No era la noche, era un complot

29 10 2010

Tengo indigestión literaria.

He descongelado un poco de caldo con el que he preparado una sopa de fideos. Luego he comido un yogur Danone Vitalínea Desnatado, natural.

La lluvia golpea con violencia los veluxes de mi buhardilla y hace tanto ruido que no escucho ni lo que sucede dentro de mi cuerpo. Mi mundo se viene abajo y yo soy el único superviviente.

Un tal Agustín Fernández Mallo me ha pedido que reflexione sobre unas fotografías. Recuerdo que en una aparecía Alfred Hitchcock señalando la casa de Psicosis; del resto me he olvidado a mitad de la sopa.

Hitchcock se atreve a cargarse a la protagonista a mitad de la película y le sale una obra maestra del entretenimiento y el horror de la que Perkins nunca pudo huir [Javier Ocaña, Cinemanía].

Como cada noche antes de irme a dormir, me asomo a la ventana para observar el hotel azul. Hay luz en la suite y eso me permite ver la silueta de un alienígena caracterizado como un hombre.

Decido seguirle el juego: Hay un hombre delgado en la suite. Hay un hombre delgado y feo en la suite. Hay un hombre delgado y feo en la suite que me mira con gesto amenazante a través del cristal de la ventana.



Me asusto y aparto la mirada. No era la noche, era un complot.





30 de marzo

26 09 2010

Me llamó la atención su apellido: Calamaro. Escucharlo y saber que había encontrado al compañero de aventuras ideal para mi primera noche porteña fueron un solo acto. En el bar sonaba El palacio de las flores, y al verme cantar cuidado con las palabras que terminan con ina, yo también quiero mucho a Argentina aunque nadie me preguntó si en Argentina quería nacer, donde el que no come se deja comer…, se me acercó con el cuento de que era primo de Calamaro y de ahí su apellido. Aún sabiendo que los dos somos heterosexuales no le creí. Fumaba. Fumaba sin parar, pero se le notaba incómodo. Me dijo que fuéramos a otro local, en el que al parecer no ponían pegas a los canutos. Voy a donde me digas, no conozco nada, Calamaro, le dije, ¿cuál es tu nombre?, le dije también, y no me contestó, Calamaro, llámame Calamaro, y acarició el llámame como si fuera la última palabra que le quedaba en la boca, me sentí bien, porque ya estaba a punto de irme al hotel y ahora, por el dichoso azar, porque la vida no es como el ajedrez, la vida es más como la rayuela (esa magia enredada en la vida cotidiana), tenía por delante un mundo desconocido, un guía y una necesidad: saber qué pasa cuando el aparato del Estado se va a dormir y la calle pertenece por completo a la gente. Dios es argentino, me dice gritando, como queriendo llamar mi atención sobre algo, Dios es argentino, y me explica que estuvo una vez en España, en Barcelona, durante el Fórum, que fue uno de los jóvenes diseñadores de su país que participaron en un proyecto expositivo que se llamó Dios es argentino, yo también visité el Fórum, le digo, pero no recuerdo esa exposición, pide otras dos cervezas y me explica que el diseño que más le gustó no fue el suyo, del que seis años después se arrepiente como de haber matado a un padre, sino el de una tal Cynthia Orensztajn, le da un sorbo a la Quilmes Imperial y me cuenta que el diseño de Cynthia llevaba por título Anagrama, y entonces Calamaro saca una pequeña libreta del bolsillo derecho de su pantalón y trata de reproducirlo:

