Tomando posesión

11 08 2008

Por la ventana de mi acogedora buhardilla entra algo de aire fresco. Se agradece, por el alivio momentáneo; pero también porque todavía siento en mi piel la presión del intenso calor de la tarde de ayer. Hoy es un día no laborable en El Escorial, que está inmerso en sus fiestas patronales. Esta noche ha debido ser larga para las almas noctámbulas. Desayunando he escuchado a gente comentar que le ha sido imposible dormir por el ruido (sic) de la música. Yo no me he enterado de nada. Al cansancio del viaje, el calor, y el déficit de sueño le sumé un cero en el marcador de café.

Me han dado la misma habitación que en mi última visita, hace nueve años. Pequeña y práctica. Con una cómoda cama individual, un sillón hecho para disfrutar de la lectura, un armario empotrado en el que desordenar mi ropa, un baño sencillo y un escritorio en el que acomodar el ordenador y los libros. Domina mi librería portátil el escritor que me ha traído hasta la montaña madrileña: Antonio Tabucchi. Él es el protagonista, el hilo central de todo lo que aquí pase durante esta semana; pero por ello no va a dejar de ser la sombra de Pessoa —he colocado sus libros en posición horizontal, protegidos del sol por los del poeta portugués—. Han querido acompañarme en este viaje mi amigo Enrique Vila-Matas y el padre de casi todo esto: Franz Kafka.

No recordaba como era el pueblo de El Escorial y me he llevado una sorpresa muy agradable. Construido en torno al Monasterio, en su centro —en el que casi se puede tocar la tranquilidad— dominan las calles peatonales, los equipamientos culturales y las terrazas a la sombra en las que combatir las altas temperaturas. El gran número y variedad de hoteles y restaurantes me hace pensar que es un destino apreciado por una determinada gente que piensa que el verano no es sólo playa. Yo pienso así; pero no me veo pasando mis vacaciones en El Escorial. Interminables cuestas y calor sofocante no es un binomio que me resulte demasiado atractivo.

Esta mañana, pronto, muy pronto, he salido a correr —no todo va a ser cultivar la mente— y en mi camino he visto varias señales anunciando que estaba en la dirección correcta para llegar al infame valle de los caídos —qué manía tengo de moverme siempre en territorio hostil—. Aunque peor ha sido no encontrar en todo el trayecto más de doscientos metros sin pendientes. Las piernas sufren, da igual que sea hacia abajo que hacia arriba, aunque es cierto que cuando hay que subir se suda más. A ambos lados de la carretera urbanizaciones privadas de pomposos nombres, impecables, ensimismadas y cerradas a cal y canto, en las que los seguros —y no tan libres— madrileños encuentran la paz —el aburrimiento— que hace tiempo perdieron en la capital. Prometo que nunca viviré en una urbanización de existencias pareadas; la vida ya está demasiado desnaturalizada como seguir restando.

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2 responses

11 08 2008
Luis

Como ya sabes, Pereira sostiene que nada como la limonada para el calor, aunque él la tomase en lisboa y sin azúcar ,por prescripcíón medica.
De los pareados y del infame valle, mejor no añadir más. Al fin y al cabo, poco tienen que ver con el hilo de esta historia.
Disfruta del curso y de la buhardilla, que no todo va a ser hacer deporte.

15 08 2008
Raúl Gil

No hay limonada que sacie la sed de vivir a Antonio Tabucchi. Confieso que me he quedado algo vacío con el final del curso.

El mejor resumen es que la persona ha superado al escritor, y eso parecía casi imposible.

Grazie mile caro Antonio!

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