No era la noche, era un complot

29 10 2010

Tengo indigestión literaria.

He descongelado un poco de caldo con el que he preparado una sopa de fideos. Luego he comido un yogur Danone Vitalínea Desnatado, natural.

La lluvia golpea con violencia los veluxes de mi buhardilla y hace tanto ruido que no escucho ni lo que sucede dentro de mi cuerpo. Mi mundo se viene abajo y yo soy el único superviviente.

Un tal Agustín Fernández Mallo me ha pedido que reflexione sobre unas fotografías. Recuerdo que en una aparecía Alfred Hitchcock señalando la casa de Psicosis; del resto me he olvidado a mitad de la sopa.

Hitchcock se atreve a cargarse a la protagonista a mitad de la película y le sale una obra maestra del entretenimiento y el horror de la que Perkins nunca pudo huir [Javier Ocaña, Cinemanía].

Como cada noche antes de irme a dormir, me asomo a la ventana para observar el hotel azul. Hay luz en la suite y eso me permite ver la silueta de un alienígena caracterizado como un hombre.

Decido seguirle el juego: Hay un hombre delgado en la suite. Hay un hombre delgado y feo en la suite. Hay un hombre delgado y feo en la suite que me mira con gesto amenazante a través del cristal de la ventana.



Me asusto y aparto la mirada. No era la noche, era un complot.

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Nadie bebe por el sabor

2 09 2009

Le escuché decir a Rachel Weisz en My Blueberry Nights, la película más occidental del maestro Wong Kar-Wai, que nadie bebe por el sabor, y se lo escuché decir justo después de ver cómo brindaba por su marido recién muerto con un trago de vodka que Norah Jones le había servido en un pequeño vaso de cristal transparente. El gesto que puso al beber afeó por un minuto su prepotente belleza, y pensé que aquella frase: «Nadie bebe por el sabor» era una frase bien cierta.

Llevo tiempo buscando algo nuevo que beber por la noche, y no sé por qué todavía no lo he encontrado, no he puesto demasiadas condiciones, no pido gran cosa: que no me siente mal y que me guste. Llevo mucho tiempo en este oficio y he pasado por casi todo: Licor 43, con cola, chocolate o cointreau; ginebra, de Larios a Citadelle pasando por MG, Beefeater o Hendriks; vodka, siempre Moskovskaia; y ron de todos los países productores del mundo, aunque sobre todo cubano: Havana 3 cola light ha sido mi último refugio. Y ahora me enfrento a una gran fatalidad: no me gusta nada y todo me sienta mal —y no quiero pensar que sea una señal para que lo deje, porque nunca he hecho caso de las señales, por eso no tengo ni tendré carné de conducir.

Siempre hay una excepción: me gusta y me sienta bien el Bloody Mary, pero no es una bebida para tomar por la noche, el Bloody Mary es para degustar entre las 6 p.m. y las 11:30 p.m., siempre que no hayas cenado todavía. Es un aperitivo, un entretenimiento, un acompañamiento solitario, un tentempié… Hay días que el Bloody Mary es una necesidad, un apremio, una obligación, un encuentro en la tercera fase… Lo comencé a tomar acompañado de ensaladilla rusa y brocheta de salmón y gambas, pero enseguida comprobé que aquél no era el camino correcto, que no había camino correcto, que todos eran una mierda de caminos, y que además ninguno llevaba a Roma, y si por alguna temeridad de la vida, uno lo hiciese, uno sólo, estoy seguro de que llevaría directo a la Roma decadente, a la Roma putrefacta, a la Roma que huele y sabe a diarrea mental.

Al escuchar a Raquel Weisz decir eso de: «Nadie bebe por el sabor» me vino a la cabeza el licor café, y recordé que, aparte de ser una botella que forma parte del paisaje de las mesas de cualquier familia decente de Galicia, es la bebida nocturna preferida de muchos jóvenes gallegos, así que me puse a pensar que quizá nadie bebe por el sabor, pero hay gente que bebe por identidad.





Está el día con cierta lógica

16 09 2008

Después de las interminables fiestas de Santoña, en las que me he reído mucho y bien —y cuando digo bien es bien, al modo de Nacho Vegas—, mi vida ha recuperado cierta lógica. Ayer fui al cine a ver Che: El Argentino. Me sorprendió ver la sala a reventar. Quizá la mayoría esperaba una película de acción —ya siento dudar de un repentino y general interés histórico o político—; pero Steven Soderberg nos obsequió con una buena ración de cine documental, didáctico: cine del bueno, con una arquitectura narrativa perfecta y un excelente desarrollo. La cinta colmó todas mis expectativas. Siempre tengo cierto reparo cuando se trata de películas sobre temas que han estado presentes en mi vida alguna vez —apunto aquí como información necesaria que con catorce años me imaginaba liderando la transición en Cuba y recuperando el espíritu del Movimiento 26 de Julio.

