¿Febrero?

16 05 2010

Yo prefiero seguir buscando
los defectos y los encantos
de una dama golfa y valiente,
verdadera como la guerra,
despeinada como la tierra
y canalla como la gente,
yo prefiero una compañera
perfumada con la madera
con el cuero y con la palabra.

Aragón, la pluma revolucionaria, el poeta de Cádiz. Mientras me pregunto para cuándo una antología de sus textos, trato de arañar la guitarra, mucho tiempo callada, sin perder el compás del 3×4, el compás del carnaval, carnaval donde empezó y terminó todo, carnaval que ha vuelto ahora cuando ya había olvidado febrero. Suena Aragón, pero no consigo enterrar sus versos. Escribo; dejo de escribir y con la mano derecha golpeteo el 3×4 en la piel metálica del portátil, pero me resta poca sangre chirigotera. Escribo; dejo de escribir para intentar una segunda imposible, pero mi voz hace tiempo que ignora los dos años de coral. Escribo; dejo de escribir y hago una lista de todo lo que he perdido en Cádiz, pero soy incapaz de pegarme el tiro de gracia. Me llama Carlos para decirme que tiene dos entradas en fila 3 para el recital que Antonio Martínez Ares va a dar el próximo sábado en el Teatro Liceo de Santoña, y me empieza a asustar esta repentina inmersión gaditana. Aragón vs Martínez Ares. Aragón y Martínez Ares. Miro a la guitarra y ha callado del todo. La guitarra me mira y he callado del todo. Silencio. Ahora sólo cantan Los Yesterday.

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Le he descubierto

24 02 2010

Mi abuelo Jaime me miró fijamente, sonrió con un gesto de comprensión, estiró las cejas hacia arriba todo lo que pudo —añadiendo frente a su ya generosa frente—, y me dijo: Yo soy un ácrata, ¿quién te ha dicho que soy de derechas? Nada de eso, soy un ácrata y nada más. Me pareció curioso, sobre todo porque hasta que llegué a casa y pude buscar en el diccionario el significado de la palabra ácrata no supe muy bien qué me estaba diciendo. No necesitaba entender a mi abuelo para saber que era mi abuelo y eso me ahorraba mucho tiempo, y ese tiempo ahorrado lo empleaba en cosas como: leer comics de Astérix, montar en bicicleta —la primera bicicleta en Santoña con muelles en la rueda delantera—, sentarme con mis amigos a comer pipas en algún banco de la Plaza de San Antonio o soñar con otras vidas mejores o sino mejores al menos diferentes. Mi abuelo Jaime hubo un tiempo en que vivió muy cerca de aquí, dos manzanas al este, si aquel tiempo fuera hoy podría saludarle desde mi hueco en la pared, gritar bien fuerte su nombre —nunca le llamé Jaime, siempre le decía Ito y esta vez no iba a ser distinto— y esperar ansioso la respuesta en forma de gesto cómplice en su rostro, de tos interrumpida, de tabaco de liar o de sala de revelado. Mi abuelo Jaime nunca me hizo una fotografía en la que capturase, con la velocidad de obturación adecuada, la admiración y el respeto que sentía por él, y hoy escribo esto y me doy cuenta que no recuerdo nada del día de su muerte y doy gracias por ello, sólo sé que era época de carnavales, porque yo me disfracé, me disfracé igual que otros años—¿por qué razón hacer lo contrario?, ¿qué otra cosa podía haber hecho?— y tengo un recuerdo más bien borroso de algo muy concreto y lamentable, y éste no es inventado, lo juro, recuerdo que me emborraché más de lo necesario, me emborraché tanto que ni a cuatro patas pude regresar a casa, si es que existía tal casa, y ya no recuerdo más —ya he dicho antes que era un recuerdo borroso—, y eso me permite inventármelo todo, que es la mejor manera de contar la vida, viviéndola e inventándola de nuevo, a mi antojo, sin ningún límite, y sé que mi abuelo Jaime hacía algo parecido con la fotografía: su realidad era una realidad distinta a la que fotografiaba, no interpretaba, él creaba, y es que algo nacía tras escuchar el clic de su cámara reflex, y en esa búsqueda de recuerdos en la que me encuentro ahora, y de la que no puedo salir —porque no quiero, porque no debo, porque no es posible—, he descubierto a mi abuelo Jaime, lúcido, lector, paseante solitario, galán de cine, le he descubierto mirándome fijamente, le he descubierto sonriendo con un gesto de comprensión, le he descubierto estirando las cejas hacia arriba todo lo que es posible,  y le he descubierto diciéndome: Yo soy un ácrata, ¿quién te ha dicho que soy de derechas? Nada de eso, soy un ácrata y nada más.





Trozos de febrero (III)

10 02 2010

Lo que me apetece ahora es leer a Bolaño y cenar algo por ahí, emborracharme, celebrar este tiempo contigo porque me lo merezco, porque nos lo merecimos. Y sonreír.

