La Librería del Puerto

29 10 2009

Este lunes ha abierto sus puertas ‘La librería del Puerto’, un nuevo espacio para la cultura en nuestra ciudad, donde las iniciativas de algunas personas comprometidas suplen la ausencia de una apuesta pública por la cultura, que no va más allá de copiar algún programa que funciona en otros lugares (a eso le llaman innovar).

Al frente de este nuevo proyecto está Soco Ledesma, que ha tenido la feliz idea de abrir una librería en una zona, Castilla-Hermida, en la que hacía mucha falta un espacio así. El local, muy amplio y acogedor, está en la Calle Ruiz Zorrilla, al lado del Puerto, y justo enfrente de uno de los accesos a la maravillosa sede de la Biblioteca y Archivo Histórico de Cantabria (provincial en su nombre oficial, y que algún día abrirá de una vez sus puertas).

El martes me pasé por allí con la ilusión de conocer un lugar que formará parte de mis sitios escogidos, de esos en los que me encuentro a gusto en esta ciudad. Fui a echar un vistazo, comprar algún libro (Bolaño, Gracq, Loriga…), y también a saludar a Soco (la hermana de Jesús) y a su hijo Pedro (el primo de Alba), a los que conozco de hace mucho tiempo (buena gente). Les vi con la ilusión de quien empieza un proyecto nuevo y especial: abrir una librería es el sueño de cualquier amante de la literatura, y me alegra que hayan podido hacerlo realidad.

Espero que les vaya estupendamente en esta aventura, en la que la literatura con mayúsculas, el mar y los viajes serán los grandes protagonistas. ¡No dejéis de pasaros por allí!





Sábado de frío

15 12 2007

Es sábado y hace frío. Como he dejado la calefacción funcionando toda la noche, con el termostato a diecinueve grados, no puedo certificarlo en mi propio cuerpo, pero al subir la persiana de mi habitación, un simple vistazo al desfile de abrigos y bufandas me lo ha dejado más o menos claro. Subo la radio para escuchar a Angels hablar del fomento de la lectura entre los más jóvenes, al respecto de los datos de PISA. La clave está en casa, en un ámbito informal como el familiar. Es cierto que los maestros y profesores pueden corregir deficiencias, guiar y animar (también algunos pueden hacer y hacen todo lo contrario), y que hay niños más despiertos, y con más querencia por los libros que otros, pero lo fundamental sucede entre las cuatro paredes donde vives.
En mi casa, siempre ha habido libros en todas las habitaciones; incluso en la cocina y el baño. Mi padre, en sus comienzos en la escuela, fue profesor de Lengua y Francés (luego en su admirable afán por la formación continua, se pasó a Matemáticas y Ciencias), y a mi madre la recuerdo, desde siempre también, con un libro entre las manos. Era como el maravilloso anuncio del Ministerio de Cultura de Si tú lees, ellos leen. No sé si leían solo por el placer de la lectura (uno de los mayores de la vida, como dice Federico Luppi en Martín H), o también había algo de querer transmitir unos determinados valores. El caso es que lo hicieron y, desde muy pequeño, tanto que me da rubor decirlo, los libros pasaron a formar parte de mi vida, en un lugar muy destacado. Lo de mi hermana fue peor (mejor) todavía. Cada noche, mi madre le leía Margarita, de Rubén Darío:

Margarita esta linda
la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de
azahar,

yo siento
en el alma una
alondra cantar
tu acento.
Margarita, te voy a
contar un cuento…

