No era la noche, era un complot

29 10 2010

Tengo indigestión literaria.

He descongelado un poco de caldo con el que he preparado una sopa de fideos. Luego he comido un yogur Danone Vitalínea Desnatado, natural.

La lluvia golpea con violencia los veluxes de mi buhardilla y hace tanto ruido que no escucho ni lo que sucede dentro de mi cuerpo. Mi mundo se viene abajo y yo soy el único superviviente.

Un tal Agustín Fernández Mallo me ha pedido que reflexione sobre unas fotografías. Recuerdo que en una aparecía Alfred Hitchcock señalando la casa de Psicosis; del resto me he olvidado a mitad de la sopa.

Hitchcock se atreve a cargarse a la protagonista a mitad de la película y le sale una obra maestra del entretenimiento y el horror de la que Perkins nunca pudo huir [Javier Ocaña, Cinemanía].

Como cada noche antes de irme a dormir, me asomo a la ventana para observar el hotel azul. Hay luz en la suite y eso me permite ver la silueta de un alienígena caracterizado como un hombre.

Decido seguirle el juego: Hay un hombre delgado en la suite. Hay un hombre delgado y feo en la suite. Hay un hombre delgado y feo en la suite que me mira con gesto amenazante a través del cristal de la ventana.



Me asusto y aparto la mirada. No era la noche, era un complot.





Paréntesis

29 09 2010

(Lesión. No es grave. Lesión. Afecta a más de la mitad de mis órganos vitales. Repito: no es grave. Trato de soltarme. Me suelto. Necesito respirar durante al menos dos lunas. Inspiro, expiro, inspiro, expiro y me doy cuenta de que estoy perdiendo movilidad en los dedos. ¿Será de estar todo el día tecleando en la puta Blackberry? No lo descarto. Eso me recuerda mi lesión. Ya lo dije: no es grave. Cada vez que me duele algo en el cuerpo creo que voy a morir. Cada vez que viajo en avión creo que voy a morir. Si me duele algo en el cuerpo mientras viajo en avión, ¿podré morir dos veces? ¿Y, al menos, creerlo? Las últimas horas han sido durísimas. Lo he probado todo para desintoxicarme. Ni yendo en bicicicleta con el viento sur golpeándome en la cara he conseguido quitarme de encima esta pegajosa sensación de moribundo. Me doy asco. Pena. Evito el contacto personal. No miro a la gente. No hay gente. No. Uff… Dios… Necesitaba esto. ¿Cómo he podido soportar el mono durante casi catorce mil palabras? Inspiro y expiro cada vez más fuerte. No me importa que alguien pueda estar escuchando al otro lado de la puerta. Oigo ruidos. No me importa. Yo sigo a lo mío. Repito en voz alta, con tan sólo un nanosegundo de dessincronización, las palabras que mis fatigados dedos aciertan a teclear. Estoy atrapado por la enfermedad. Lo sé. Y seguramente, a estas alturas, ya lo sabe más gente. Y ahora, como si tuviera pocos problemas, encima esta lesión. No es grave. Pero ¿cómo sé si no voy a morir justo ahora? ¿Hay alguna forma de adelantarme a la muerte y reírme de ella con una risa desencajada y cruel? ¿Alguien que haya muerto ya y que esté leyendo esto puede explicármelo? ¿Hay literatura más allá de la muerte? ¿Hay literatura más allá de la vida? ¿Hay vida más allá de la literatura? Al fin he llegado a la pregunta clave. Con un rodeo perverso, pero he llegado. ¿Hay vida más allá de la literatura? ¿Necesito salir de mi novela para poder vivir? ¿Es incompatible mi novela con mi vida? Quiero gritar. Grito: ¡Maldito Adorno y su Nuevo Imperativo Categórico! ¡Maldito seas! ¡Maldito Benjamin y su deber de memoria! ¡Malditos seáis los dos! ¡Dejadme en paz! La lesión se extiende. El setenta por ciento de mis órganos vitales no funcionan correctamente. Me paralizo. Temo reventar por dentro. Temo reventar por fuera. Temo mancharlo todo de sangre, memoria y ocurrencias. No me lo perdonaría nunca. Inspiro, expiro, inspiro, expiro y con la mano izquierda me froto los ojos como queriendo aliviar el dolor, pero no alivio nada y ahora veo aún peor la pantalla del ordenador. Tenía que hacerlo. No me arrepiento. Aunque me duela el cuello como nunca me ha dolido ninguna parte del cuerpo. Aunque no me circule la sangre por la pierna derecha. Aunque la lesión haya alcanzado ya a todos mis órganos vitales, salvo a uno. Un segundo… Ahora sé que masturbarse y morir son la misma cosa. Ahora lo entiendo todo. Cierro este paréntesis).





