Dos o tres pintas

9 02 2008

Hacía menos frío de lo que indicaba el calendario. La bufanda que hizo de dique ante el viento helado de primera hora de la mañana, no parecía tan útil en el tiempo en el que la tarde va cayendo. La tarde no cae sola, lo hace escoltada por los biorritmos de las personas que vagan, sin levantar la mirada del suelo, por las calles de la ciudad cada vez más adormecida. A esas horas, en que la oscuridad se va adueñando de todo —hasta de sí misma—, ya no conoces a nadie. No es hora de saludar, ni de pararte a hablar con ninguno de los abrigos que pasan a tu lado; ni, por supuesto, de comentar con el compañero de ascensor el tiempo que hace. Sólo buscas salir de la rutina, huir de las mismas caras, anhelar otros papeles: ser el actor protagonista de miradas perdidas que inventan vidas… Es hora, pues, de entrar en una taberna medio vacía —en la que el humo del tabaco es todavía ese delicado aroma que asume su condición de actor de reparto—, esperando no encontrar a nadie conocido; descansar un rato, con la única compañía de una cerveza que se deja beber tan fácil como desees; si acaso algún libro, o un periódico deportivo, o la televisión de fondo, sin volumen, o la música que suena distinta a la de tu casa, o la camarera que, sin ocultar su acento, te dice sonriendo que una pinta de Murphys son cuatro euros.

Pero, últimamente, siempre hay alguien conocido, y aún así te sientas en la barra —al descubierto—, porque has decidido que el fondo de la taberna está demasiado desguarnecido y hace algo de frío, y así también puedes ver quién entra y quién sale, si te apetece, y porque te da igual lo que piense la gente —lo cuál es todo un avance—. Bebes unos tragos de cerveza, piensas que está deliciosa, que es casi medicinal, y abres un libro —el que toque—. Te cuesta concentrarte, por el ruido que hacen las palabras cuando no se usan para hablar si no para imponerse, y porque notas un par de ojos que se clavan, de vez en cuando, en el metro cúbico que ocupas, y piensas que la próxima vez que lo hagan protestarás enérgicamente por la desagradable violación de tu intimidad personal.

No encuentras nada raro en tomar dos pintas, o tres, leer un poco, que te entre hambre, mirar a la gente que abre y cierra la puerta del local con indiferencia, e intercambiar algunas palabras —las suyas con acento, las tuyas también— con la camarera que, de tan delgada, parece que su pantalón tuviera sólo una pernera. Más raras son esas mesas, que son de cuatro pero las ocupan ocho —más los abrigos y las bufandas—, de las que sale humo, y no sólo de los cigarros, y en las que las palabras se atropellan unas a otras, y las personas hacen lo mismo, y no se entienden, porque no se escuchan, y no sale nada productivo, porque sólo se trata de pasar el rato —de perder el tiempo, sin duda—; para eso prefiero sentarme aquí en la barra, tomarme dos pintas, o tres, leer un poco, que me entre hambre, y mirar a la gente que abre y cierra la puerta del local con indiferencia. Decirle a la camarera de la sonrisa con acento, y la pernera solitaria de un pantalón Lee, que si, por favor, me pone otra —señalando la jarra vacía—, y pensar que debería ir a comer algo, antes de que la cerveza termine adueñándose de todas las células de mi cuerpo.

 

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One response

9 02 2008
Luis Marañón

Resulta fundamental, a veces, que el humo se mezcle con los vaqueros LEE de una sóla pierna. Yo, que prefiero los tragos cortos y que me fijo en la camarera sin que se me note tanto (je), tengo que decirte, amigo, que a mi me sonríe más que a ti, a pesar de que yo no sabría convertirla en discreta protagonista transversal de un post tan bonito como este. Que fluyan las pintas.

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