Bolaño en 340 palabras

21 04 2010

Esta noche he soñado que ya era viernes, 23 de abril, Día del Libro, y que Roberto Bolaño venía a mi ciudad, a una ciudad imaginaria por supuesto (ni los sueños dan para tanto), y de repente alguien me pedía que lo presentase, y yo, muy nervioso, planeaba qué decir, cómo enfocarlo, y se me ocurrían cientos de maneras, todas con un lenguaje sencillo: sin palabrería, sin adjetivos, que de los autores ya habla su obra; y muy breves, para terminar lo antes posible, porque no soporto esas presentaciones de escritores que son en realidad presentaciones de presentadores que dicen que vienen a presentar a escritores, y entonces, todavía en sueños, escribía algo parecido a esto:

Buenas tardes, amigos y amigas. Hoy, 23 de abril, Día del Libro, contamos con el escritor Roberto Bolaño. Nacido en Santiago de Chile, Roberto Bolaño es un poeta latinoamericano, un extranjero en Europa y sobre todo el padre de Lautaro y Alexandra: sus hijos, su patria. Cuando Mónica Maristain, en una entrevista, le preguntó acerca de las cosas que le divierten, Roberto respondió: «Ver jugar a mi hija Alexandra». Roberto Bolaño lo ha leído todo. Roberto Bolaño lo ha escrito casi todo. Es autor de ensayos como Entre paréntesis, libros de cuentos como Llamadas telefónicas, Putas asesinas o El gaucho insufrible, multitud de poemas reunidos en La Universidad Desconocida, novelas breves como Amuleto, Una novelita lumpen o Estrella distante y ha escrito las dos grandes novelas del siglo XXI: Los detectives salvajes y 2666, con las que ha transformado el panorama de la narrativa y obtenido importantes premios y reconocimientos. Roberto Bolaño fundó el movimiento infrarrealista dentro de la poesía mexicana, país que le acogió en su juventud, y su primer trabajo en España fue como vigilante de un camping en Castelldefels. Barcelona fue otra de las ciudades por las que deambuló Bolaño hasta que la calle Aurora de Blanes acogió su casa y su vida y su escritorio y su biblioteca, repleta de esos libros a los que, en uno de sus poemas, pide que resistan y cuiden de su hijo en los años venideros. Roberto Bolaño es un gran conversador y polemista vocacional, y es buen amigo de Mario Santiago, que ya murió pero vive en Ulises Lima, de Ignacio Echevarría, de Enrique Vila-Matas, de A.G. Porta, incluso de Jorge Herralde, su editor, y de Rodrigo Fresán. Roberto Bolaño se ha pasado la vida escribiendo: escribiendo contra los rechazos de las editoriales, escribiendo contra la enfermedad, «escribiendo poesía en el país de los imbéciles», como él dijo, pero escribiendo. Roberto Bolaño es el escritor que siempre quise leer. Roberto Bolaño es el escritor que siempre leo. Roberto Bolaño tiene la palabra y es ahora todo suyo. Muchas gracias.

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Trozos de febrero (III)

10 02 2010

Lo que me apetece ahora es leer a Bolaño y cenar algo por ahí, emborracharme, celebrar este tiempo contigo porque me lo merezco, porque nos lo merecimos. Y sonreír.

El Fuente Dé es el único sitio de esta ciudad en el que puedo pedir un plato de albóndigas con patatas, un huevo y un poco de tomate natural aliñado sin que me miren con mala cara, me hagan absurdas preguntas, me tomen por loco…, y encima sólo me cobran cinco con sesenta. De una balda se ha caído una jarra vacía que podía haber matado al dueño y, lógicamente, las risas no se han hecho esperar.

