J.

19 04 2010

J. piensa a menudo en ella, y el recuerdo de sus piernas abiertas le provoca siempre idéntica respuesta: se masturba de manera violenta, insana, hasta quedar exhausto y sin semen. Después: arrepentimiento. Ella no piensa nunca en J., sólo cuando se lo cruza por error o azar en alguna de las calles del barrio en el que convivieron durante doce años. Los últimos cinco, aunque suene a tópico, fueron un infierno. Todo permite un millón de justificaciones y análisis, pero está más o menos demostrado que J. empezó a beber, a beber más, a beber mucho al perder su empleo de programador informático en CIT. Fue uno de los miles de afectados por el ERE que presentó la multinacional americana el año en que perdió el 45% de su facturación. J. no quiso buscar trabajo. Sólo quería beber y maldecirlo todo, maldecirla también a ella. Y ella no quería nada, salvo que J. se fuese de su vida lo antes posible. Lo antes posible fueron cinco años sobre los que ni siquiera la literatura puede actuar. Es mejor dejarlo así, no vayamos a perder la poca confianza que nos queda en el género humano.

J. es un despojo. Él lo sabe. Volver a casa de sus padres, ancianos ya, le remató del todo. Se había bebido todo el subsidio y un juez, diligente como pocos, ejecutó el desahucio exprés para alegría de su casero. La primera noche en su habitación de adolescente se meó en la cama. La segunda se masturbó pensando en la mujer encargada de limpiar el portal, a la que sólo había visto una vez y de espaldas. La tercera cogió cien euros de la cartera de su madre, cerró dos o tres bares y terminó durmiendo en la playa. La cuarta lloró como un niño al que no le dejan ver su serie de televisión favorita. La quinta soñó con ella y ya no pudo más: explotó. Se despertó temblando de frío, con la sensación de haber dormido sobre unos bloques de hielo, se puso la ropa del día anterior, y salió a la calle a buscarla. Tenía algo importante que decirle y no podía demorarlo más. Gritó su nombre en la puerta de un par de peluquerías, golpeó con los nudillos en la cristalera opaca del Café Nuevo, caminó horas y horas por todas las calles conocidas y algunas desconocidas (no reconocidas), y nada; recibió la noticia de su ausencia con cierto alivio, como si en ese instante se hubiera dado cuenta de la idiotez que estaba a punto de cometer. Después: paz interior.

No volvió a beber hasta la semana siguiente. Todo un logro para un enfermo. La recaída vino acompañada de unas horribles náuseas que le hicieron vomitar hasta su segundo apellido. J. está acabado. Él lo sabe. Ha aprendido un truco para descongestionarse: trata de pensar en gente que esté todavía peor que él, pero ni esforzándose mucho lo consigue. O no hay nadie o no los conoce. En cualquiera de los dos casos: sin consuelo. Ayer recibió una notificación del juzgado. Su madre, harta ya de todo, le había denunciado por robo. J. ya no sabe qué pensar. La parte del mundo que no se le había venido encima lo hace de repente y con horrible estruendo. Aún así, cree que puede convencerla para que retire la denuncia. Una madre no puede delatar a su hijo por muy hijo de puta que sea, reflexiona en voz alta. J. da pena. Él lo sabe. Y ahora lo saben también en el juzgado. Y lo sabrán en la prensa. Y pronto en todo el país. J. entiende que ha llegado la hora de acabar con su vida. Coge el único cuchillo afilado que encuentra en la cocina y con un movimiento gimnástico de indudable belleza lo introduce en el estómago de su madre, que le mira, con profunda amargura, por última vez. Después: reza un padre nuestro.

Anuncios

Acciones

Information

2 responses

19 04 2010
micromios

Entre todos, incluido él mismo, crearon el monstruo.
No me gusta hablar ni de culpables ni de inocentes, algunas vidas son un castigo y vivirlas un infierno
Salut

19 04 2010
letrasdeagua

Este me parece terrible por lo que le encuentro de meritorio al tiempo: esa tan heladora frialdad (si me equivoco rectificas por favor). Supongo que es pretendido el efecto: cuando parece que ha decidido poner fin a su propia existencia ….. muy logrado. Es espantoso pensar por una millonésima parte de un segundo aunque sea en esa última mirada de una madre quebrada por una inabarcable (*) desolación. No me gustan las historias oscuras ni los finales infelices pero me sigue gustando mucho, pero mucho, leerte. Un abrazo.

(*) es la palabra del día por motivos que no han al caso

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: