No era la noche, era un complot

29 10 2010

Tengo indigestión literaria.

He descongelado un poco de caldo con el que he preparado una sopa de fideos. Luego he comido un yogur Danone Vitalínea Desnatado, natural.

La lluvia golpea con violencia los veluxes de mi buhardilla y hace tanto ruido que no escucho ni lo que sucede dentro de mi cuerpo. Mi mundo se viene abajo y yo soy el único superviviente.

Un tal Agustín Fernández Mallo me ha pedido que reflexione sobre unas fotografías. Recuerdo que en una aparecía Alfred Hitchcock señalando la casa de Psicosis; del resto me he olvidado a mitad de la sopa.

Hitchcock se atreve a cargarse a la protagonista a mitad de la película y le sale una obra maestra del entretenimiento y el horror de la que Perkins nunca pudo huir [Javier Ocaña, Cinemanía].

Como cada noche antes de irme a dormir, me asomo a la ventana para observar el hotel azul. Hay luz en la suite y eso me permite ver la silueta de un alienígena caracterizado como un hombre.

Decido seguirle el juego: Hay un hombre delgado en la suite. Hay un hombre delgado y feo en la suite. Hay un hombre delgado y feo en la suite que me mira con gesto amenazante a través del cristal de la ventana.



Me asusto y aparto la mirada. No era la noche, era un complot.

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Soy un balón de rugby

13 06 2010

Nunca supe qué era la vida, ni nunca lo supo nadie. Cuando ya no esté en este mundo, no te acuerdes de mí. Acuérdate de que tienes el sol sobre tu cabeza y acuérdate de que los seres humanos no son gran cosa.

A un poeta futuro, Manuel Vilas.

Yo lo único que sé escribir es poesía de mierda, y por eso escribo y escribo cuando quiero que mi habitación huela a desechos. No me interesan las flores, me dan alergia, habría que acabar de una vez con todas las malditas flores: se terminan pudriendo igual que la mierda y encima beben de nuestro agua. Ya lo he decidido: no quiero conducir un escarabajo por tu vientre. El asfalto mojado es el mayor peligro al que nunca me he enfrentado y hace tiempo que gasté mis neumáticos de lluvia. Sé que es una excusa absurda para no dormir entre tus sucias piernas, pero no se me ocurre otra; antes que los neumáticos agoté las pocas ideas que me quedaban, y ahora lo único que sé es escribir poesía de mierda. Así huele todo, así sabe todo; así hueles y sabes tú. He pensado que soy un balón de rugby y que soy un tipo respetado en Francia. Menos que el magret de canard pero respetado. Soy un balón de rugby nervioso porque hoy es la víspera del trascendental partido entre el Toulouse y el Carcassonne. ¿Tú qué vas a entender? Ni un minuto antes del Fin del Mundo lo entenderías, y además ya no quiero explicártelo. No tengo tiempo, debo jugar un partido importantísimo. Soy un balón de rugby. Soy el mejor balón de rugby de la historia. Los periodistas deportivos lo saben. La afición lo sabe. Y tú no te das por enterada. Te haces la loca, como si no fueras aficionada a ese maravilloso deporte. Es despreciable lo que haces. Es despreciable, porque bastaría con un pequeño reconocimiento. Estoy a punto de vomitar. No; no estoy a punto; estoy vomitando. Estoy vomitando, por culpa de los nervios, el magret de canard de dieciocho euros que he comido este mediodía. Si alguien quiere comprobar cómo vomita un balón de rugby que venga rápidamente a mi habitación. No tiene pérdida: es la única de toda la residencia que huele a mierda. Y tú, sí: tú, mejor ni te acerques.





Me ha llamado tu muerte

27 05 2010

La voz en el teléfono fue una sorda agresión de la sombra. Dijo tu muerte, bronca, cruel, inexorable. Como un destino. Dijo. No podía entenderla.

José Ángel Valente, en Fragmentos de un libro futuro

Me ha llamado tu muerte y ha colgado sin decir una sola palabra. Ni una puta palabra ha dicho tu muerte. ¿Qué pretendes con este maldito juego? Asúmelo: estás muerta. No puedes comportarte como si no lo estuvieras, o como si no quisieras estarlo. Cuanto antes lo comprendas, mejor para ti y para mí, mejor para todos, y mejor para esa tumba del cementerio de Montparnasse que te lleva esperando todo este tiempo, abierta, en la misma posición en que la dejaste, abierta, con ansia por llenarse de ti de una vez y poder gritar, aullar de dolor, de plenitud absurda, de escabarajos, de la mirada maloliente del enterrador, del sol que lo ciega todo, del hambre de cuatro o cinco rinocerontes. Me ha llamado tu muerte y esta vez ha susurrado algo en un idioma incomprensible, como del más allá, como un lenguaje de muertos inventado para la ocasión, como una transfusión cultural repentina entre oriente y occidente, como la democracia de tus ojos. Me ha llamado tu muerte y no me he puesto al teléfono. He sabido que era ella por la manera angustiosa de sonar el timbre, por ese ring que lo colma todo, por esa parafernalia de abogados criminalistas, por el negativo de la fotografía que nadie se atrevió a revelar. Me ha llamado tu muerte y he  aprovechado para pedirle perdón por todo, y cuando digo todo ya sabes a qué me refiero: pinchazo en la nuca, suplicio de verano, aburrimiento eterno de las agujas de un reloj que sólo marca la hora si tú estás, pero es lo de siempre, lo de casi siempre: estás muerta y punto, y es la última vez que te cojo el teléfono.





