Ausencias de marzo (II)

14 03 2010

Me duele el estómago porque hoy he vomitado mi cansina frugalidad. Me va a doler un buen rato, lo sé; si hay una parte de mi cuerpo que conozco bien esa es el estómago. Recuerdo que cuando tenía cuatro años no podía tomar leche después del zumo de naranja porque el resultado era devolver el desayuno, lo que suponía quedarme sin fuerzas para enfrentarme a las ingratas tareas que le corresponden, no he conseguido saber aún por qué, a un niño matriculado en segundo de infantil.

Escucho La Radio Encendida, ahora suena Jorge Drexler y suena bien. Mañana sale su disco a la venta. Para el de Los Planetas habrá que esperar hasta el once de abril: no sé cómo se atreven. Ayer J. estaba más cansado de lo habitual. Igual le ha llegado la hora de cambiar de look. Los rizos no le dejan ver el horizonte. Santos que yo te pinté, demonios se tienen que volver. Jorge se despide. La gente aplaude.

Leo Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas. Leo La herencia del olvido de Reyes Mate. Leo Cuentos Completos de Haroldo Conti. Leo Cuentos Completos de Roberto Arlt. Y, mientras, leo una, leo dos, leo tres, leo siempre, Leo Messi.

Ayer terminé la primera parte (son tres) de Los lápices siguen escribiendo. Estoy tenso porque no sé (por) dónde voy a empezar la segunda. Me falta un dato y espero que no se demore demasiado. La próxima aparición de la última novela de Enrique Vila-Matas ha alimentado mi tensión. Y más después de leer el sábado en El País la entrevista que le hizo Juan Cruz. Y más después de haber leído las primeras páginas de Dublinesca. Y más después de estar de acuerdo con Enrique, que a su vez está de acuerdo con Samuel Riba (el editor protagonista), que a su vez está de acuerdo con Julien Gracq, en que hay cinco elementos imprescindibles en la novela del futuro (yo añado que esa novela es la única novela posible en el presente): intertextualidad; conexiones con la alta poesía; conciencia de un paisaje moral en ruinas; ligera superioridad del estilo sobre la trama; la escritura vista como un reloj que avanza. No tengo más que añadir, Enrique, Samuel, Julien…





¿Dónde está Juan Emar?

3 02 2010

Lunes, 1 de febrero: Leo en la página 40 de una edición de bolsillo (Compactos-Anagrama) de El mal de Montano de Enrique Vila-Matas: «A finales del siglo xx fui a Valparaíso para pensar en la pólvora.»

Martes, 2 de febrero: Acudo a la Librería Gil para ver si ha llegado El Tercer Reich de Roberto Bolaño, la novela inédita descubierta por Carolina en alguno de los cajones del estudio del escritor chileno, Gisela, también chilena, me dice que todavía no la tienen, y añade: Barataria ha reeditado un libro que quizá te interese, Un año, de Juan Emar, es chileno, me dice, y está prologado por Enrique Vila-Matas. Salgo de la librería con el libro, lo abro y veo que las primeras palabras del prólogo son: «Fui a Valparaíso a pensar en la pólvora.» Nervioso, me paro en mitad de la Plaza Pombo al darme cuenta de que Juan Emar es el escritor chileno del que habla Enrique Vila-Matas en El mal de Montano y, por un momento, siento la necesidad de volver a Gil para contarle a Gisela lo que me acaba de pasar. Enseguida decido, gracias a un breve instante de lucidez, que quizá hasta ella piense que estoy loco, y que en realidad soy yo y no Enrique Vila-Matas el que sufre el mal de Montano, así que continúo mi camino tratando de pensar en otra cosa, pero no puedo.

Miércoles, 3 de febrero: Busco en casa El mal de Montano, busco la parte en la que cuenta lo de Valparaíso, la encuentro en dos páginas distintas, busco también, de manera apresurada, la referencia de Vila-Matas a Juan Emar, la busco, una, dos, tres veces, leo y releo, busco y rebusco, y no la encuentro: alguien la ha quitado del libro. ¡Mierda!