El Fuente Dé es el único sitio de esta ciudad en el que puedo pedir un plato de albóndigas con patatas, un huevo y un poco de tomate natural aliñado sin que me miren con mala cara, me hagan absurdas preguntas, me tomen por loco…, y encima sólo me cobran cinco con sesenta. De una balda se ha caído una jarra vacía que podía haber matado al dueño y, lógicamente, las risas no se han hecho esperar.

Viendo The Road de John Hillcoat he pensado lo mismo que cuando hace un par de años leí The Road de Cormac McCarthy: el mundo debería tener un botón de autodestrucción para evitar que, en un planeta devastado, sumido en un terrible escenario apocalíptico, en el que no quedase más que un puñado de hombres y mujeres muertos de hambre y de marchar sin dirección, un hombre pudiera comerse a su propio hijo o pensarlo siquiera. Tal vez no estemos tan lejos de necesitar ese feliz botón.

El Tercer Reich no me está enganchado como uno de los grandes de Bolaño, pero es Bolaño y eso me basta. Quizá deba darle una segunda oportunidad, sólo llevo 134 páginas de 360, pero hasta ahora lo que más me ha llamado la atención es el uso abusivo de la cursiva que hace el narrador, o encuentro la explicación rápido o voy a terminar odiando a Udo, y no quisiera, no por el momento. Aunque estoy empezando a pensar que en menos de treinta páginas tendré muchas más razones para querer matarlo, literariamente, quiero decir.

Si la mitad de los trabajadores de una empresa van a la oficina sólo en los días de viento sur y la otra mitad toma posesión de su lugar de trabajo (es un decir, claro) nunca antes de las 11 de la mañana, esa empresa no puede funcionar, y eso es así aquí y en la China Popular. Y para darse cuenta (para hacer algo, porque darse cuenta sin más no tiene ningún mérito) no hace falta ser un gurú de la nueva o la vieja economía, ni un experto en teoría de la organización, ni un aprendiz de coacher, ni escribir sesudos artículos en la prensa nacional o regional, ni nada, tan sólo es necesario tener un poco más de dos dedos de frente, y yo, lamentablemente, de eso tengo para regalar. Quizá lo regale y así me quede más tranquilo.

He pasado un rato muy agradable en compañía de Alba, de Jesús y de Pili. Hacía mucho tiempo que no visitaba la palmera número doce y, como siempre, me he sentido igual de cómodo que en casa. Alba está a punto de ser madre de Nicolás, y Jesús y Pili están a punto de ser abuelos de Nicolás, eso no me ha impedido pensar que parecen tan jóvenes como cuando eran mis queridos vecinos de abajo, aquí (allí) en el barrio de Santoñuca. Los temas de conversación estaban claros: Santoña, un poco de política, Bruselas, el Buciero, las fotografías de aquellos años, y mi padre, sobre todo mi padre.  No me quito de la cabeza la imagen de Jesús y mi padre yendo juntos a la sede del PSOE en Santoña (la antigua, la que estaba cerca del Palacio de Manzanedo), en octubre de 1982, a festejar la victoria de Felipe. Algún día escribiré sobre todo eso, o quizá ya lo esté haciendo…





Trozos de febrero (I)

6 02 2010

Mientras cenaba he leído Xóchitl García, calle Montes, cerca del Monumento a la Revolución, México DF, enero de 1986 y he llorado. Me ha pillado desprevenido y he llorado. Lo he leído con la atención que me ha permitido la ensalada de pasta fresca rellena de cuatro quesos y he llorado. He vuelto sobre alguno de los párrafos para recrearme y he llorado. He dado gracias a Dios por este libro y he llorado. He llorado y he llorado.

Loquillo y Deluxe en el Tartufo; té verde con un toque de melocotón para pasar el terrible libro de Rodrigo Rey Rosa sobre los desaparecidos a manos de la dictadura de Guatemala. Acabarás haciéndome daño.

Esta tarde, durante mi habitual paseo, he subido las escaleras que llevan a la desproporcionada Virgen del Puerto, y detrás de mí lo ha hecho una mujer, con cierto estilo, botas y bolso. Luego ella ha continuado hasta el Fuerte de San Carlos y yo he decidido seguirla. Al llegar, la mujer ha ido directa a la parte de arriba, pero yo he esperado abajo. Al verla bajar me he acercado despacio y le he pedido que me hiciera una foto con mi móvil: yo y detrás la bahía. Ella me ha preguntado si le podía hacer una también y luego enviársela: ella y detrás la bahía. Entonces, sin decir nada, hemos entrado al interior del Fuerte San Carlos, en lamentable estado de conservación, y en una tronera, que un día sirvió tanto para vigilar como para disparar, para defender, en definitiva, se ha apoyado mirando al mar, se ha bajado despacio las medias, y justo en ese momento ha sonado la sirena del puerto que llevaba varios días amordazada.

