En Burdeos se puede desaparecer

20 10 2008

Burdeos es un buen sitio para desaparecer. Nadie me conoce aquí —salvo Enrique Vila-Matas, pero esa es otra historia que ya contaré—; ni siquiera el recepcionista del hotel se ha fijado en que llevo ocho días medio encerrado en la habitación 106. Debe pensar que cada día, al desayuno, soy una persona diferente. Quizá le despiste observar que leo un libro distinto cada mañana; tal vez porque todos los días empiezo y termino un nuevo libro no se dé cuenta que soy siempre el mismo. He traído la maleta llena: he contado hasta cuarenta y siete libros. Puedo, entonces, permanecer aquí cuarenta y siete días sin que nadie me descubra, sin que ni una sola persona sospeche de mí. Además, como soy prescindible, en mi barrio nadie ha notado —ni notará— mi ausencia. Podré desaparecer para siempre. Y eso me alegra.

He salido a cenar sin miedo a que nadie me descubra. He encontrado una mesa para uno en La Belle Epoque —un conocido restaurante de la ciudad—, y he pedido ravioli de foie gras, chateubriand y un Chateau Grand Champs de 2001. De inmediato, el vino ocupa el lugar que le corresponde y no permite que enlace cuatro frases seguidas. Al menos, no me está escuchando nadie y eso me alivia profundamente. Tengo el estómago lleno y el cerebro colapsado por el delicioso jugo de uva Merlot, pero aún así soy capaz de dictar a mi mano cada uno de los mágicos movimientos que se van convirtiendo —bolígrafo y moleskine rojo mediante— en letras, y luego en palabras, y éstas en frases, y hay veces que culminan en un discurso en el que planteo que las letras son las responsables de los gratificantes nubarrones financieros. Las malditas letras —esas letras polígamas— son un gran peligro para la frágil convivencia de nuestros chalets adosados. ¿Cuál es tu letra? ¿El código postal era? A ti qué cojones te importa, si nunca vas a enviarme una sola carta. ¿Quién te ha dicho eso? Quien te ha dicho eso miente. Me mareo un poco por culpa del vino, le regaño, regaño a la botella, ya casi vacía, porque el vaso no deja pasar la luz del río.

Es domingo por la mañana y las calles están vacías: no se aprecia casi ni un ruido. Paseo entre la soledad del silencio, acompañado a ratos por el sobrecogedor sonido que produce el rozamiento de los radios de las ruedas de las bicicletas con el aire, con el vacío de la cours de l’Intendence, justo al pasar por debajo de la habitación donde murió Goya. Al llegar a la plaza des Grandes Hommes, decido rápidamente que quiero vivir en una buhardilla del número 15 de la Rue Michel de Montaigne, y no admito un lugar diferente. Pasaría las tardes entre las terrazas de los cafés y la Librería Mollat, y creo que sería feliz sin necesidad de nada más. Por las mañanas, seguramente pasearía por la orilla del Garona, leería libros en francés, y hablaría conmigo mismo todo el tiempo, como hacen las parejas y los grupos de amigos en las terrazas, los restaurantes o el tranvía. ¿Y si es cierto que he desaparecido en Burdeos? ¿Y si nunca hubiera vuelto de allí? Trataré de averiguarlo, o no.





La mejor cara de La Inquisición

3 11 2007

¿Qué lleva a una pareja de Madrid a dejar la capital e irse a vivir a Castillo Pedroso? ¿Y a reformar una casa medio en ruinas para hacer de ella una preciosa y acogedora posada rural? No les pregunté, directamente, los motivos. Tampoco hacía falta. Encontraron su lugar para vivir a muchos kilómetros de la capital. Lejos del ruido, los atascos, el estrés y otros peligros e incomodidades de las sociedades modernas. Atrás dejaron las oportunidades (casi todas) que ofrece una gran ciudad como Madrid. En Castillo Pedroso encontraron otras facilidades que no esperaban. Me dice Alfonso que Alfonso pequeño va todos los días al colegio de Alceda y que es muy cómodo, porque le pasa a buscar un autobús por el centro del pueblo. Cosas de la buena gestión de Rosa Eva. En Madrid, mis amigos con hijos hacen piruetas para conciliar y llegar a tiempo a las clases y al trabajo. Maite es funcionaria y trabaja en el Hospital de Liencres. Lo tuvo más o menos sencillo para cambiar de destino. Alfonso estaba vinculado al trabajo en el mar y, de vez en cuando, mata el gusanillo enseñando a jóvenes aprendices de Gorostegui, en la Isla de la Torre.

