Vivir (en) Barcelona

25 03 2008

Estos días de largo puente he practicado mi deporte favorito: vivir Barcelona. Siempre que vuelvo a LA CIUDAD pienso que la próxima vez será para quedarme; al menos por un tiempo: el suficiente para sentirme, encara més, ciudadano de Barcelona. Sueño con abrir las contraventanas verdes de mi acogedor piso y comprobar que El Born sigue igual de cálido y creativo. Bajar las escaleras y encontrarme en el entorno de la maravillosa Santa María del Mar. Cruzar la Via Laietana y tomar el pulso al alborotado e imprevisible Barrio Gótico. Y es que yo, como el inspector Méndez, viviría dentro de las fronteras de la Ciutat Vella. No sé si hay un sitio mejor —en realidad sí lo sé: no lo hay—. Abrigado del viento y el dinero que hay en el Paseo de Gracia. Fuera del alcance de los restos de la Villa Olímpica. Me imagino en ese pequeño apartamento, en la cuarta planta —espero con ascensor— de un rehabilitado portal en el que se hable catalán, castellano con acento argentino, wolof, y se chapurree algo de inglés. Pasando las horas en La Central del Raval para mejorar mi catalán con las palabras certeras de Salvador Espriu y Martí i Pol; tomando un café conversado con algún artista de otro tiempo en el Café de L’Opera; comprando las nutritivas, y perfectamente colocadas, verduras y frutas de La Boquería; descubriendo la última colección de algún joven diseñador en un pasadizo que no cierra ni para dormir; paseando por la Barceloneta en un día de viento frío y crudo; escuchando los susurros de las musas del Palau de la Música Catalana del gran Domenech i Montaner; o poniendo la anteúltima piedra —¡la última nunca!— de la Sagrada Familia. Entre semana, me dejaría llevar —que remedio— por el trepidante ritmo de la ciudad, dejando algún hueco para descubrir nuevos rincones; viernes Cines Verdi, sábado MACBA —por la noche el menú de algún cocinero creativo con vino del país—, y domingo Parque de la Ciutadella y Camp Nou. La felicidad definitiva. Vivir (en) Barcelona podría ser el título de una de mis grandes obsesiones. He vuelto convencido de que pronto dejará de serlo, y con el moleskine lleno de notas para dos o tres relatos.





La foto del balcón

19 03 2008

La narcisista obsesión por salir en la foto lleva a crear ficciones, dentro de un mundo paralelo, para luego fotografiarlas. Todo el mundo sabe que cuando un equipo de fútbol gana alguna competición, la costumbre dice que jugadores, técnicos y directivos acuden al ayuntamiento de turno para ofrecer el título a la afición. Seguro que tenemos en la retina la típica foto en el balcón de la Plaza Sant Jaume —donde conviven Generalitat y Ajuntament—, en el caso del Barça, o en la Casa de la Villa, si hablamos del Real Madrid. Espero, como cualquier cántabro, que el Racing llegue a la final de Copa y la gane, pero rechazo que haya gente tan rastrera como para querer, a toda costa, la foto del balcón, por si acaso luego no se logra. A la ficción se sumó Pernía, porque no le quedaba más remedio o porque no quería oír hablar de otra suspensión. De la Serna es gafe; quedó claro en el partido de ida: la primera vez que seguía al equipo fuera de casa. Confío en que esta noche el Racing ganará la batalla al Getafe —y al gafe—, y el dieciséis de abril nos reunamos todos en Madrid. Mientras tanto, en lugar de tanta bandera en edificios públicos, podrían adecentar la Fuente de Cacho que da pena como está. Aunque igual Narciso De la Serna, en la contemplación de sí mismo e incapaz de apartarse de su imagen, acaba arrojándose a sus aguas como su tocayo griego.





