Miro el techo que hoy ha vuelto a gotear

29 11 2008

Miro al techo que hoy ha vuelto a gotear,
hacía tiempo que no llovía así,
y cada gota golpeando contra los cacharros de metal
me hace pensar unas veces en sangre y otras veces en ti,
lo que en realidad viene a ser lo mismo,
lo que por crueldad ahora viene a dar igual…

Ocho y medio, NACHO VEGAS

Aunque al final de esta terrible canción Nacho Vegas diga: «dentro de este horror no hay literatura», me apetece desafiar su sentencia y escribir alguna cosa más o menos coherente mientras la escucho una y otra vez. Escribir aunque el dolor que vierte el aparato de música me resulte insoportable. Escribir aunque pueda imaginarme a Nacho Vegas —casi puedo verle si aprieto los ojos— desgarrándose mil veces al tiempo que dibuja los garabatos que terminarán uniéndose en la maravilla de Ocho y medio. La maravilla del absoluto dolor. La maravilla del dolor absoluto. La maravilla de la muerte en vida. La maravilla de una vida muerta.

Escucho la armónica que trata de rebajar la sobredosis de barbitúricos y pienso que no querría estar en la piel de Nacho. Aplaudo su transparencia, alucino con su capacidad para contarlo todo y contarlo así, pero que nadie me pida que yo haga lo mismo. No creo que nadie quiera destrozarse de esa manera. Yo no quiero, pero soy tan egoísta que me encanta que Nacho lo haga. Me reconforta. Me siento bien. Me duele pero no es mi dolor y así es mucho más fácil, más sencillo, así es mucho más digerible. Siempre nos reconforta el dolor ajeno. Somos así de hijos de puta. Y si encima el dolor ajeno viene escrito en tonos menores es aún mejor. En tonos menores todo es más emocionante, por tétrico, por sombrío, en tonos menores todo es más trágico.

Nacho tiene esas cosas, le gustan los tonos menores. Eso debe pensar la gente. ¡Qué cojones le van a gustar! No le queda otra. Si sufres estás abonado a los tonos menores. Además, no creo que El Maestro sea adicto al sufrimiento, simplemente sufre y nos lo cuenta con la naturalidad de un muerto. Y lo hace de manera tan bella que nos libera un poco de nuestro propio sufrimiento. Es la mejor medicina, aunque en pequeñas dosis: no es recomendable abusar del dolor de Nacho Vegas. Con su último disco, El Manifiesto Desastre, ha culminado con saña la Gran Trilogía del Sufrimiento: Ocho y medio, El ángel Simón y Morir o Matar. Prueba a escuchar la Gran Trilogía del Sufrimiento seguida, sin ninguna pausa, y luego dime si no te apetece suicidarte un poco, luego dime si no te entran ganas de lanzarte al vacío, o dejarte caer sin más, porque el vacío es precisamente el lugar donde tiene lugar el milagro musical de la Gran Trilogía del Sufrimiento.

Hace frío, mucho frío. Estoy helado. Hay canciones más duras que el hielo de la Antártida. Hay canciones más duras que la muerte. Hay canciones que se instalan en tu vida y no puedes expulsarlas. Hay canciones que producen adicción. Hay canciones con las que experimentas el dolor verdadero, sin necesidad de nada más. Hay canciones que refuerzan nuestra adicción al dolor ajeno. Hay canciones que son los mejores catalizadores de las emociones más ingratas. Hay canciones terribles que si las escuchas cuarenta y siete veces seguidas dejan de ser terribles. Y es que nos acostumbramos a todo. Cuando llega la vez número cuarenta y ocho casi puedes bailar y deshacerte del dolor. Es lamentable, pero es. Así somos, ¡bah!

No sé si es peor no saber pedir perdón o pedirlo demasiadas veces. No encuentro la respuesta en Ocho y medio. Debe ser una de las pocas cosas que quedan sin resolver en una canción que se extiende durante seis minutos y cincuenta y tres segundos. Ahora la estoy escuchando hacia atrás, en velocidad 2X. Sigue sonando a dolor intenso. Además, resulta todo mucho más desordenado: la música logra más protagonismo porque la letra se amontona y, como lo que escuchas pierde parte de su sentido, terminas estando más pendiente de los inquietantes arpegios. Si escuchas la canción hacia atrás la música termina dominando a la letra. No quiero vivir bajo esa dictadura, y me jode que eso pase con el noventa y tres por ciento de las canciones que oye a diario esta humanidad trastornada —¡cómo no estarlo! «Y ahora que te oigo llorar, en lugar de ir hacia ti, me vuelvo a anestesiar y me limito a subir el volumen del televisor, o me concentro en recordar, para no pensar en ti, que tendría que llamar… que alguien venga a reparar la gotera de una vez.»

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2 responses

2 12 2008
Escéptico

Lo jodido de tipos como Nacho Vegas es el contraste entre lo atractivo de su obra y el desgarro que produce conocer los jirones que le ha dejado la vida

2 01 2009
Mariana

Que buen blog, me he sentido como en casa. Muchas gracias por obsequiarnos tan bonito relato, nos leemos pronto.

http://gymbrainstorming.blogspot.com/

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