El diseño de Cynthia resulta ser una pintada hecha con la técnica del stencil en una pared ajada, que inevitablemente trae a mi cabeza la imagen de Los lápices siguen escribiendo, y aprovecho para resumirle la historia de mi fotografía, de mi novela, de mi vida…; creo que el esfuerzo de síntesis acelera la acción de la cerveza y empiezo a marearme, miro a Calamaro y él está sonriendo, feliz por la coincidencia, y me pide que brindemos por todas las pintadas que hay en las paredes de Buenos Aires y repite varias en voz alta:
Reaparición en vida.
Están comprando tu felicidad, róbala.
Con las urnas al gobierno, con las armas al poder.
Si Evita viviera, sería montonera.
EE.UU. manda.
Come verdura.
Aunque nos echen hoy volveremos mañana.
Ricardo Darín es mi cuñado.
Basta de deshabilitar a los usuarios de droga.
Menem sos un cagón.
Acá viven dos sepulcros blanqueados.
Tengo ganas de culear.
Patria sí, Bush no.
Quiero vivir dos veces para poder olvidarte, te amo.
La moda rompe la cabeza a las mujeres.
Si éste no es el pueblo, el pueblo ¿dónde está?
La culpa la tiene el Vaticano.
Messi, haz eso en el Mundial.
¡Basta!, Calamaro, ¡Basta!, le digo, ya me hago una idea, además, tengo varios paseos pendientes por Buenos Aires y me gustaría que alguna pintada me sorprendiera, ¡no me las descubras todas!, y le dije eso porque no podía contarle la verdad: no me había gustado la pintada sobre Messi (a Leo ni tocar), pero no quería sacar el tema no fuera a ser que Calamaro se enfadara y diera por terminada nuestra recién estrenada amistad, así que pedí otras dos cervezas, perdí la cuenta de las que llevábamos, perdí un momento la consciencia, pedí a Calamaro que dejara de echarme el humo del canuto en los ojos y no lo hizo, perdí los nervios y le grité, pedí la cuenta y salí fuera, pedí un taxi y en lugar de darle la dirección del hotel le pregunté si podía llevarme a ver pintadas callejeras, no sé, igual hay una ruta, le dije, y el taxista sin mirarme en ningún momento murmuró algo que no pude descifrar, esperó a que me quedara dormido, dio unas cuantas vueltas por la ciudad y me despertó bruscamente cuando el taxímetro marcaba ya sesenta y dos pesos para anunciarme que estábamos llegando a la Plaza de Mayo, como si se me hubiera perdido a mí algo en la Plaza de Mayo, pagué la carrera y me bajé, creo que le grité boludo, pero no me oyó, menos mal… Entonces, mientras enfilaba el camino del hotel, me acordé de Calamaro y de lo que decía el stencil de Cynthia: Argentino es anagrama de ignorante, no un sinónimo.





Robert Greene se escribe con K

3 06 2010

Alemania ha declarado la guerra a Rusia. —Tarde, escuela de natación.

De los Diarios de Franz Kafka, 2 de Agosto de 1914

Cuando Robert Greene me dijo que se le había terminado la paciencia, le miré con cierto desprecio y con un gesto acompasado de cabeza y hombros le hice ver que no me importaba. No había vuelto a decir absolutamente nada desde aquel verano de 1987 en el que desapareció de nuestras vidas, y me resultó muy violento escuchar de repente aquellas palabras vertidas por su boca de arena. Alguien tocaba en el piano de aquel bar un estándar de Thelonius Monk, y yo acababa de pedir mi tercer whisky con hielo. Miré a mi alrededor buscando consuelo, compañía o muerte y no hallé más que una mesa llena de borrachos que reían a carcajadas chistes de mal gusto sobre mujeres —y hombres, a veces— de vida desordenada.

Me levanté de modo violento como queriendo huir con decisión de aquella engorrosa situación, pero Robert Greene fue más rápido que yo y agarró con fuerza mi cuello con su mano derecha, una mano enorme, gigantesca, que terminó por impedir la circulación de la sangre en esa delicada zona del cuerpo, ese bendito lugar en el que viven y mueren las cuerdas vocales, responsables de los sonidos más bellos que se producen en el mundo. No me quedó más remedio que volverme a sentar en la misma mesa, en compañía de la misma persona, y sintiendo la misma perplejidad.