Un día, justo antes de cumplir los tres años, cogió el libro y lo leyó parándose en las comas, en los puntos, casi entonando. En realidad, se lo había aprendido de memoria de tanto escucharlo, pero estuvimos a punto de mandarla a uno de esos horribles programas de niños prodigio; lo que pasa es que por esa época no había ninguno, y no pudimos hacernos ricos a su costa. Hizo lo mismo con un cómic de Lucky Lucke, por lo que descartamos que se hubiera aficionado, singularmente, desde tan temprana edad a la poesía latinoamericana del siglo XX.
Si hay un libro que recuerde, de aquella época, aparte de la colección completa de Astérix, con la que aprendí historia, geografía y un especial interés por las diferentes recetas para cocinar el jabalí, es La historia interminable, de Michael Ende. La imagen (y el contenido) de ese libro marrón oscuro (desde que desgastamos, hasta reducirla a la nada, la cubierta original de la que ya no recuerdo su color), me ha perseguido y me perseguirá siempre. Quizá por eso el escritor alemán lo tituló de esa manera. Se puede decir que fue el primer libro que me impactó lo suficiente como para hacerlo parte de mí. Algo que no han conseguido tantos como yo habría querido. Me hubiera gustado apuntar en un cuaderno todos los cuentos, poemas, relatos, novelas, comics, etc, que he leído, pero nunca tuve esa brillante idea. Además, tengo mala memoria y, encima, de mi casa en Santoña han ido desapareciendo libros, con un balance negativo, a pesar de todas las adquisiciones de estos años. Supongo que buena parte de ellos estarán en Alemania; otros en casa de alguna de mis tías; alguno huyó, aprovechando el aleteo de las hojas, buscando ocupaciones más tranquilas; y otros, los que más, se fueron el día en que todos nos volvimos más tristes.
Recuerdo que tuve una época de sequía lectora: los tiempos del instituto. Allí me di cuenta que lo de representar a los alumnos, y denunciar las malas prácticas de algún que otro aprendiz de caudillo, era algo que me entusiasmaba. Lo malo es que, a la vez, descubrí lo interesante que era hacer el ganso, los primeros amores serios, el calimocho, el ambiente del fumadero, y las risas que provocaban entre mis compañeros de clase mis diálogos, rayando la falta de respeto, con los profesores. En fin, que no tenía mucho tiempo para leer, y además cometí el error de optar por la optativa de dibujo técnico, en detrimento de literatura.
La vida de estudiante de alquiler en Santander despertó, nuevamente, mi afición por la lectura, y los delgados pasillos de la biblioteca del interfacultativo siempre me llevaban a la zona frecuentada por los matriculados en magisterio, lo que no me ayudaba, nada, académicamente, pero sí personalmente, supongo. Transversalmente, para modelar a ese joven rebelde, las lecturas políticas siempre han estado presentes en mi vida: desde las memorias del Ché, Carrillo, Mandela, Brandt, El capital de Marx, hasta cualquier intervención o programa marco que pasase por mis manos, pasando por artículos, comentarios o estudios de derecho político comparado (hasta conseguir, entre otras cosas, el dudoso logro hacerme experto en la Constitución de Cuba de 1976). Esas lecturas, más actualizadas claro, las he ido complementando con libros sobre talento, liderazgo y creatividad, lo que me provoca una frustración constante, ya que son palabras tan bonitas como extrañas en el entorno más cercano. Esa circunstancia ha conseguido que, de un tiempo a esta parte, las novelas, los cuentos y la poesía, vuelvan a ganar por goleada a los ensayos, lo que siempre es mucho más saludable.
Al final, los libros siempre han estado (están) ahí; son grandes e insustituibles compañeros, evocadores de sentimientos y dignos depositarios de nuestra máxima confianza. También son multiplicadores de historias. Como dice hoy Muñoz Molina, en Babelia, “soy lo que he leído”. Una vez dicho todo esto, continúo con el segundo capítulo de El mundo de Juanjo Millás, dándole antes las gracias por traerme estos recuerdos.





