Nos vemos pronto

8 01 2008

Hoy he comido con Jon. Nos encontramos hace unos días por el Paseo Pereda y quedamos en que nos veíamos, sin falta, esta semana. Nos conocemos desde hace más de veinte años y trabajamos a una manzana el uno del otro; pero por diversas circunstancias —o por ninguna— hacía unos tres meses que no estábamos un rato juntos. Venía de una reunión —siempre está en reuniones—; yo le estaba esperando en el portal donde trabaja, justo al lado del Rocambole.
—¿Te apetece ir al Fuente Dé? —le dije.
—Vale, pero igual no encontramos mesa.
Había, para dos; la suerte también fue doble porque el plato del día era cocido montañés. Dos de cocido, vino y casera. ¿Hace falta más? Empezamos hablando de gastar y ahorrar; somos los dos del primer verbo, así que no hubo mucho debate. Luego su postgrado, mis asignaturas, la antropología pendiente; en esto también hubo acuerdo: aunque sólo sea por satisfacción personal. Nos desvíamos un poco —lo justo— para poner a parir a los típicos jefes tóxicos, cuya labor en una empresa es desmotivar, todo lo posible, a los mejores talentos. De ahí a los libros y al cine. Justo antes del repaso crítico a las últimas películas que habíamos visto, le comenté mi objetivo de ir haciendo una biblioteca que se merezca el nombre; en la que haya una serie de referencia básicas que todos deberíamos leer.
—Más o menos como la que tienes tú —le dije para que se hiciera una idea.
—Eso está bien; leí a Herman Hesse cuando tenía doce años y me marcó profundamente —me comentó, mientras recordaba tres o cuatro títulos del escritor alemán.
—Come un poco más que sobra media fuente —le solté, rebajando el nivel de la conversación.
—Está cojonudo pero luego lo vamos a pagar —concluyó mientras se echaba el último y rebosante cazo.
Jon es Licenciado en Bellas Artes por la rama de Imagen y Sonido; desde hace tiempo trabaja en el sector de las tecnologías. Fue un pintor aceptable —todavía le insisto para que me venda su mejor cuadro—, y es un lector empedernido. Amante del buen cine, no conozco a nadie que tenga una colección de películas como la suya. Es de Bilbao, aunque tiene parte de santoñés, y ha vivido varios años en Madrid —el primero de la pandilla que se fue buscando un sitio donde trabajar y vivir—; ahora vive en Santander y, no sé muy bien porqué, le veo menos que cuando estaba en la capital. Desde siempre le he tenido un cariño especial: como cierto respeto. Estoy contento porque, en general, le van bien las cosas. Es, sobre todo, un buen tío: divertido, culto y amigo de sus amigos. Y eso, en estos tiempos de mediocres, es algo a valorar.
—Te he traído el libro que te dije —me comentó mientras me lo daba, envuelto en una bolsa—. Es de fotografías de La Habana. Me gusta porque son fotos de personas, fotos muy humanas.
—Muchas gracias —le dije—. El próximo día te regalo uno de Pedro Juan Gutierrez.
—Bueno, vamos que tengo que volver al trabajo —me espetó, algo apresurado.
—Vale, me alegro de verte bien, nos vemos pronto. Cuídate.





Menú del día, compras y el poema

5 01 2008

Ayer comí con un amigo con el que suelo compartir, de vez en cuando, mesa y mantel y debate y análisis y desesperanza y alegría y risas. Se unió a nosotros, en el segundo plato, otro amigo que venía de hacer sus cosas, y con el que volvimos a repasar la actualidad, la portada de El País, las encuestas, las nocheviejas y también la vida. Al terminar de comer el rico y sencillo menú del día —después de hablar, entre otras cosas, de albanokosovares que resultaban ser búlgaros y vecinos, Mendicutti, Luis Antonio de Villena, y pomposas cenas de nochevieja que salen gratis— nos dirigimos a comprar los últimos regalos pendientes. En el camino, hablando de poesía, hubo unanimidad —la primera del día— en que no hay (casi) nadie como Ángel González. Busqué en la blackberry uno de sus poemas (la más increíble declaración de amor, sin aditivos, que hay sobre la faz de una hoja); mi amigo se quitó las gafas con la mano derecha —en, quizá, uno de sus más característicos gestos— y recitó Me basta así. Lo hizo bajito, pero ni la sirena de una ambulancia que pasaba en ese momento, ni el pegajoso ruido que todas las calles tienen en esta época, ni la portada de El País, ni las encuestas, ni las nocheviejas, ni la desesperanza, ni los análisis, pudieron callarlo; ni siquiera poner sordina. Qué gran alimento es saber que la poesía —como bien dijo Gabriel Celaya— es un arma cargada de futuro.

Me basta así 

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
                                entonces, si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas…
(Escucho tu silencio.
                     Oigo
constelaciones: existes.
                        Creo en ti.
                                    Eres.
                                          Me basta). 

                                                               Ángel González