Estudio abuhardillado (30 m2) instrucciones de uso

28 02 2010

El cubo de la fregona y el cubo de la basura son el mismo cubo.
El tambor de la lavadora es el cesto de la ropa sucia, ya habrá tiempo de separar la ropa blanca y la de color.
La silla blanca de madera y mimbre es silla, mesita, mesa supletoria y un poco también adorno.
La escalera metálica para subir a la bahía es silla cuando hay invitados y habitualmente soporte para el aparato de música.
El sofá-cama es sofá y es cama y es sofá, y el único lugar apropiado para dormir la siesta mirando al cielo.
El toallero grande es tendedero, el toallero pequeño es tendedero, la mampara de la ducha es tendedero, la barra que facilita la subida a la bahía es tendedero y el tendedero es tendedero.
La luz del extractor es la luz de la cocina cuando no es necesaria mucha luz.
El flexo del escritorio es la lámpara para leer en la cama.
La sartén es el tostador de pan y el cazo es el microondas.
El palo de la escoba es el palo de la fregona.
El descansillo, desierto casi siempre, hace las veces de armario de desahogo.
Los caballetes de la mesa del escritorio son estantería para los libros más grandes y pesados.
La escalera, ese lugar neutro que es de todos y de nadie, donde se cruza la gente casi sin verse, donde resuena lejana y regular la vida de la casa, es el mundo.

Anuncios




Trozos de febrero (V)

25 02 2010

Una grieta en la pared es justo lo que no necesito ahora. Debo taparla, ocultarla bajo algún adorno, algo no demasiado llamativo, pero un adorno; quizá una fotografía, sí, ¡me gusta la idea!, una fotografía, ya sé lo que haré: voy a pedirle a mi amigo Jon que se case en la ermita de San Pelayo de Bakio, se vaya de viaje a Buenos Aires con Liliana, recorra la capital argentina buscando una pintada que ponga: «Los lápices sigue escribiendo», y cuando la encuentre le haga una buena foto, una foto de esas que puedes contemplar horas y horas sin decir nada, simplemente mirando, luego la revele, la pegue sobre cartón pluma (a sangre, la prefiero a sangre) y me la traiga este sábado para colgarla en mi buhardilla, y ocultar así la grieta en la pared que ya me está empezando a perturbar, y no quiero perturbarme, no es lo que necesito ahora.

Esta noche, en uno de los sueños que han asaltado mi cama, me he encontrado con G y he sonreído al verle, y cuando por fin me ha descubierto, a lo lejos (él estaba a unos ciento cincuenta metros de donde estaba yo), ha levantado el brazo y ha abierto la mano para saludarme, y ese saludo, que la mayoría de la gente puede pensar que es el típico saludo, a mí me ha parecido una obra de arte, porque lo ha acompañado de una sonrisa, bueno, más bien de una especie de mueca que se asemejaba a una sonrisa, pero, en cualquier caso, como digo, me ha parecido una obra de arte, y yo no he sabido qué hacer, me he quedado quieto y simplemente le he mirado, pero al rato mis piernas han empezado a moverse, acompasadas, con cierto ritmo, y han marcado una dirección muy concreta: el lugar donde estaba G, y yo he dado gracias a mis piernas por esa decisión que habría sido incapaz de tomar solo, y he dado gracias a mis piernas por hacer lo que yo solo nunca habría sido capaz de hacer, y al llegar al lugar donde estaba G, como me temía, ya no había nadie, ni rastro de G, ni rastro de nadie, y me he quedado con las ganas de decirle que su saludo me ha parecido una obra de arte, y me he quedado con las ganas de pedirle, hubiera estado dispuesto a corear la petición con un por favor, que lo repitiera, que lo repitiera para mí, porque esa sería la única manera de que mi sueño tuviese algún sentido, que yo no duermo por nada, si no estaría despierto todo el rato, yo duermo para esto, para soñar que contemplo saludos que me parecen una obra de arte, ¿para qué otra cosa si no?

