Un lugar para emocionarse (a pesar de todo)

10 12 2009

Un lugar para emocionarse. Con esa frase termina el vídeo corporativo, realizado con mucho orgullo y buen gusto, que proyectan al principio de la visita guiada al Palau de la Música Catalana, en mi opinión, el edificio más maravilloso del modernismo catalán, obra del arquitecto barcelonés Lluís Domènech i Montaner. Es la segunda vez que hago la visita y creo que la voy a convertir en una tradición de mis viajes a Barcelona, porque no me canso de contemplar ese increíble edificio construido en tan sólo tres años, en el que un arquitecto dejó de ser humano para convertirse en un Dios creador.

Me da mucha pena que, en los últimos tiempos, el Palau de la Música Catalana, que nació el nueve de febrero de 1908 como sede del Orfeó Catalá con el objetivo de difundir por igual la música catalana y la universal, sea noticia por un caso de corrupción protagonizado por el ya ex Presidente de la Fundació Orfeó Català – Palau de la Música Catalana, Félix Millet, bisnieto de uno de los dos fundadores del Orfeó Catalá, el otro fue Luis Vives, e hijo del que fuera presidente de dicha institución entre los años 1951 y 1967. ¿En qué estaría pensando este hombre cuando decidió manchar para siempre el nombre de la institución y de su familia? ¿No tenía suficiente con su fortuna y su posición? Lo pienso y se me pone la carne de gallina y no entiendo nada.

Me dan mucho asco las personas que se aprovechan de instituciones, siglas y organizaciones tan importantes, con prestigio, necesarias y queridas por la gente para cometer sus actos delictivos. Me dan mucho asco las personas que se aprovechan de la buena fe de otras, de su compromiso, del trabajo voluntario y de unos determinados valores para enriquecerse, para aumentar el volumen de su cuenta corriente. Me dan mucho asco. Lo sucedido en el Palau de la Música Catalana es un triste ejemplo de ello, pero hay muchos más, y como militante de un partido del que me siento muy orgulloso considero que no puedo mirar para otro lado.

El PSOE es también un lugar para emocionarse (a pesar de todo). Pablo Iglesias nos fundó el 2 de mayo de 1879 para ser útiles a la gente y no a nosotros mismos. Nos fundó para solucionar los problemas de los trabajadores y no los nuestros. Hemos heredado la tradición de compañeros que han luchado, que han muerto, que lo han dado todo por unas ideas, y podemos estar satisfechos porque todos los avances sociales que han ocurrido en nuestro país han venido de la mano de los socialistas. Hemos ampliado derechos y libertades, hemos terminado con muchas discriminaciones y hemos consolidado numerosas políticas progresistas pensando en las personas que más necesitan de lo público. También hemos cometido errores, lo hemos hecho mal, y ha habido gente, y sigue habiendo gente, que deshonra nuestra historia y nuestras siglas con su comportamiento.

Las personas pasan pero las ideas y el partido permanecen. En el año 1900 nuestros compañeros de las Agrupaciones de Santander y Astillero, que defendían con pasión a los trabajadores de las minas de La Ciega, La Cabrita, La Crespa, la del despeñadero de Solares o la de Heras, ya se enfrentaban a patrones con nombres ilustres como Modesto Piñeiro. Los que ahora militamos en el partido no somos nada, o casi nada, comparado con la historia de tantos hombres y mujeres que han honrado unas siglas que significan tanto que no se puede expresar con palabras. Por eso, ante determinados comportamientos, no vale permanecer pasivos. Ser socialista significa sobre todo luchar contra las injusticias, y aprovecharse de unas siglas, de una historia, de unos valores y de un batallón de gente comprometida en provecho propio es muy injusto.

El otro día, justo después de la visita al Palau de la Música Catalana, justo cuando estaba empezando a escribir en mi cabeza estas palabras que ahora vuelco en el blog, veía como la guardia urbana de Barcelona perseguía a un grupo de chicos africanos, que huían con el miedo en el rostro y con un saco lleno de bolsos de imitación de esas marcas tan conocidas como inasequibles para el bolsillo medio. Contemplaba esa escena y me indignaba profundamente al darme cuenta de que éste continuará siendo un mundo muy injusto mientras los que venden bolsos de imitación para poder comer sigan huyendo de la policía y, al mismo tiempo, haya gente como un tal Salvador Blanco que siga sentado tranquilamente en su desproporcionado despacho de la planta noble de un bonito edificio, que también se construyó en tres años (yo tuve la suerte de verlo crecer poco a poco), y que debería ser mucho más tecnológico que otra cosa…

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