La Posada de la Inquisición mantiene su nombre desde que a mediados del siglo XVIII viviera un tal Mateo Díaz de la Serna, cura beneficiario de Castillo Pedroso y Comisario de la Santa Inquisición, entrañable institución que le cogió prestada la casa a los Templarios, sus originales propietarios. Las piedras de la casa encierran vestigios e imágenes de aquella época. Pero, desde luego, pasar unos días en ella es todo menos una tortura. A MC se le ha quitado hasta el dolor de cabeza. Es medicinal. Muy recomendable. La Posada tiene cinco habitaciones, una de ellas más grande, para acoger a parejas con hijos. La nuestra se llama El Lobo y tiene vistas a los prados que hay al suroeste del pueblo. Nuestras vecinas son algunas ovejas y vacas cuyo ritmo vital es nuestro ejemplo estos días. Ayer nos levantamos pronto y, después de un desayuno a base de tostadas con mantequilla y mermelada, zumo y café con leche, fuimos a dar un paseo. Senderismo para principiantes. Cuando lleguéis a la ermita, cogéis un camino que hay a la derecha y luego, todo seguido, hasta que lleguéis al bosque de Requejada. Allí buscáis los caminos de la derecha, que os llevarán sin pérdida a la carretera que conduce al pueblo. Y eso hicimos. Dos horas y media de entretenida caminata, sorteando el barro y descubriendo hermosos paisajes y vistas panorámicas del bello Valle de Toranzo. Vacas, ovejas y caballos eran nuestra única compañía. No pudimos entablar conversación con los tranquilos animales, porque andaban bastante ocupados en la siega natural de la hierba. Al volver a la parrilla de salida, las botas de montaña necesitaban de un pase de manguera urgente. Una ducha y a la calle a disfrutar del sol. Un par de sillas, Auster, Pedro Juan, y la felicidad.

No teníamos reloj ni, por supuesto, móvil. Así que supimos que era la hora de comer, por el hambre que teníamos. Le habíamos pedido a Alfonso unas lentejas y allí estaban. Aunque él es el cocinero, las había hecho Maite. Riquísimas. Las típicas lentejas caseras con su morcilla, chorizo, zanahoria, puerro y patata. El puchero se fue vaciando, por arte de magia. El cosechero de Berceo hacía lo propio. ¿Qué queréis de segundo? Tengo dorada, rape, sardinas, chuletas, solomillo. Yo quiero algo con patatas. Sí, algo que tenga patatas. Un solomillo. Que sean dos. Festín de carne de la buena. De postre, una tarta de queso y un té. Los fines de semana, el restaurante cuelga, merecidamente, el cartel de no hay mesas. El cuerpo pedía siesta. Y se la dimos. Dos horas y media. El tiempo se para. No tiene sentido. No sirve para medir nada. Al despertar, un rato de buen cine. Irma la Dulce, en la que Jack Lemmon y Sirley McLaine están maravillosos. El maestro Wilder eleva a los cielos, una vez más, el género de la comedia. Con dos o tres localizaciones monta una historia frenética de más de dos horas, en las que pasa casi de todo. Y pasa muy bien. En ese momento, nos acordamos que Alfonso nos dijo al mediodía que para cenar había sopa ligera. Así que bajamos a probar esos fideos con pollo y huevo cocido. Es como estar en casa. Después de la cena, me di un capricho extemporáneo y cutre. Me acordé de Paco y los años de beisbolera con la Y. Las aventuras de Ford Fairlane, el detective rockanrollero, certificaron que cualquier tiempo pasado fue peor. Hoy me he levantado con ganas de escribir, así que el portátil me ha acompañado al desayuno. En unas horas, dejaremos Castillo Pedroso y la Posada de la Inquisición de Alfonso, Maite y Alfonso pequeño, para seguir disfrutando del largo fin de semana en Astillero. Volveremos, seguro.