30 de marzo

26 09 2010

Me llamó la atención su apellido: Calamaro. Escucharlo y saber que había encontrado al compañero de aventuras ideal para mi primera noche porteña fueron un solo acto. En el bar sonaba El palacio de las flores, y al verme cantar cuidado con las palabras que terminan con ina, yo también quiero mucho a Argentina aunque nadie me preguntó si en Argentina quería nacer, donde el que no come se deja comer…, se me acercó con el cuento de que era primo de Calamaro y de ahí su apellido. Aún sabiendo que los dos somos heterosexuales no le creí. Fumaba. Fumaba sin parar, pero se le notaba incómodo. Me dijo que fuéramos a otro local, en el que al parecer no ponían pegas a los canutos. Voy a donde me digas, no conozco nada, Calamaro, le dije, ¿cuál es tu nombre?, le dije también, y no me contestó, Calamaro, llámame Calamaro, y acarició el llámame como si fuera la última palabra que le quedaba en la boca, me sentí bien, porque ya estaba a punto de irme al hotel y ahora, por el dichoso azar, porque la vida no es como el ajedrez, la vida es más como la rayuela (esa magia enredada en la vida cotidiana), tenía por delante un mundo desconocido, un guía y una necesidad: saber qué pasa cuando el aparato del Estado se va a dormir y la calle pertenece por completo a la gente. Dios es argentino, me dice gritando, como queriendo llamar mi atención sobre algo, Dios es argentino, y me explica que estuvo una vez en España, en Barcelona, durante el Fórum, que fue uno de los jóvenes diseñadores de su país que participaron en un proyecto expositivo que se llamó Dios es argentino, yo también visité el Fórum, le digo, pero no recuerdo esa exposición, pide otras dos cervezas y me explica que el diseño que más le gustó no fue el suyo, del que seis años después se arrepiente como de haber matado a un padre, sino el de una tal Cynthia Orensztajn, le da un sorbo a la Quilmes Imperial y me cuenta que el diseño de Cynthia llevaba por título Anagrama, y entonces Calamaro saca una pequeña libreta del bolsillo derecho de su pantalón y trata de reproducirlo:

El diseño de Cynthia resulta ser una pintada hecha con la técnica del stencil en una pared ajada, que inevitablemente trae a mi cabeza la imagen de Los lápices siguen escribiendo, y aprovecho para resumirle la historia de mi fotografía, de mi novela, de mi vida…; creo que el esfuerzo de síntesis acelera la acción de la cerveza y empiezo a marearme, miro a Calamaro y él está sonriendo, feliz por la coincidencia, y me pide que brindemos por todas las pintadas que hay en las paredes de Buenos Aires y repite varias en voz alta:
Reaparición en vida.
Están comprando tu felicidad, róbala.
Con las urnas al gobierno, con las armas al poder.
Si Evita viviera, sería montonera.
EE.UU. manda.
Come verdura.
Aunque nos echen hoy volveremos mañana.
Ricardo Darín es mi cuñado.
Basta de deshabilitar a los usuarios de droga.
Menem sos un cagón.
Acá viven dos sepulcros blanqueados.
Tengo ganas de culear.
Patria sí, Bush no.
Quiero vivir dos veces para poder olvidarte, te amo.
La moda rompe la cabeza a las mujeres.
Si éste no es el pueblo, el pueblo ¿dónde está?
La culpa la tiene el Vaticano.
Messi, haz eso en el Mundial.
¡Basta!, Calamaro, ¡Basta!, le digo, ya me hago una idea, además, tengo varios paseos pendientes por Buenos Aires y me gustaría que alguna pintada me sorprendiera, ¡no me las descubras todas!, y le dije eso porque no podía contarle la verdad: no me había gustado la pintada sobre Messi (a Leo ni tocar), pero no quería sacar el tema no fuera a ser que Calamaro se enfadara y diera por terminada nuestra recién estrenada amistad, así que pedí otras dos cervezas, perdí la cuenta de las que llevábamos, perdí un momento la consciencia, pedí a Calamaro que dejara de echarme el humo del canuto en los ojos y no lo hizo, perdí los nervios y le grité, pedí la cuenta y salí fuera, pedí un taxi y en lugar de darle la dirección del hotel le pregunté si podía llevarme a ver pintadas callejeras, no sé, igual hay una ruta, le dije, y el taxista sin mirarme en ningún momento murmuró algo que no pude descifrar, esperó a que me quedara dormido, dio unas cuantas vueltas por la ciudad y me despertó bruscamente cuando el taxímetro marcaba ya sesenta y dos pesos para anunciarme que estábamos llegando a la Plaza de Mayo, como si se me hubiera perdido a mí algo en la Plaza de Mayo, pagué la carrera y me bajé, creo que le grité boludo, pero no me oyó, menos mal… Entonces, mientras enfilaba el camino del hotel, me acordé de Calamaro y de lo que decía el stencil de Cynthia: Argentino es anagrama de ignorante, no un sinónimo.





