Mi traje de detective salvaje

26 01 2010

Hoy he soñado con Lima y Belano, he soñado que aparecían una noche en mi casa, los dos muy delgados y con el pelo aún más largo que cuando les conocí (recuerdo que me los presentó el poeta García Madero una tarde de marzo en la que terminamos vagando por las calles del DF), he soñado que comíamos sopes, bebíamos algo de vino y hablábamos durante casi toda la madrugada, ¿de qué hablábamos?, pues de la poesía mexicana, del pinche de Octavio Paz, de las revoluciones pendientes, de María y Angélica Font, de todos los real visceralistas, de Felipe Müller, hablábamos también de Chile, de España (ahí fue cuando Belano nos contó su experiencia como vigilante de un camping en la Costa Brava), hablábamos de todo y hablábamos de nada, y luego ellos se iban, sin decir palabra, sin enseñarme sus poemas, sin enseñarles yo los míos, tanto mejor para la poesía latinoamericana, pensé, pero me hubiera gustado escuchar a Ulises Lima, con esa pinta de mendigo errante, escuchar de sus labios, por ejemplo, qué pasó en Managua, en la Managua sandinista, en aquel viaje de poetas mexicanos infestado de poetas campesinos, pero no dijo nada, se fue con Belano, Ulises Lima se fue con Arturo Belano, y yo me quedé solo, sentado a la mesa de la cocina, con los platos todavía por recoger, sin un mísero vaso de vino que llevarme al alma, y entonces me eché a llorar, no sé muy bien por qué, pero me eché a llorar, y no pude parar hasta que un tímido haz de luz me anunció que afuera ya había amanecido, lo hice, dejé de llorar, y justo en ese momento escuché el timbre de casa, entonces me sequé como pude las lágrimas (me las sequé con la manga derecha de mi camisa, pero queda más literario me sequé como pude), fui a abrir y allí estaba él, allí estaba Roberto, en persona, fumando un cigarro (seguramente sería ya el quinto o sexto del día), y me dice, ¿puedo entrar?, y yo le digo, claro, entra, Roberto, pero en realidad quería decirle que no, que no podía entrar, porque no me apetecía que descubriese los restos de mi encuentro con Lima y Belano, y entonces él me dijo: ¿Pasa algo?, te noto raro, y yo le dije: No, no, nada, sólo que no he dormido bien, que no he dormido, que necesito  tomarme un café con leche y echarme en la cama a descansar un poco, descansar de la vida, seguramente, pero no tengo ni café ni leche, y le he dicho también que lo mejor sería ir a la calle Bucareli, al Café Quito o al Encrucijada Veracruzana, y él me ha dicho vale, me parece bien, pero antes déjame que te diga una cosa, y entonces me ha dicho: Lima y Belano murieron hace ya dos años y medio, y al decirlo ha dejado de mirarme a la cara y, de pronto, se ha puesto a recitar unos poemas que, lo admito, no me sonaban de nada, y, conociendo a Roberto, enseguida he pensado que serían de Lezama Lima, o de Borges, no, no, en ningún modo de Borges, porque si fueran de Borges los hubiera reconocido, el caso es que se ha puesto a recitar esos poemas y entonces me he quedado tranquilo y me he dado cuenta de todo, o de casi todo, y ayudado por un gesto extraño de mi mano me he despedido de Roberto, él ha bajado las escaleras del portal fumando el octavo cigarrillo y yo he seguido leyendo Los detectives salvajes un rato más.

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2 responses

27 01 2010
Escéptico

Este año es el centenario del “gordo” Lezama Lima. Estoy intentando que alguien lo recuerde con algún acto. Un poeta muy complicado, pero merece la pena. Tengo en casa los tres tomos de su antología de poesía cubana.

27 01 2010
Raúl Gil

Tengo ganas de leer “Paradiso”, pero no sé si será fácil de encontrar…

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