Nos queda la lluvia y Vila-Matas

18 03 2008

   AL ESCUCHAR la lluvia romper contra el suelo de la calle, las ventanas de casa y el tejado del edificio, me puse a recordar que, diez horas antes, un gafe había pedido a los meteorólogos rigor en las predicciones que hacen para Cantabria: “Dicen que va a llover y hace un sol de justicia”. Pues, menos mal. La lluvia ha silenciado el resto de ruidos típicos de la mañana. El estridente despertador que se repite. La radio al encenderse con las primeras noticias. El exprimidor fabricando el zumo reparador. El microondas calentando dos sorbos de leche. La cafetera expulsando el líquido repleto de cafeína. La cuchilla contra la piel semicurtida. El silencio cuando hay silencio.
   Ayer me quedé dormido, varias veces, en el sillón leyendo el último libro de Enrique Vila-Matas. Con eso quiero decir que tenía mucho sueño, no que utilice al singular escritor catalán de somnífero. En la previa, la sincronicidad de la que habla Pesquera se superó a sí misma, ya que, a la misma hora, Luis buscaba en la misma librería el mismo libro que yo —¿será por escuchar la misma emisora de radio el mismo día?—. Para mala suerte suya —y buena mía— quedaba un ejemplar. Como leía con un sólo ojo abierto —el interés luchaba contra el cansancio—, no sé si recuerdo exactamente la frase que le atribuía Vila-Matas a la escritora que fue su casera en París, en sus años de aprendiz de escritor. Venía a decir Marguerite Duras que “escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiéramos”. Me gusta más aún lo que cuenta, al respecto de la cuestión, Truman Capote en su prólogo a Música para camaleones: “Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal”.
   Como casi todos los días, el embrujo se deshace en cuanto vuelvo a la normalidad de la vida diaria: al traspasar la puerta de casa y notar, de golpe y en el rostro, el manifiesto de la irracionalidad. Me gustaría refugiarme un rato más, o unos años más, entre las cuatro paredes blancas en las que sólo pasa lo que yo decido que pase. Y dentro de eso, sólo pasa lo que yo decido escribir. Escribir —dice el autor de El viento ligero en Parma— es corregir la vida, aunque corrijamos una sola coma al día; es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la horrenda vida auténtica. Si en el Tibet, Irak, Palestina, o Guantánamo pudieran corregir su propia vida escribiendo, no dudarían en hacerlo. El problema es que, a veces —sólo a veces—, los misiles son más certeros que los lapiceros, y las balas más poderosas que la imaginación.





Nuevos tiempos

14 03 2008

No he escrito ninguna valoración del 9M, porque ha habido tantas que seguro que alguna coincide con la que yo querría haber dicho, y si no, no pasa nada: lo importante son los resultados, no las interpretaciones —muchas de ellas, torticeras— que se hagan de ellos. Que algo se mueve en el PP es evidente. Y, también, que Zapatero va a aprovechar la victoria para, como reconoció el otro día, corregir errores. Se avecina, por tanto, una legislatura más tranquila, en la que ganará la batalla quién violente menos al ciudadano medio. Al PP se le acabaron los latiguillos de España se rompe, la familia se rompe, etc…, y al PSOE ya no le servirá la llamada al miedo, para concentrar a la izquierda, frente a un PP —se supone— más moderado. Se abre, por tanto, una legislatura apasionante, donde la estrategia y el cuidado de los mensajes adquirirán mayor protagonismo, desplazando a la crispación, la improvisación y el insulto.

Vaticino que —los que nos gusta la política con mayúsculas— vamos a disfrutar. A Rajoy va a ser difícil que se le quite la cara de perdedor, aún cambiando a Zaplana por González Pons (valenciano de Camps), y Acebes por Pío García Escudero (madrileño, pero no de Esperanza). Zapatero aprovechará para arreglar lo que queda en el partido, y recompensar a algunos de sus más fieles con un ministerio. Lo mejor para los intereses del PSOE es que se liberase de trabajo, y se dedicase a comunicar la acción del Gobierno. Su telegenia y el buen rollo que destila aportarán muchas más adhesiones que una nueva escalada de iniciativas legislativas. En definitiva, que llegan nuevos tiempos, y el que no lo entienda quedará fuera de la dinámica. Lo mejor de todo es que va a ser la legislatura de Carme Chacón y Eduardo Madina.





Tontos útiles

13 03 2008

    Hay en el panorama periodístico de nuestra región un grupillo —mucho mayor de lo deseable— de tontos útiles. Lo forman esos aprendices de plumillas, que investidos de un halo de periodistas de investigación, o analistas políticos, nos ofrecen desde su púlpito infame —día sí y día también— sus palabras de fuego. [Cómo van a saber lo que escriben, si ni siquiera saben cómo se escribe]. No suelo perder el tiempo leyendo a tontos útiles, pero como, últimamente, salen como setas, hay días que no me queda más remedio.
    He de confesar que tengo mis dos favoritos: Sandro (de) Michell y Fran (J.) Girao. Uno, director de Telebahía, por obra y gracia de su habilidad para moverse debajo de las mesas de algunos despachos; el otro, periodista de investigación y sucesos de El Mundo Hoy en Cantabria —lo compré los primeros días pero se está convirtiendo, muy a mi pesar, en una mala copia de la edición nacional—, especializado en poner nombres y apellidos, donde por ley sólo deberían ir iniciales. ¿Qué sería de la profesión sin estos dos ilustres personajes?
    Presumo de tener buenos amigos en el periodismo de Cantabria; hay gente muy profesional, dedicada, con conocimiento, y que cuida la información, a pesar de que nadie cuida sus condiciones laborales. Me ofende muchísimo—seguro que a ellos también— que haya individuos que se hagan llamar periodistas, y que lo único que hacen es degradar la profesión hasta límites insospechados. Lo peor de todo es que se deben ir a dormir, cada día, creyéndose los sucesores naturales de Losantos y Pedro J. ¡Pobrecillos! Por el bien de todos, les recomiendo que se hagan un blog —que la red, por desgracia, lo aguanta todo—, y dejen el periodismo para los buenos profesionales.