Conocí a Robert Greene una tarde en la biblioteca del Condado de Collingsworth, en Texas, cuando los dos buscábamos el mismo libro en la estantería que acogía a los autores cuyo apellido empezaba por K. No eran muchos, y los de la J y la H presionaban cada año por culpa de las nuevas adquisiciones. Sólo había un ejemplar de El castillo y yo lo había localizado primero; aún así —no sé por qué— acordamos repartirnos los cuatro días del préstamo: yo podría leerlo el lunes y el martes, y Robert Greene lo haría el miércoles y el jueves. Decidimos vernos ese mismo jueves en el Back Road Café para comentar el libro y devolverlo a la biblioteca evitándonos el recargo por día de retraso.

Siempre me habían interesado las obras inacabadas. Sobre todo si lo eran por el fallecimiento de sus autores. Me parecía algo excepcional: un libro sin terminar por culpa de la muerte del creador. No me despertaban la misma admiración las obras sin terminar por abandono del escritor. Esas me daban pena. Pensaba que debería existir un refugio para las obras que los escritores no concluyen porque se cansan, o se les terminan las ideas, o las cogen manía, o pierden valor, pero centrémonos en las obras inconclusas por defunción, en las obras publicadas a la muerte del autor, y que por tanto ya no pertenecen a su voluntad de escribir: exceden su muerte, que es sincrónica al hecho de dejar de escribir.

De todos los literatos de la historia, Franz Kafka era para mí el escritor de obras póstumas por excelencia. El proceso, El castillo o los Diarios son algunos ejemplos de las grandes contribuciones del hijo sin hijos más famoso de la literatura universal. ¿Hizo lo correcto Max Brod? Para algunos traicionó la última voluntad de su amigo —¿se puede traicionar a un muerto?—, para otros logró salvar de la destrucción algunas de las obras claves de la narrativa de este siglo. Yo le debo mucho a Max Brod, casi tanto como a Franz Kafka. ¿Le perdonará algún día? Ufff… ¡Y eso qué más da ahora!

Robert Greene clavaba sus ojos en el pianista y creía ver en él, en su virtuosidad, en su magia, en su humanidad, a Dany Boodman T. D. Lemon Novecento. Estuvo a punto de levantarse y preguntarle qué hacía allí y por qué había decidido por fin salir del barco, pero en ese instante la camarera llegó a nuestra mesa y nos preguntó qué íbamos a tomar. La miré y recordé una frase que escuché a una mujer de unos treinta años una bochornosa tarde de agosto en el metro de París, cuando iba camino de la parada de Saint-Sulpice: «Si quiero entrar a un bar y no tomar nada, ¿a quién molesto?»

En los intermedios musicales Robert Greene intercalaba miradas a sus zapatos y a los míos. Bebía un trago sobre otro. De vez en cuando encendía un cigarrillo rubio que paladeaba con gesto sincero de placer. Sólo cuando expulsaba el humo, levantaba la cabeza como queriendo dirigirlo hacia el techo del local contribuyendo así a una atmósfera demasiado cargada, casi agobiante. Abrí la boca, por fin, y le pregunté qué quería de mí. No respondió, le dio otro trago al whisky y con un par de caladas terminó el cigarro; representaba una indiferencia de manual que producía en mí un terrible desasosiego. Creo que incluso me daba cierto asco, pero esto no fui capaz casi ni de pensarlo.

Robert Greene nunca supo qué ocurrió aquella tarde en la que nos juntamos todos los seguidores de Kafka en casa de Helena Bernstein, aquella tarde gris de otoño impostado en la que Robert Greene —por causas sólo por él conocidas— faltó a la cita habitual que teníamos los amigos de Franz el primer domingo de cada mes. Quizá fuera eso lo que pretendía después de tantos años, que le contase los detalles de aquella reunión en la que sucedieron cosas de las que no quiero volver a hablar, no sé si por temor, pero al menos por prudencia. O quizá porque no tiene sentido y es peligroso mezclar universos paralelos. Aquel primer domingo de agosto de 1987 fue nuestro último primer domingo. Y Robert Greene lo sabía mejor que nadie.