Principios y números imaginarios

8 09 2009

   Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros. Groucho Marx

No es una novedad, pero estos días me estoy acordando mucho de esta idea marxista (de Groucho, no de Carlos) por la cuál una persona puede ir adecuando sus principios, convicciones o creencias en función de lo que más le conviene, de lo que otros le piden/exigen, de lo que se lleva o simplemente de lo que interesa más en cada momento. No puedo con ello. Lo siento. No puedo. Tendré millones de defectos (ahora mismo seguro que, igual que a mí, se os están ocurriendo cientos de ellos) pero ése no lo tengo ni lo tendré nunca, porque perdería mi nombre y mi apellido, dejaría de ser quien soy, moriría…

Mi compromiso político me ha enseñado muchas cosas buenas, muchísimas, pero también bastantes malas, nefastas. Una de ellas contemplar con una mezcla de estupor y cansancio que mucha gente (demasiada) no tiene ningún pudor en seguir el ideario de Groucho Marx, en cambiar sus principios con el comienzo de cada nueva semana, o cada vez que amanece, o en mitad de una conversación. Todo sea por permanecer, por sobrevivir (yo creo que eso es lo más parecido a la muerte, pero allá cada uno). Hay camaleones que no mutan tanto.

Una interesante labor de investigación me ha llevado a descubrir que mi vida es una sucesión de números imaginarios (que son los que no tienen solución real), y eso me permite saber en qué fase estoy y cuál viene después (los valores de sus potencias se repiten cada cuatro). No es poco, porque así puedo tener cierto control sobre mi vida y la capacidad de anticiparme a algunas situaciones que antes no era capaz de dominar. Tras el descubrimiento me siento liberado, tranquilo, feliz (más si cabe), porque he comprendido de golpe buena parte de las cosas (buenas y malas) que me han ocurrido estos últimos años, y además puedo encarar el futuro inmediato con bastantes dudas, pero también con muchas certezas.

Suenan los fuegos artificiales en Santoña justo en el momento en que termino de escribir este pequeño texto. Fuegos artificiales que me recuerdan que ya es día 9 y soy un año más viejo, aunque no está tan mal esto de cumplir años ahora que sé que mi vida no tiene solución real. Encima de la mesa tengo un libro de Enrique Vila-Matas, otro de Julio Cortázar y algunos cd´s de Antony and the Johnsons y Bob Dylan: «How many roads must a man walk down before you call him a man?»





Llibres, dolços, salats…

28 03 2009

Llibres, dolços, salats… Libros, dulces, salados… Oigo voces que desprecio con simpática virulencia. No quiero escuchar nada que no sea mi propia respiración, oculta, sometida al débil rumor de la incertidumbre… Tampoco me preocuparía dejar de escucharla. No temo a la muerte. Sólo temo dejar de vivir, no haber sufrido suficiente, no haber descubierto algunas calles caleidoscópicas, no haberme reflejado en un número razonable de rostros indefensos… El día que eso ocurra no me importará tirarme delante de un camión de seis ejes que supera en 20 km/h la velocidad máxima permitida en vía urbana. Ahora no es el momento y menos en Barcelona. Dice un amigo de Roberto que si vas a ir a la cárcel o al hospital, es mejor hacerlo en tu ciudad. Debe ser por aquello de facilitar las visitas. Si mueres, no tienes ese problema. Se puede morir en cualquier lugar. No me parece que el espacio físico sea una variable importante a la hora de morir. Si tengo que elegir, si pudiera elegir, ya sé que no es posible salvo en caso de suicidio —quizá sea esa la solución—, si pudiera elegir, digo, me encantaría morir en tu risa. Dejar mi vida en tu boca, sí, en esa boca de almizcle que a los ojos de los necios sonríe de manera exagerada. ¿Qué sabrán ellos?

Me he sentado a tomar un café con Roberto, Julio y Enrique. No se me ocurre mejor compañía. Y si se me ocurriese, tengo claro que ahora mismo no es posible cambiar las cosas, así que para qué vamos a perder el tiempo hablando de ello. Es algo muy típico de la gente, de esa gente que desprecio: se detienen eternamente en conversaciones acerca de temas —casi siempre temas es sinónimo de problemas para esa maldita gente— sobre los que no pueden tener ni la más mínima incidencia. Pierden el tiempo, por tanto, y el tiempo les pierde a ellos, porque no salen nunca de su lamentable bucle. ¡Y no trates de decirles nada! Te reprocharán el intento —temible intento— de hacerles ver que carece de sentido comportarse como lo hacía la gente que vivía en los pueblos en los años veinte del siglo pasado. Si la modernidad, la postmodernidad y la neomodernidad no han servido para terminar con estos modos de vida, es que alguien no está entendiendo nada, o no quiere entenderlo, o sabe dios qué…

«Muchacha a cuatro patas que gime mientras el vibrador entra en su coño. Tenía las piernas largas y dieciocho años, en aquel tiempo estaba en el negocio de la droga y no le iba mal, incluso abrió una cuenta corriente y se compró una moto.» Les he dicho que hoy me quedaré un rato más charlando con Roberto…