Reinventar la ilusión

3 11 2007

No son ni las siete y ya ha oscurecido, por completo, al otro lado de la ventana. Justo donde está el frío. Dentro hace calor. Incluso podríamos decir que demasiado. La suma de un enorme radiador y del encuentro festivo de dos cuerpos bajo un nórdico de cuadros. He bajado un poco la música del reproductor del monopolio, para concentrarme un poco en dar forma a este texto. Estoy tan relajado que casi no puedo escribir. Se necesita algo de tensión para que los dedos vayan pasando sobre las teclas, una y otra vez. Al mediodía, salimos a dar un paseo por el pueblo. Al ser día festivo, había bastante gente por la calle y, sobre todo, en los dos únicos bares que todavía resisten. Grandes y caros coches anuncian la vuelta al mundo rural de los hijos pródigos. Se nota que les ha ido bien; que les va bien. La mitad de las casas tienen un interés arquitectónico o, al menos, estético. Piedra y más piedra. Galerías cuidadas. Artesonado sobrio y mucho jardín. Justo en medio del pueblo, una finca limitada por un vallado de piedra a la que han puesto dos porterías, hace de campo de fútbol, en el que los jóvenes que quedan, pocos ya, le dan patadas a un balón esquivo. Detrás, un enorme y conservado palacio nos da cuenta del pasado señorial de Castillo Pedroso. Me está entrando hambre. Hemos comido un poco de jamón, queso, y unas galletas. Es pronto para cenar, pero no para pensar en ello. La tranquilidad es insultante. Intento ver a través de los cristales de la ventana del pequeño balcón de la habitación, pero sólo consigo ver el reflejo de la pantalla y algunas hojas del árbol que domina el terreno verde anexo a la Posada.

Suena Entre dos aguas de Paco de Lucía. Es emocionante escuchar esa guitarra. Virtuosa, compleja y descarada. Sobre todo, descarada. Hasta agresiva, cuando le imprime algo más de ritmo y contundencia. Es casi mágico que pueda hacer eso. El movimiento de sus dedos se mide en nanosegundos. He comenzado a leer El Libro de las Ilusiones de Paul Auster. Debo ser de las últimas personas en el mundo en hacerlo. Creo que me abrumaba tanta recomendación. No sé por qué tengo prejuicios con algunos escritores. Bueno, si lo sé. Con algunos, bastante, demasiados, tengo prejuicios porque son malos y no pienso perder el tiempo leyendo ni una sola página de sus eructos literarios. Con Auster no lo tenía por eso, evidentemente. No es un escritor extremadamente brillante, pero es un artista en el diseño y ejecución de los personajes, y con ello me ha metido en la historia, desde el primer minuto, y en sólo cuarenta y pico páginas ya estoy vencido y entregado a lo que me cuenta. Han sido suficientes cuatro o cinco píldoras de absoluta vida. Esa vida que está sólo en la imaginación y en el talento de los buenos escritores. Creo que voy a seguir leyendo. Ya me he hecho amigo de Zimmer. No por compasión, que conste. Es porque admiro a la gente que, a pesar de todos los problemas, saca fuerzas para vivir por una ilusión, un proyecto o una idea. Esos son los poderosos. No hay mayor fuerza que la de la ilusión, y más si es colectiva. Hoy no estamos sobrados de eso. Haría falta reinventarnos, de manera urgente.

P.D.-Este comentario lo escribí el jueves pero, afortunadamente, hasta hoy no he tenido acceso a Internet para colgarlo.





Cuaderno de Granada (y III)

24 09 2007

Cruzamos la verja y estamos en otro mundo. Edificios renacentistas y del gótigo tardío español, albergan, entre otros vestigios históricos, las tumbas de los Reyes Católicos, y de Juana la Loca. Hay cola para entrar. ¡Qué novedad! Optamos por seguir caminando y vemos el Centro de Arte José Guerrero. Cerrado por cambio de exposición. A sus pies, otro José, de nombre Pepe, acaricia la guitarra y canta, convirtiéndose, por unos minutos, en el centro del arte. El rumor de la gente nos lleva a la Alcaicería. Intenso olor a cuero, especias, y falta de espacio. Un pequeño zoco en el corazón granadino. La catedral es sobria y sencilla. Le falta glamour. Durante unos segundos trato de encontrar el rosetón, pero MC me saca del embrollo. “Búscalo en las góticas”. Afuera, un barbudo cuerdo grita proclamas contra la jerarquía eclesiástica. “Pisan los derechos de los pobres. Son amigos de los poderosos. Compañeros y amigos. Teneis que saberlo”. Hacemos una parada en la Oficina de Turismo, que está junto al mítico Restaurante Chiquito. La señora informadora nos dice: “Lo mejor es perderse por el Albaycín, y entrar a alguna cueva del Sacromonte. Pero antes, vayan por el Realejo“. 500 años de Barrio. Hay una placa que lo recuerda. Dos jóvenes cocineros, con las rastras camufladas bajo un enorme gorro estilo italiano, nos dan un par de croquetas de verduras, para acompañar las dos cañas. Con una mahonesa suave de espléndido aceite de oliva. En todos los bares, por pequeños que sean, tienen carta de vinos. En este con más razón, porque se llama Taberna del Baco. En otro, dos señores calvos hacen bocadillos sin parar. Van a bandeja de cien a los cinco minutos. El Realejo es como una mezcla de Chueca y Lavapiés.