Soy muy exigente cuando veo una película de la que tengo el contexto interiorizado, y eso, a veces, me juega malas pasadas; pero Benicio del Toro —que ya no sé si siempre fue el Che o sólo lo ha interpretado en esta ocasión— está absolutamente espectacular: ayer me enamoré de él otra vez. Su parecido físico es evidente, y sencillo de alimentar: un gesto crudo y mucho maquillaje; pero lo complicado es hacer del Che en toda su plenitud como logra el actor puertorriqueño. Película absolutamente imprescindible en una cartelera llena de mediocridad.

Esta noche vuelve el Barça a la Champions, y las pintas de Murphys a la Celtics Tavern. Por lo que he escuchado los últimos días, debo ser de los pocos culés con ilusión por lo que se empieza a adivinar del proyecto de Pep Guardiola. Menos mal que he leído a Cruyff y pensamos más o menos lo mismo: creí que me había vuelto loco. Espero que en el partido de hoy contra el Sporting de Lisboa —ya siento que sea contra el equipo de la ciudad de Pessoa y Pereira—, además de jugar bien, marquemos tres o cuatro goles y la rigurosa afición blaugrana se enchufe, definitamente, al Barça de Pep. El fútbol lo agradecerá.

Y en esta cierta lógica, que viene acompañada de paz y de reencuentro, vivo estos días de septiembre, recuperando buenos hábitos —hoy he pasado por Gil a buscar unos encargos de palabras en versión original—, disfrutando del tiempo, del espacio, y es que está el día repleto de luz, oxigenado, vibrante. Está el día nuevo, como si no fuera de este mundo gastado. Está irreconocible, lírico. Está el día de una belleza casi violenta, que perfora las razones de la resignación. Acristalado y fugaz, como los recuerdos de las imágenes desde la carretera. Está como para quedarse en él, honrarlo, protegerlo de los peligros, muchos, que acechan en silencio, cobardes, llenos de odio. Está el día repentino, soliviantado de tanta humedad incontenida. Está el día entre azul y verde, plateado, sereno…





Talento cántabro en los Groucho

10 07 2008

Hasta ayer por la noche no había visto el largo de Nacho Vigalondo. Hasta ayer por la noche sólo había leído o escuchado diferentes opiniones, como siempre para todos los gustos, acerca de la película del director de Cabezón de la Sal. El caso es que pasadas las diez de la noche de ayer, después de una cerveza en la terraza de Los Girasoles (tan maravilloso entorno como nefasto servicio), Luis y yo nos íbamos de retirada a casa, y terminamos parándonos en la entrada de los Cines Groucho. Un rato antes, José Pinar había pasado por delante de nosotros como diciéndonos que ya estábamos tardando en verla, y unas horas antes, Juan Carlos Cubeiro me había dejado un mensaje de voz en el móvil en el que me decía que le había encantado la película. Me acordé de todo eso, me acordé también de cuando conocí a Nacho Vigalondo, de la ilusión que le hizo que le reconocieran en su tierra, en su casa, cuando todavía nadie estaba dispuesto a dar un euro para apoyarle en su carrera; lo recordé todo delante del pequeño escaparate en el que se anunciaba Los Cronocrímenes en la Sala 2. Y decidí que ya era hora de entrar. Y Luis pensó lo mismo. Y entramos.

En la Sala 2 había sólo dos personas, que con nosotros ya eran cuatro. Y una de esas dos personas era Eduardo Noriega. Y volvimos a mirar para asegurarnos. Y sí, era él. Y pensé que era una buena manera de ver la película de Nacho. En compañía de Eduardo Noriega. Seguro que a Nacho le hubiera gustado estar allí. Y creo que a Eduardo le hubiera gustado estar en la película de Nacho, haciendo de Nacho quizá. Pidiendo silencio como en Tesis, y que nos tuviéramos que agarrar a la butaca. Y José Pinar no estaba para verlo, porque había salido para decirnos con la mirada que no podíamos faltar esa noche al cine. Y le hicimos caso. Y Eduardo pensó lo mismo. Y fue.