Una mañana en la que la fuerte resaca no me había permitido levantarme de la cama, Helena Bernstein y George Barack se presentaron sin avisar en mi casa con intención de dar alguna explicación que nadie les había pedido. Bajé a abrir la puerta y me di de bruces con el pasado. El contacto de mi cuerpo con el viento helado hizo que me retorciera de dolor, un dolor amplificado por el inesperado encuentro, y esa mueca fue el recuerdo con el que se quedaron Helena Bernstein y George Barack cuando cerré de golpe y bruscamente la puerta de mi casa, sin decir hola, ni adiós, ni nada… ¿Qué esperaban esos malditos cabrones que dijera?

Nunca le conté a Robert Greene nada sobre aquella visita —ni siquiera aquella noche en la que me impidió huir agarrándome del cuello, en el bar donde tocaba aquel pianista que, según él, se parecía tanto a Dany Boodman T. D. Lemon Novecento. Nunca lo hice y lo cierto es que no me arrepiento. A pesar de que hubiera aportado algo de luz a todo aquello. Creo que hubiera servido para que entendiera parte del terrible jeroglífico en el que vivíamos desde nuestro encuentro fortuito —¿fortuito?— en aquella biblioteca de Collingsworth, en Texas.

Aquel último primer domingo no dormí en casa. Tomé una carretera secundaria, casi abandonada, y en ella busqué un lugar donde pasar la noche alejado de todo y de todos. Cuando ya me vencía el sueño vi a lo lejos unas luces rojas y blancas que anunciaban el Motel Delivery. Aparqué frente a la entrada y pedí en recepción una habitación con baño. La señora me miró con gesto desconfiado, me dio la llave con el número 28, y me dijo que estaba en la segunda planta justo al final del pasillo. Entré, me lavé las manos y la cara, me quité la ropa y traté de dormir para no pensar en nada. Pese a los continuos esfuerzos, no lo conseguí.

Robert Greene me miró fijamente durante más de treinta segundos, justo el tiempo que tardó el pianista en volver a resbalar sus dedos por el piano, con ensayada delicadeza, para obsequiarnos con otra canción de su repertorio de jazz. Me costó soportar su mirada, que mezclada con el silencio parecía el aguijón de una avispa bien alimentada. Me costó soportar su mirada, el esfuerzo me levantó un molesto dolor de cabeza, y terminé dibujando un rictus entre la rabia y el vómito. Él no quiso comprenderme, ni siquiera lo intentó. Rechazó todos mis argumentos, todos mis gestos, todas mis emociones. Él no quiso comprenderme. Quizá era lo esperado, pero no por ello dejó de dolerme un sólo segundo.

La tuberculosis pudo con Franz Kafka un martes de junio de 1924. Aquel día ningún tren llegó puntual a la estación de Praga y no se vendió una sola rosa en ninguna de las floristerías de Viena. Aquel día, a miles de kilómetros de allí, Robert Greene murió también sin haber nacido aún, y nosotros un poco con él. Aquel día nunca pudimos recuperar el aliento, ni siquiera al filo del miércoles. En realidad, nunca hubiéramos comprendido nada. El cielo ya nos quiso adelantar algo unos meses antes, pero no le hicimos caso —como tantas otras veces— y seguimos nuestro camino de grava y paciencia.

En sueños —nuevamente en sueños—, recuerdo aquel último primer domingo, me viene otra vez a la memoria y tengo que emplearme a fondo, resistir, mirar a todos los lados para no perder la perspectiva, escucho otra vez sus palabras con eco, como enlatadas, como si alguien hubiera querido conservarlas durante tantos años para que estuvieran perfectas para la ocasión, las escucho y lloro, me derrumbo, repaso mentalmente mi vida y muero, y aún así aquellas palabras enlatadas siguen rebotando con dolor contra las paredes de mi cerebro.

