Milesker Kirmen

17 03 2010

Ayer fui a la presentación de Bilbao-New York-Bilbao, de Kirmen Uribe, en un centro cultural de Santander. Esperaba con emoción mi encuentro con el escritor vasco, porque sabía que iba a tener la oportunidad de charlar un rato con él para contarle los efectos que su novela ha producido en mí (de algunos soy consciente, otros ni siquiera puedo imaginármelos), darle las gracias en persona después de haberlo hecho en estas mismas páginas y cruzar algún diálogo interesante, de esos de escritor a escritor (de los que tiene Enrique Vila-Matas con sus amigos), que son tan difíciles, casi imposibles, en el día a día de mi ciudad.

Kirmen no me defraudó. Su presentación, ejecutada a la manera de un diálogo literario con el periodista Guillermo Balbona (dentro del periodismo cultural, si es que podemos decir que tal cosa exista en Cantabria, es, de largo, el profesional con más criterio y compromiso), fue a la vez un canto a la sencillez y una clase magistral de cómo escribir en estos tiempos. Escuchando al escritor vasco me iba emocionando porque me daba cuenta de que sus opiniones, su visión de las cosas eran muy parecidas a las mías y él, y ahí se encuentra una de las múltiples diferencias, sabe expresarlo de manera convincente y tranquila, sin sobresaltos, casi a la manera en que los edificios asientan su estructura con el paso de los años.

De todo lo que contó, que fue mucho, me quedo con algo en lo que yo había pensado ya más veces: Lo vanguardista, lo experimental es frío. Al escuchar eso pensé en Agustín Fernández Mallo y esta vez sé por qué: He leído Nocilla Dream, Nocilla Experience y Nocilla Lab. He leído su ensayo Postpoética y sus libros de poemas Creta lateral travelling y Joan Fontaine Odisea. Lo he leído y releído todo y me parece un gran escritor, pero es frío, no me emociona; me gusta descubrir cómo abre el género, cómo juega con las nuevas herramientas, cómo se ríe de lo convencional, cómo provoca, me gusta todo eso y me gusta la agilidad con la que narra, pero es frío, no me emociona. Trato de recordar algún fragmento de alguna novela de Agustín Fernández Mallo y me cuesta y no soy capaz, lo intento con Bilbao-New York-Bilbao (ya sé que la he leído hace poco) y me vienen a la memoria tantas cosas que me hace pensar que la novela de Kirmen Uribe se me ha grabado a fuego en el alma.

Al terminar la presentación, me acerqué a charlar unos minutos con Kirmen, con la excusa de que me firmara el libro, y mi sensación es que el escritor vasco es como su novela: sencillo y sofisticado. Ahora, al recordar el encuentro de ayer con Kirmen, sonrío al darme cuenta de cómo algunas de sus palabras rebotan dentro de mí buscando un hueco donde quedarse para siempre, pienso que me gustaría volver a coincidir con él en alguna otra ocasión, con menos gente, para poder seguir charlando de literatura, de la creación literaria, de la vida…, confío en disfrutar pronto de su segunda novela y cierro este capítulo volviendo a leer su dedicatoria: Para Raúl Gil, esperando que pueda leer tu novela, fragmentaria y auténtica a la vez. Suerte, que seguro que lo consigues. Un fuerte abrazo. Kirmen Uribe.

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Ausencias de marzo (II)

14 03 2010

Me duele el estómago porque hoy he vomitado mi cansina frugalidad. Me va a doler un buen rato, lo sé; si hay una parte de mi cuerpo que conozco bien esa es el estómago. Recuerdo que cuando tenía cuatro años no podía tomar leche después del zumo de naranja porque el resultado era devolver el desayuno, lo que suponía quedarme sin fuerzas para enfrentarme a las ingratas tareas que le corresponden, no he conseguido saber aún por qué, a un niño matriculado en segundo de infantil.

Escucho La Radio Encendida, ahora suena Jorge Drexler y suena bien. Mañana sale su disco a la venta. Para el de Los Planetas habrá que esperar hasta el once de abril: no sé cómo se atreven. Ayer J. estaba más cansado de lo habitual. Igual le ha llegado la hora de cambiar de look. Los rizos no le dejan ver el horizonte. Santos que yo te pinté, demonios se tienen que volver. Jorge se despide. La gente aplaude.

Leo Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas. Leo La herencia del olvido de Reyes Mate. Leo Cuentos Completos de Haroldo Conti. Leo Cuentos Completos de Roberto Arlt. Y, mientras, leo una, leo dos, leo tres, leo siempre, Leo Messi.