¿No te gustaría?
¿Qué?
Lo que te he dicho, ¿no te gustaría?
No sé qué me has dicho, disculpa.
Ah, no, te decía que si no has pensado nunca en perderte en corrientes circulares en el tiempo. Que si no te gustaría…
Ah, ¿era eso? No sé, ¿por qué lo dices?
¿Yo? No, por nada, ¿por qué iba a decirlo? Era una pregunta tonta.
No me parece tan tonta y por algo lo habrás dicho, que tú no dices nada por nada…
Ya estamos. ¡Joder! Mira, que he pensado que tienes razón, que no es una pregunta tan tonta… Que a ver si te pierdes en corrientes circulares en el tiempo…





Le he descubierto

24 02 2010

Mi abuelo Jaime me miró fijamente, sonrió con un gesto de comprensión, estiró las cejas hacia arriba todo lo que pudo —añadiendo frente a su ya generosa frente—, y me dijo: Yo soy un ácrata, ¿quién te ha dicho que soy de derechas? Nada de eso, soy un ácrata y nada más. Me pareció curioso, sobre todo porque hasta que llegué a casa y pude buscar en el diccionario el significado de la palabra ácrata no supe muy bien qué me estaba diciendo. No necesitaba entender a mi abuelo para saber que era mi abuelo y eso me ahorraba mucho tiempo, y ese tiempo ahorrado lo empleaba en cosas como: leer comics de Astérix, montar en bicicleta —la primera bicicleta en Santoña con muelles en la rueda delantera—, sentarme con mis amigos a comer pipas en algún banco de la Plaza de San Antonio o soñar con otras vidas mejores o sino mejores al menos diferentes. Mi abuelo Jaime hubo un tiempo en que vivió muy cerca de aquí, dos manzanas al este, si aquel tiempo fuera hoy podría saludarle desde mi hueco en la pared, gritar bien fuerte su nombre —nunca le llamé Jaime, siempre le decía Ito y esta vez no iba a ser distinto— y esperar ansioso la respuesta en forma de gesto cómplice en su rostro, de tos interrumpida, de tabaco de liar o de sala de revelado. Mi abuelo Jaime nunca me hizo una fotografía en la que capturase, con la velocidad de obturación adecuada, la admiración y el respeto que sentía por él, y hoy escribo esto y me doy cuenta que no recuerdo nada del día de su muerte y doy gracias por ello, sólo sé que era época de carnavales, porque yo me disfracé, me disfracé igual que otros años—¿por qué razón hacer lo contrario?, ¿qué otra cosa podía haber hecho?— y tengo un recuerdo más bien borroso de algo muy concreto y lamentable, y éste no es inventado, lo juro, recuerdo que me emborraché más de lo necesario, me emborraché tanto que ni a cuatro patas pude regresar a casa, si es que existía tal casa, y ya no recuerdo más —ya he dicho antes que era un recuerdo borroso—, y eso me permite inventármelo todo, que es la mejor manera de contar la vida, viviéndola e inventándola de nuevo, a mi antojo, sin ningún límite, y sé que mi abuelo Jaime hacía algo parecido con la fotografía: su realidad era una realidad distinta a la que fotografiaba, no interpretaba, él creaba, y es que algo nacía tras escuchar el clic de su cámara reflex, y en esa búsqueda de recuerdos en la que me encuentro ahora, y de la que no puedo salir —porque no quiero, porque no debo, porque no es posible—, he descubierto a mi abuelo Jaime, lúcido, lector, paseante solitario, galán de cine, le he descubierto mirándome fijamente, le he descubierto sonriendo con un gesto de comprensión, le he descubierto estirando las cejas hacia arriba todo lo que es posible,  y le he descubierto diciéndome: Yo soy un ácrata, ¿quién te ha dicho que soy de derechas? Nada de eso, soy un ácrata y nada más.