En Burdeos se puede desaparecer

20 10 2008

Burdeos es un buen sitio para desaparecer. Nadie me conoce aquí —salvo Enrique Vila-Matas, pero esa es otra historia que ya contaré—; ni siquiera el recepcionista del hotel se ha fijado en que llevo ocho días medio encerrado en la habitación 106. Debe pensar que cada día, al desayuno, soy una persona diferente. Quizá le despiste observar que leo un libro distinto cada mañana; tal vez porque todos los días empiezo y termino un nuevo libro no se dé cuenta que soy siempre el mismo. He traído la maleta llena: he contado hasta cuarenta y siete libros. Puedo, entonces, permanecer aquí cuarenta y siete días sin que nadie me descubra, sin que ni una sola persona sospeche de mí. Además, como soy prescindible, en mi barrio nadie ha notado —ni notará— mi ausencia. Podré desaparecer para siempre. Y eso me alegra.

He salido a cenar sin miedo a que nadie me descubra. He encontrado una mesa para uno en La Belle Epoque —un conocido restaurante de la ciudad—, y he pedido ravioli de foie gras, chateubriand y un Chateau Grand Champs de 2001. De inmediato, el vino ocupa el lugar que le corresponde y no permite que enlace cuatro frases seguidas. Al menos, no me está escuchando nadie y eso me alivia profundamente. Tengo el estómago lleno y el cerebro colapsado por el delicioso jugo de uva Merlot, pero aún así soy capaz de dictar a mi mano cada uno de los mágicos movimientos que se van convirtiendo —bolígrafo y moleskine rojo mediante— en letras, y luego en palabras, y éstas en frases, y hay veces que culminan en un discurso en el que planteo que las letras son las responsables de los gratificantes nubarrones financieros. Las malditas letras —esas letras polígamas— son un gran peligro para la frágil convivencia de nuestros chalets adosados. ¿Cuál es tu letra? ¿El código postal era? A ti qué cojones te importa, si nunca vas a enviarme una sola carta. ¿Quién te ha dicho eso? Quien te ha dicho eso miente. Me mareo un poco por culpa del vino, le regaño, regaño a la botella, ya casi vacía, porque el vaso no deja pasar la luz del río.

Es domingo por la mañana y las calles están vacías: no se aprecia casi ni un ruido. Paseo entre la soledad del silencio, acompañado a ratos por el sobrecogedor sonido que produce el rozamiento de los radios de las ruedas de las bicicletas con el aire, con el vacío de la cours de l’Intendence, justo al pasar por debajo de la habitación donde murió Goya. Al llegar a la plaza des Grandes Hommes, decido rápidamente que quiero vivir en una buhardilla del número 15 de la Rue Michel de Montaigne, y no admito un lugar diferente. Pasaría las tardes entre las terrazas de los cafés y la Librería Mollat, y creo que sería feliz sin necesidad de nada más. Por las mañanas, seguramente pasearía por la orilla del Garona, leería libros en francés, y hablaría conmigo mismo todo el tiempo, como hacen las parejas y los grupos de amigos en las terrazas, los restaurantes o el tranvía. ¿Y si es cierto que he desaparecido en Burdeos? ¿Y si nunca hubiera vuelto de allí? Trataré de averiguarlo, o no.





El hábito menos saludable

21 09 2008

Leo en Dietario Voluble, último libro de Enrique Vila-Matas, unas palabras de Charles Bukowski sobre el hábito menos saludable: «Si vas a intentarlo, que sea a fondo. Si no, mejor que ni empieces. Puede que pierdas familia, mujer, amistad, trabajos y hasta la cabeza. Puede que no comas en días, puede que te congeles en un banco de la calle. No importa. Es una prueba de resistencia para saber que puedes hacerlo. Y lo harás. A pesar del rechazo y de la incertidumbre, será mejor que cualquier cosa que hayas imaginado. Te sentirás a solas con los dioses, y las noches arderán en llamas. Cabalgarás la vida hasta la risa perfecta. Es la única batalla que cuenta.»

Escribir es tratar de vencer la enfermedad, con más enfermedad. Escribir es buscar la dimensión insondable. Escribir es, desde luego, el hábito menos saludable. El que más te separa de la vida, lo que para mí es de agradecer en los tiempos que corren. Ningún médico recomendaría escribir. Y mucho menos las Autoridades Sanitarias. Vuelvo a leer las palabras de Bukowski —dice Vila-Matas que podría haberlas escrito Roberto Bolaño, y tiene razón— y pienso que la prueba de resistencia es dura. En realidad, no sé si puedo hacerlo, aunque la posibilidad de cabalgar la vida hasta la risa perfecta me parece irresistible. Y en ello estoy, con paciencia pero entregado. He empezado una etapa diferente escribiendo dos relatos nuevos (Robert Greene se escribe con K. y Perspectiva hikikimori), y me apetece compartirlos con mis únicos y bienaventurados lectores. Os dejo algunos jirones:

Robert Greene se escribe con K.