Libertad

6 12 2007

Con la libertad individual que se consagra en la Constitución, he decidido no moverme del sofá en todo el día. Y cuando eso sucede, es un buen motivo para ser (más) feliz. Un poco de lectura, comer algo de vez en cuando (sin elaborar), poner Cinemateka y dejar pasar, con más o menos atención, una película tras otra, echar un ojo a los teletipos, y detenerme, por recomendación de algún amigo, en alguna cosa curiosa en la prensa de hoy. Sobre el cristal de la mesa del comedor, entre Cortázar, Eco, Naipaul, Borges, Innerarity y Gore (he reducido casi a la mínima expresión el consumo de ensayos), descansa El mundo de Juan José Millás, exhausto tras la continuada y despiadada lectura a la que le ha sometido MC. Yo, sin embargo, no he podido terminar con el Tokyo Blues de Murakami, y menos cuando, sobre las cuatro de la tarde, han aparecido en la pantalla Federico Luppi, Juan Diego Botto, Eusebio Poncela y Cecilia Roth, para volver a interpretar una de las mayores joyas de la historia del cine, ofreciéndonos unos diálogos tan intensos como decisivos. Martín (Hache) es una película, eminentemente, de palabras. Y es que las palabras sirven para tanto…hasta para mentir. Escucho en el comentario de Gabilondo, al hilo de la brillante intervención de Marín pidiendo grandeza, hoy, en el Congreso, que la política necesita decencia y consenso. No puedo estar más de acuerdo. Pero el consenso no sirve para nada (y es despreciable) si no está dirigido a cambiar las cosas. Me cago en el consenso que sirve para perpetuar desigualdades, premiar a los enemigos de los cronopios, o consagrar estrategias más cercanas a lo financiero que a lo político. Consensos así deterioran, hasta la náusea, la libertad. Al menos, el olor no ha llegado todavía a mi sofá.

P.D. Como (casi) todo el mundo sabe, la posdata es la anotación que se añade al final de una carta ya concluida y firmada, para añadir información que no se recordaba o conocía mientras se estaba escribiendo. Habrá que ejercitar la memoria, entonces.





La mejor cara de La Inquisición

3 11 2007

¿Qué lleva a una pareja de Madrid a dejar la capital e irse a vivir a Castillo Pedroso? ¿Y a reformar una casa medio en ruinas para hacer de ella una preciosa y acogedora posada rural? No les pregunté, directamente, los motivos. Tampoco hacía falta. Encontraron su lugar para vivir a muchos kilómetros de la capital. Lejos del ruido, los atascos, el estrés y otros peligros e incomodidades de las sociedades modernas. Atrás dejaron las oportunidades (casi todas) que ofrece una gran ciudad como Madrid. En Castillo Pedroso encontraron otras facilidades que no esperaban. Me dice Alfonso que Alfonso pequeño va todos los días al colegio de Alceda y que es muy cómodo, porque le pasa a buscar un autobús por el centro del pueblo. Cosas de la buena gestión de Rosa Eva. En Madrid, mis amigos con hijos hacen piruetas para conciliar y llegar a tiempo a las clases y al trabajo. Maite es funcionaria y trabaja en el Hospital de Liencres. Lo tuvo más o menos sencillo para cambiar de destino. Alfonso estaba vinculado al trabajo en el mar y, de vez en cuando, mata el gusanillo enseñando a jóvenes aprendices de Gorostegui, en la Isla de la Torre.

