Trozos de febrero (III)

10 02 2010

Lo que me apetece ahora es leer a Bolaño y cenar algo por ahí, emborracharme, celebrar este tiempo contigo porque me lo merezco, porque nos lo merecimos. Y sonreír.

El Fuente Dé es el único sitio de esta ciudad en el que puedo pedir un plato de albóndigas con patatas, un huevo y un poco de tomate natural aliñado sin que me miren con mala cara, me hagan absurdas preguntas, me tomen por loco…, y encima sólo me cobran cinco con sesenta. De una balda se ha caído una jarra vacía que podía haber matado al dueño y, lógicamente, las risas no se han hecho esperar.

Viendo The Road de John Hillcoat he pensado lo mismo que cuando hace un par de años leí The Road de Cormac McCarthy: el mundo debería tener un botón de autodestrucción para evitar que, en un planeta devastado, sumido en un terrible escenario apocalíptico, en el que no quedase más que un puñado de hombres y mujeres muertos de hambre y de marchar sin dirección, un hombre pudiera comerse a su propio hijo o pensarlo siquiera. Tal vez no estemos tan lejos de necesitar ese feliz botón.

El Tercer Reich no me está enganchado como uno de los grandes de Bolaño, pero es Bolaño y eso me basta. Quizá deba darle una segunda oportunidad, sólo llevo 134 páginas de 360, pero hasta ahora lo que más me ha llamado la atención es el uso abusivo de la cursiva que hace el narrador, o encuentro la explicación rápido o voy a terminar odiando a Udo, y no quisiera, no por el momento. Aunque estoy empezando a pensar que en menos de treinta páginas tendré muchas más razones para querer matarlo, literariamente, quiero decir.

Si la mitad de los trabajadores de una empresa van a la oficina sólo en los días de viento sur y la otra mitad toma posesión de su lugar de trabajo (es un decir, claro) nunca antes de las 11 de la mañana, esa empresa no puede funcionar, y eso es así aquí y en la China Popular. Y para darse cuenta (para hacer algo, porque darse cuenta sin más no tiene ningún mérito) no hace falta ser un gurú de la nueva o la vieja economía, ni un experto en teoría de la organización, ni un aprendiz de coacher, ni escribir sesudos artículos en la prensa nacional o regional, ni nada, tan sólo es necesario tener un poco más de dos dedos de frente, y yo, lamentablemente, de eso tengo para regalar. Quizá lo regale y así me quede más tranquilo.

He pasado un rato muy agradable en compañía de Alba, de Jesús y de Pili. Hacía mucho tiempo que no visitaba la palmera número doce y, como siempre, me he sentido igual de cómodo que en casa. Alba está a punto de ser madre de Nicolás, y Jesús y Pili están a punto de ser abuelos de Nicolás, eso no me ha impedido pensar que parecen tan jóvenes como cuando eran mis queridos vecinos de abajo, aquí (allí) en el barrio de Santoñuca. Los temas de conversación estaban claros: Santoña, un poco de política, Bruselas, el Buciero, las fotografías de aquellos años, y mi padre, sobre todo mi padre.  No me quito de la cabeza la imagen de Jesús y mi padre yendo juntos a la sede del PSOE en Santoña (la antigua, la que estaba cerca del Palacio de Manzanedo), en octubre de 1982, a festejar la victoria de Felipe. Algún día escribiré sobre todo eso, o quizá ya lo esté haciendo…

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Un par de recomendaciones y una buena noticia (para mí)

10 06 2008

Empiezo por las recomendaciones. De libros. Las dos que voy a hacer son de segunda mano. El viernes pasado, Paz Gil nos habló de Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson. 664 páginas sin ningún desperdicio. De esos libros que no puedes dejar de leer ni un minuto. No soy amigo de los volúmenes muy extensos, salvo si se llaman David Copperfield o Los Miserables, pero como éste había pasado el filtro de Paz con nota me decidí a leerlo, a pesar de no saber nada del autor. Cuando investigué acerca del escritor sueco —ya a mitad de libro— creció todavía más el interés por lo que estaba leyendo.

Empecé con la novela el domingo por la mañana, y no me separé de ella en todo el día, hasta que a las cuatro de la madrugada me venció el sueño cuando me quedaban tan sólo sesenta y dos páginas. La terminé el lunes después de comer. Lo bueno es que hay otras dos, porque forma parte de una trilogía que se llama Milennium, que es el nombre de la revista donde trabaja Mikael Blomkvist, uno de los dos personajes principales de la historia. El otro personaje clave se llama Lisbeth Salander, una hacker muy especial cuyo hábitat natural es internet y los ordenadores de la policía y de los empresarios y abogados corruptos. El discurso principal de Larsson —un alegato contra la violencia y la corrupción en todas sus variantes—  se palpa en cada página, y tiene tanta fuerza como la trama o cualquiera de las subtramas que se suceden de manera vertiginosa a lo largo del libro. Muy recomendable.

La segunda es una recomendación múltiple y que os ofrezco por cortesía de El País. Con motivo de la Feria del Libro, el periódico lleva unos días con interesantes contenidos sobre todo lo referido al mercado literario. Hoy, bajo el sugerente título de Hay vida más allá del planeta best seller, diez escritores nos dan pistas sobre algún que otro libro imprescindible. Me ha gustado encontrar en la lista algunos conocidos como Diario de un mal año, La vida ante sí, Vida y destinoEl vaso de plata o La carretera, de los que ya he hablado —bien— en alguna ocasión en este blog. De los que no he leído me apunto España de Manuel Vilas y Oblomov de Goncharov.

Y la buena noticia (para mí) es que solicité una beca para hacer un Seminario sobre Antonio Tabucchi en los Cursos de Verano de la Universidad Complutense de Madrid y me la han concedido. Así que del 11 al 15 de agosto estaré en El Escorial disfrutando de la sabiduría del escritor italiano —casi portugués—, autor de joyas como Sostiene Pereira, El juego del revés o Plaza de Italia. Aprovecharé para preguntarle por María do Carmo —yo tampoco puedo olvidarme de ella— , por Pessoa y sus heterónimos, por Mastroianni… Creo que voy a necesitar un par de moleskines.