Peor que mal

14 08 2008

El deterioro del periodismo, y del papel de los periodistas, está siendo un tema recurrente en el Seminario sobre Antonio Tabucchi. Se entiende, si tenemos en cuenta que la situación de los medios de comunicación en Italia, según organismos internacionales, está aún peor que, por ejemplo, en Filipinas. El escritor italiano ha dicho, entre otras cosas, que: «la voz crítica de los intelectuales queda apagada por el poder de los medios». ¿Cómo luchar contra cuatro o cinco horas de televisión diarias? Imposible, y nadie está a salvo de esa preocupante realidad.

Hoy, leyendo una noticia absolutamente surrealista al respecto de la suspensión del Summer Festival, reflexionaba sobre el papel de los periodistas. ¿Para qué sirve el periodismo hoy en día? ¿Para transcribir teletipos? Si la política, en ocasiones,  es una manera de escribir la historia al gusto del político de turno, ¿cuál debe ser el papel del periodista? Llegados a este terrible punto, ¿no tiene el periodista nada que decir? ¿Quién alivia al ciudadano normal de esta terrible indefensión? En definitiva, ¿quién testifica por el testigo?

Al hilo de esta noticia, me han asaltado varias cuestiones: si se puede hablar en presente de algo que es pasado, si alguien es capaz de plantear una revisión de los hechos probados para desplazar de su lado la responsabilidad, si hay gente dispuesta a mentir sistemáticamente tan sólo por buscar el patético y entregado respaldo de los suyos y de aquellos que no tienen memoria, consciencia ni conciencia, ¿dónde está el límite? ¿A qué vamos a decir que no? ¿Cuál es la línea que no podemos ni debemos sobrepasar? O, por el contrario, ¿las hemos cruzado ya todas?

En medio de este deprimente panorama, surge —¿casualmente?— en nuestra región una especie de nuevo sindicato del crimen periódistico. Se han unido —por fin, ya han tardado— varios catedráticos de la mentira y la indecencia. Insignes periodistas como Félix el Locha, Fran J. Girao o Fernando Collado lideran un movimiento asociativo que seguro tendrá entre sus fines promover un periodismo de calidad, el respeto a los libros de estilo, la defensa a ultranza de la ética periodista y el respeto a la verdad y a los demás. No necesito que nadie me alerte sobre la mierda, porque cuando es de calidad huele a mucha distancia. Al final, van a conseguir banalizarlo todo y algunos reprochables comportamientos acabarán estando legitimados, o al menos asumidos por la gente, gracias al inestimable y calculado soporte de quienes dicen buscar el efecto contrario.





Tontos útiles

13 03 2008

    Hay en el panorama periodístico de nuestra región un grupillo —mucho mayor de lo deseable— de tontos útiles. Lo forman esos aprendices de plumillas, que investidos de un halo de periodistas de investigación, o analistas políticos, nos ofrecen desde su púlpito infame —día sí y día también— sus palabras de fuego. [Cómo van a saber lo que escriben, si ni siquiera saben cómo se escribe]. No suelo perder el tiempo leyendo a tontos útiles, pero como, últimamente, salen como setas, hay días que no me queda más remedio.
    He de confesar que tengo mis dos favoritos: Sandro (de) Michell y Fran (J.) Girao. Uno, director de Telebahía, por obra y gracia de su habilidad para moverse debajo de las mesas de algunos despachos; el otro, periodista de investigación y sucesos de El Mundo Hoy en Cantabria —lo compré los primeros días pero se está convirtiendo, muy a mi pesar, en una mala copia de la edición nacional—, especializado en poner nombres y apellidos, donde por ley sólo deberían ir iniciales. ¿Qué sería de la profesión sin estos dos ilustres personajes?
    Presumo de tener buenos amigos en el periodismo de Cantabria; hay gente muy profesional, dedicada, con conocimiento, y que cuida la información, a pesar de que nadie cuida sus condiciones laborales. Me ofende muchísimo—seguro que a ellos también— que haya individuos que se hagan llamar periodistas, y que lo único que hacen es degradar la profesión hasta límites insospechados. Lo peor de todo es que se deben ir a dormir, cada día, creyéndose los sucesores naturales de Losantos y Pedro J. ¡Pobrecillos! Por el bien de todos, les recomiendo que se hagan un blog —que la red, por desgracia, lo aguanta todo—, y dejen el periodismo para los buenos profesionales.