Ayer terminé la primera parte (son tres) de Los lápices siguen escribiendo. Estoy tenso porque no sé (por) dónde voy a empezar la segunda. Me falta un dato y espero que no se demore demasiado. La próxima aparición de la última novela de Enrique Vila-Matas ha alimentado mi tensión. Y más después de leer el sábado en El País la entrevista que le hizo Juan Cruz. Y más después de haber leído las primeras páginas de Dublinesca. Y más después de estar de acuerdo con Enrique, que a su vez está de acuerdo con Samuel Riba (el editor protagonista), que a su vez está de acuerdo con Julien Gracq, en que hay cinco elementos imprescindibles en la novela del futuro (yo añado que esa novela es la única novela posible en el presente): intertextualidad; conexiones con la alta poesía; conciencia de un paisaje moral en ruinas; ligera superioridad del estilo sobre la trama; la escritura vista como un reloj que avanza. No tengo más que añadir, Enrique, Samuel, Julien…





Ausencias de marzo (I)

10 03 2010

Llegó marzo y con marzo las ausencias. Ausencias del mundo, ausencias del blog, ausencias…

Será que corregir y revisar una novela no es tan divertido ni requiere tanta atención como empezar a escribir una novela nueva, será eso y que el entrenamiento de enero y febrero (y el de diciembre y el de noviembre y el de octubre y el de…) ha dado sus frutos, será que ya estoy preparado, será que es la hora.

Aislamiento absoluto es ahora mi consigna y he de repetirla sin pudor allá donde esté, allá donde vaya,  a quien me quiera escuchar, y eso incluye también el blog, aunque lo iré llenando con ausencias, si la metafísica no se enoja conmigo.

Las cosas son así. Llega una fotografía a tu vida y te la cambia por completo. ¡¿Acaso no lo sabía?! Seré ingenuo…

Pedir perdón por escribir es como torturarme. Pedir perdón por escribir ha sido parte de mi repetida necedad. Pedir perdón por escribir no entra ya en mis planes.

He tenido que tomar una decisión fundamental y también, ¿por qué no decirlo?, trágica: Cambiar de estudio o dejar de comprar libros por un tiempo. No hay espacio para más, así que me he hecho socio de la biblioteca nueva, en la que hay espacio de sobra, sobra espacio, y donde mi primo, ese primo al que nunca le había visto ninguna utilidad, tuvo el detalle de hacerme el carné en menos de media hora, para no dar por perdida la visita y traerme un par de ejemplares para los que tengo un hueco reservado, pero sólo durante quince días.





Entremés

1 03 2010

Repaso mentalmente todas las técnicas que conozco para vencer el síndrome del folio en blanco y ninguna me parece adecuada ahora que sé que la playa es como una placenta para ti, y he pensado que en realidad sólo me queda una posibilidad: refugiarme bajo tus faldas, y una vez allí gritar sin temor al sufrimiento que el eco provoca en mi vientre, y arder sin motivo, resplandecer como la luna en medio del mar, aceptar que la vida es otra cosa, comer con las manos una sopa de verduras, multiplicar ciento cincuenta y cuatro por dieciocho, esperar a que llegue el próximo tren sin hacer la maleta, repetir tu nombre hasta que pueda olvidarlo, aceptar la condena por ser de justicia, coronar el monte de Venus, repatriarme sin porqué conocido, alcanzar una temperatura corporal indecente, copiar el examen a alguien que vaya a sacar menos de un cuatro, aborrecer las sardinas en lata, vibrar con tus pechos perfectos, rebelarme ante alguna de las cien mil millones de injusticias diarias, cortarme el pelo al cero y pintarme las cejas de amarillo, montar un caballo viejo y cojo, escribirte una canción instrumental porque no tengo nada que decirte, hacer el amor a una estatua de bronce, recoger mis cenizas de un suelo resquebrajado y tuerto, abrazar una bolsa de agua caliente y vomitar, engancharme a tres o cuatro drogas diferentes, acabar con el hambre en el mundo a bocados, pedir vez en la frutería aunque no haya nadie, aceptar un billete de cincuenta euros a cambio de mi alma, mordisquearte los pezones sin que te des cuenta, recordar sólo el cumpleaños de tu hermana pequeña, cabecear a la red un centro envenenado, sufrir la derrota menos estrepitosa del fin de semana, acudir a una manifestación en defensa de la huerta murciana, traducir a veintitrés idiomas mi partida de nacimiento, telefonear a mi casa y colgar justo al escuchar una voz desconocida, darle una y otra vez al play en el MySpace de La Habitación Roja para escuchar Febrero antes de que se acabe, parar de escribir un momento hasta decidir si tiene algún sentido lo que estoy haciendo, darme cuenta de que no y permanecer quieto como un muerto que acaba de morir, para acto seguido pensarlo mejor y continuar tecleando hasta que me duelan las yemas de los dedos, que lo demás ya me duele, hasta que se me endurezcan tanto que pueda apagar en ellas un cigarro.