No se me ha olvidado

18 09 2010

No se me ha olvidado. Aunque quieran. No se me ha olvidado. Conozco bien el lugar que ocupa cada letra en el teclado, y no me hace falta mirar hacia abajo para construir las palabras que necesito para escribir lo que pienso/lo que siento. Escucho música a todo el volumen que me permite la mierda de portátil del pleistoceno que se ha hecho fijo en mi vieja habitación. Escucho la misma música y me hago un café y siento la necesidad de crear y eso es bueno, muy bueno; para mí, pero también para todos.

Quiero ser tu derrota. Escribir sólo para ti. Quiero mentirte siempre. Quiero ser lo que de verdad te duele. He gritado estas verdades de otros por la ventana de mi habitación y ningún vecino me ha increpado por ello. Cobardes. No quieren problemas, aunque sé que les jode mi comportamiento. Al regresar, de madrugada, lo haré de nuevo, y si hay lío podré echarle la culpa al alcohol, que es un bonito atenuante. Odio las convenciones y las comunidades de vecinos abotargadas.

Abro un libro cualquiera por una página cualquiera y leo: Yo, Juan José Castelli, que escribí que un tumor me pudre la lengua, ¿sé, todavía, que una risa larga y trastornada cruje en mi vientre, que hoy es la noche de un día de junio, y que llueve, y que el invierno llega a las puertas de una ciudad que exterminó la utopía pero no su memoria? Es hora de encontrarme con alguno de mis fantasmas y bailar algún baile típico del norte de Europa, es hora de brindar con ellos por la eternidad de las palabras bien elegidas, es hora de emborracharme hasta perder la mitad de las letras de mi nombre… Todo para poder gritar que ha nacido una nueva vida.





Tan cierto, tan claro y tan breve.

1 09 2010

Tan cert, com que tu i jo som altres; tan cert, com que no hi ha res més.
Tan clar, com que la nit ens espera; tan clar, com que no ho fa per tothom.
Llavors, tan breu, com qui no espera resposta; tan breu, com qui sap el que diu. Ara, i aquí, t’estimo. T’estimo.

Mishima, Cert, clar i breu

Allí seguía. Como recién follada siempre. Con esa sonrisa tan suya que le alcanza asimétricamente la oreja derecha y la izquierda. Tarareando una canción sin sentido y moviendo los brazos, que parece que se le van a resquebrajar en cualquier momento, para seguir el ritmo. Allí seguía y yo a lo mío y ni rastro del sol. Nunca me ha interesado la información meteorológica; prefiero el desamparo de la sorpresa, que ya hay bastantes certezas en la vida. Me he enredado un instante en pensamientos que no me llevan a nada y que debería desterrar, pero tampoco en esto me agrada el control. Ya se irán, y si no, aquí estaré para enfrentarme.

Aquí sigo. Vuelvo a dar al play para escuchar esta canción de Mishima, y me pregunto si hay alguien que haya dicho tanto (o tan poco, según quién la escuche) en un minuto y nueve segundos, y lo haya dicho además con eco y en su lengua materna, porque esto último es, al final, lo verdaderamente complicado. Si mi madre se hubiera llamado Carme y yo hubiera nacido en un barrio de Barcelona, no sería capaz de empezar ningún texto con la letra de Cert, clar i breu, pero siendo como es, siendo así, no me cuesta nada hacerlo, es sencillo, no tengo nada que añadir: esto es lo fácil.

¿Aquí seguimos? Tan cierto, tan claro y tan breve. Tanto que hasta lo cantan los chicos de Manel.





