Aventura dental

19 12 2007

   Hasta que cerró por jubilación, mi tía Macu trabajó en la consulta del dentista. Era una mezcla de enfermera, administrativa, auxiliar de clínica, y secretaria. Ella siempre abría la puerta, por lo que ir al dentista se convertía en ir a ver a Macu a su trabajo; de hecho, subía las escaleras del portal, que unos años más tarde se convertiría en testigo de mi amor por una rubia guapa, con la ilusión de un niño cuando va a casa de su tía. Por las cosas del querer (a Antonio), Macu siempre ha vivido en Laredo, y no me quedaba muy a mano su verdadera casa, por lo que esa idea cobraba aún más fuerza, y convertía la obligada visita anual al dentista en un acto casi familiar. Recuerdo que era de los pocos niños que hablaban del tema dentista sin miedo. Incluso repetía, entre mis compañeros de escuela, las consignas sobre higiene dental que aprendí de Macu, convirtiéndome en una especie de portavoz de buenos hábitos odontológicos: “Hay que cepillarse tres veces al día, comer pocas chucherías, y hacer una revisión anual”. Esa era, más o menos, la cantinela. Lo cierto es que a mí me ha dado resultado y, aparte de las ordinarias visitas de cada año, se puede decir que no he tenido muchos contratiempos con mi dentadura.  
   Hoy, por fin, he ido al dentista. Hacía tiempo que no iba y mi mecanismo interior, que es ciertamente inexplicable, me ha advertido de una supuesta caries para forzarme a pedir cita urgente en la clínica de Astillero.
   –Me puedes dejar un cepillo desechable –le comenté al llegar a la joven dentista–, que he comido un pincho hace unos minutos y ya sabes.
   –Te dejo esto para enjuagarte –me dijo quitándole importancia–, cuelga ahí el abrigo y siéntate.
   Me acomodé en la silla y le comenté que me molestaba una de las muelas de la izquierda, cerca de donde tenía el empaste. Me miró, me observó, me oscultó, radiografía incluida, pero no vio nada parecido a una caries.
   –Si acaso, tienes un poco de placa –concluyó.
   Me desilusioné y me enfadé conmigo mismo, pero se me ocurrió que ya que estaba allí, tumbado en ese cómodo asiento, y rodeado de todos esos maravillosos utensilios, podría hacerme algo: una limpieza general. En realidad, ya me tocaba la revisión anual, y mientras lo comentaba, iba recordando las consignas de mi tía Macu.
   Hay gente que lo pasa mal en el dentista y no lo entiendo. Yo disfruto. Me encanta. Miro en la pantalla del ordenador las fotos de mis muelas ampliadas, con restos de saliva y manchas marrones. Con la exposición de la radiografía, me recreo en las zonas más blancas que avisan de la presencia de un empaste. Y me entrego a esa lámpara que, situada medio metro sobre mi cabeza, ilumina la escena con la profesionalidad del técnico de luces de una superproducción de Hollywood. A mi izquierda, sobre una bandeja metálica, la colección de curetas, ordenadas como si fueran una caja de pinturas. Esta temporada se llevan los colores pasteles, pero un poco más secos. No veo el momento de que me coloque, a modo de garfio de sujeción, la cánula de aspiración. Que sería de la odontología sin ese maravilloso invento que evita que tu boca se convierta en una piscina. Lo que no me acaba de gustar es el regusto amargo del dedo protegido por el guante de látex, ni tampoco el babero azul, aunque evite que la sangría que se produce en mi boca tenga su reflejo en mi camisa.
   –Veo que eres demasiado sensible a la cureta por ultrasonido. Voy a probar con la pistola de bicarbonato.
   Ante tal consideración, no tuve más remedio que rendirme. Me echó vaselina en los labios para protegerme, me puso unas gafas transparentes último modelo, y convirtió mi boca en una mezcla de geiser y petazetas, con sabor a vodka con limón. Lo más característico del bicarbonato es que pica. La sensación que te produce en la lengua es la misma que cuando vas paseando por la playa y un golpe de viento llena de arena tu piel mojada. Ahora sé que el bicarbonato, además de ser bueno para la pesadez estomacal, es el mayor enemigo del sarro. La siguiente fase es el cepillo eléctrico con una pasta que es como arena. Es un poco desagradable, aunque me vuelve a recordar un día de playa con nordeste. Cambia la pasta por otra más sabrosa: son los últimos momentos. La puntilla la pone el hilo dental que, según comenta mi dentista, entra y sale correctamente. No me gusta que use el mismo trozo de hilo tanto rato, porque acaba pareciendo lana deshilachada.
   –Me gustaría ver como ha quedado con la cámara –le comento intrigado– ¿Me puedes hacer una foto del después? Quiero compararla con la del antes.
   No debe estar acostumbrada a pacientes tan preguntones y efusivos. Pero no lo puedo remediar, me gusta ir al dentista.
   –Menudo cambio, parecen otros dientes –le digo, reconociendo su trabajo.
   –Son sesenta euros –me suelta indiferente.
   Ya no quedan dentistas como los de antes, pienso mientras me alejo sonriendo.
 