No sé cómo te atreves

22 02 2010

Se ha cancelado por falta de inscripciones suficientes el curso de novela corta en el que me había apuntado y ya me he gastado en libros parte del dinero que me van a devolver de la fallida matrícula, aún así, no he conseguido olvidarme de lo que escribí hace unos días: El miércoles empiezo el curso de novela corta en la Escuela de Escritores y espero que resulte bien, porque tengo las expectativas a punto de conquistar un siete mil. No quiero hacer otra cosa que escribir, ¿es tan difícil de entender? ¿Es tan difícil? Lo releo y me doy cuenta de lo patético que soy, ¿cómo puedo volcar sobre algo tan insignificante una buena parte de mis pensamientos y mis esperanzas?, ¿quién me ha engañado de esa forma? No termina ahí mi desesperación, porque repasando mis notas he comprobado con pavor que no sólo había planificado mi vida, mi vida literaria, quiero decir, ¿es que hay otra vida?, en torno a los cuatro meses que se suponía iba a durar el magisterio por el cuál yo iba a convertirme en un escritor con todas las armas literarias a mi disposición, ¡qué iluso!, y decía que no termina ahí mi desesperación, y en este otro texto queda bien claro: Si estando aquí no escribo es que no me lo merezco. Si estando aquí no escribo es que debo pensar en otras cosas. Si estando aquí no escribo es que hace tiempo que ya no escribía. Si estando aquí no escribo es que la decepción se ha instalado en mi tubo de pasta de dientes. Si estando aquí no escribo es que aún no me he acostumbrado al frío. Si estando aquí no escribo es que no escribo estando aquí. En fin, ¡ridículo!, ahora resulta que estar en un sitio u otro es motivo de fertilidad literaria o la razón de ser un buen o mal escritor. Yo seré un mal escritor en mi estudio, en la casa donde primero vivió Góngora y luego Quevedo, que la compró sólo para echar por el balcón los muebles de su enemigo, en el piso de Blanes en el que Roberto Bolaño esperó la muerte de la única manera que se puede esperar, y lo seré también en el infierno de Dante. Me da vergüenza ser tan ingenuo, tan peliculero, tan literario en el mal sentido de la palabra, tan tonto, me da vergüenza y pena, y lo peor es que no termino de darme cuenta de que no hay otro modo de escribir que escribiendo, escribiendo todo el rato, sin parar, y no necesito leer los ensayos de Ricardo Piglia para saber que si un buen día empecé a escribir, si ese día me acompañé de dos o tres cervezas, si ese mismo día puse una canción, una al azar o una elegida con cierto criterio, ¿qué más da?, si ese día del que ahora hablo cientos de palabras se me antojaban vivas y yo creí estar haciendo magia, si aquel día encontré la paz, ¿por qué hacer otra cosa?, ¿por qué no terminar con las existencias de cerveza de mi pequeño frigorífico?, ¿por qué no decirle a J y a A como aquel feliz día le dije a N y a E: cantad, por favor? Y lo he hecho y me he salvado y me encuentro bien y me mareo un poco, pero eso forma parte del vértigo y escribir sin vértigo es como dar un golpe de estado sin tanques en la calle, y ahora sólo escucho esa canción y lo hago sin distraerme, tecleando sin pararme a pensar, porque si me paro, si lo pienso, ya no sería eso lo que busco y tendría que borrarlo y decir que no cuando el procesador de textos me pregunte si deseo guardar los cambios, ¡claro que quiero guardar los cambios!, y ahora no tengo nada que reprocharme a mí mismo, y escribo mientras escucho como A le dice a J que no sabe como puede atreverse a venir a decirle que la quiere, cuando ella le ha suplicado muchas veces y jamás le hizo caso, y A tampoco sabe como J puede atreverse a venir a pedirle que le acepte cuando él no ha aceptado ni una sola de las cosas que le dice, y J entonces vuelve al principio y dice que él sabe que se parecen, y que ahora parece que ella y él son igual, y añade que aunque sabe que no se lo merece ha venido a pedirle otra oportunidad, y ella le insiste: no sé cómo te atreves, y sin querer inmiscuirme demasiado yo digo que A tiene toda la razón que cabe en una canción.