La Posada de la Inquisición mantiene su nombre desde que a mediados del siglo XVIII viviera un tal Mateo Díaz de la Serna, cura beneficiario de Castillo Pedroso y Comisario de la Santa Inquisición, entrañable institución que le cogió prestada la casa a los Templarios, sus originales propietarios. Las piedras de la casa encierran vestigios e imágenes de aquella época. Pero, desde luego, pasar unos días en ella es todo menos una tortura. A MC se le ha quitado hasta el dolor de cabeza. Es medicinal. Muy recomendable. La Posada tiene cinco habitaciones, una de ellas más grande, para acoger a parejas con hijos. La nuestra se llama El Lobo y tiene vistas a los prados que hay al suroeste del pueblo. Nuestras vecinas son algunas ovejas y vacas cuyo ritmo vital es nuestro ejemplo estos días. Ayer nos levantamos pronto y, después de un desayuno a base de tostadas con mantequilla y mermelada, zumo y café con leche, fuimos a dar un paseo. Senderismo para principiantes. Cuando lleguéis a la ermita, cogéis un camino que hay a la derecha y luego, todo seguido, hasta que lleguéis al bosque de Requejada. Allí buscáis los caminos de la derecha, que os llevarán sin pérdida a la carretera que conduce al pueblo. Y eso hicimos. Dos horas y media de entretenida caminata, sorteando el barro y descubriendo hermosos paisajes y vistas panorámicas del bello Valle de Toranzo. Vacas, ovejas y caballos eran nuestra única compañía. No pudimos entablar conversación con los tranquilos animales, porque andaban bastante ocupados en la siega natural de la hierba. Al volver a la parrilla de salida, las botas de montaña necesitaban de un pase de manguera urgente. Una ducha y a la calle a disfrutar del sol. Un par de sillas, Auster, Pedro Juan, y la felicidad.

No teníamos reloj ni, por supuesto, móvil. Así que supimos que era la hora de comer, por el hambre que teníamos. Le habíamos pedido a Alfonso unas lentejas y allí estaban. Aunque él es el cocinero, las había hecho Maite. Riquísimas. Las típicas lentejas caseras con su morcilla, chorizo, zanahoria, puerro y patata. El puchero se fue vaciando, por arte de magia. El cosechero de Berceo hacía lo propio. ¿Qué queréis de segundo? Tengo dorada, rape, sardinas, chuletas, solomillo. Yo quiero algo con patatas. Sí, algo que tenga patatas. Un solomillo. Que sean dos. Festín de carne de la buena. De postre, una tarta de queso y un té. Los fines de semana, el restaurante cuelga, merecidamente, el cartel de no hay mesas. El cuerpo pedía siesta. Y se la dimos. Dos horas y media. El tiempo se para. No tiene sentido. No sirve para medir nada. Al despertar, un rato de buen cine. Irma la Dulce, en la que Jack Lemmon y Sirley McLaine están maravillosos. El maestro Wilder eleva a los cielos, una vez más, el género de la comedia. Con dos o tres localizaciones monta una historia frenética de más de dos horas, en las que pasa casi de todo. Y pasa muy bien. En ese momento, nos acordamos que Alfonso nos dijo al mediodía que para cenar había sopa ligera. Así que bajamos a probar esos fideos con pollo y huevo cocido. Es como estar en casa. Después de la cena, me di un capricho extemporáneo y cutre. Me acordé de Paco y los años de beisbolera con la Y. Las aventuras de Ford Fairlane, el detective rockanrollero, certificaron que cualquier tiempo pasado fue peor. Hoy me he levantado con ganas de escribir, así que el portátil me ha acompañado al desayuno. En unas horas, dejaremos Castillo Pedroso y la Posada de la Inquisición de Alfonso, Maite y Alfonso pequeño, para seguir disfrutando del largo fin de semana en Astillero. Volveremos, seguro.





Mascagni y Kotler

6 10 2007

Ayer le cogí a Chusmanu, de la estantería de la agencia, varios títulos de una edición especial de Deutsche Grammophon. Bajo el nombre de Grandes Óperas, la selección es una auténtica maravilla. Vi que en la misma estantería, había otra colección, muy similar en los títulos y que, en este caso, era una promoción de un periódico nacional. Ante tal abundancia, en ese mismo instante, decidí aligerar la pesada y repetida carga y, sin previa consulta al dueño (¿vamos a perder la amistar por ésto?), tomaré prestado, de vez en cuando, algunos de los cuidados libretos que encierran cd´s dobles con la mejor ópera de la historia.