Por la tarde, subimos al Albaycín, directos al Mirador de San Nicolás, desde donde se ve la estampa de La Alhambra, que sale en las típicas fotos. La que ilustraba la postal que animaba a votar para el concurso de las maravillas del mundo. El lugar está lleno de gente. La vista lo merece. Quizá sería necesario que al llegar a Granada, te trajeran directamente a este sitio. Embrujo de Alhambra. No puedes apartar la vista. Ni la cámara. “Llevo ya más de cien fotos en todas las posturas y perspectivas”. Seguimos callejeando arriba y abajo hasta encontrar una señal que nos guía para llegar al Sacromonte. El barrio de los gitanos. El barrio del flamenco. Cuevas que son casas. Enrique “El Canastero”, hijo de la mítica María “La Canastera”, nos acoge en su especial rincón de la colina. Fue el profesor de Eva “La Yerbabuena”. Es un Museo. Tiene fotos con medio Hollywood. Dos euros y medio entrar y una copita de manzanilla. A las diez, el espectáculo. El lugar es indescriptible. “Ahí nací yo”, dice señalando a un recoveco de la Cueva que llaman habitación. Nos cuenta que estas Cuevas del Sacromonte eran de los árabes, y cuando llegaron los Reyes Católicos, los gitanos que eran los herreros del ejército (hacían las espadas), se quedaron en ellas. Y hasta hoy. Hay cuevas que se alquilan por días. Nos despedimos de Enrique y volvemos a los pies de La Alhambra, bajando las escaleras de Santísimo, que llevan al Paseo de los Tristes.

Hace calor. La chica de la mesa de al lado, escribe en algo que podría ser su diario. Me gusta la gente que viaja sóla. Me cae bien. La música árabe crea el ambiente perfecto. El té ya ha reposado. El mío es verde con cardamomo. Estamos en Ramadán. Hay un póster con una enorme foto de La Meca. El camarero dice: “Arabia Saudí. El país más rico de los árabes. Allí no hay pobres. Ahora hay cuatro millones de personas. Ir te cuesta dos mil euros”. Entramos en el Restaurante Azafrán y, por suerte, queda libre una mesa desde la que se ve, perfectamente, La Alhambra iluminada por la luna. Supongo que esta ubicación tenga un suplemento por tanta belleza. Justo antes del postre compartido, y después de probar el salteado mozárabe de boletus y perlas de alcachofa, tengo la necesidad de escribir esto:

Luna sobre La Alhambra. Luna envidiosa de su belleza.
Caprichosa. Luna carroñera.
Luna partida por la izquierda. Luna con manchas. Luna de noche.
El sultán te mira desdichado. Quiere verte sufrir.
Llorar bajo tu manto de perfumes nazaríes.
Luna, despierta y vete. Sal de esta imagen.
Vuela contracorriente. Bate tus alas de cera en carne viva.
Azota, con tu polvo de estrellas, la Granada entera.
La que sobrevive a tus encantos.
La que cierra la puerta para no verte nunca.
No seré yo quien absuelva a la luna.
No seré yo quien abra la puerta a la princesa.
Encerrada con tu nombre: Alhambra, Alhambra, Alhambra…





Cuaderno de Granada (II)