Disfruté con la inteligencia de Nacho. Me reí. Repetí en varias ocasiones: «Este Nacho está muy mal, buff…» Creo que Eduardo Noriega decía algo parecido. Me divertí. Me hizo pensar. A ratos consiguió que me hiciera un lío, y otras veces que lo tuviera todo claro. O eso creía yo. Karra espectacular. Nacho interpretando lo que había que interpretar (no os quiero dar muchas pistas), que no es fácil. ¿Y Bárbara? ¿Qué decir de Bárbara? Cada vez que salía en la pantalla, Eduardo, su amigo, Luis y yo la mirábamos (la pantalla se reducía para abrazar sólo su contorno) y queríamos estar allí con ella. Haciendo un papel secundario. O de extras. Nos daba igual. Pero no es posible. Sólo hay cuatro actores, porque Nacho no quiere compartirla con nadie. El gran cronocrimen es que, al terminar los noventa minutos del metraje de la inteligente y arriesgada ópera prima de Nacho, Bárbara desaparece de nuestras vidas para siempre. Y al salir de los Groucho, ni siquiera estaba José Pinar para poder recriminárselo. Al irme, pude ver que Eduardo Noriega se quedaba esperando por si volvía.





Placeres de la vida

14 05 2008

Voy a recuperar temas de menor audiencia (no me apetece seguir batiendo récords de visitas gracias al morbo), pero que me interesan mucho más y me reportan, como ya he escrito en otras ocasiones, placer y felicidad. Ayer, después del trabajo, salí a dar un paseo desde casa hasta el Museo Marítimo; pronto me vi acompañado por una de las trombas de agua más espectaculares de los últimos tiempos. De vuelta a casa, con la ropa empapada, me di una reparadora ducha con agua caliente, comí un plato de puré de verduras y me senté en el sofá dispuesto a ver una película. Llevo (llevamos, en realidad) más de tres meses sin antena de televisión y, lejos de preocuparme, estoy encantado: escucho más la radio, leo más, veo más películas y estoy más tranquilo. Evito, así, la tentación de perder el tiempo delante de algún programa más o menos entretenido. Ayer vi La ley de la calle de Francis Ford Coppola. Una película hecha para el lucimiento de Mickey Rourke, que responde al brindis con una interpretación espectacular (la única que le recuerdo). La película es pura poesía, un perfecto sueño. Los diálogos son magistrales, pero lo mejor es el magnetismo de la voz de Rourke (VOS, por favor). 

Llevo un tiempo viendo películas muy seleccionadas, y así me voy a dormir pensando que hay pocas cosas que me sorprendan tanto como el cine. Y dentro de esas maravillosas sorpresas, en posición muy destacada, está François Truffaut. Le debo a Jon el descubrimiento, y le estaré eternamente agradecido. Me quedan muchas películas que disfrutar del genio francés (ya le he pedido a Jon que me deje el estuche con la filmografía completa), pero lo que he podido ver hasta ahora me ha embrujado para siempre. Aparte de inspirarme algún que otro relato, Truffaut produce en mí una sensación extraña, entre onírica y real, que me hace revolverme en el sofá con cada nuevo plano. No he visto rostros que expresen tanto como los que aparecen en sus cintas; en ocasiones, ya cerca del éxtasis, pienso que algunos de esos trabajados gestos los están haciendo sólo para que yo los contemple. Jules et Jim, Farenheit 451, La mujer de al lado, Los cuatrocientos golpes, La noche americana… Auténticas obras maestras del cine, verdaderas joyas, de imprescindible visionado para cualquier persona que tenga un mínimo de sensibilidad.

He sufrido un descenso (más allá de lo deseable) en la concentración necesaria para leer buenos libros, y me he propuesto hacer un esfuerzo para compatibilizar la instintiva tarea que ocupa, en estos tiempos, buena parte de mi cerebro, con la saludable dedicación a la lectura. Me engaño a mí mismo, y antes de dormir devoro algunos de Las historias en la palma de la mano, de Yasunari Kawabata, ciento cuarenta y seis relatos muy breves que no requieren, en pequeñas dosis claro, una entrega excesiva. El escritor japonés comparte espacio en la mesita con uno de los pocos escritores patrios de la actualidad que me interesan: Rafael Chirbes, y su Crematorio, una magnífica guía para tratar de entender estos últimos años de corrupción política y urbanística, negocios sucios y grandes enriquecimientos ilícitos, que han dado como resultado, entre otras tristes cosas, depredación de la costa (y lo que no es la costa) en nuestro país. Para completar el abanico literario, esta semana me acompaña de aquí para allá El lobo estepario, del alemán Herman Hesse (influencia de mein Schwester). Un libro extraordinario, digno de su autor, pero que necesita dedicación casi absoluta. Cada una de las líneas tiene vida propia, la de Harry Haller, la del autor, la de su permanente crisis espiritual…

¡Y qué mayor placer que unas buenas vacaciones! Las mías ya están reservadas. Me espera, cuando llegue de una vez el verano, un precioso piso en el centro de Cádiz, justo al lado de la Plaza de las Flores, y a un minuto del Campo del Sur. Perderme en las callejuelas del Pópulo, descansar en la Caleta, comprar verduras en el mercado de la Plaza de la Libertad, comer pescadito frito en la Viña, cruzar la bahía en el vapor… No quiero pensarlo mucho, porque tengo tantas ganas que se me van a empezar a salir por los huecos de la camisa, y a ver cómo lo explico. 