En el primer capítulo de esta nueva amistad con la simpática estantería, me quedé con Aida de Verdi y Los Cuentos de Hoffmann, de Offenbach, pero mi interés estaba depositado, sobre todas las cosas, en Cavalleria rusticana de Mascagni. Confieso que no he escuchado nunca la ópera entera. Sólo tiene un acto y, para mí, el gran valor de la obra del compositor italiano es el Intermezzo sinfónico. El corte dieciocho. Una música de una belleza impresionante, que envuelve y emociona. Los más cinéfilos sabeis que la escena final de El Padrino III está bañada por las notas del Intermezzo, en una cruel batalla por ver quién es más emotiva: la pieza o la escena. Aquí sigo escuchando. No sé qué número de veces hace, ya.

En los últimos años, por estas fechas, solía pasar el fin de semana en El Astillero. Sigo con la tradición aunque, ahora, en lugar de tener trescientos ordenadores delante, sólo tengo uno. He ganado en intimidad. En fin, que me espera un sábado/domingo de lecturas variadas. Abierto, de par en par, tengo a Kotler y su Marketing en el sector público. Acaba de llegar a Santander y debo ser el primero que lo tiene. Como dice Luis: “Kotler es el más grande. Por encima de Tom Peters“. Tiene razón, aunque yo le gano, por el lado frívolo, defendiendo que el formato de los libros de Peters es mucho más atractivo. Este último de Philip Kotler, escrito junto a Nancy Lee, y traducido (todo menos las comas, que brillan por su ausencia) por Josep Chias (Presidente de Chias Marketing Systems), pretende aportar soluciones, diseccionando casos de éxito de marketing en el sector público, con experiencias reales de programas públicos en EE.UU (a ver cuando escribe alguien un libro sobre casos de éxito nuestro en país, que los hay). El volumen, de quinientas veinte páginas, empieza con una mirada a un futuro deseado, poniendo algunos ejemplos (os copio tres) de cosas que deberían pasar:

En Oregón: Todd lee su periódico matinal online y vuelve a leer el titular, para asegurarse de que ha leído bien: “Postal Service publica unos beneficios récord y congelará el precio de los sellos en 39 céntimos durante los próximos cinco años”. 
En Singapur: Johnson abre la factura de la luz con un mensaje en el que se reconoce que su casa ha hecho un esfuerzo para reducir el consumo eléctrico durante las horas de máxima demanda y, en agradecimiento, se incluye un cupón por valor de cincuenta dólares para comprar productos de consumo eficiente en una gran cadena de electrodomésticos. 
En Roma: Giacomo llega a casa de un viaje de negocios, deseando contar a su mujer lo del aeropuerto en el que estaba esa tarde, y en el que pasó los controles de seguridad en tiempo récord, porque ahora tiene unas pequeñas cabinas por las que se pasa y no hace falta sacarse nada de los bolsillos, ni quitarse el abrigo, ni abrir el maletín. También observó que había menos de la mitad del personal de seguridad que suele haber en los puestos de control.

Dice Kotler que ese mundo posible, por el que merece la pena trabajar, es aquél en el que “los organismos gubernamentales han aprovechado, claramente, la oportunidad de satisfacer las necesidades del ciudadano de una forma que, no sólo contribuye al bien social, si no también al bien económico y medioambiental (triple bottom line)”. Sostiene, entre otras cosas, el gran gurú del marketing, que “al ofrecer programas y servicios de calidad, ha aumentado el interés de la ciudadanía, los ingresos y la satisfacción de todos”. Y lo más importante: “Al mejorar e informar sobre el rendimiento del organismo, han logrado el respaldo de los ciudadanos”. El libro, como veis, promete, así que voy a seguir buceando en sus páginas. Cuando lo termine, me estará esperando mi segunda adquisición de ayer por la tarde: El mito de la inmortalidad, de dos monstruos como Bernat Soria (el Sr. Ministro) y Manuel Toharia. Seguro que me obligarán a un comentario emocionado.





