Losing

19 02 2008

Fuera llovía; poco: chispeaba. La jornada se había hecho más larga de lo normal; una reunión interminable que había ocupado toda la mañana tenía la culpa. Ni un minuto para salir a tomar un café, ni para el mínimo descanso; así que tuvo que hacerlo en medio de la sala, mientras el resto de compañeros debatían acerca de los objetivos de la empresa, desconectó tanto que no sabía ni donde estaba; incluso se sorprendió a sí mismo —porque nadie le prestaba atención— mirando por la ventana el sol de la mañana, que hacía de las suyas tiñendo de potentes rayos ultravioletas las calles y las plazas; y con ellas a la gente, que ponía la otra mejilla, motivada por el calor que desprendía el astro rey. Llegó cansado a la hora de salir de la oficina, pero no de trabajar, si no cansado.

Como os decía, llovía; poco: chispeaba. Al entrar al bar, reconoció los acordes de Losing My Religion de REM, y decidió que era una buena canción para empezar, con buen pie, el otro día. Intentó recordar la primera vez que la había escuchado, pero le resultó tan complicado que le empezó a doler la cabeza —el cerebro, en realidad— del esfuerzo. Hay pocas cosas tan difíciles como intentar hacerse una idea de qué día y en qué momento uno escuchó, en una primera ocasión, esta u otra canción. Incluso los que hacen las canciones, tienen que emplearse a fondo para recordarlo —aunque éstos tienen la posibilidad de ponerle al folio en blanco, donde han escrito las letras y destacado en negrita los acordes, una fecha que deje constancia del extraordinario momento de la creación artística—. Enric envidiaba a las personas que eran capaces de escribir unos versos, sentidos y apropiados, dignos de recibir el nombre de canción. Esos dioses todopoderosos —creía— sí que podían acordarse, repasando sus emociones, de en qué momento escucharon, por primera vez, este o aquél tema. Esas historias que surgen por algún conducto no conocido, ni conquistado, es decir: libre; llegando, sin prisa pero con determinación, a las articulaciones de los brazos, y de ahí a las manos, terminando en los finos y clarificadores dedos, capaces de hacer el boceto aproximado de las letras que formaban las palabras necesarias para expresar las cosas que se les iban ocurriendo; que iban vomitando sin decoro ninguno, y con unas ganas de revancha tan sustanciosas como mal pagadas.

Volvió a la realidad del lugar, cuando escuchó al camarero —nuevo, otra vez, por aquello de la constante movilidad: el eufemismo moderno del despido libre— preguntarle qué quería. ¿Qué quería? No era sencillo responder. Aunque, quizá, aquél empleado de la hostelería —que no parecía como los de antes, claro: los de antes sí que eran camareros—  no necesitaba saber nada más allá de lo que le apetecía beber, Enric trató de resolver la cuestión planteada, pero en términos más generales e imprecisos; más filosóficos, más crudos, más como la vida misma, vamos. Había perdido, ya, la cuenta de las veces que se había hecho esa pregunta antes de ese día, de esa tarde después de una jornada larga y sin nada que destacar. Él quería ser feliz y vivir tranquilo. Tan sencillo como imposible de conseguir en una sociedad moderna como la que se nos impone cada día, casi sin darnos cuenta; cuando lo hacemos, inmediatamente justificamos la profunda y peligrosa alienación con frases como: hay que adaptarse a los nuevos tiempos, porque si no nos devorará la brecha digital o la tecnología nos hace la vida mucho más sencilla, y todos debemos participar del culto a su celestial existencia.

Dos o tres minutos después —seguramente fue menos tiempo pero no tengo datos al respecto—, el camarero se había cansado de repetir en voz alta la pregunta, intentando llamar la atención de Enric, y había decidido servir a un cliente que, sentado en una banqueta alta de madera oscura, le llevaba haciendo gestos un buen rato, desde el fondo de la barra. De tanto pensar le entró sueño, y creyó que lo mejor sería irse a casa, y continuar la reflexión interna en algún lugar apartado de camareros, que ya no son como los de antes, y de clientes que no tienen paciencia. Sobre todo, apartado de líquidos que varíen, en un decisivo porcentaje, su percepción de las cosas. Pensó que ese estado de feliz mareo, hoy rechazado por una extraña razón, pero que le acompañaba siempre que pasaba más de media hora en aquél local, hubiera sido el apropiado para acordarse de en qué fecha y dónde escuchó por primera vez Don´t Be Cruel, de Elvis —que sonaba, como improvisada dedicatoria, justo en ese instante—, y, lo más importante, para ser capaz de escribir la letra, y también la música, de un tema como Mojándolo todo, de Luis Eduardo Aute.

Salió malhumorado del bar, y con tres cervezas menos, y tomó rumbo a casa, esperando no encontrarse con nadie conocido por el camino, porque sería muy desagradable tener que gritarle y huir corriendo. Porque eso era lo que la apetecía, lo que le pedía el cuerpo en ese caso. Por suerte, las luces iban perdiendo fuerza, y el abrigo negro hizo de barrera visual para defenderse, vigoroso, de las personas con las que compartía acera, semáforos, y quioscos, en esa zona de la ciudad en la que todo parece de mentira, porque la verdad no es esa, la verdad es la que se cae y ya nunca vuelve para contarnos que tenía razón; que para eso la llaman la verdad.

Unos meses más tarde, pretendió alcanzar la luna de un salto y la desilusión que le produjo errar en el intento, le llevó a lanzarse al vacío desde lo alto del campanario de la primera iglesia que vio a su paso, y a la que pudo entrar por estar en esas fechas, tan señaladas en el calendario —que no sé muy bien lo que quiere decir, pero que siempre queda bien y doy sensación de leído—,  en horario continuado de culto. No quedó constancia, nunca, de que nadie le echara de menos, ni siquiera el camarero que aún esperaba respuesta a su educado y moderno servicio de hostelería. Enric nunca salió de su propia caída; se quedó en ella para siempre, lamentándose, desdeñando cualquier solución a su pena, dilapidando con maneras de sesudo perdedor todas sus esperanzas, que no eran pocas, pero sí estaban —y eso quedó absolutamente claro— muy mal llevadas.

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