Los tacones de azúcar de Yolanda

19 08 2009

Esta noche viene a la ciudad una amiga con una maleta llena de poemas a los que ha dado forma de tacones de azúcar, y lo mejor es que nos ha prometido abrirla en la segunda planta de la Librería Gil, que es uno de pocos sitios de esta ciudad en el que pasan cosas divertidas.CARTEL_POETAS

Dice la información oficial que Yolanda Saenz de Tejada (que así se llama la protagonista de este post) es creativa y escritora, que está muy interesada en los temas científicos de actualidad, y que colabora con empresas que aplican sus diseños a la ciencia para conseguir una mayor calidad de vida. Su primer libro: ‘¡A Jugar!’ (Mondadori 2008, en colaboración con Eduard Estivill), ha obtenido un gran éxito y se ha traducido a varios idiomas. Ha publicado también ”El Camino del Sueño’ (Aras llibre 2008), una serie de normas higiénicas para dormir bien. Actualmente coordina varios proyectos culturales. Entre ellos, y esto ya lo digo yo, la maravilla de Poesía en el Palacio. También os cuento que podéis comprar sus Tacones de Azúcar con dedicatoria personalizada incluida.

Esta noche a las ocho me pasaré por la Librería Gil de Plaza Pombo para disfrutar de la poesía de Yolanda y de Noemí Trujillo, en una velada presentada por Alberto Santamaría: todo un lujo para esta ciudad en la que algunos confunden capitalidad cultural con pena capital para los locales en los que suena buena música, pero esa es otra historia, o quizá sea la misma…

Os dejo el enlace al blog de Yolanda para que vayais tomando un aperitivo y, con su permiso, copio aquí uno de sus poemas:

A mí,
que celebro cenar
sola
(tan acompañada)
con mi copa de vino
rojo delirio.

A mí,
que cuando era
niña
imaginaba que la
cortina de la ducha
me abrazaba.

A mí,
que vivo dentro de
este alma cuerpo
de hija progre
envuelto en piel
recién horneada y
aún caliente
de tanto sentir.

Y a mí,
que me revuelvo
en estas entrañas
que arden con
tu tentación maldita.
Que te dicen
mil veces que
no,
aunque en mis labios
se retuerza
-de inanición y muerte
segura-
el sí.





Hoy he visto a Ángel González

13 01 2009

Hoy he visto a Ángel González, en el mismo sitio de siempre, con ese gesto suyo tan típico, hoy he vuelto a ver a Ángel González, más o menos sobre la hora habitual, y le he escuchado eso de si yo fuese Dios haría lo posible por ser Ángel González y, ¿qué otra cosa podría hacer?, me he emocionado, me he emocionado absolutamente, me he vuelto a emocionar tercamente…

Y de la emoción han nacido unos versos, y en medio de la relectura de esos versos he vuelto a ver a Ángel González y he gritado su nombre diecinueve veces, he gritado su nombre diecinueve veces pero no me ha escuchado, y aún así se ha dado la vuelta y ha sonreído sin que su sonrisa tuviera más objetivo que el propio de sonreír, y ha conseguido volver a emocionarme, emocionarme absolutamente, emocionarme tercamente…

Y en medio de tanta emoción te he visto, Ángel, y he pensado, como Octavio Paz, que los poetas no tienen biografía, sino que los poemas son la biografía de los poetas, y entonces me ha parecido que tú, Ángel, tienes una biografía hermosísima, dolorosa también, pero hermosísima, porque: ¿qué es el dolor sino algo hermoso que nos permite levantarnos cada día y estar vivos?

Ángel, tú no has contestado, estabas allí pero no has contestado, y no me importa, casi lo prefiero, tengo tus poemas, no necesito nada más, tengo tus poemas y los leo, releo, escucho, reescucho, estrujo, deconstruyo, lamento, ciego, resuelvo, planteo, agradezco, te agradezco que tu biografía sea así de hermosa y posea ese dolor mágico que me da fuerzas, ese dolor que a ratos deviene en calmante, esa calma que también lucha por emocionarse, emocionarse absolutamente, tercamente…

Muerte en el olvido

Yo sé que existo
porque tu me imaginas.
Soy alto porque tu me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita…

Ángel González





Notas lisboetas (II)

10 01 2009

 

Los portugueses miran a las mujeres como los miopes: enfocando; se detienen el tiempo que consideran necesario para focalizarlas, se detienen un buen rato contemplando su objetivo y lo hacen sin pudor alguno, lo cual no parece reprochable: ¿qué problema puede conllevar la contemplación de la belleza?

