del Duero que toque, ilustrados con diferentes tapas, por cortesía de la casa: Ensaladilla, queso, bocaditos de jamón y queso, patatas ali-oli. Buscamos una televisión, por aquello de ver a Messi y cía. La encontramos en la plaza. El sitio es amplio, y se llama Torres Bermejas. Muy de La Alhambra. Mientras Abidal se consagra como el mejor lateral izquierdo del mundo, devoramos unas albóndigas de carne y unos bocartes plancha. AndrésLeo acompañan el festín gastronómico-futbolístico. “Andalucía está a la altura de Galicia. Y el País Vasco a la de Cataluña”. “Cuando Puyol se recupere de la lesión debería jugar de lateral derecho”. Puyol, Márquez, Milito y Abidal. Uff. La mejor defensa es una buena defensa. Cataluña, México, Argentina y Francia. “Me encanta Argentina“. “¿Nunca te has liado con un argentino?”. “Si, si. Una vez”. La segunda parte, en un sitio donde nos dieron café bombón y un Havana 3 con cola light exquisito. Luego a bailar. Mi Habana y Taller de Baile. Dos lugares con raíces y personal muy cubanos. “Joder, ¡Como baila!”. “Dile que te saque”. “No, no. Paso”. Y ahí quedó la cosa.





Cuaderno de Granada (I)

22 09 2007

Después de dormir bajo el techo original de un Palacete del siglo XVI, convertido en Ladrón de Agua, reponemos fuerzas, para llegar al minibus que nos conduce a la entrada de La Alhambra. Allí, he comprado este cuaderno, para llenarlo de tinta fina. Ya casi no recuerdo que, ayer, Iberia nos quiso joder el fin de semana. Y menos al ver, sobre una de las paredes que aguardan a los miles de visitantes diarios, este poema que escribió Jorge Luis Borges en 1976:

Grata la voz del agua,
a quien abrumaron negras arenas
grato a la mano cóncava
el mármol circular de la columna,
gratos los finos laberintos del agua
entre los limoneros, grata la música del zéjel,
grato el amor y grata la plegaria
dirigida a un Dios que está solo,
grato el jazmín.

Vano el alfanje
ante las largas lanzas de los muchos,
vano ser el mejor.
Grato sentir o presentir, rey doliente,
que tus dulzuras son adioses,
que te será negada la llave,
que la cruz del infiel borrará la luna,
que la tarde que miras es la última.
 

Espera. Gente en la cola. Mucha, quizá demasiada. Parece que ya llega nuestro turno. Desayuno rápido digerido en letargo espeso. Las cosas de palacio van despacio. Nunca mejor dicho. Nos ha tocado la ventana de la señora más lenta. MC liga con el de seguridad. Tiene los ojos verdes, es políglota y eficiente. Esabe. “Jesús, dale un poco más de arte a la fila de las reservas”, le dice un compañero, que desconoce el significado de la palabra arte. Seguridad en la cola de La Alhambra es un trabajo muy creativo. Siempre enfrentándote a algo nuevo. La picardía y la mala educación de la gente es infinita. “No me encendais la cola”. Ventana 1. Por fin. Una japonesa vieja, que agarra su bolso como si le fuera la vida, trata de colarse. Le explico, gentilmente, en mi perfecto japonés: “Como-te-cueles-te-mato”. La tensión crece. Si no llegamos a la hora a la puerta de los Palacios Nazaríes, nos quedamos sin verlos. No hay prórroga. “Señora, disculpe, es que tenemos para las once y media”. “Ya, es que no me puedo dividir”, me responde con cara de importarle todo un pimiento de Isla. “¿Y multiplicar?”, le pregunto. No responde. Pero nos da las entradas. En fin, que tienen un problema de organización importante. Les vendría bien la ayuda de Prólogo de cerca.

Corremos un poco, por aquello de bajar el frugal desayuno, y para llegar a tiempo. Hay otra cola. Aprovechamos para entrar al Palacio de Carlos V. El edificio renacentista más importante de España. Cuadrado por fuera: Cielo. Redondo por dentro: Tierra. ¡Qué simpático el emperador! No me gusta la arquitectura renacentista. Y este palacio no va a ser la excepción. Si lo ves desde arriba, se parece a una plaza de toros. “All the buildings are old!, Where are you?”, grita una mujer por el móvil a su marido. Se han perdido, el uno del otro, y él trata de darle alguna pista sobre donde se encuentra. Le imagino, al otro lado del teléfono, diciendo: “Cariño, estoy en un edificio viejo, como antiguo, de otra época”…ay dios, menuda pista. Desde la entrada de los Palacios Nazaríes, tenemos la primera vista de Granada. Blanca, verde y marrón. “Tengo sed”. “Igual puedes beber en un aljibe“. Patio del Cuarto Dorado, tras el oratorio, me siento en la sala de audiencias del Sultán. Primero Mohamed, luego Yusuf. Cerca hay unos pasadizos, oscuros y llenos de polvo. Me gustaría entrar para refugiarme de la marabunta de gente. Pocholo y señora nos piden, amablemente, que les hagamos una foto. “¿Quieren otra ustedes?”. Por no hacerles el feo, accedemos. “Espera. Deja que se vayan, que se nos pegan”. MC dice que va a hacer un blog, sólo para pedir que pongan las entradas a 50 euros. Exterminio cultural. El Patio de los Leones. Sin leones. Da entrada a la absoluta maravilla de la Sala de los Abencerrajes. Me siento, porque me tiemblan las piernas de tanta belleza. Una estrella de ocho puntas y dieciseis ventanas, por fuera, y por dentro, los mocárabes que adquieren categoría celestial. “¡Qué mal vivían!”. “¡Qué hijos de puta!”. Mohamed V era un tipo con suerte, quería decir. Washington Irving escribió sus Cuentos de la Alhambra en unas de las habitaciones que Carlos V hizo construir, para seguir añadiendo historia a La Alhambra. La señora de los old buildings ya encontró a su marido. Estornudo, rotundamente y con eco, y me dice salut, sonriendo. Un paseo, obligatorio, por los Jardines del Generalife, y salimos de La Alhambra con los pies cansados y el corazón nuevo, como el nombre de nuestra habitación, que nos espera para la merecida siesta. Antes, en el Restaurante La Mimbre, a los pies de La Alhambra, comemos gazpacho, habitas con jamón, y un plato que se llama Sierra Nevada, y que lleva huevos con jamón, papas y pimientos. “Water melon, melon, cream caramel”. Aquí todo el mundo es políglota. En la mesa de al lado, creo ver a un conocido. Muy mejorado. Más joven y con más color. Se oye a un niño de lejos: “¡Vaya mierda, mamá!, vengo a Granada y no veo La Alhambra“. Y tanto, pienso yo.