No era la noche, era un complot

29 10 2010

Tengo indigestión literaria.

He descongelado un poco de caldo con el que he preparado una sopa de fideos. Luego he comido un yogur Danone Vitalínea Desnatado, natural.

La lluvia golpea con violencia los veluxes de mi buhardilla y hace tanto ruido que no escucho ni lo que sucede dentro de mi cuerpo. Mi mundo se viene abajo y yo soy el único superviviente.

Un tal Agustín Fernández Mallo me ha pedido que reflexione sobre unas fotografías. Recuerdo que en una aparecía Alfred Hitchcock señalando la casa de Psicosis; del resto me he olvidado a mitad de la sopa.

Hitchcock se atreve a cargarse a la protagonista a mitad de la película y le sale una obra maestra del entretenimiento y el horror de la que Perkins nunca pudo huir [Javier Ocaña, Cinemanía].

Como cada noche antes de irme a dormir, me asomo a la ventana para observar el hotel azul. Hay luz en la suite y eso me permite ver la silueta de un alienígena caracterizado como un hombre.

Decido seguirle el juego: Hay un hombre delgado en la suite. Hay un hombre delgado y feo en la suite. Hay un hombre delgado y feo en la suite que me mira con gesto amenazante a través del cristal de la ventana.



Me asusto y aparto la mirada. No era la noche, era un complot.





Milesker Kirmen

17 03 2010

Ayer fui a la presentación de Bilbao-New York-Bilbao, de Kirmen Uribe, en un centro cultural de Santander. Esperaba con emoción mi encuentro con el escritor vasco, porque sabía que iba a tener la oportunidad de charlar un rato con él para contarle los efectos que su novela ha producido en mí (de algunos soy consciente, otros ni siquiera puedo imaginármelos), darle las gracias en persona después de haberlo hecho en estas mismas páginas y cruzar algún diálogo interesante, de esos de escritor a escritor (de los que tiene Enrique Vila-Matas con sus amigos), que son tan difíciles, casi imposibles, en el día a día de mi ciudad.

Kirmen no me defraudó. Su presentación, ejecutada a la manera de un diálogo literario con el periodista Guillermo Balbona (dentro del periodismo cultural, si es que podemos decir que tal cosa exista en Cantabria, es, de largo, el profesional con más criterio y compromiso), fue a la vez un canto a la sencillez y una clase magistral de cómo escribir en estos tiempos. Escuchando al escritor vasco me iba emocionando porque me daba cuenta de que sus opiniones, su visión de las cosas eran muy parecidas a las mías y él, y ahí se encuentra una de las múltiples diferencias, sabe expresarlo de manera convincente y tranquila, sin sobresaltos, casi a la manera en que los edificios asientan su estructura con el paso de los años.

De todo lo que contó, que fue mucho, me quedo con algo en lo que yo había pensado ya más veces: Lo vanguardista, lo experimental es frío. Al escuchar eso pensé en Agustín Fernández Mallo y esta vez sé por qué: He leído Nocilla Dream, Nocilla Experience y Nocilla Lab. He leído su ensayo Postpoética y sus libros de poemas Creta lateral travelling y Joan Fontaine Odisea. Lo he leído y releído todo y me parece un gran escritor, pero es frío, no me emociona; me gusta descubrir cómo abre el género, cómo juega con las nuevas herramientas, cómo se ríe de lo convencional, cómo provoca, me gusta todo eso y me gusta la agilidad con la que narra, pero es frío, no me emociona. Trato de recordar algún fragmento de alguna novela de Agustín Fernández Mallo y me cuesta y no soy capaz, lo intento con Bilbao-New York-Bilbao (ya sé que la he leído hace poco) y me vienen a la memoria tantas cosas que me hace pensar que la novela de Kirmen Uribe se me ha grabado a fuego en el alma.

Al terminar la presentación, me acerqué a charlar unos minutos con Kirmen, con la excusa de que me firmara el libro, y mi sensación es que el escritor vasco es como su novela: sencillo y sofisticado. Ahora, al recordar el encuentro de ayer con Kirmen, sonrío al darme cuenta de cómo algunas de sus palabras rebotan dentro de mí buscando un hueco donde quedarse para siempre, pienso que me gustaría volver a coincidir con él en alguna otra ocasión, con menos gente, para poder seguir charlando de literatura, de la creación literaria, de la vida…, confío en disfrutar pronto de su segunda novela y cierro este capítulo volviendo a leer su dedicatoria: Para Raúl Gil, esperando que pueda leer tu novela, fragmentaria y auténtica a la vez. Suerte, que seguro que lo consigues. Un fuerte abrazo. Kirmen Uribe.