Soñar es una vida en balde

31 07 2010

Perdí el olor de las flores y el alba por las mañanas. La ventana abierta trae el fresco y me alivia. Dejo enfriar el café y las moscas se posan en la taza dejando su rastro de excrementos. Pienso que debería matarlas a todas, pero sé que no es posible y desisto. Se siguen posando a pesar de mis amenazadores pensamientos. No hay telepatía entre ellas y yo. Como no la hay entre Ella y Yo. Si la hubiera, ayer las cosas habrían sido de otra manera. Elegí para mi espera las plazas más concurridas de la ciudad termal. Por ninguna de ellas se dignó a pasar. No apareció. Yo estaba allí. Yo la aguardaba. No apareció. Hasta ayer creía en la Teoría de la Feliz Casualidad. Pensaba que uno podía sentarse a esperar en una plaza a que una persona determinada apareciese, sin más. Como sucede en los peores relatos. Como debería haber ocurrido en éste. Soy indigno. ¿Se puede querer a alguien después de diecisiete años? ¿Se debe querer a alguien después de media vida? Amor territorial. Cruce de caminos. Tradición. Identidad. El destino. Ya no creo en nada de eso. No después de ayer. No después de lo que Ella me ha hecho. Ahora ya sé que soñar es una vida en balde. Ahora ya puedo usar la cursiva.

Lo hago:

La primera vez que mi mano buscó su sitio debajo de tus bragas tuve una sensación muy extraña, como si le estuviera metiendo mano a Galicia entera, a la historia, a todo nuestro entorno, a Vales, a tus abuelos y al mío, a tu madre y a mi padre; por suerte, la segunda vez ya pude concentrarme del todo en el dulce olor de tu sexo, todavía hoy lo recuerdo y no puedo evitar morderme los labios.





¿Tiempo de vida?

17 06 2010

Se necesitan muchos días sin oír al teléfono la voz de una persona para acostumbrarnos a su ausencia; se necesitan muchos días reprimiendo el impulso de llamarla para acostumbrarnos a que ya no contestará, […] se necesitan muchos días preguntándonos qué diría de algo sobre lo que, sabemos, tendría una opinión más certera que la nuestra para acostumbrarnos a que a partir de ahora deberá bastarnos con nuestro criterio, se necesitan muchos días mirando sus fotos para acostumbrarnos a que son las fotos de un muerto, […] se necesitan muchos días haciendo recuento de vivencias comunes para acostumbrarnos a que jamás se repetirán, a que sólo nos queda la memoria.

Tiempo de vida, Marcos Giralt Torrente

La última vez que escuché la voz de mi padre fue por teléfono y no le presté la atención que merecía. Nunca me lo he perdonado. Nunca me lo perdonaré. Es cierto que no podía saber que aquella vez sería la última, pero hay que tener muy poco conocimiento para decirle a tu padre que tienes que colgar porque el aceite de la sartén se está quemando. Quizá la persona que estaba conmigo en la cocina podría haberme ayudado. Quizá yo debería haber dejado que se quemara el puto aceite y la cocina y la casa entera para haber atendido la llamada como era debido. Quizá.

Dice Marcos Giralt Torrente en Tiempo de vida que creemos que el tiempo es mucho más laxo de lo que es, y que hay para todo, cuando en realidad no es así, y que ése es al fin y al cabo el error principal. Con venticuatro años yo creía que podía cambiar el mundo y disfrutar de mi padre, pero su muerte, repentina e injusta, me dio una buena hostia en la cara y me obligó a pensar sólo en cambiar el mundo y a hacerlo en las peores condiciones: sin referencias, perdido, desnortado. Ha escrito Giralt el libro que yo llevo más de un año tratando de escribir. Ha escrito Giralt el libro que yo llevo más de un año tratando de no escribir. Él ha cerrado el círculo y ha levantado acta. Yo no he sido capaz. Y mientras no lo haga sé que no podré escribir otra cosa. Giralt, sin embargo, le ha dado la vuelta: ha escrito otras cosas y después ha cerrado el círculo. Le felicito y le envidio.

Tengo un amigo, Juan, que acaba de ser padre. Y cuando coincido con él y con su pequeño hijo me gusta observar sus movimientos: examino cada uno de sus gestos y disfruto con las atenciones que le dedica al bebé, hasta el punto que sonrío cuando él deja escapar esa sonrisa de padre orgulloso y me preocupo cuando percibo su gesto de responsabilidad ante cualquier pequeña contrariedad. Ser padre me parece la tarea más difícil del mundo. El mío sólo pudo serlo venticuatro años. Es cierto: no hay tiempo para todo. Yo no quiero ser padre, pero cada día que pasa echo más de menos ser hijo, y además me da miedo no poder cerrar el círculo nunca. A veces soy capaz de escribir sobre ello. A veces no soy capaz de escribir sobre ello.