Estábamos comentando algo acerca de los Diarios, del sentimiento morboso que despierta leer las notas personales de un escritor, saber qué hizo tal día de un año concreto, qué pensaba, cómo se sentía, qué amaba, qué no amaba, si le dolía algo, por qué escribía tal cosa y no la otra… En ese momento de la reunión, pensábamos —y decíamos— que nos hubiera gustado hacerle algunos preguntas a Franz Kafka al respecto de sus Diarios, en realidad al respecto de tantas cosas; pero en ese instante estábamos centrados en su cuaderno de notas. Él se sentó a nuestro lado, en el sillón que estaba vació por la ausencia de Robert Greene y con la naturalidad de un muerto nos desveló —con un gesto en el rostro entre el espanto y la alegría— el motivo de su inesperada visita.

«Robert Greene se escribe con K», «Robert Green se escribe con K», «Robert Greene se escribe con K», nunca olvidaré aquella frase, que podría servir de resumen de lo que nos dijo aquel último primer domingo. Supongo que todos lo entendimos perfectamente, pero no puedo asegurarlo porque nunca más hablamos de ello. Yo decidí encargarme de complacer a nuestro invitado y hacer realidad su petición. Imploré al resto que no interviniesen, que lo olvidasen y que no me buscaran ni me llamaran nunca más. Helena Bernstein y George Barack cometieron el error de no hacerme caso y acabaron pagando por ello. Y todos, un poco, con ellos. Sobre todo Robert Greene.

Apresurado y nervioso, a la mañana siguiente, molido por haber dormido en una incómoda y desconocida cama, volví a la biblioteca del Condado de Collingsworth, en Texas, a buscar nuevamente El castillo. Allí estaba, en la misma estantería, compartiendo espacio con El proceso, Cartas a Milena, La Metamorfosis y Cartas al Padre. Me acomodé en una de las mesas habilitadas para la lectura, porque temía lo peor y no quería comprobarlo de pie. Abrí el libro por la última página y un grito inhumano salió de mis entrañas. Nadie pudo escucharme, porque nadie había en aquella sala, pero puedo jurar que aquel sonido no pertenecía a este mundo. Unos segundos más tarde logré reponerme y atiné a leer en voz alta con un tono solemne, como queriendo dar fe de lo que allí estaba escrito:

«La habitación de la cabaña de Gerstäcker estaba solo mortecinamente iluminada por el fuego del hogar y por un cabo de vela, a cuya luz alguien, curvado en un hueco bajo las vigas del tejado que allí sobresalían torcidas, leía un libro. Era la madre de Gerstäcker. Tendió a K. una mano temblorosa y lo hizo sentarse a su lado; hablaba con dificultad, era difícil comprenderla, pero lo que dijo le resultó absolutamente revelador. Cogió sus escasas pertenencias, es decir: nada, y se puso a caminar sin rumbo, con la única idea cristalina de alejarse lo más posible de allí, quizá a otro mundo, tal vez refugiándose en algún sueño ajeno, o acaso, y esto es lo más probable, terminaría yendo a nadar»

Nota.- Este relato lo escribí en noviembre de 2008 (me resulta curioso comprobar con qué solemnidad escribía entonces), y lo publico hoy, día 3 de junio, para recordar el aniversario de la muerte del gran Franz Kafka.





Me ha llamado tu muerte

27 05 2010

La voz en el teléfono fue una sorda agresión de la sombra. Dijo tu muerte, bronca, cruel, inexorable. Como un destino. Dijo. No podía entenderla.

