Venció la belleza

22 02 2008

Reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo,
ese viaje hacia la nada que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada la belleza.

La belleza, de Luis Eduardo Aute

Cortó la naranja separando una mitad de otra, y presionó sobre el exprimidor, que no respondió al impulso, y, al mismo tiempo que emitía un aborto de ruido, decidió no moverse, ni girar sobre sí mismo para hacer el milagro del zumo. No le importó porque en el frigorífico había un tetrabrik, que resultó ser un digno sustituto del líquido natural. Bebió dos vasos, uno detrás de otro y casi sin respirar, mientras iba engullendo una rebanada de pan tostado, con tomate, aceite, sal, acompañada por una loncha de queso y otra de jamón cocido. El café tardó menos en salir que la terrible pereza que le daba abandonar aquel blanco tan limpio, insultantemente pulcro, sincero y acogedor. La crema, que parecía creada por un ser superior, cubría completamente el líquido entre marrón y negro, cuyo aroma se había apropiado de la estancia, en un acto casi revolucionario, y, desde luego, mágico. Su boca salivaba, quizá atraída por la consciencia de que el contenido de la taza blanca, con pintas negras, iba a resultarle tan preciado como el último tesoro escondido por Edward Teach —más conocido como Barbanegra—, en las aguas del Caribe.

Con el dedo índice de su mano derecha apretó el interruptor que tenía más cerca, para apagar una fila de halógenos, que, con su luz intensa, mostraban más de lo necesario a primera hora de la mañana. En esos momentos, sólo se necesita ver lo que ocurre encima del silestone gris de la cocina, que es donde se encuentra el ecosistema que contribuye, sin pedir nada a cambio, a un desayuno perfecto. La radio, que sonaba cada vez más lejana, acompañaba el compás de los cuerpos que se movían lentos, casi sin ganas, como aún dormidos, y deseosos de volver al estado de sueño. Y digo cuerpos, porque no estaba sólo. Otro organismo soñoliento, colmado de llamativas rayas horizontales, competía por las mismas sensaciones. Lo cierto es que la pugna estaba amañada: habían decidido entrar juntos a la meta.

 

Los primeros rayos de un sol más madrugador que certero, empezaron a hacerse fuertes entre las hendijas, como anunciando que fuera ya estaba todo preparado para la rutina diaria. Buscaron un millón y medio de excusas, pero todas fueron desechadas porque, al final, pesa más la maldita y traída responsabilidad —cuando está comprobado, empíricamente, que no hay nada más responsable que hacer lo que dicta el cuerpo, si por cuerpo entendemos algo más que ese conjunto de órganos que, a veces, hasta funcionan—, y terminaron dejando atrás el blanco, que ahora parecía menos pulcro, y encontrándose de golpe con el olor a bruma, que es tan denso que ocupa todos los espacios vacíos, y pretende con ambición desmedida desalojar los llenos. El recuerdo del descanso inmóvil, del respiro quieto, y de la sosegada pausa, inundarán, sin duda, cada uno de los actos que tendrán lugar —sin excesiva trascendencia— en el día en que, por fin, la belleza venció la madre de todas las batallas.

 

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