 

Una ciudad decente es aquella que tiene un hospital de muñecas, donde hay gente que se dedica a cuidar de quienes te han cuidado durante la etapa más delicada, gente que se dedica a cuidar de quienes te han acompañado, fieles, sin reprocharte nada, durante toda la infancia, una ciudad decente tiene que ser aquella en la que hay un hospital de muñecas, y mejor si está en una plaza importante, grande, céntrica, de paso; que todo el mundo pueda darse cuenta y exclamar al viento: ¡Qué ciudad más decente!

 

Hoy estoy más contento aún, más contento que ayer y bastante más alterado, he bajado a desayunar todavía de noche porque algunas cosas saben mejor a deshora, por el momento sólo he comido fruta, no quiero castigar demasiado al estómago, y mientras comía fruta, y mientras leía 2666 de Roberto Bolaño, y mientras contestaba algún bonito correo ha amanecido en Lisboa, no del todo, pero ha amanecido, no se puede decir que haya una claridad dominante, pero ha amanecido, y sé que va a ser un gran día, porque es una buena forma de amanecer ésta de hoy, porque pasar de la noche al día comiendo fruta, leyendo 2666 y contestando un bonito correo me parece un buen preludio, y miro a la gente que desayuna a mi lado buscando su aprobación, o al menos su comprensión, o eso quiero pensar, y la busco porque estoy en Lisboa, y me parece justo, no haría lo mismo en Santander, no haría lo mismo porque allí no necesito —faltaría más— la comprensión y mucho menos la aprobación de nadie, y eso debe ser porque aquí, en Lisboa, aquí los edificios se parecen sobre todo a los tranvías: rectangulares, amarillos y con una ligera redondez en los extremos.

 

Estoy delante de la tumba de Fernando Pessoa y me siento más portugués que nunca y siento, también, un profundo orgullo de pertenencia a Pessoa y Portugal, y recito para mis adentros los primeros versos de Tabaquería y me encuentro con el poeta y le doy las gracias, por si no se las había dado hasta ahora, le doy las gracias porque es lo menos que puedo hacer en medio de esta sublime emoción y de este orgullo de ser portugués y de ser casi parte de Pessoa.

 

AUTOBOMBO: Os pongo el enlace de la entrevista que me hizo Guillermo Balbona y que salió publicada ayer en el De Marcha de El Diario Montañés, el suplemento para jóvenes creado por José María Gutierrez. Gracias a los dos por defender el periodismo con mayúsculas.





Notas lisboetas

8 01 2009

Desde la habitación del Hotel, que está muy cerca de Rossio, a un minuto de Rossio, se puede contemplar el Castillo de San Jorge, la habitación está muy bien, amplia, limpia y con un mini bar bien equipado. He salido a buscar un sitio donde comer y lo he encontrado en la Baixa, he pedido sopa alentejana y omelette a las finas hierbas, durante un instante de lucidez he podido ver a Pereira sentado unas mesas a mi derecha comiendo exactamente lo mismo que yo y leyendo un libro que no he acertado a saber cuál era, lástima.

Pessoa impasible, viendo pasar el mundo —que no pasa por él—, con la mirada altiva, como convencido de lo que está haciendo, recurriendo al dolor cuando toca, sin huir, yo puedo asegurar que Fernando Pessoa existe y que piensa que vivir no es necesario, lo necesario es crear, y yo pienso lo mismo, porque vivir es algo secundario.

Chiado revive tras el incendio, ha recobrado todo su esplendor, se ha superado a sí mismo, el café está rico, rico y caliente, la gente pasea, se para, pasea y se para, no hay muchas chicas guapas pero si aparecen, Chiado resplandece, como lo hace Lisboa en esos días que el sol parte en dos el Tajo, el Tejo como dicen aquí y dicen bien.

Me gustan los gls que pueblan Barrio Alto, me puedo sentir parte de ellos, me gustan los gls que pueblan Barrio Alto, le dan un toque de distinción y de libertad a Lisboa que es difícil ver en la gran mayoría de las ciudades de nuestra mierda de país tercermundista, me gustan los gls que pueblan Barrio Alto, porque siempre te saludan con una sonrisa en el alma, y en las buenas ocasiones, cuando ellos deciden, también te sonríen con los labios, con la boca, con esas bocas pequeñas que sólo se hacen grandes para comerse a besos y gritar palabras como Libertad o Dignidad, me gustan los gls que pueblan Barrio Alto, porque sin ellos Barrio Alto tendría de alto sólo su topografía y sería un barrio normal, como otros, o peor, estaría ya en ruinas, porque a ningún especulador le interesa el alma de las ciudades, me gustan los gls que pueblan Barrio Alto, porque siempre aciertan cuando les preguntas por un sitio concreto, porque se los conocen todos, porque los viven y los mueren, porque son de la misma calle, son de allí dentro, del bendito corazón de Barrio Alto y ahora no se van a ir nunca, y mejor, porque el día que se vayan Barrio Alto volverá a su mediocridad, retornará a un pasado pintado de gris, pintado de gris, gris como alguna gente que pasea por Barrio Alto y no saluda con esa sonrisa en el alma que es la más perfecta de las sonrisas, porque no se puede falsificar, no tiene copia, no tiene doble, es tan natural como la muerte.