José Ángel Valente, en Fragmentos de un libro futuro

Me ha llamado tu muerte y ha colgado sin decir una sola palabra. Ni una puta palabra ha dicho tu muerte. ¿Qué pretendes con este maldito juego? Asúmelo: estás muerta. No puedes comportarte como si no lo estuvieras, o como si no quisieras estarlo. Cuanto antes lo comprendas, mejor para ti y para mí, mejor para todos, y mejor para esa tumba del cementerio de Montparnasse que te lleva esperando todo este tiempo, abierta, en la misma posición en que la dejaste, abierta, con ansia por llenarse de ti de una vez y poder gritar, aullar de dolor, de plenitud absurda, de escabarajos, de la mirada maloliente del enterrador, del sol que lo ciega todo, del hambre de cuatro o cinco rinocerontes. Me ha llamado tu muerte y esta vez ha susurrado algo en un idioma incomprensible, como del más allá, como un lenguaje de muertos inventado para la ocasión, como una transfusión cultural repentina entre oriente y occidente, como la democracia de tus ojos. Me ha llamado tu muerte y no me he puesto al teléfono. He sabido que era ella por la manera angustiosa de sonar el timbre, por ese ring que lo colma todo, por esa parafernalia de abogados criminalistas, por el negativo de la fotografía que nadie se atrevió a revelar. Me ha llamado tu muerte y he  aprovechado para pedirle perdón por todo, y cuando digo todo ya sabes a qué me refiero: pinchazo en la nuca, suplicio de verano, aburrimiento eterno de las agujas de un reloj que sólo marca la hora si tú estás, pero es lo de siempre, lo de casi siempre: estás muerta y punto, y es la última vez que te cojo el teléfono.





La sensación

20 05 2010

la literatura debe ser un oficio secreto, un tanto vergonzoso, uno no puede ir diciendo por ahí que es escritor como no puede decir que padece de la próstata

La soledad de las vocales, José María Pérez Álvarez

¿Es suficiente con la sensación? No hay respuesta. No sé si alguien quiere saberlo, pero yo lo explico: Me siento en el sofá, abro un libro (uno cualquiera entre el grupo de elegidos) y al rato me viene la sensación y entonces lo único que puedo hacer es levantarme y encender el ordenador y escribir y borrar y escribir de nuevo y pensar que sólo esto merece la pena. Nadie lo sabe. Nadie debe saberlo. He terminado de leer la última página de España de Manuel Vilas justo delante del mostrador de la biblioteca en el que se devuelven los préstamos. No debería apurar tanto, porque un día va a ocurrir una desgracia de la que seguramente todos tendremos que lamentarnos (abominable lenguaje de telediario el mío). He llamado a Manuel y le he dicho que se puede meter por el culo sus recomendaciones literarias y sus invasivas notas a pie de página, y él me ha contestado con una especie de gruñido de aprobación, sí, un gruñido de aprobación como esos que emplean las personas que quieren dar su aprobación a algo sin gastar palabras. Mayo, mes sin libros de pago. Mayo, mes sin libros putos. Es probable que Gisela se haya olvidado de mí. Lo que es seguro es que yo me he olvidado de ella. Necesito 24 horas. En las ocasiones especiales 78. Especial casi no hay nada. 24 horas y libero mi mente de recuerdos obscenos, memoria inservible, zarzas, moho, caca, gusanos, pero la sensación, en cambio, nunca desaparece. Alivio el picor con la primera página, pero nada más: es terrible. Me ha llamado Manuel Vilas y me ha dicho que se le había olvidado decirme algo importante y luego ha colgado sin decírmelo y ya está.





Soy un friki oficial

1 05 2010

Con motivo del Día del Libro tuve la oportunidad de participar en un reportaje elaborado por El Diario Montañés, en el que lectores de toda edad y condición hablábamos de nuestra relación con los libros. El texto, coordinado por la periodista Violeta Santiago, se ha publicado hoy, coincidiendo con el inicio de la Feria del Libro de Santander, y este es el resultado. Me ha gustado cruzar la delgada línea roja que separa el ámbito privado del público y pasar a ser, con todo el derecho, un friki oficial. Como en mi blog no tengo los problemas de espacio que sufre la prensa, os dejo el cuestionario completo acompañado de la fotografía que me hizo Andrés Fernández  (¡me encanta!) en mi rincón de La Cachava. Gracias a Violeta Santiago, a Guillermo Balbona y a José María Gutierrez por convertirme en un friki oficial. Gracias a mis padres por los libros.