Media docena de pestañas

7 03 2008

   Una mañana, tras un sueño intranquilo, Íñigo de la Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el que casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto.
   Hasta los que fueron, en su momento, miembros de su disuelto club de fans, comentan resignados que, definitivamente, ha pinchado. Ya no vale con la belleza, por muy poética y entregada que se ponga V. Santiago. Tampoco sirve, a estas alturas, lo de hacerse la víctima, el humillado, o el ninguneado. Es una pena que sean esos los papeles que más le gusta interpretar, y el de gestor público no aparezca ni en los créditos. Esto es lo que pasa por dar clases de teatro en Miriñaque, en lugar de en La Machina: no hay color.
   Es el único alcalde de España —y seguro de Europa— que convoca más veces a los medios para criticar proyectos que realizan en su ciudad otras administraciones, en las que no gobierna su partido, que para presentar proyectos propios para esa ciudad. Últimamente —quizá temiendo que su antecesor pueda perder el acta de senador, y le dé por pasear, ocioso, por los alrededores de la Plaza del Ayuntamiento—, ha entrado en campaña, y lo ha hecho como un elefante en una cacharrería —no es el único, pero lo del otro hace mucho tiempo que no tiene remedio—, a destiempo, desproporcionado y vulgar. Ayer, ante la cansina insistencia, incluso hubo periodistas que se reprochaban, en voz alta, estar haciéndole el juego, dando excesivo pábulo a sus delirios.
   Paseando por las calles de la ciudad donde vivo, sueño con tiempos mejores. La Ley de la Atracción dice que conseguirás —atraerás— todo aquello en que concentres tus pensamientos; prometo, por tanto, no hacer objeción de conciencia. Ayer le comentaba a una amiga, que si Jean-Dominique Bauby pudo escribir La escafandra y la mariposa tan sólo abriendo y cerrando uno de sus párpados —el único movimiento que era capaz de hacer—, para cambiar las cosas de una vez en esta ciudad nos bastaría con media docena de pestañas. 





Bocados de cine y literatura

8 02 2008

Una vez recuperado, plenamente, de la resaca de las navidades y la gripe, parece que le voy cogiendo el truco a este nuevo año. Me ha costado un poco, pero lo he dominado y me hecho con el mando. Es agotador remar contracorriente; resta enormes esfuerzos dar pequeños pasos. Aún así, me siento con ganas —y me sobran fuerzas— de hacer grandes cosas en estos próximos meses. La búsqueda del equilibro personal es aún más complicada que la demostración del más difícil de los teoremas. Y es que en lo referido a los teoremas, al menos, partimos de un marco lógico. Como siempre, es básico distinguir lo importante de lo urgente.

En los últimos días —como principal contribución a mi causa personal—, he aumentado la dosis de exquisitos bocados de cine y literatura. En cuanto a películas, he visto XXY, 4 meses, 3 semanas y 2 días, y La estrella ausente, en los Groucho, y El prado de las estrellasExpiación en Peñacastillo. Quise ir a ver, también, La soledad, pero los científicos del Ayuntamiento la quitaron del cine Los Ángeles, unos días antes de que recibiera el Goya a la mejor película; aunque ahora vuelve a la parrilla comercial, por la puerta grande, gracias al premio gordo de la Academia.

El apartado literario ha mantenido —si no superado— el gran nivel de su hermana gran pantalla. Alta fidelidad, de Nick Horby; Diario de un mal año, de Coetzee; y Una novela de barrio, de González Ledesma, han compartido espacio y tiempo con la lectura sosegada de dos maravillosos clásicos: Lord Jim y Rojo y Negro. Hay que añadir, ya en el capítulo electoral, que el maestro Montaigne ha podido con todos y ha sido proclamado, después de una ajustada votación, Presidente de la República de mi Mesita. Esta noche, iré a ver el esperado estreno de No country for old men, con el oscarizable Bardem —por recuperar el respeto que le perdí al ver su interpretación del Florentino Ariza de Gabo—; aunque me dé un poco de miedo su cara de asesino. En realidad, me da más miedo Cañete y ayer tuve que soportar sus vómitos en todos los informativos.