Bilbao-New York-Bilbao

18 02 2010

He terminado Bilbao-New York-Bilbao justo cincuenta metros antes de llegar a Ferraz, 70, y me he detenido un par de minutos (o más, porque no he llevado la cuenta) para tratar de asumir parte de lo mucho (muchísimo para mí) que encierran sus doscientas siete páginas, supongo que estaré masticando este libro lo que queda de año y estoy convencido de que me va a ayudar mucho en mi tarea de escribir (Kirmen me ha entregado, sin darse cuenta, el pegamento que necesito para mi novelita).

Tras la necesaria pausa, y después de fijarme en cuatro furgonetas de la policía nacional alineadas en la acera de enfrente, he reanudado la marcha y he pasado de largo de la sede del PSOE, todavía falta una hora para la reunión, y entonces, caminando con la necesidad de comprar algún libro ahora que Kirmen Uribe ha terminado su trabajo, revelador y emotivo trabajo, recordé la imagen de una pequeña librería, probablemente haciendo esquina y seguro que al principio de la calle, casi en Plaza de España.

Seguí bajando por Ferraz y llegué a El Aleph, que así se llama la librería, y al entrar me di cuenta de que iba  a encontrar algo más que consuelo literario, viendo la manera en la que estaban apilados los libros supe que iba a descubrir algún tesoro, varios: Hacia Cortázar: aproximaciones a su obra, de Jaime Alazraki; un libro con los textos de las Jornadas Homenaje a Roberto Bolaño, organizadas por la Casa de América en Cataluña; y Por cuenta propia (Leer y escribir), de Rafael Chirbes, título al que seguía la pista hace tiempo.

He entrado en una cafetería a escribir, echar un vistazo a mis nuevas adquisiciones y esperar la hora, y han entrado un grupo de chicas que, al parecer, trabajan de vez en cuando para una agencia de azafatas, han comentado algo acerca de ARCO, el camarero ha estado mucho más simpático con ellas que conmigo (se lo perdono), han fumado como carreteras, han hablado a gritos de chicos, de gays que tienen una enfermedad y lo hacen con animales y de cosas de clase, me han parecido tontas y me he quedado sin ganas de follar con ellas.





Imágenes de gimnasio (podría ser el tuyo)

17 02 2010

Penes mal circuncidados, pitilines minúsculos y enormes pollas: éste es el paisaje que tengo la suerte de contemplar en el gimnasio al que voy tres días a la semana. Es terrorífico, pero aún hay cosas peores: las viejas que nadan de espaldas y parece que se están ahogando; el socorrista tonto adicto a los sudokus; los señores lisiados: el que tiene un lado del cuerpo paralizado, el ciego, el que anda a saltitos y el que siempre habla del sueldo de los políticos; el entrenador personal de la buenorra de la gerente, y en relación a este tío hay dos momentos que me molestan especialmente: cuando él hace primero el ejercicio como diciéndole así se hace, nena, y cuando me quedo atontado mirando a la buenorra de la gerente mientras abre y cierra las piernas de esa manera en que sólo ella sabe abrir y cerrar las piernas y entonces él me descubre y pone esa típica cara que pone alguien cuando quiere decirte que sabe que estás salido y que no tienes remedio y que le das pena o asco o algo parecido…; la gafitas de la recepción; el hombre que se afeita en pelotas (hay momentos en los que un calzoncillo aporta grandes dosis de dignidad y alguien debería decírselo) y deja sus pelos de recuerdo en el lavabo, sólo hay dos lavabos y un día coincidieron dos hombres desnudos afeitándose (el de siempre y otro que se unió a la fiesta) y yo quería lavarme las manos y beber un poco de agua del grifo y sufrí para pedirles por favor que me dejaran; el pequeño aprendiz de fascista con cinturón de contención que no le impide, sin embargo, gemir de manera asquerosa al levantar pesos que sería capaz de levantar hasta alguna de las viejas que nadan de espaldas y parece que se están ahogando; la máquina que todavía no he aprendido a utilizar y a la que culpo, por tanto, de la evidente deformación del sartorio de mi pierna izquierda que, por si no lo sabéis, es nuestro músculo más largo y fusiforme (longitudinalmente hablando, claro); los carteles que anuncian la fiesta de carnaval del spinning para este jueves; la casilla Para hacer amigos que aparece entre las posibles razones que han motivado tu inscripción en el gimnasio; las señoras que hablan a gritos (a su sordera hay que sumarle una razón lógica: el ruido que hace el agua al chocar) en la piscina de chorros y alteran la paz de los que nadan (los que naden sabrán a qué paz me refiero); el señor lisiado que se queja a la limpiadora, que entra constantemente en el vestuario masculino y ya debe conocer mi culo de memoria, del estado del suelo: que si hay un charco, que si es una vergüenza, que seguro que la gente no escurre así el bañador en el salón de su casa (¿quién escurriría el bañador en el salón de su casa?), que bla, bla, bla…, y no se cansa de obtener siempre la misma respuesta: coméntelo en recepción, y yo me río por dentro y pienso: sí, a la de gafitas que seguro que te lo resuelve.





