¿Por qué Cádiz?

18 06 2008

El lunes por la noche, mientras degustaba un pollo andalusí en La favorita, un local de moda en el Barrio del Pópulo, alguien me preguntó cuál era la razón de haber venido seis veces a la Tacita de Plata en el último lustro. ¿Por qué Cádiz? La pregunta me cogió de sorpresa, y sólo supe balbucear un inconsistente: «No sé, por todo». Al día siguiente, fui encontrando —sin buscarlas— todas las respuestas que querría haber dado la noche anterior: Me levanté temprano. Es una de mis manías en vacaciones. Sé que es molesto para quien comparte dormitorio conmigo; pero a las siete en punto abro los ojos y, sin demasiada dificultad, comienzo la jornada. Sin tomar nada, salí del apartamento para dar un largo paseo. Recorro la pequeña calle Abreu para llegar al Campo del Sur —el malecón gaditano—; dejo atrás Puerta Tierra —límite entre Cádiz: el casco histórico, y extramuros: la ciudad nueva— y camino todo el largo de Playa Victoria hasta Cortadura, la playa que separa la capital gaditana de San Fernando. De vuelta al apartamento, tras casi dos horas de saludable paseo en el que he desafinado alguna de las canciones del mp3, paro en una tienda del barrio y compro pan y jamón cocido. Allí me entero que Abraham Paz ha fichado por el Legia de Varsovia. «Que tire muchos penaltis», dice con sorna uno los clientes. La gente sigue conmocionada por el descenso del equipo amarillo a 2º B. Recuerdo una letra mítica de la chirigota de Manolito Santander: «Y aunque reciben a cambio / todo un calvario de decepciones, / amarillo se pintan la cara, / amarillos son sus corazones; / han dado su vida y sus gargantas / siguiendo donde haga falta / al Cádiz de sus amores».

Compro El País y El Mundo Deportivo, me ducho y preparo un desayuno con sandía, zumo de naranja, pan con tomate, aceite, jamón cocido y café con leche. El apartamento está recién reformado y tiene vistas al mercado de la Plaza de la Libertad. De techos altos y paredes blancas, destaca un amplio salón con una galería y un balcón que dejan entrar todo el sol de la mañana. A través de una de las ventanas llega el murmullo de la calle. Es incesante. Como si la gente, los animales y las cosas quisieran dejar claro que están ahí: gritos, ladridos, hormigoneras, pío píos, frases ingeniosas, taladros, diálogos entrecortados… En las calles peatonales de los barrios de las ciudades, la gente recupera su espacio natural. Baja al portal, conversa, ríe, camina decidida, compra en la tienda de la esquina, saluda a los conocidos que pasan a su lado… En esas calles se pueden apreciar sonidos en peligro de extinción. Como la nota desafinada de una puerta metálica sobre un suelo de mármol, que se abre y se cierra despacio, enfatizando su propia existencia. Y lo hace poniendo en valor que en la vida hay otras cosas, y que nos las estamos perdiendo por las prisas, por la llegada, una vez más, de la modernidad. El grito de esa puerta es una llamada de atención. Quizá más que eso: un lamento por lo que adivina que vendrá, y sabe que es imparable y terrible.

Al terminar el reparador desayuno, y después de conocer los planes de Pep Guardiola —talento e ideas claras— para la temporada que viene, me pongo el bañador y me voy a la playa de La Caleta, con una toalla verde y azul y El mal de montano de Enrique Vila-Matas en la mochila. En menos de diez minutos, cruzando el corazón del Barrio de la Viña, llego a la única playa del mundo en la que hay que entrar por una puerta. Intento poner tono a la maravillosa letra de Antonio Martín: «Es el embrujo sobrenatural / de esa diosa del mar / que se llama Caleta, / que adormecida en su soledad / se va haciendo inmortal / sin que nadie lo sepa. / Su viejo faro relevo del sol / por la noche es timón / para los marineros, / viva la suerte de poder gritar / contemplando su mar / yo nací caletero». No he nacido caletero; pero puedo entender el sentimiento que esa pequeña playa y sus barquitos provocan en los gaditanos.