Viendo The Road de John Hillcoat he pensado lo mismo que cuando hace un par de años leí The Road de Cormac McCarthy: el mundo debería tener un botón de autodestrucción para evitar que, en un planeta devastado, sumido en un terrible escenario apocalíptico, en el que no quedase más que un puñado de hombres y mujeres muertos de hambre y de marchar sin dirección, un hombre pudiera comerse a su propio hijo o pensarlo siquiera. Tal vez no estemos tan lejos de necesitar ese feliz botón.

El Tercer Reich no me está enganchado como uno de los grandes de Bolaño, pero es Bolaño y eso me basta. Quizá deba darle una segunda oportunidad, sólo llevo 134 páginas de 360, pero hasta ahora lo que más me ha llamado la atención es el uso abusivo de la cursiva que hace el narrador, o encuentro la explicación rápido o voy a terminar odiando a Udo, y no quisiera, no por el momento. Aunque estoy empezando a pensar que en menos de treinta páginas tendré muchas más razones para querer matarlo, literariamente, quiero decir.

Si la mitad de los trabajadores de una empresa van a la oficina sólo en los días de viento sur y la otra mitad toma posesión de su lugar de trabajo (es un decir, claro) nunca antes de las 11 de la mañana, esa empresa no puede funcionar, y eso es así aquí y en la China Popular. Y para darse cuenta (para hacer algo, porque darse cuenta sin más no tiene ningún mérito) no hace falta ser un gurú de la nueva o la vieja economía, ni un experto en teoría de la organización, ni un aprendiz de coacher, ni escribir sesudos artículos en la prensa nacional o regional, ni nada, tan sólo es necesario tener un poco más de dos dedos de frente, y yo, lamentablemente, de eso tengo para regalar. Quizá lo regale y así me quede más tranquilo.

He pasado un rato muy agradable en compañía de Alba, de Jesús y de Pili. Hacía mucho tiempo que no visitaba la palmera número doce y, como siempre, me he sentido igual de cómodo que en casa. Alba está a punto de ser madre de Nicolás, y Jesús y Pili están a punto de ser abuelos de Nicolás, eso no me ha impedido pensar que parecen tan jóvenes como cuando eran mis queridos vecinos de abajo, aquí (allí) en el barrio de Santoñuca. Los temas de conversación estaban claros: Santoña, un poco de política, Bruselas, el Buciero, las fotografías de aquellos años, y mi padre, sobre todo mi padre.  No me quito de la cabeza la imagen de Jesús y mi padre yendo juntos a la sede del PSOE en Santoña (la antigua, la que estaba cerca del Palacio de Manzanedo), en octubre de 1982, a festejar la victoria de Felipe. Algún día escribiré sobre todo eso, o quizá ya lo esté haciendo…





Trozos de febrero (II)

8 02 2010

Sábado, 6 de febrero: De tanto llover la lluvia ya no cae del cielo, se ha pegado al suelo y el único movimiento que hace es rebotar todo el rato. Funeral gótico; en mi memoria el bonito con tomate; tanta gente conocida me hizo pensar que el muerto era otro; las mismas ausencias de siempre. Cerca de la medianoche me espera una música que me resulta conocida, pero ahora sólo escucho el sonido de un sms en mi móvil: Librería Gil. Hemos recibido su encargo. Puede pasar a recogerlo, gracias. ¡Alégrame el día, librero! Bolaño ha llegado, dejo todo lo que tengo entre manos, ¿qué otra cosa podría hacer?

Domingo, 7 de febrero: Desayuno de nueve y media a dos y media. ¿Hay otra manera mejor de pasar un día gris como éste?

Lunes, 8 de febrero: Sigue lloviendo y creo que está empezando a afectarme. Y me jode porque debería controlar estas cosas. El frío es más un estado de ánimo que una sensación térmica, pero la lluvia moja y se queda a vivir en tus huesos, y duele.