¿Qué es leer para ti? ¿En el día a día, qué te da la lectura que no te dé otra actividad?
Mi vida es leer y escribir. No hay nada que lo pueda sustituir. Me da el equilibrio que necesito.

Si te quitaran la lectura, ¿qué harías?
¡Matar por un libro!

En tu caso, ¿leer es una pasión, un hábito, una afición, una enfermedad o una droga?
Todo: Una pasión, porque voy de procesión a la librería; un hábito, todos los días leo; una afición, intercambio libros y opiniones sobre libros; una enfermedad, que no cubre la Seguridad Social; y una droga, accesible y alucinógena.

¿Cuándo fuiste consciente de que los libros eran muy importantes para ti?
Cuando tenía ocho años estuve muchos meses en la cama por una enfermedad. Los libros me hicieron buena compañía y decidí conservar esa amistad para siempre.

¿Tienes claro cuál fue el primer libro que te marcó?
La historia interminable de Michael Ende, en una edición preciosa que lamentablemente ya no conservo.

¿El mejor regalo que se te puede hacer es un libro?
El mejor y también el peor. Una persona que me conozca bien acertará seguro, me han regalado libros increíbles: pequeñas joyas. Es difícil atinar con alguien que lee mucho, y puedo odiar a quien me regale cualquiera de las novedades súper promocionadas y súper vendidas.

Tus títulos de cabecera, los que más has regalado o los que más has recomendado.
¡Hay tantos! Rayuela de Julio Cortázar, Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas, Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, Historia argentina de Rodrigo Fresán, La vida instrucciones de uso de George Perec, Trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez, los cuentos de John Cheever o William Faulkner, la poesía de Ángel González o Pessoa, y de nueva narrativa, sin duda, Las teorías salvajes de Pola Oloixarac, Bilbao-New York-Bilbao de Kirmen Uribe, Opendoor de Iosi Havilio y B de Alberto Santamaría.

¿Has hecho amigos a través de la lectura?
No busco hacer amigos.

¿Qué se pierde todo aquel que no lee?
Recuerdo la escena de Martín Hache en la que Federico Luppi le pide a su hijo que no se pierda uno de los mayores placeres de la vida: leer. No puedo entender que haya gente que decida no leer. Es la mejor manera de huir de una realidad cada vez más terrible.

¿Eres de los que va siempre con un libro encima, de los que no puede pasar de largo por delante de una librería, de los que esperan las novedades? ¿o eres un lector especializado, que sólo lee algo determinado?
En mi bandolera llevo siempre un par de libros y un cuaderno para tomar notas. Confío mucho en mi librera, Gisela (Librería Gil), conoce bien mis gustos literarios y siempre me hace recomendaciones interesantes, títulos de editoriales pequeñas, difíciles de conseguir… Como curiosidad, en alguna ocasión su recomendación ha coincidido con el libro que yo iba a buscar. En los últimos meses, mientras escribía una novela breve con Argentina como escenario, he leído mucha narrativa de ese país, y creo que en la actualidad la mejor literatura en castellano se está haciendo allí.

¿Tienes idea de cuánto dinero te gastas al año en libros?
Voy a menudo a la Biblioteca pública, pero aún así compro bastante porque hay libros que quiero tener. En un cálculo aproximado, no debe bajar de dos mil euros.