Trozos de febrero (IV)

15 02 2010

Tomando un café me he encontrado con Pablo Hojas (Dios) y Ángel Colina (Ortega y Gasset) y he pensado que todavía pasan algunas cosas interesantes en esta ciudad. Pablo se ha referido a Ángel como «un gran fotógrafo cántabro olvidado en esta tierra», y yo me he atrevido a añadir un «otro más» con el que ambos han estado de acuerdo.

Estoy nervioso. Estoy excitado. Estoy nervioso. Estoy excitado. Estoy nervioso. Estoy excitado. ¡BASTA! En menos de treinta minutos voy a comprobar si hay un huequito para mí, un pequeño hueco en la pared por el que sólo entra la luz, desde el que poder contemplar esta bahía que siento ya que me pertenece.

He levantado la mirada de la pantalla del ordenador y he visto que el vecino del quinto estaba sacudiendo su edredón nórdico de plumas por el balcón, y automáticamente he intentado recordar o averiguar dónde perdí el mío. Al salir a la calle he recogido algunas plumas, las que he podido, con la intención de devolvérselas: esta noche se presenta muy fría y no creo que pueda permitirse el lujo de prescindir de su abrigo nocturno.

El otro día, después de comer un poco de repollo con codillo preparado por mi madre, mi tía Mari me preguntó por enésima vez: ¿Qué haces exactamente en tu trabajo? Mi primera opción fue, como casi siempre, no contestar, pero luego pensé en zanjar el tema y entonces le conté la verdad: Mari, no hago nada, me pagan por nada, le dije muy serio, nada de nada, de verdad, sé tantas cosas de ellos que un día de verano se les ocurrió que ésa era la mejor manera de tenerme callado. Han comprado mi silencio, añadí, y volví a mi escritorio a hacer que trabajaba.

Anoche estuvo aquí, llevo pensando en ello todo el día. Creo que Quique sufre más de lo necesario. Y que no me cuenten cuentos: una canción así no se puede escribir sin estar jodido. Y Quique lo estaba, no hay duda. Subo y bajo Gran Vía como un policía local, como el autoestopista de sus sueños. Hay algo que valoro mucho de los cantantes que cantan sus propias canciones, los cantantes que cantan sus propias canciones en conciertos delante de tanta gente, gente que les está mirando, gente pensando «qué jodido estás, amigo», y no lo valoro sólo por eso, ponte tú a cantar eso delante de tanta gente y aguanta, aguanta el tipo, que no te brillen los ojos, que no se te apague la voz con ninguna palabra, que no se te haga un nudo en la garganta, que no decidas, de pronto, detener la canción, pedirle a los músicos que paren y, sin dar ninguna explicación porque no hace falta, ponerte a llorar como un niño, ponerte a llorar como un cantante que escribe sus propias canciones y que las canta en conciertos delante de tanta gente y que recuerda algo parecido a esto: quise mucho a esa chica, pero espero que no vuelva nunca más.