El secreto de la lluvia

27 11 2007

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje. 

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante. 

FEDERICO GARCÍA LORCA, en Lluvia.

La lluvia ha irrumpido, con fuerza, en nuestras vidas, tornando la calle en un lugar de tránsito rápido en el que nadie quiere estar, por no mojarse o pasar frío. Es una de las incógnitas de la humanidad: sabemos que la lluvia existe, llevamos viviendo con ella desde que nacimos, pero no acabamos de acostumbrarnos; de eso se aprovecha para cambiar nuestros planes, para convertirnos en indefensos viandantes que van de un sitio a otro, con un gesto molesto en el rostro, maldiciendo el chaparrón que azota nuestros paragüas; eso cuando los tenemos. Mi vida entre semana transcurre, siempre, por las mismas calles. Siempre las mismas aceras, las mismas esquinas, los mismos comercios, los mismos olores: a café, por la mañana pronto; unas horas más tarde a tortilla recién hecha; y a la hora de comer a platos más elaborados, que me hacen salivar, mientras acelero la marcha para llegar pronto a casa y precipitarme, violento, sobre el frigorífico. Cuando llueve, y ese ha sido el caso los últimos días, los olores se diluyen, llegan difuminados, a lo que contribuye que pasamos más rápido por delante de todo. A veces ni nos damos cuenta de saludar a las mismas personas de cada día, con las que nos encontramos siempre a la misma hora y en el mismo número de portal de la misma calle. La lluvia consigue que todos seamos unos completos desconocidos. Es capaz, incluso, de hacer que pase de largo del dieciséis del Paseo Pereda, y que tenga que volver sobre mis pasos cuando veo el letrero de la Cafetería Fripsia y me doy cuenta de que, otra vez, se ha salido con la suya. Ella se presenta siempre distinta ya que, como buena coqueta, no le gusta repetir modelo. Hay días que opta por trajes largos y entallados, que cubren hasta los pies, y dejan poca libertad de movimientos. Suele usar colores oscuros: sobre todo negros y grises, pero también marrones, aunque, en ocasiones muy especiales, se le ha podido ver luciendo casi todos los tonos de la paleta. Otras veces, los vestidos son cortos, intermitentes, con un corte fino y moderno, siguiendo las recomendaciones de los mejores estilistas de la meteorología. Incluso, no se sabe si para llamar aún más la atención (porque se siente sola), alguna vez se aparece desnuda, sin más tejido que el llanto dulce de sus gotas, que buscan cobijo en el pelo y en los labios de algún desprotegido muchacho. La lluvia late con fuerza en las calles de mi ciudad. Rebota y explota como malherida. Vuelve más desdichada la rutina, que no tiene más remedio que compartir su tristeza con las personas que viven encerradas en ella. Aprovecha que la gente se encierra en sus casas, para disfrutar de la ciudad a su antojo. Juega divertida en los parques, pasea en círculos por las solitarias plazas y corre (casi vuela) por las avenidas sin hacer caso de las señales y dejando atrás todos los coches aparcados a su paso. Hay tardes en las que se la puede escuchar hablando con el viento. No se adivinan palabras, tan solo algún silbido que se pierde en el horizonte. Una noche, de camino a casa, me encontré con el vagabundo loco de mi barrio gritando sus proclamas en medio del incesante chaparrón. Una mirada rápida para darme cuenta de que, en toda la Alameda, sólo estábamos los tres: la lluvia, el loco y yo. Esa vez no sentí pena, ni asco, y me paré junto a él para escucharlo. Decía algo de la lluvia, aunque no se le entendía bien, porque cuánto más gritaba, más intenso se hacía el chaparrón; era como si ella quisiese silenciar sus palabras. Parecía como si estuviesen escritas en un papel, cuya tinta se va emborronando al mojarse. Decidí acercarme más; tanto que podía oler sus palabras. Al fin, conseguí descifrar el mensaje. Seguí caminando hasta casa pensando en ello. A la vez que las palabras del loco rebotaban en mi cabeza, se iban haciendo más pequeñas en medio de la noche. Cerré la puerta, me quité la ropa mojada, me sequé el pelo con una toalla que olía a humedad y me senté en el sillón para ver caer las enormes gotas, a través de la ventana de mi balcón. Puse las noticias y comprobé que, en la costa del sur del país, la lluvia también estaba haciendo de las suyas. Inundando calles, anegando portales y casas, destrozando coches y empujando, con fuerza, hacia ninguna parte a los incautos que osaban ponerse en su camino. Quizá el loco tuviera razón, pensé. Quizá sea cierto que la lluvia necesite deshacerse con fuerza cerca del mar, como cualquiera sintiendo algo parecido. Tal vez sea verdad que en la oscuridad de una noche cerrada, en medio de alguna devastadora tormenta, la lluvia y el mar se encuentran, desnudos y a solas, sin pensar nada más que en ellos mismos. ¡Quién podría condenarlos por eso!