¿Acabas siempre los libros o eres de los que son capaces de tirar la toalla?
Hay libros que no acabo, pero no quiere decir que no me gusten, sólo que no necesito terminarlos para encontrar lo que busco. Soy un lector que escribe y me fijo más en la estructura, el tono, el discurso narrativo…

Algún autor con el que no puedas. Y lo contrario, si tuvieras que reencarnarte en un escritor (o escritora) ¿quién te gustaría ser?
No me gustan los escritores que colonizan los centros comerciales, que escriben pensando en lo que van a hacer con el dinero que ganen con sus libros o que dedican más tiempo a la promoción que a escribir. Quizá Ruiz Zafón esté en el número 1 de la lista de mis escritores odiados. Si pienso en un escritor que sea todo lo contrario a eso que rechazo, tengo que nombrar a Roberto Bolaño. Quiero ser como él.

¿Recuerdas haberte ido a la cama algún día sin haber leído?
En los últimos años no.

¿Tienes idea de quién te inoculó el veneno de la lectura?
Mi casa siempre ha estado llena de libros. Desde muy pequeño recuerdo a mis padres leyendo, como en ese maravilloso anuncio del Ministerio de Cultura: Si tú lees, ellos leen. Les doy las gracias por esa incalculable herencia.





Bolaño en 340 palabras

21 04 2010

Esta noche he soñado que ya era viernes, 23 de abril, Día del Libro, y que Roberto Bolaño venía a mi ciudad, a una ciudad imaginaria por supuesto (ni los sueños dan para tanto), y de repente alguien me pedía que lo presentase, y yo, muy nervioso, planeaba qué decir, cómo enfocarlo, y se me ocurrían cientos de maneras, todas con un lenguaje sencillo: sin palabrería, sin adjetivos, que de los autores ya habla su obra; y muy breves, para terminar lo antes posible, porque no soporto esas presentaciones de escritores que son en realidad presentaciones de presentadores que dicen que vienen a presentar a escritores, y entonces, todavía en sueños, escribía algo parecido a esto:

Buenas tardes, amigos y amigas. Hoy, 23 de abril, Día del Libro, contamos con el escritor Roberto Bolaño. Nacido en Santiago de Chile, Roberto Bolaño es un poeta latinoamericano, un extranjero en Europa y sobre todo el padre de Lautaro y Alexandra: sus hijos, su patria. Cuando Mónica Maristain, en una entrevista, le preguntó acerca de las cosas que le divierten, Roberto respondió: «Ver jugar a mi hija Alexandra». Roberto Bolaño lo ha leído todo. Roberto Bolaño lo ha escrito casi todo. Es autor de ensayos como Entre paréntesis, libros de cuentos como Llamadas telefónicas, Putas asesinas o El gaucho insufrible, multitud de poemas reunidos en La Universidad Desconocida, novelas breves como Amuleto, Una novelita lumpen o Estrella distante y ha escrito las dos grandes novelas del siglo XXI: Los detectives salvajes y 2666, con las que ha transformado el panorama de la narrativa y obtenido importantes premios y reconocimientos. Roberto Bolaño fundó el movimiento infrarrealista dentro de la poesía mexicana, país que le acogió en su juventud, y su primer trabajo en España fue como vigilante de un camping en Castelldefels. Barcelona fue otra de las ciudades por las que deambuló Bolaño hasta que la calle Aurora de Blanes acogió su casa y su vida y su escritorio y su biblioteca, repleta de esos libros a los que, en uno de sus poemas, pide que resistan y cuiden de su hijo en los años venideros. Roberto Bolaño es un gran conversador y polemista vocacional, y es buen amigo de Mario Santiago, que ya murió pero vive en Ulises Lima, de Ignacio Echevarría, de Enrique Vila-Matas, de A.G. Porta, incluso de Jorge Herralde, su editor, y de Rodrigo Fresán. Roberto Bolaño se ha pasado la vida escribiendo: escribiendo contra los rechazos de las editoriales, escribiendo contra la enfermedad, «escribiendo poesía en el país de los imbéciles», como él dijo, pero escribiendo. Roberto Bolaño es el escritor que siempre quise leer. Roberto Bolaño es el escritor que siempre leo. Roberto Bolaño tiene la palabra y es ahora todo suyo. Muchas gracias.