30 de marzo

26 09 2010

Me llamó la atención su apellido: Calamaro. Escucharlo y saber que había encontrado al compañero de aventuras ideal para mi primera noche porteña fueron un solo acto. En el bar sonaba El palacio de las flores, y al verme cantar cuidado con las palabras que terminan con ina, yo también quiero mucho a Argentina aunque nadie me preguntó si en Argentina quería nacer, donde el que no come se deja comer…, se me acercó con el cuento de que era primo de Calamaro y de ahí su apellido. Aún sabiendo que los dos somos heterosexuales no le creí. Fumaba. Fumaba sin parar, pero se le notaba incómodo. Me dijo que fuéramos a otro local, en el que al parecer no ponían pegas a los canutos. Voy a donde me digas, no conozco nada, Calamaro, le dije, ¿cuál es tu nombre?, le dije también, y no me contestó, Calamaro, llámame Calamaro, y acarició el llámame como si fuera la última palabra que le quedaba en la boca, me sentí bien, porque ya estaba a punto de irme al hotel y ahora, por el dichoso azar, porque la vida no es como el ajedrez, la vida es más como la rayuela (esa magia enredada en la vida cotidiana), tenía por delante un mundo desconocido, un guía y una necesidad: saber qué pasa cuando el aparato del Estado se va a dormir y la calle pertenece por completo a la gente. Dios es argentino, me dice gritando, como queriendo llamar mi atención sobre algo, Dios es argentino, y me explica que estuvo una vez en España, en Barcelona, durante el Fórum, que fue uno de los jóvenes diseñadores de su país que participaron en un proyecto expositivo que se llamó Dios es argentino, yo también visité el Fórum, le digo, pero no recuerdo esa exposición, pide otras dos cervezas y me explica que el diseño que más le gustó no fue el suyo, del que seis años después se arrepiente como de haber matado a un padre, sino el de una tal Cynthia Orensztajn, le da un sorbo a la Quilmes Imperial y me cuenta que el diseño de Cynthia llevaba por título Anagrama, y entonces Calamaro saca una pequeña libreta del bolsillo derecho de su pantalón y trata de reproducirlo:

El diseño de Cynthia resulta ser una pintada hecha con la técnica del stencil en una pared ajada, que inevitablemente trae a mi cabeza la imagen de Los lápices siguen escribiendo, y aprovecho para resumirle la historia de mi fotografía, de mi novela, de mi vida…; creo que el esfuerzo de síntesis acelera la acción de la cerveza y empiezo a marearme, miro a Calamaro y él está sonriendo, feliz por la coincidencia, y me pide que brindemos por todas las pintadas que hay en las paredes de Buenos Aires y repite varias en voz alta:
Reaparición en vida.
Están comprando tu felicidad, róbala.
Con las urnas al gobierno, con las armas al poder.
Si Evita viviera, sería montonera.
EE.UU. manda.
Come verdura.
Aunque nos echen hoy volveremos mañana.
Ricardo Darín es mi cuñado.
Basta de deshabilitar a los usuarios de droga.
Menem sos un cagón.
Acá viven dos sepulcros blanqueados.
Tengo ganas de culear.
Patria sí, Bush no.
Quiero vivir dos veces para poder olvidarte, te amo.
La moda rompe la cabeza a las mujeres.
Si éste no es el pueblo, el pueblo ¿dónde está?
La culpa la tiene el Vaticano.
Messi, haz eso en el Mundial.
¡Basta!, Calamaro, ¡Basta!, le digo, ya me hago una idea, además, tengo varios paseos pendientes por Buenos Aires y me gustaría que alguna pintada me sorprendiera, ¡no me las descubras todas!, y le dije eso porque no podía contarle la verdad: no me había gustado la pintada sobre Messi (a Leo ni tocar), pero no quería sacar el tema no fuera a ser que Calamaro se enfadara y diera por terminada nuestra recién estrenada amistad, así que pedí otras dos cervezas, perdí la cuenta de las que llevábamos, perdí un momento la consciencia, pedí a Calamaro que dejara de echarme el humo del canuto en los ojos y no lo hizo, perdí los nervios y le grité, pedí la cuenta y salí fuera, pedí un taxi y en lugar de darle la dirección del hotel le pregunté si podía llevarme a ver pintadas callejeras, no sé, igual hay una ruta, le dije, y el taxista sin mirarme en ningún momento murmuró algo que no pude descifrar, esperó a que me quedara dormido, dio unas cuantas vueltas por la ciudad y me despertó bruscamente cuando el taxímetro marcaba ya sesenta y dos pesos para anunciarme que estábamos llegando a la Plaza de Mayo, como si se me hubiera perdido a mí algo en la Plaza de Mayo, pagué la carrera y me bajé, creo que le grité boludo, pero no me oyó, menos mal… Entonces, mientras enfilaba el camino del hotel, me acordé de Calamaro y de lo que decía el stencil de Cynthia: Argentino es anagrama de ignorante, no un sinónimo.

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