Nocilla Dream

5 09 2007

¿Sabrá perdonarme Pedro Juan Gutierrez? Después de un verano en el que he vivido con (y de) sus novelas, en lugar de escribir sobre él, he decidido hacerlo sobre otro. No sé, quizá he pensado que como a él los tríos le van, seguramente le acabará gustando. También creo que si hablo mucho de Pedro Juan dejará de ser parte de mí y lo será de mucha gente que no sabrá apreciarlo como se merece.

He decidido que la próxima vez que vaya a La Habana iré a visitarlo y le contaré esta teoría. Quizá se moleste, por aquello de que la promoción siempre es necesaria para vender libros. Aunque, conociéndolo, sabrá apreciar mi cinismo. Y si no, no pasa nada: abrirá una botella de ron, del malo claro; encenderá un tabaco, y nos pasaremos horas mirando el Malecón desde su ruinosa azotea.

Pero no he venido a hablar de Pedro Juan. ¡Sal de mi vida! Pensaba que en la literatura patria estaba todo visto, leído más bien, pero no. Ha llegado a mis manos, por uno de los conductos más habituales (es lo bueno de estar con gente con inquietudes), el primer libro (o lo que sea) del (no tan) joven poeta (y físico) gallego Agustín Fernández Mallo: Nocilla Dream. La primera parte de una trilogía que lleva el nombre de Proyecto Nocilla, y que se completará con Nocilla Experience y Nocilla Lab.

¿Qué es Nocilla Dream? En realidad, todavía no lo sé. Dudo que el propio autor lo sepa. Si puedo decir que el tío se la ha jugado, y hace falta gente así, en todos los ámbitos. Más riesgo, innovación, originalidad, ruptura con lo establecido…

Juan Bonilla dice esto en el Prólogo: Fernández Mallo sabe como contagiar la velocidad de lo escrito y va haciéndonos saltar por los fragmentos de su novela con una insólita sensación de vértigo […] Ese riesgo consiste esencialmente en que los lectores habituados a las narraciones que se estilan entre nosotros, al adentrarse en ésta pueden no saber a qué atenerse, pueden perder pie, porque literalmente ésta es una novela que constantemente te va dejando “en el aire” […] La capacidad de encontrar plenitud y belleza en realidades que suelen pasar desapercibidas para nuestra poesía o nuestra narrativa, es uno de los baluartes de esta obra.  

¿Qué tienen en común un desierto, un árbol con pares de zapatos colgados, cuatro chicas surfistas, un periodista austriaco aficionado a los carreras de ratas, y Jorge Luis Borges? Ni lo sé, ni me importa. Pero el cabrón de Fernández Mallo le da a todo una coherencia incoherente (o quizá una incoherencia coherente) espectacular.  Para ello, se apoya (o se pierde) en una serie de citas que va introduciendo, sin demasiado orden, de las que quiero destacar una por su maravillosa crudeza:

45. Año 2054. Mis nietos están explorando el desván de mi casa. Descubren una carta fechada en el 2004 y un CD-ROM. La carta dice que ese disco CD-ROM que tienen entre sus manos contiene un documento en el que se da la clave para heredar mi fortuna. Mis nietos tienen una viva curiosidad por leer el CD, pero jamás han visto uno salvo en las viejas películas. Aun cuando localizaran un lector de discos adecuado ¿cómo lograrían hacer funcionar los programas necesarios para la interpretación del disco? ¿Cómo podrían leer mi anticuado documento digital? Dentro de 50 años lo único directamente legible será la carta.

Jeff Rothenberg

En fin, que si Pedro Juan Gutierrez y Agustín Fernández Mallo se conocieran, serían buenos amigos (o se odiarían a muerte). Y es que hay que estar muy mal (o maravillosamente bien) para, en los tiempos que corren, salirse de lo establecido. ¡Qué horrible palabra!