Algún té ácido

1 03 2008

   Se acababan de ir los operarios de la mueblería, que, diligentes, reforzaron las baldas del mueble del salón, si es que se puede llamar salón a una estancia abierta que no está separada por ningún tabique, ni permanente ni provisional, de la habitación si es que se puede llamar habitación…, ni de la cocina la misma historia que para el salón y la habitación. En fin, estaba sólo, si bien dulcemente acompañado por la extraordinaria voz de María Callas que lloraba Norma de Bellini. Hay cosas que es mejor hacerlas sólo. Y escuchar a La Diva era —para él— una de ellas.
   «Deberían poner en los colegios una clase semanal en la que se disfrutase de la más bella música. Sería, desde luego, mucho más educativa y enriquecedora que aquella de pretecnología; debíamos ser un país muy atrasado para tener una asignatura con ese nombre. Recuerdo esas tablas de ocumen, esas sierras cuyos dientes se quedaban atrapados en la madera, por culpa de un movimiento en falso, y se doblaban o partían en función de su propia elección. Me vienen a la memoria, también, esas instalaciones eléctricas con tres cables y una bombilla, con las que alguna vez conseguíamos iluminar un centímetro cuadrado de la clase.»
   »Lo único bueno que tenía esa asignatura era su profesor: su maestro. Que lo mismo podría haber dado esa clase como cualquier otra que le hubieran encomendado. Todo era cuestión de ilusión, ganas de aprender, y amor por la profesión. Y, en eso, mi profesor de pretecnología ese año también lo fue de matemáticas y ciencias naturales no tenía rival.
   Hacía pocos minutos que había apagado la calefacción, por lo que la estancia permanecía bien caldeada. Fuera, la oscuridad reinaba y los sonidos del día iban dejando paso a la quietud y el riesgo de la noche. María seguía deleitando a la audiencia, unipersonal e intransferible en este caso: en esta casa.
   Sonó el timbre de la puerta, y entró ella con una bolsa blanca y con cara de haber tomado un café conversado con amigas. No sabría explicarlo bien, pero es esa cara relajada y curiosa; es esa cara comprendida y habladora.
   —¿Vamos a ir al cine? —le dijo sin dejar que posara la bolsa.
   —Sí, vale, aunque me gustaría arreglarme un poco —contestó, evidenciando menos ganas de las esperadas por su interlocutor.
   —¿Arreglarte para ir al cine? Yo te veo bien —concluyo él, sin darse cuenta de que hay otras personas en el mundo que la podían ver, empezando por ella misma, y no, necesariamente, de la misma forma.
   Calentó agua en el microondas y eligió un té, el crocanti verde, entre las diferentes latas con motivos orientales. Aunque su bebida favorita era el café, tomaba más té, sobre todo en casa. Le sentaba mejor, era como un agente facilitador de la paz interior.
   La música había callado y el silencio envolvía hasta los restos de la vajilla que descansaban, después de fregados, sobre un paño azul, absorbente. A veces —sólo a veces—, los vecinos de arriba quebraban la paz con unos extraños e incomprensibles ruidos. Eran unos ruidos molestos, aunque quizá lógicos en una casa donde pasan cosas habituales: gente que se mueve, niños corriendo por algún estrecho pasillo, vasos que caen sobre el azulejo blanco de la cocina y se rompen en mil doscientos pedazos, muebles arrastrados, sin excesivo mimo, de un lado a otro del comedor, y palabras que, expulsadas sin motivo de las bocas menos pensadas, al tomar contacto con el suelo producen un estallido sereno, sólo comparable al que provoca el desplome de los elefantes  abatidos a tiros por el último y brutal cazador conocido de la sabana africana.
   Decidió llenar el tremendo vacío leyendo, y optó por El callejón de los milagros, de Naguib Mahfuz, que esperaba su turno, pacientemente, sobre la mesita. Pensó que había que agradecer a los grandes escritores árabes por hacer aún más bellas algunas palabras —y la suma de éstas—, para deleite absoluto de los sentidos. Encendió una barrita de incienso por aquello de lograr un ambiente lo más parecido a las calles de El Cairo, pero la faltaron tantas cosas, y las echó tanto de menos, que decidió suspender su personal viaje.
   El último sorbo del té —el té en sí— le produjo cierta acidez y un ligero desánimo, que quiso vencer recordando a aquel maestro de pretecnología, matemáticas, y ciencias naturales, que le enseñó, sin pretenderlo quizá, que la vida tiene mucho de ácida; ser consciente de ello —obrando en consecuencia— te otorga una ventaja casi decisiva sobre el resto del mundo.

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One response

1 03 2008
quiero ir a cuba

Todo me resulta tan familiar, los espacios abiertos, la ópera, el té y hasta ese maestro de pretecnología.

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