23 09 2007

Una ducha reparadora y salimos del Hotel. Al cruzar la puerta, ya vemos La Alhambra. Iluminada en la oscuridad de la noche, que se va cerrando. Carrera del Darro arriba. Gente arriba y abajo. Precioso Paseo de los Tristes, en busca de una cerveza de terraza. Enfrente, en la ladera de la colina, cerca del río, varios grupos de jóvenes se entrenan con sus bongos, cariocas, mazas y cintas, bajo el sonido de un par de guitarras. El lugar es acogeder y propicio. Para ellos y sus inseparables perros. ¿Todos tienen uno? ¿Son perros colectivos? ¿Son atrezzo? Alguien debería responder a estas preguntas. Uno de ellos toca El Necio, de Silvio Rodríguez, con su guitarra. Quizá haya leído el bocadillo con nuestros pensamientos. El camarero, que nos trae las cervezas, se dirige a los perros con un: “Anda, irse a joder por ahí”. No le hacen caso, hasta que golpea el suelo con sus zapatos, haciendo un ruido molesto pero eficaz. Pasa el guitarrista ocasional y le pregunto por Silvio. Me dice que ahora toca más. Pero se va. En su lugar viene otro, sin guitarra, vestido de negro con un enorme gorro. Cuanto más grande, más recaudación, pensará. Escupe fuego. Quizá si acerco mi jarra de cerveza Alhambra Especial, pueda tomármela ya, sin que se me agrieten los dientes. Entre el grupo, me fijo en alguien. Ella es muy guapa. Tienen los pies descalzos, y está rodeada de perros con pulgas. Se atusa el ennegrecido pelo y se hace una coleta. Abronca a uno de los chuchos con rabia. Le habla en francés. Se acerca. El olor animal es intenso y sustituye, por desgracia, al del jamoncito de la mesa de al lado.

Decidimos hacer ronda por los bares de la zona. Cerveza y el Ribera del Duero que toque, ilustrados con diferentes tapas, por cortesía de la casa: Ensaladilla, queso, bocaditos de jamón y queso, patatas ali-oli. Buscamos una televisión, por aquello de ver a Messi y cía. La encontramos en la plaza. El sitio es amplio, y se llama Torres Bermejas. Muy de La Alhambra. Mientras Abidal se consagra como el mejor lateral izquierdo del mundo, devoramos unas albóndigas de carne y unos bocartes plancha. AndrésLeo acompañan el festín gastronómico-futbolístico. “Andalucía está a la altura de Galicia. Y el País Vasco a la de Cataluña”. “Cuando Puyol se recupere de la lesión debería jugar de lateral derecho”. Puyol, Márquez, Milito y Abidal. Uff. La mejor defensa es una buena defensa. Cataluña, México, Argentina y Francia. “Me encanta Argentina“. “¿Nunca te has liado con un argentino?”. “Si, si. Una vez”. La segunda parte, en un sitio donde nos dieron café bombón y un Havana 3 con cola light exquisito. Luego a bailar. Mi Habana y Taller de Baile. Dos lugares con raíces y personal muy cubanos. “Joder, ¡Como baila!”. “Dile que te saque”. “No, no. Paso”. Y ahí quedó la cosa.





Cuaderno de Granada (I)

22 09 2007

Después de dormir bajo el techo original de un Palacete del siglo XVI, convertido en Ladrón de Agua, reponemos fuerzas, para llegar al minibus que nos conduce a la entrada de La Alhambra. Allí, he comprado este cuaderno, para llenarlo de tinta fina. Ya casi no recuerdo que, ayer, Iberia nos quiso joder el fin de semana. Y menos al ver, sobre una de las paredes que aguardan a los miles de visitantes diarios, este poema que escribió Jorge Luis Borges en 1976:

Grata la voz del agua,
a quien abrumaron negras arenas
grato a la mano cóncava
el mármol circular de la columna,
gratos los finos laberintos del agua
entre los limoneros, grata la música del zéjel,
grato el amor y grata la plegaria
dirigida a un Dios que está solo,
grato el jazmín.

Vano el alfanje
ante las largas lanzas de los muchos,
vano ser el mejor.
Grato sentir o presentir, rey doliente,
que tus dulzuras son adioses,
que te será negada la llave,
que la cruz del infiel borrará la luna,
que la tarde que miras es la última.
 

Espera. Gente en la cola. Mucha, quizá demasiada. Parece que ya llega nuestro turno. Desayuno rápido digerido en letargo espeso. Las cosas de palacio van despacio. Nunca mejor dicho. Nos ha tocado la ventana de la señora más lenta. MC liga con el de seguridad. Tiene los ojos verdes, es políglota y eficiente. Esabe. “Jesús, dale un poco más de arte a la fila de las reservas”, le dice un compañero, que desconoce el significado de la palabra arte. Seguridad en la cola de La Alhambra es un trabajo muy creativo. Siempre enfrentándote a algo nuevo. La picardía y la mala educación de la gente es infinita. “No me encendais la cola”. Ventana 1. Por fin. Una japonesa vieja, que agarra su bolso como si le fuera la vida, trata de colarse. Le explico, gentilmente, en mi perfecto japonés: “Como-te-cueles-te-mato”. La tensión crece. Si no llegamos a la hora a la puerta de los Palacios Nazaríes, nos quedamos sin verlos. No hay prórroga. “Señora, disculpe, es que tenemos para las once y media”. “Ya, es que no me puedo dividir”, me responde con cara de importarle todo un pimiento de Isla. “¿Y multiplicar?”, le pregunto. No responde. Pero nos da las entradas. En fin, que tienen un problema de organización importante. Les vendría bien la ayuda de Prólogo de cerca.