Robert Greene me miró fijamente durante más de treinta segundos, justo el tiempo que tardó el pianista en volver a resbalar con ensayada delicadeza sus dedos por el piano, para obsequiarnos con otro tema de su repertorio de jazz. Me costó soportar su mirada, que mezclada con el silencio parecía el aguijón de una avispa bien alimentada. Me costó soportar su mirada, el esfuerzo me levantó un molesto dolor de cabeza, y terminé dibujando un rictus entre la rabia y el vómito. Él no quiso comprenderme, ni siquiera lo intentó. Rechazó todos mis argumentos, todos mis gestos, todas mis emociones. Él no quiso comprenderme. Quizá era lo esperado; pero no por ello dejó de dolerme un solo segundo.

La tuberculosis pudo con Franz Kafka un martes de junio de 1924. Aquel día ningún tren llegó puntual a la estación de Praga y no se vendió una sola rosa en ninguna de las floristerías de Viena. Aquel día, a miles de kilómetros de allí, Robert Greene murió también sin haber nacido aún, y nosotros un poco con él. Aquel día nunca pudimos recuperar el aliento, ni siquiera al filo del miércoles. En realidad, nunca hubiéramos comprendido nada. El cielo ya nos quiso adelantar algo unos meses antes; pero no le hicimos caso —como tantas otras veces— y continuamos nuestro camino de grava y paciencia.

Perspectiva Hikikimori

En la duermevela constante en la que vivo, tengo los sentidos agarrotados; pero puedo apreciar sin demasiado esfuerzo que al otro lado de la puerta suena una canción que escucho por primera vez: «Y mi maestro me enseñó qué difícil es descubrir el alba dentro de las sombras.» Repito la frase para mis adentros: «Y mi maestro me enseñó qué difícil es descubrir el alba dentro de las sombras.» La repito constantemente, como si no hubiera más frases en ese día y a esa hora concreta. Y mi maestro me enseñó qué difícil es descubrir el alba dentro de las sombras.

La repito y la hago mía, y se la arrebato a la canción que ha dejado ya de sonar —el exterior de mi habitación recupera la insultante normalidad de cada día—; y ahora sólo yo puedo escucharla, porque la repito constantemente para mis adentros, y decido convertirla en la banda sonora de este encierro vital, de esta rebelión pacífica e individual ante la idiotizada sociedad que malvive a duras penas en el exterior de mi habitación. Descubro, en un libro que empecé la otra noche, una frase de Emile Cioran que parece escrita para este relato de mi vida: «Cualquier persona inteligente o decente odia a la mitad de sus contemporáneos.» Mi opinión es que fue bastante generoso, y yo sólo me propongo demostrarlo. Aunque tenga que quedarme para siempre dentro de esta habitación.