Después de pintarme de dorado —me he echado protección del treinta, mamá, no te preocupes; por cierto, como puedes leer estoy en Cádiz, espero que no te moleste enterarte por el blog, es lo que tiene esta Era 2.0—, vuelvo a la calle Abreu para dar cuenta de una ensalada de pasta con bonito, maíz y tomate, y así coger fuerzas para sumergirme en la lectura de Castellio frente a Calvino de Stefan Zweig. El humanismo en su lucha contra el fanatismo. La libertad frente a la intolerancia. El debate de siempre, aún sin resolver. «Matar a un hombre no será nunca defender una doctrina, será siempre matar a un hombre», quizá la frase definitiva de Castellio, digna de aplicar a tanta barbarie acumulada en la historia de la humanidad. Un buen tema para reflexionar en una ciudad trimilenaria y constitucional como Cádiz.

Hay dos Cádiz. Del mercado a la zona portuaria, la parte noble, cuidada, comercial, rica. Del mercado a La Caleta, la que se cae, la de las infraviviendas, la del Carnaval, la de la gracia a pesar de todo. Me paro en el número diecinueve de la calle Ancha, donde está la Librería Quórum, para comprar un moleskine de verano —más fino y manejable—. Sigo hasta el Atlántico, para disfrutar de la puesta de sol con Luis García Montero. «Porque tal vez la vida / sólo nos quiere dar / aquello que después sabe quitarnos». ¿Es posible calcular la distancia que hay de aquí a la línea del infinito que dibuja el océano, llegar hasta ella, mirar atrás y vernos? ¿El infinito es sólo un punto o es una sucesión de puntos? En la zona de la calle San Francisco están El show de las tapas y La gorda que me da de comer. He pedido cebiche de perca con salteado de arroz salvaje y verduras, y lo acompaño de un vino de maceración carbónica. ¡Este vino es jarabe de vino! Me fijo en ellas, las gaditanas. Son más que ellos, en todos los sentidos. Les solapan, les colman. Les llenan de sí mismas. Se imponen en un mundo masculino. Vencen la batalla de los sexos. «Y en su vientre un continente / que allí se descuelga del mapa / igual que si fuera el corazón / sin latido de un hombre / que aparece y que luego se esconde / de verla tan guapa», Juan Carlos Aragón aparece para recordarme que todavía queda algún poeta en el Carnaval. Vuelvo al Barrio del Pópulo, al lugar donde me hicieron la pregunta que ha motivado estas mil y pico palabras, y en el mítico Pay-Pay me tomo un Havana 3 cola light mientras pienso que Pedro Juan Gutierrez debería escribir la segunda parte de El rey de la Habana, ambientado esta vez en Cádiz. Le presto las notas que no he podido usar aquí.  

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6 responses

19 06 2008
elmonoloco

Qué envidia más cochina….no dudo de que lo estás disfrutando al máximo. Por aquí ha caído una lluvia de billetes de 500, nos han reducido la jornada hasta las 12 del mediodía con lo que podemos disfrutar de un libro, un vino y unas aceitunas en una terraza, me paso la mitad del día en la playa…. tu te lo pierdes jajajajajajaja !!!

Ayyyyyyyy necesito vacacionesssssssssss !!!!

19 06 2008
Jorjuco

Buenas,
Suscribo lo de elmonoloco…envidía.
Ayer le pregunté a ruthy si te habías comprado una casa en Cadiz?…….deberías.jeje

19 06 2008
Raúl Gil

No quiero daros más envidia pero me acabo de pedir cazón en adobo y pez espada.

Ya me gustaría tener piso en Cai. Estoy pensando en quedarme y darle un poco de guerra a la Teo, que la veo demasiado suelta.

21 06 2008
JP

Cantabria parece el sur este fin de semana… disfruta del viaje.

Saludos,

JP
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23 06 2008
escéptico

Picha, mucho cachondeo con lo de tu pirada a Cai y el resto del personal por aquí currelando. A Valencia tenías que haber ido de peregrinación este fin de semana, que ya es hora de que seas un hombre de provecho y no un mandanga de chanclas, toalla y playa

24 06 2008
Raúl Gil

Calla, calla, que ya estoy de vuelta en la grisura santanderina. ¡Que santa depresión! Me quedo con mis chanclas. De peregrinación habrá que ir el 4 de julio a los madriles to the pepeblanco´s show.

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