Varios:

Una de las cosas que más me duele con relación a estos últimos años es que, con toda seguridad, hemos decepcionado (defraudado sería la palabra adecuada) a mucha gente buena que, una vez superados prejuicios iniciales, confió en nosotros (todavía no sé muy bien por qué, quizá nos lo fuimos ganando poco a poco), gente como Isa, como Carlos, como Marta… Les recuerdo en esa foto y sé lo que piensan ahora de nosotros (cuando digo nosotros me refiero a la idea que les vendimos, y cuando digo sé lo que piensan es porque también lo pienso yo), después de habernos visto sonreír cómodamente sentados a la mesa de la gentuza contra la que tanto luchamos: ¡Menuda mierda!

Sé lo que necesito: estar a mi bola, pasar de todo el mundo, como he hecho hoy en cuanto me han dado una mínima excusa para ello. Pasar de todo el mundo, apagar los móviles, arrojarlos por la baza y tirar de la cadena un par de veces, y comprobar que han desaparecido por los desagües y que ahora están llenos de mierda, como tiene que ser…

Sé que algo me pasa, pero no tengo claro qué es. Para empezar, no consigo escribir de otros temas que no sean literatura, muerte y sexo, y no me preocupa literariamente, sino personalmente.





Mi traje de detective salvaje

26 01 2010

Hoy he soñado con Lima y Belano, he soñado que aparecían una noche en mi casa, los dos muy delgados y con el pelo aún más largo que cuando les conocí (recuerdo que me los presentó el poeta García Madero una tarde de marzo en la que terminamos vagando por las calles del DF), he soñado que comíamos sopes, bebíamos algo de vino y hablábamos durante casi toda la madrugada, ¿de qué hablábamos?, pues de la poesía mexicana, del pinche de Octavio Paz, de las revoluciones pendientes, de María y Angélica Font, de todos los real visceralistas, de Felipe Müller, hablábamos también de Chile, de España (ahí fue cuando Belano nos contó su experiencia como vigilante de un camping en la Costa Brava), hablábamos de todo y hablábamos de nada, y luego ellos se iban, sin decir palabra, sin enseñarme sus poemas, sin enseñarles yo los míos, tanto mejor para la poesía latinoamericana, pensé, pero me hubiera gustado escuchar a Ulises Lima, con esa pinta de mendigo errante, escuchar de sus labios, por ejemplo, qué pasó en Managua, en la Managua sandinista, en aquel viaje de poetas mexicanos infestado de poetas campesinos, pero no dijo nada, se fue con Belano, Ulises Lima se fue con Arturo Belano, y yo me quedé solo, sentado a la mesa de la cocina, con los platos todavía por recoger, sin un mísero vaso de vino que llevarme al alma, y entonces me eché a llorar, no sé muy bien por qué, pero me eché a llorar, y no pude parar hasta que un tímido haz de luz me anunció que afuera ya había amanecido, lo hice, dejé de llorar, y justo en ese momento escuché el timbre de casa, entonces me sequé como pude las lágrimas (me las sequé con la manga derecha de mi camisa, pero queda más literario me sequé como pude), fui a abrir y allí estaba él, allí estaba Roberto, en persona, fumando un cigarro (seguramente sería ya el quinto o sexto del día), y me dice, ¿puedo entrar?, y yo le digo, claro, entra, Roberto, pero en realidad quería decirle que no, que no podía entrar, porque no me apetecía que descubriese los restos de mi encuentro con Lima y Belano, y entonces él me dijo: ¿Pasa algo?, te noto raro, y yo le dije: No, no, nada, sólo que no he dormido bien, que no he dormido, que necesito  tomarme un café con leche y echarme en la cama a descansar un poco, descansar de la vida, seguramente, pero no tengo ni café ni leche, y le he dicho también que lo mejor sería ir a la calle Bucareli, al Café Quito o al Encrucijada Veracruzana, y él me ha dicho vale, me parece bien, pero antes déjame que te diga una cosa, y entonces me ha dicho: Lima y Belano murieron hace ya dos años y medio, y al decirlo ha dejado de mirarme a la cara y, de pronto, se ha puesto a recitar unos poemas que, lo admito, no me sonaban de nada, y, conociendo a Roberto, enseguida he pensado que serían de Lezama Lima, o de Borges, no, no, en ningún modo de Borges, porque si fueran de Borges los hubiera reconocido, el caso es que se ha puesto a recitar esos poemas y entonces me he quedado tranquilo y me he dado cuenta de todo, o de casi todo, y ayudado por un gesto extraño de mi mano me he despedido de Roberto, él ha bajado las escaleras del portal fumando el octavo cigarrillo y yo he seguido leyendo Los detectives salvajes un rato más.