De cómo fui el primer ministro ‘Bartleby’ de la historia de España

12 04 2008

   Me encontraba ayer por la tarde en casa, más o menos como en una tarde cualquiera. Lo único diferente, quizá, es que estaba tomando un té de regaliz verde y empezando a leer Infidelidad del regreso, de Juan Benet. Cuando iba por la página dieciocho sonó el teléfono. Era un número oculto y no suelo responder en esos casos porque me molesta la incertidumbre del quién será, pero, no sé por qué razón, contesté a la llamada:
  —¿Sí?
  —¿Raúl? ¿Raúl Gil? —preguntó alguien con una voz que me sonaba familiar.
  —Sí, sí… Soy yo. ¿Quién es?
  —Soy José Luis Rodríguez Zapatero, el Presidente —y sonó con tanta solemnidad que no supe qué decir durante unos segundos.
  —…
  —¿Estás ahí?
  —Sí, sí. Disculpa Presidente. Es que no esperaba tu llamada —evidentemente que no la esperaba: ¡Qué tontería estaba diciendo!
  —Te llamo porque, como seguro sabes, estoy formando gobierno y resulta que he pensado en tí —¿Ha pensado en mí?, pensé… (¡Igual es mucho pensar!)— para ser Ministro de Defensa.
  —¿Ministro de Defensa? Pues… Presidente, yo te agradezco que hayas pensado (otra vez el puñetero verbo) en mí, pero ya sabes que no termino de encajar del todo con las fuerzas del orden —le indiqué buscando la primera excusa para no aceptar el cargo.
  —No te preocupes por eso. Yo necesito alguien que ponga firme al ejército —valga la redundancia dije yo—. Me han comentado fuentes bien informadas que tu madre trabaja en el Ministerio de Defensa y sabe como lidiar con capitanes, coroneles y generales.
  —Ya, pero yo no soy mi madre. ¿Y si la nombras a ella? —segunda intentona para librarme.
  —Si la nombro a ella me saldría un Gobierno con más mujeres que hombres y no sé yo si España está todavía preparada para eso. Le dices que te ayude, la nombras asesora o lo que sea —esta última frase la dijo con un tono más coercitivo y concluí que no podía negarme por más tiempo.
  —Está bien, Presidente, acepto ser Ministro de Defensa —le dije resignado—. ¿Qué tengo que hacer ahora?
  —Muy bien. Nada, tú no hagas nada. Espera acontecimientos y, sobre todo, no se le digas a nadie, ni lo escribas en tu blog que luego se entera todo el mundo —con esa orden y un «nos vemos pronto» dio por terminada la conversación, antes de que me diera tiempo a preguntarle si el billete a Madrid me lo tenía que pagar yo, porque no está el mes de abril para muchas alegrías. En caso de que fuera así, decidí que cogería el bus o el tren que es más barato y además, con lo que dura el viaje, me da tiempo a leerme, dos veces, el Manual de instrucciones del ministro novato, editado por Moncloa.
  Dejé el teléfono sobre la mesa de la cocina y me quedé paralizado. ¿Y ahora qué? Llamé a mi madre y me dijo lo que suelen decir todas las madres: «Hijo mío… Tienes que buscar piso en Madrid y comprarte ropa nueva que, últimamente, te estás dejando mucho». Me entró más miedo tras escuchar a mi madre. ¿Me estoy dejando? ¿Piso en Madrid? Busqué en internet el teléfono de alguna inmobiliaria de la capital, y llamé con la idea de buscar un piso de alquiler, pequeño y acogedor, no muy lejos de la sede del Ministerio de Defensa —que por otra parte no tenía ni idea de dónde estaba—. El chico que me atendió me dio varias referencias y me preguntó en qué trabajaba:
  —¿Yo?… Pues, yo, yo soy Ministro —justo al terminar esa palabra escuché una risita al otro lado del teléfono y comprendí que, antes de hacer más el ridículo, era mejor llamar a alguien que supiera de estas cosas.
  Marqué el número de Elena Salgado y al cuarto tono contestó. No la dejé preguntar nada, le expliqué lo que pasaba de la mejor manera que pude, me felicitó, la felicité yo a ella, ambos felicitamos a Alfredo, y de paso —y porque nos lo merecemos— felicitamos a todos los socialistas de Cantabria; una vez terminado el círculo vicioso de felicitaciones me aclaró que el Ministro de Defensa, por seguridad, tiene que vivir en un piso habilitado en el propio Ministerio. La noticia terminó por destruirme por dentro. ¿Vivir en el propio Ministerio? Pensé con terror que, quizá, también debería comprar el pan en una tienda, atendida por un funcionario con siete u ocho trienios, ubicada dentro del propio Ministerio. Me pregunté si podría ir al cine o, sin embargo, tendría que ver películas en una sala habilitada dentro del Ministerio —o, aún peor, que en esa sala sólo se pudiera ver la televisión—, y me alsaltó la duda de si el JEMAD me autorizaría lecturas de Faulkner, Pedro Juan Gutierrez o Vila-Matas. Rompí a llorar como un niño, y grité al viento (dentro de casa no soplaba, evidentemente, pero queda mucho más poético) que no quería ser ministro.
  Me armé de valor y llamé a Moncloa, con la intención de decirle al Presidente las palabras que, justo hacía unos segundos, había gritado en la soledad de mi casa vacía. Una señorita muy amable me pasó con José Luis:
  —Presidente, perdóname, pero tengo que decirte que dimito como Ministro de Defensa —le expliqué con un tono de voz nada convincente, pero eso era lo que había…
  —¿Dimites? Pero… ¡Si ni siquiera te he nombrado! ¡No me puedes hacer esto! Tienes que ser Ministro de Defensa.
  —Prefería no hacerlo —le espeté decidido, convirtiéndome de esa manera en el primer ministro Bartleby de la historia de España.
  El Presidente, lector empedernido y hombre comprensivo, entendió enseguida el mensaje y, abrumado por la perfección de mi «preferiría no hacerlo», no insistió más. Casi ni se despidió —lógico por otra parte—, aunque le escuché mascullar algo sobre una tal Carmen Chacón y un Gobierno con más mujeres que hombres. Pero esa, amigos y amigas, es otra historia…