Si vuelvo a verte

3 09 2009

Si vuelvo a verte —espero que no—, me gustaría que tuvieses los pezones duros y el vientre lleno de cosquillas, que fueras como una Fanta de naranja de las de antes: con burbujas. Si vuelvo a verte —espero que no, te repito—, querría que hubieran desaparecido de tu rostro todos los dolores premenstruales acumulados, que volaras como un mosquito en la noche: haciendo mucho ruido. Si vuelvo a verte —espero que no, ya te lo he dicho antes—, apostaría mi vida a que no querrías reconocerme, tal y como hiciste aquella mañana en S, tranquila, no pienso dejarte más notas encima del fogón de la cocina, quizá debiste expulsarme de tus huesos a la manera de los panaderos: con la boca. Si vuelvo a verte —espero que no, ¿te ha quedado claro?—, preferiría que vinieses acompañada de tu hermana, ella era la guapa y yo no me di cuenta, la necedad es contagiosa, amiga, aunque a mí nunca se me hubiera ocurrido decirte adiós a través del hilo telefónico, ya sabes que me hubiera encantado hacerlo igual que muere un ahorcado: empalmado.





Hoy he visto a Ángel González

13 01 2009

Hoy he visto a Ángel González, en el mismo sitio de siempre, con ese gesto suyo tan típico, hoy he vuelto a ver a Ángel González, más o menos sobre la hora habitual, y le he escuchado eso de si yo fuese Dios haría lo posible por ser Ángel González y, ¿qué otra cosa podría hacer?, me he emocionado, me he emocionado absolutamente, me he vuelto a emocionar tercamente…

Y de la emoción han nacido unos versos, y en medio de la relectura de esos versos he vuelto a ver a Ángel González y he gritado su nombre diecinueve veces, he gritado su nombre diecinueve veces pero no me ha escuchado, y aún así se ha dado la vuelta y ha sonreído sin que su sonrisa tuviera más objetivo que el propio de sonreír, y ha conseguido volver a emocionarme, emocionarme absolutamente, emocionarme tercamente…

Y en medio de tanta emoción te he visto, Ángel, y he pensado, como Octavio Paz, que los poetas no tienen biografía, sino que los poemas son la biografía de los poetas, y entonces me ha parecido que tú, Ángel, tienes una biografía hermosísima, dolorosa también, pero hermosísima, porque: ¿qué es el dolor sino algo hermoso que nos permite levantarnos cada día y estar vivos?

Ángel, tú no has contestado, estabas allí pero no has contestado, y no me importa, casi lo prefiero, tengo tus poemas, no necesito nada más, tengo tus poemas y los leo, releo, escucho, reescucho, estrujo, deconstruyo, lamento, ciego, resuelvo, planteo, agradezco, te agradezco que tu biografía sea así de hermosa y posea ese dolor mágico que me da fuerzas, ese dolor que a ratos deviene en calmante, esa calma que también lucha por emocionarse, emocionarse absolutamente, tercamente…

Muerte en el olvido

Yo sé que existo
porque tu me imaginas.
Soy alto porque tu me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita…

Ángel González





Con todo el respeto

13 01 2008

Para que te sigas llamando Ángel González

Bastaría con leerte un poco cada día
editar en mi piel cada uno de tus libros
gritar tu nombre al viento de nordeste
poner tus gafas en un lugar visible de la luna
acariciar las cucarachas que viven en tus versos
hacer demostraciones de fragilidad permanente
soñar —sin demasiado afán— con tiempos mejores
buscarte debajo del quicio de alguna iglesia
dejar embarazada a la frutera de mi barrio
sentarme a escuchar corridos mexicanos
beber, beber —también fumar—, beber y beber
lanzar tildes y corchetes a los colegios y universidades
provocar alaridos inútiles de millones de personas
rejuvenecer la piel del oso antes de cazarla
hacer un listado de nuevas mentiras piadosas
perpetrar más de cuatro suicidios a la hora
creer que soy Dios para repetirte y repetirte… 





Menú del día, compras y el poema

5 01 2008

Ayer comí con un amigo con el que suelo compartir, de vez en cuando, mesa y mantel y debate y análisis y desesperanza y alegría y risas. Se unió a nosotros, en el segundo plato, otro amigo que venía de hacer sus cosas, y con el que volvimos a repasar la actualidad, la portada de El País, las encuestas, las nocheviejas y también la vida. Al terminar de comer el rico y sencillo menú del día —después de hablar, entre otras cosas, de albanokosovares que resultaban ser búlgaros y vecinos, Mendicutti, Luis Antonio de Villena, y pomposas cenas de nochevieja que salen gratis— nos dirigimos a comprar los últimos regalos pendientes. En el camino, hablando de poesía, hubo unanimidad —la primera del día— en que no hay (casi) nadie como Ángel González. Busqué en la blackberry uno de sus poemas (la más increíble declaración de amor, sin aditivos, que hay sobre la faz de una hoja); mi amigo se quitó las gafas con la mano derecha —en, quizá, uno de sus más característicos gestos— y recitó Me basta así. Lo hizo bajito, pero ni la sirena de una ambulancia que pasaba en ese momento, ni el pegajoso ruido que todas las calles tienen en esta época, ni la portada de El País, ni las encuestas, ni las nocheviejas, ni la desesperanza, ni los análisis, pudieron callarlo; ni siquiera poner sordina. Qué gran alimento es saber que la poesía —como bien dijo Gabriel Celaya— es un arma cargada de futuro.

Me basta así 

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
                                entonces, si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas…
(Escucho tu silencio.
                     Oigo
constelaciones: existes.
                        Creo en ti.
                                    Eres.
                                          Me basta). 

                                                               Ángel González