Grandes éxitos de la indiferencia

20 01 2010

1. La primera vez que escuché cantar a Javier Bergia no había cenado, llovía fuera del Rubicón y casi al final del concierto tu hermana me llamó por teléfono para decirme que te acababas de matar en un accidente de tráfico. El volumen de Aquellos años verdes me impidió tomar nota del número de la sala del tanatorio en el que esa noche iban a velar tu cuerpo, así que opté por la decisión más difícil: esperé que Javier terminara su segundo bis —no quería molestar—, me levanté muy despacio de la silla, respiré hondo mientras recordaba algunas de las cosas que había olvidado para siempre, me acerqué a la barra, pedí otro mojito [papel y bolígrafo, por favor] y me puse a escribir las notas para un microrrelato que al día siguiente envié a un concurso de mala muerte al que nunca debería haberme presentado.

2. Además me voy a chivar a mis padres. Y, por si lo habías olvidado, son poetas, la peor gente posible, el lumpen de esta sociedad postmoderna. Hay noches en las que no duermen pergeñando extraños versos en el silencio de su estudio —¿creen que no lo sé?—; los dos juntos, a cuatro manos, como escribieron A.G. Porta y Roberto Bolaño aquella novelita policíaca en la que Ana, ay, la dulce y letal Ana, me hizo sufrir tanto, ¿te acuerdas? Yo sí, no pienso en otra cosa desde que murió Roberto; y con él un poco también Ana y Pelletier y Arturo Belano y, con suerte, seguramente yo.

Nota.- El 1 lo presenté al certamen de microrrelatos de la Calle del Sol y el 2 (la frase en itálica no es mía; era con la que debía comenzar el microrrelato) al de Relatos en cadena de la SER y Escuela de Escritores, y ambos recibieron la absoluta indiferencia de los respectivos (y muy honorables) jurados; se confirma, por tanto, mi opinión acerca de la actual literatura española: se hunde en el más asqueroso de los fangos, salvo honrosas excepciones.





Siempre vuelvo a Bolaño

14 01 2010

Siempre vuelvo a Bolaño. Por ejemplo, hoy; por ejemplo, esta semana, que yo andaba sumergido en la lectura de algunos libros de maravillosos escritores como Fresán, Sábato, Cercas, Vila-Matas…, pero el cuerpo y el alma me pedían —me piden constantemente— volver a Bolaño. Y ahora estoy lejos de él, y sólo tengo una novelita que escribió a cuatro manos con A.G. Porta y un libro con una selección de sus entrevistas, y no me parece suficiente —es muy insuficiente— para cubrir la necesidad que tengo ahora mismo. Bebo cerveza para intentar evadirme, bebo mucha cerveza y de tanta cerveza que bebo recuerdo que casi no he comido, que me mareo todo el rato y que de todas formas sigo estando lejos de Bolaño. En un arranque de cierta lucidez en medio de este penoso estado he pensado que, para aliviar en parte este dolor, podría recitar de memoria todos los títulos de los libros de Roberto que he leído, podría, pero no voy a hacerlo porque, por ello, no voy a sentirme más cerca de él y, lo que es peor, la ansiedad va a ir en aumento, igual que lo está haciendo el nivel del agua de los pantanos franquistas durante este frío invierno.

