Costumbres de los españoles

7 02 2008

He pensado ayudar a Rajoy en la ingente tarea de hacer un listado de las costumbres de los españoles —a respetar por todo aquél que quiera pisar suelo patrio por un tiempo—, que irán en la parte contratante de la tercera parte del contrato que Mariano quiere hacerle firmar a la gente que viene a nuestro país, buscando un futuro —y un presente— mejor. Lo de cumplir las leyes, lo obvio, porque eso lo tiene que hacer todo el mundo, sin distinción. Lo de la higiene prefiero no comentarlo, porque me viene la imagen de Mariano con el jabón chimbo pasando por la ducha —fría, claro— a todo aquél que no haya tenido la suerte de nacer en territorio español. Pero vamos con la lista de costumbres de los españoles a respetar —se admiten aportaciones—:
La memoria de los peces; las comilonas en navidad y fiestas de guardar; la comunión vestidos de marineritos y princesitas; la violencia machista; la homofobia; la corrupción urbanística —la corrupción en general—; el chismorreo; los programas del corazón; la mala educación; los escupitajos en el suelo; los sonoros eructos; mascar chicle con la boca abierta; el archirrepetido hay que; los toros; la envidia —nuestro deporte nacional—; el habitual cuatro mirando y uno trabajando; la misa de los domingos; la soberbia; los prejuicios; el olvido de nuestros mayores; el individualismo; el culto a Gran Hermano; comprar pocos libros y leer aún menos; el afán de protagonismo; pensar mal de todo el mundo; el enriquecimiento fácil; el gusto por el mal gusto; el voto a un partido de derecha extrema como el PP; las falsas dietas de adelgazamiento; el dinero rápido —y leonino— de cofidis; el nacionalcatolicismo; la publicidad engañosa; la quema de autobuses; las comisiones de los bancos; los correos spam; los programas de tarot; la incompresión de lo diferente; no saber inglés; el control sobre la creatividad… No sigo, que me deprimo.

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14 km

11 01 2008

Ayer era el último pase de 14 km en los Groucho. Al llegar, mientras pedía dos entradas, felicité a José Pinar por los datos de público del año que acaba de finalizar: un diez por ciento más. Es un buen acicate para consolidar este bonito proyecto, le dije y él asintió, como resignado –es su estado natural–, mientras me daba la vuelta de diez euros. La película es casi documental; hay momentos que parecen sacados de las piezas de cualquier telediario. Trata del drama que viven miles de hombres y mujeres jóvenes del continente africano en la búsqueda del sueño europeo. No me gusta poner en la misma frase las palabras drama y sueño; pero, en este caso, hemos conseguido entre todos que sea así. Nuestra condición de occidentales acomodados nos permite ver la película sin demasiados sobresaltos, y teniendo en cuenta que ya hace unos días que terminó el periodo de ñoñería navideña, la capacidad de empatía está verdaderamente limitada. A los cinco minutos de salir del cine podemos seguir pensando, al ver a un negro por la calle, que debería irse a su país, que huele mal, o que seguro que está buscando alguna víctima que robar –aprovechamos para guardar el móvil, por si acaso–; los occidentales acomodados tenemos esa terrible capacidad, que nos permite caminar por las calles de nuestras ciudades, pensando que nada de lo que sucede a nuestro alrededor va con nosotros.