La lluvia es de los dos

1 11 2009

Sí, la playa es de los dos, y ahora la lluvia también es de los dos. Siempre hago lo mismo: llego a casa y repaso todo lo que hemos hecho en las últimas horas; y sonrío, y no sonrío, y sonrío, y no sonrío, y sonrío… Busco en Youtube alguna canción que no me hable de ti (me basta con que lo hagan todos los gatos del vecindario), y cuando la encuentro no consigo posar el puntero sobre el triángulo del play, así que vuelvo a escuchar a Francisco Nixon cruzando la calle, y me entran ganas de escribir y escribo.

Antes, mientras disfrutaba del último tarro de Nocilla, he pensado que debería dedicarme a lo que me gusta: pasear, ir de aquí a allá, mirar al horizonte, descubrir alguna playa escondida, leer en todos los rincones, escribir cuando tengo ganas… y no he encontrado ningún motivo razonable que me impida hacerlo, más allá de tener que pagar una mierda de hipoteca. Leí en Babelia unas palabras de Antonio Tabucchi en las que aseguraba que su patria es portátil, porque no tiene más equipaje que su lengua: el italiano, el idioma en el que piensa, escribe y sueña.

En el autobús, a la altura de Solares, me he fijado en dos mujeres que iban andando en dirección a un edificio de ladrillo cara vista en el que había dos bajos comerciales con el letrero de color verde: uno era una tienda de frutas y verduras, y otro la sede local del PRC. Las seguí con la mirada, parecían felices, y pedí en silencio al conductor que fuera más despacio para saber dónde iban. Justo al pasar delante de la señal de fin de población pude comprobar que las dos mujeres que parecían felices entraron en la frutería, y entonces pensé que no todo estaba perdido.





Principio de superposición

1 09 2009

Suenan John Coltrane y Thelonius Monk mientras trato de dar forma a las notas pendientes. Me ayuda cubrir con literatura de la buena los espacios vacios que dejan las musas, y por eso  estoy releyendo Nocilla Dream y Nocilla Experience del escritor y físico gallego Agustín Fernández Mallo; me ha resultado curioso (por la sincronicidad) leer en EPS que muy pronto publicará Nocilla Lab, el tercer volumen de su Proyecto Nocilla.

Me gusta Fernández Mallo, y no porque sea de A Coruña, que también —porque quizá quiera subirme en el tranvía turístico que recorre el contorno de esa ciudad—, me gusta Fernández Mallo, no sólo porque sea de allí ni porque me encante la Plaza de María Pita, a pesar de que la última vez que la vi estaba ocupada por un enorme escenario en el que actuaban payasos y malabaristas —payaso y malabarista el antiguo morador de la plaza—, me gusta Agustín Fernández Mallo porque no tiene ningún problema en poner en un libro lo que le apetece, sin preocuparse por seguir lo establecido, la costumbre, lo típico, lo aprobado, lo que se ha venido haciendo desde siempre… vamos, que le da igual, y por lo que he leído no le importa lo que digan de él, y hace bien, en eso nos parecemos un poco; en nada más, porque él escribe de cojones y yo no sé muy bien qué cojones escribo.

Tengo ganas de que publique su nuevo libro, al parecer está narrado en primera persona —otra cosa en la que nos parecemos, ya van dos…—, y según cuenta es diferente a los dos anteriores. Si es diferente para mejor, bien, pero podría haber sido parecido porque me hubiera gustado: me encantan los otros dos libros, querría haberlos escrito yo, pero para eso tendría que haber nacido en A Coruña y ser físico.

Esta mañana, mientras tomaba el sol en una playa nudista invadida por hordas textiles, le he preguntado a una chica si conocía el Principio de superposición, y me ha respondido que sí: un sí rotundo, un sí orgulloso; y me ha explicado con detalle, y con un lenguaje técnico que me ha dificultado la comprensión, que se trata de un principio por el cual se establece que si un número de influencias independientes actúan sobre un sistema, la influencia resultante es la suma de las influencias individuales. Justo después me ha entrado hambre y me he ido de la playa buscando algo para comer.