Siempre vuelvo a Bolaño. No acabo de entender esta fuerte adicción. Siempre ha estado ahí, es cierto, siempre he vuelto a Bolaño, pero ahora su ausencia me paraliza como no lo había hecho antes. Tal vez sea por sentirme lejos, por la dificultad que tengo para imaginarme más allá de tres o cuatro páginas completas de alguno de sus libros, porque esta tarde he pensado demasiado en Arturo Belano, en el propio B, en Amalfitano, en Archimboldi y en tantos otros… Siempre vuelvo a Bolaño y cada día que pasa me resulta más difícil; le he enviado lejos, muy lejos, para no darme cuenta de que, al igual que viajar es perder países, leer es perder libros, y yo de Bolaño los he perdido casi todos; con suerte me quedan tres o cuatro, y no me bastan, no, no me bastan…

Roberto, tú que fuiste capaz de escribir La parte de los críticos, y dentro de La parte de los críticos ese bendito párrafo que ya he leído más de cuatrocientas veces, Roberto, te digo ahora, hoy, esta tarde, noche ya, te digo —y escúchame, por favor— que no he encontrado nada igual a ese párrafo, y por eso siempre vuelvo a ti, siempre vuelvo a Bolaño, y es triste, o alegre, no sé, es triste —continuo la frase con triste que fue mi primera opción— saber que, probablemente, nunca leeré nada parecido a ese párrafo de La parte de los críticos, y te maldigo profundamente por ello, por dejarme así, sin ti, por dejarme huérfano, más huérfano todavía, mucho más, porque no hay orfandad más terrible que la de no tener un libro con el que emocionarse un día cualquiera a las ocho p.m. Sé que te estás riendo, Roberto, porque sabes igual que yo —mucho mejor que yo, de hecho— que en las bibliotecas públicas es más fácil encontrar bazofia como la que producen sin ningún pudor Isabel Allende o Luis Sepúlveda que un libro tuyo, y con ello tengo que convivir, lo sé, lo admito, vale, pero ahora deja de reírte, cabrón.





Uno

15 12 2009

Uno es más que cero y menos que dos. Uno es quizá algo incierto. Uno es debilidad de adolescente. Uno es restos de cenizas. Uno es lo más parecido a una revuelta en el frenopático. Uno es la delicadeza dormida. Uno es desafío parcial. Uno es que vivas rodeada de pequeñas figuras humanas. Uno es epitafio sobre tumba ajena. Uno es rebelión en la granja sometida a las reglas del derecho internacional. Uno es nochevieja sin año nuevo. Uno es apetito, siempre apetito. Uno es el centro del universo. Uno es la perfección indemostrable. Uno es deseo, sudor y más deseo. Uno es coloquio universal. Uno es mirarte y saber que la cosa no va en broma. Uno es acertijo de ceremonia fúnebre. Uno es dar a diestro y siniestro. Uno es ocultarme bajo tu minifalda a esperar que pase la tormenta. Uno es también y sobre todo el comienzo de dos. Uno es aquello que una vez pensé que iba a ocurrir y nunca ocurrió y ahora es uno. Uno es devolver lo prestado. Uno es leer a través de tus ojos de gata. Uno es divertido, muy divertido. Uno es la caricatura de un sueño de la infancia. Uno es el recorrido más largo para llegar a la meta. Uno es todo menos un arma de destrucción masiva. Uno es la elegancia de un caballito de anís. Uno es Rodrigo y Roberto y Julio. Uno es un paseo entre molinos que tocan el cielo. Uno es la auténtica tentación, la dulce tentación. Uno es a ratos terrible. Uno es compositor de sinfonías a las que nunca asignarán un número. Uno es la maravilla entre tus piernas. Uno es la revelación del espíritu santo. Uno es uno y es más, es mucho más, pero es uno. Uno es uno, ¿verdad?