Me han preguntado en un sms si voy a ir al segundo pase del concurso de murgas de Santoña, y he respondido con un sms que ya tuve bastante con el primero. Hay un montón de libros esperándome en casa y ya me flagelé lo suficiente el fin de semana pasado. El domingo sí, el domingo no me pierdo la actuación de Fragile, seguramente el único grupo que sabe lo que es un si bemol séptima.





Amigos

14 11 2009

He hecho una parada técnica en el ¿último? día de trabajo que dedico al Master de Comunicación Política y Electoral, que me ha tenido más o menos ocupado y entretenido el último año, y no sé muy bien por qué, pero me he puesto a ver las fotos de hace unos años que hay en la web de la Degeneración del 43, mi pandilla de Santoña, y he sentido cierta nostalgia, bastante nostalgia en realidad.

Supongo que es normal acordarse de vez en cuando de lo felices que éramos entonces. No digo que no lo seamos en este momento, sino que lo somos de otra manera. Somos menos inocentes y eso hace que la felicidad de ahora sea algo más cínica. Y es que en aquella época casi no había preocupaciones: no teníamos hipoteca, no buscábamos trabajo, no pensábamos en el futuro, no nos salían canas y perdíamos pelo, no nos habían intentando joder la vida nunca, no…, no…

Lo admito: siento nostalgia de entonces. De ser de la cúpula de la D43 con Jon, Carlos y Paco; del resto de amigos que iban y venían, de los que se quedaron para siempre, de los que nunca volvieron. Siento nostalgia de aquellas chicas a las que sonreíamos, de las canciones de Loquillo, de llorar escuchando a todo volumen Cadillac Solitario, de las miles de aventuras: las que puedo contar a mi madre y las que no.

Hay cosas que nunca volverán a ser como antes. Quizá me di cuenta definitivamente la tarde de septiembre en la que Jon dijo sí quiero en una pequeña ermita vasca, o puede ser que fuera ayer cuando le explicaba a Paco por e-mail los últimos cambios en mi vida y él me descubría a Imelda May, o tal vez hace una semana cuando Carlos me detallaba por teléfono los planes para reformar su nueva casa con vistas al mar. El caso es que me he dado cuenta y creo que me jode un poco.

Tengo un nudo en la garganta. No me gusta tenerlo. Prefiero tener algunas cosas controladas. La nostalgia no sirve de nada. Me gustaría volver a un día de verano cualquiera del año 1990, o de 1988, o de 1996, me gustaría volver para vivir de nuevo algunas cosas que ya casi se me han olvidado, que se me habrían olvidado del todo si no fuera por la nostalgia (parece que al final sí que sirve de algo la jodida nostalgia), volver para cantar todos juntos (una vez más, amigos) alguna canción como ésta…





Quietud de sábado

31 05 2008

Me he despertado en mi habitación de Santoña. Esa en que me han pasado casi todas las cosas. Ha cambiado bastante; pero sigue mirando al patio y acogiéndome con expresión de nostalgia cada vez que la visito. Llevo dos días aquí y me encuentro bien. Uno nunca sale definitivamente de la habitación en la que ha pasado su infancia y buena parte de su juventud. En este tiempo vertiginoso, en el que todo cambia en nanosegundos, parece milagroso conservar casi intacto el rectángulo donde aprendiste a ser.

Hoy la casa está más animada de lo habitual. Me gusta escuchar de fondo algunas conversaciones. También los ruidos típicos de un lugar habitado. Lo contemplo todo desde la silla más cómoda del mundo, mientras escucho canciones de Arjona, Delgadillo y Filio. No he hecho la cama todavía. Nunca me ha gustado. No por pereza, sino porque prefiero verla desecha. Me parece que así es más mía. Ahí es donde he dormido esta noche, y el cuidado desorden de las sábanas es la evidencia.

Me pide Raquel que busque en el traductor la palabra rosmarin. En castellano es romero. Deben estar hablando de cocinar, y Raquel piensa en las recetas en alemán, como es lógico. He participado de la tarea vigilando la cocción de las patatas. Al parecer, no he tenido demasiado éxito en el empeño. Lo podrán comprobar las desgastadas mandíbulas de buena parte de la familia: la que llenará aún más los noventa y cuatro metros cuadrados de este viejo inmueble, cuando suenen las dos en el reloj de la mesita de noche de algún cuarto perdido. Canta Alejandro Filio: «No conforme con tus ojos/te propongo menos cielo, más abrazos/hace tiempo que te sueño/ya no sé cómo explicárselo a estas manos».

Dejo las notas que vienen del otro lado del mar —a donde siempre quiero regresar— y trato de poner una Semilla en la tierra con Carlos Chaouen: «Duele, la vida como un puñal hay veces que duele/y nada tiene que ver con tu boca/que hecha para besar hay veces que muerde/que anuncia cordura y a veces se vuelve loca/duele porque la piel no es materia inerte/duele porque el querer es dolerse a veces». No hay en nuestros país dos compositores mejores que el de San Fernando. Por eso le han maltratado tanto. Sus letras son un combate permanente con la vida; le escucho en plena quietud de sábado sentado en la silla más cómoda del mundo.