Ley D´Hont y trastornos del sueño

9 03 2008

Casi no acertó a darle la vuelta al móvil, mostrando la pantalla para ver la hora que era: las cuatro de la madrugada. Helado hasta los huesos decidió levantarse a encender la calefacción con la intención de seguir durmiendo un rato más, envuelto en un calor tan artificial como certero. Esa noche nadie llamó a la puerta de su casa. No sonó el teléfono, ni escuchó sirenas en la calle cerrada. Esa noche estaba solo. Sin ruidos, sin nada. La intranquilidad se había adueñado de cada una de las partes de su cuerpo, empezando por el cerebro que era, como siempre, el culpable de todo. En ayunas, porque no era capaz de tomar nada, cogió el libro que aguardaba tiempos mejores en el cajón próximo a la cama. Lo abrió, guiado por el separador promocional de un bestseller, por la página setenta y comenzó a leer con voz queda, temiendo que alguna de las palabras le perturbara aún más.

Cuenta Philippe D`Argot, en su Historia secreta de la Segunda Guerra Mundial, que cuando una mañana de enero el ejército ruso entró en Auschwitz, lo primero que hizo fue abrirles las puertas a miles de hombres, mujeres y niños que los nazis, antes de salir huyendo, allí habían abandonado. También cuenta que una vez todo se hubo desalojado, un cabo y un soldado descendieron a un sótano del cual parecía venir un temblor de luz, y encontraron 4 famélicos sentados en la tierra en la postura del buda. Ensimismados, lanzaban un dado de números semiborrados sobre un tablero de parchís dibujado en el suelo con la punta de sus chapas de identificación.

Pensó que el instinto de supervivencia y la búsqueda de la felicidad —por diminuta que sea— permanecen intactos en el ser humano hasta en las situaciones más lamentables. Recordó de pronto las palabras serenas de la joven, que sin ser consciente aún de lo que le estaba sucediendo, mostraba una entereza y un valor dignos de reconocimiento y admiración. [La segunda acepción de la palabra azar es desgracia imprevista. Coincido con Agustín Fernández Mallo cuando dice, en Nocilla Experience, que el mundo se rige por el azar de un parchís, no por las mecánicas leyes del ajedrez. Si hay algo a lo que no se parece nada la vida —creo, con el escritor gallego— es al juego del ajedrez, en el que todas las partidas ya están escritas, sólo hay que analizarlas con un programa informático]. El azar —casualidad, caso fortuito: su primera acepción— ha querido que ese día, cuya primera claridad asomaba discreta entre los huecos de la persiana, resultase diferente a los demás: más largo, emocionante, intenso, decisivo y numérico. Su último pensamiento antes de ponerse en pie: si nos han contado que la física es capaz de explicar las emociones, alguien debería escribir un libro que se llamara Ley D´Hont y trastornos del sueño.

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