Corremos un poco, por aquello de bajar el frugal desayuno, y para llegar a tiempo. Hay otra cola. Aprovechamos para entrar al Palacio de Carlos V. El edificio renacentista más importante de España. Cuadrado por fuera: Cielo. Redondo por dentro: Tierra. ¡Qué simpático el emperador! No me gusta la arquitectura renacentista. Y este palacio no va a ser la excepción. Si lo ves desde arriba, se parece a una plaza de toros. “All the buildings are old!, Where are you?”, grita una mujer por el móvil a su marido. Se han perdido, el uno del otro, y él trata de darle alguna pista sobre donde se encuentra. Le imagino, al otro lado del teléfono, diciendo: “Cariño, estoy en un edificio viejo, como antiguo, de otra época”…ay dios, menuda pista. Desde la entrada de los Palacios Nazaríes, tenemos la primera vista de Granada. Blanca, verde y marrón. “Tengo sed”. “Igual puedes beber en un aljibe“. Patio del Cuarto Dorado, tras el oratorio, me siento en la sala de audiencias del Sultán. Primero Mohamed, luego Yusuf. Cerca hay unos pasadizos, oscuros y llenos de polvo. Me gustaría entrar para refugiarme de la marabunta de gente. Pocholo y señora nos piden, amablemente, que les hagamos una foto. “¿Quieren otra ustedes?”. Por no hacerles el feo, accedemos. “Espera. Deja que se vayan, que se nos pegan”. MC dice que va a hacer un blog, sólo para pedir que pongan las entradas a 50 euros. Exterminio cultural. El Patio de los Leones. Sin leones. Da entrada a la absoluta maravilla de la Sala de los Abencerrajes. Me siento, porque me tiemblan las piernas de tanta belleza. Una estrella de ocho puntas y dieciseis ventanas, por fuera, y por dentro, los mocárabes que adquieren categoría celestial. “¡Qué mal vivían!”. “¡Qué hijos de puta!”. Mohamed V era un tipo con suerte, quería decir. Washington Irving escribió sus Cuentos de la Alhambra en unas de las habitaciones que Carlos V hizo construir, para seguir añadiendo historia a La Alhambra. La señora de los old buildings ya encontró a su marido. Estornudo, rotundamente y con eco, y me dice salut, sonriendo. Un paseo, obligatorio, por los Jardines del Generalife, y salimos de La Alhambra con los pies cansados y el corazón nuevo, como el nombre de nuestra habitación, que nos espera para la merecida siesta. Antes, en el Restaurante La Mimbre, a los pies de La Alhambra, comemos gazpacho, habitas con jamón, y un plato que se llama Sierra Nevada, y que lleva huevos con jamón, papas y pimientos. “Water melon, melon, cream caramel”. Aquí todo el mundo es políglota. En la mesa de al lado, creo ver a un conocido. Muy mejorado. Más joven y con más color. Se oye a un niño de lejos: “¡Vaya mierda, mamá!, vengo a Granada y no veo La Alhambra“. Y tanto, pienso yo.





Bahía y Nueva York

18 09 2007

¡Qué bonita está la Bahía con este viento temprano de otoño! Me da escalofríos, al colarse por el hueco que deja libre la chaqueta del traje. La corbata baila y deja al descubierto la fila de botones, perfectamente ordenados. Hay chubasqueros andantes, con mapas al viento. Parece que reniegan de su suerte, aún siendo muy afortunados.

Deberíamos ir a Nueva York. En un plazo medio. Recorrer las calles, sin orden numérico predeterminado. “Después de vivir en Nueva York, ningún lugar es lo suficientemente bueno”, dijo J. Steinbeck. No sé. Supongo que para gente aficionada al cine, la lectura y la escritura, ha de ser un lugar imprescindible. De culto. ¿Qué te parece? Si estás de acuerdo, te espero en la Calle 14. Ven con los ojos abiertos, y trae un abrigo para el frío. Adios.