Nos queda la lluvia y Vila-Matas

18 03 2008

   AL ESCUCHAR la lluvia romper contra el suelo de la calle, las ventanas de casa y el tejado del edificio, me puse a recordar que, diez horas antes, un gafe había pedido a los meteorólogos rigor en las predicciones que hacen para Cantabria: “Dicen que va a llover y hace un sol de justicia”. Pues, menos mal. La lluvia ha silenciado el resto de ruidos típicos de la mañana. El estridente despertador que se repite. La radio al encenderse con las primeras noticias. El exprimidor fabricando el zumo reparador. El microondas calentando dos sorbos de leche. La cafetera expulsando el líquido repleto de cafeína. La cuchilla contra la piel semicurtida. El silencio cuando hay silencio.
   Ayer me quedé dormido, varias veces, en el sillón leyendo el último libro de Enrique Vila-Matas. Con eso quiero decir que tenía mucho sueño, no que utilice al singular escritor catalán de somnífero. En la previa, la sincronicidad de la que habla Pesquera se superó a sí misma, ya que, a la misma hora, Luis buscaba en la misma librería el mismo libro que yo —¿será por escuchar la misma emisora de radio el mismo día?—. Para mala suerte suya —y buena mía— quedaba un ejemplar. Como leía con un sólo ojo abierto —el interés luchaba contra el cansancio—, no sé si recuerdo exactamente la frase que le atribuía Vila-Matas a la escritora que fue su casera en París, en sus años de aprendiz de escritor. Venía a decir Marguerite Duras que “escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiéramos”. Me gusta más aún lo que cuenta, al respecto de la cuestión, Truman Capote en su prólogo a Música para camaleones: “Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal”.
   Como casi todos los días, el embrujo se deshace en cuanto vuelvo a la normalidad de la vida diaria: al traspasar la puerta de casa y notar, de golpe y en el rostro, el manifiesto de la irracionalidad. Me gustaría refugiarme un rato más, o unos años más, entre las cuatro paredes blancas en las que sólo pasa lo que yo decido que pase. Y dentro de eso, sólo pasa lo que yo decido escribir. Escribir —dice el autor de El viento ligero en Parma— es corregir la vida, aunque corrijamos una sola coma al día; es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la horrenda vida auténtica. Si en el Tibet, Irak, Palestina, o Guantánamo pudieran corregir su propia vida escribiendo, no dudarían en hacerlo. El problema es que, a veces —sólo a veces—, los misiles son más certeros que los lapiceros, y las balas más poderosas que la imaginación.

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