Ley D´Hont y trastornos del sueño

9 03 2008

Casi no acertó a darle la vuelta al móvil, mostrando la pantalla para ver la hora que era: las cuatro de la madrugada. Helado hasta los huesos decidió levantarse a encender la calefacción con la intención de seguir durmiendo un rato más, envuelto en un calor tan artificial como certero. Esa noche nadie llamó a la puerta de su casa. No sonó el teléfono, ni escuchó sirenas en la calle cerrada. Esa noche estaba solo. Sin ruidos, sin nada. La intranquilidad se había adueñado de cada una de las partes de su cuerpo, empezando por el cerebro que era, como siempre, el culpable de todo. En ayunas, porque no era capaz de tomar nada, cogió el libro que aguardaba tiempos mejores en el cajón próximo a la cama. Lo abrió, guiado por el separador promocional de un bestseller, por la página setenta y comenzó a leer con voz queda, temiendo que alguna de las palabras le perturbara aún más.

Cuenta Philippe D`Argot, en su Historia secreta de la Segunda Guerra Mundial, que cuando una mañana de enero el ejército ruso entró en Auschwitz, lo primero que hizo fue abrirles las puertas a miles de hombres, mujeres y niños que los nazis, antes de salir huyendo, allí habían abandonado. También cuenta que una vez todo se hubo desalojado, un cabo y un soldado descendieron a un sótano del cual parecía venir un temblor de luz, y encontraron 4 famélicos sentados en la tierra en la postura del buda. Ensimismados, lanzaban un dado de números semiborrados sobre un tablero de parchís dibujado en el suelo con la punta de sus chapas de identificación.

Pensó que el instinto de supervivencia y la búsqueda de la felicidad —por diminuta que sea— permanecen intactos en el ser humano hasta en las situaciones más lamentables. Recordó de pronto las palabras serenas de la joven, que sin ser consciente aún de lo que le estaba sucediendo, mostraba una entereza y un valor dignos de reconocimiento y admiración. [La segunda acepción de la palabra azar es desgracia imprevista. Coincido con Agustín Fernández Mallo cuando dice, en Nocilla Experience, que el mundo se rige por el azar de un parchís, no por las mecánicas leyes del ajedrez. Si hay algo a lo que no se parece nada la vida —creo, con el escritor gallego— es al juego del ajedrez, en el que todas las partidas ya están escritas, sólo hay que analizarlas con un programa informático]. El azar —casualidad, caso fortuito: su primera acepción— ha querido que ese día, cuya primera claridad asomaba discreta entre los huecos de la persiana, resultase diferente a los demás: más largo, emocionante, intenso, decisivo y numérico. Su último pensamiento antes de ponerse en pie: si nos han contado que la física es capaz de explicar las emociones, alguien debería escribir un libro que se llamara Ley D´Hont y trastornos del sueño.





Media docena de pestañas

7 03 2008

   Una mañana, tras un sueño intranquilo, Íñigo de la Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el que casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto.
   Hasta los que fueron, en su momento, miembros de su disuelto club de fans, comentan resignados que, definitivamente, ha pinchado. Ya no vale con la belleza, por muy poética y entregada que se ponga V. Santiago. Tampoco sirve, a estas alturas, lo de hacerse la víctima, el humillado, o el ninguneado. Es una pena que sean esos los papeles que más le gusta interpretar, y el de gestor público no aparezca ni en los créditos. Esto es lo que pasa por dar clases de teatro en Miriñaque, en lugar de en La Machina: no hay color.
   Es el único alcalde de España —y seguro de Europa— que convoca más veces a los medios para criticar proyectos que realizan en su ciudad otras administraciones, en las que no gobierna su partido, que para presentar proyectos propios para esa ciudad. Últimamente —quizá temiendo que su antecesor pueda perder el acta de senador, y le dé por pasear, ocioso, por los alrededores de la Plaza del Ayuntamiento—, ha entrado en campaña, y lo ha hecho como un elefante en una cacharrería —no es el único, pero lo del otro hace mucho tiempo que no tiene remedio—, a destiempo, desproporcionado y vulgar. Ayer, ante la cansina insistencia, incluso hubo periodistas que se reprochaban, en voz alta, estar haciéndole el juego, dando excesivo pábulo a sus delirios.
   Paseando por las calles de la ciudad donde vivo, sueño con tiempos mejores. La Ley de la Atracción dice que conseguirás —atraerás— todo aquello en que concentres tus pensamientos; prometo, por tanto, no hacer objeción de conciencia. Ayer le comentaba a una amiga, que si Jean-Dominique Bauby pudo escribir La escafandra y la mariposa tan sólo abriendo y cerrando uno de sus párpados —el único movimiento que era capaz de hacer—, para cambiar las cosas de una vez en esta ciudad nos bastaría con media docena de pestañas.