Desayuno con mejillas

23 01 2008

A Truman Capote por dejar que Henry Mancini imaginase
Moon River en el pentagrama de los labios de Audrey

OTRA vez se había levantado demasiado tarde. El despertador sonó como siempre a las siete, pero la vuelta de rigor apurando los últimos y placenteros minutos de sueño se convirtió en que, en la siguiente ocasión que abrió los ojos, el reloj-despertador marcaba las ocho y diez. De un salto —es un decir— se incorporó a la vida real, abrió el grifo del agua caliente del lavabo, la dejó salir un rato para que hiciese honor a su apellido, se embadurnó la cara con crema de afeitar y se miró, por primera vez, en el espejo. No vio nada extraño así que, una vez hecha la innecesaria comprobación, continuó con su higiénica rutina. Ya tocaba cambiar de cuchilla —rascaba un poco— pero no encontró en los cajones el alivio que necesitaba su castigada piel. Se quitó el pijama gris y se metió en la ducha, de la que salió en dos minutos porque no estaba la cosa como para recrearse. Un poco de crema por todo el cuerpo, afición que había adquirido hacía poco y que le reportaba bastante satisfacción, calcetines, calzoncillo, pantalones, cinturón, camisa, chaqueta, la cartera escondida, y abrigo. Salió a la calle sin desayunar, algo que ocurría a menudo, y cuando era así el frío se le metía por el cuerpo, y se refugiaba en el estómago desprotegido y vacío, donde se quedaba hasta que era expulsado por una salvadora taza de café de cualquier bar de camino al trabajo. Esta vez paró en el primero que vio abierto, en la acera izquierda, por donde va siempre (no hay que descartar que sea por una cuestión ideológica). Entró en ese bar porque no había demasiada gente y pensó que quizá todavía no estaría demasiado ocupado por el humo de los fumadores empedernidos que encienden cigarros antes y después del café, y antes y después de todo. Pidió un cortado y un pincho de tortilla francesa, jamón y queso, que tenía buena pinta a pesar de que el pan de molde estaba demasiado tostado, por no decir casi quemado. Por hacer algo, cogió un periódico deportivo —el único que estaba libre— y lo hojeó sin demasiado interés, mientras le daba el primer sorbo al café reparador. Engullió de un bocado el pincho que, definitivamente, estaba quemado, y buscó con la mirada al camarero para preguntar por lo que se debía. No lo encontró detrás de la barra, tampoco fuera de ella, pero sí más allá de la puerta del bar, donde había salido para saludar a una chica, con la que, justo en ese momento, entraba en el local hablando como lo hacen dos personas que se conocen, preguntándose por sus cosas, interesándose por sus respectivas vidas; lo típico de alguien que se encuentra con un conocido al que hace un tiempo que no ve. Miró al camarero, que volvía a su sitio dentro de la barra, antes de mirarla por primera vez a ella. Ese tiempo de demora resultó ser el feliz causante de que, en el instante en que pudo ver su rostro, tuviera ya las deliciosas marcas del contraste del frío y el calor: sus mejillas estaban coloreadas de un rojo tan suave como sugerente, y dulce, y casi infantil —de cuento—; lo que las hacía parecer, y seguro ser, más carnosas, suaves y confortables para sus manos (no pensó, de ninguna manera, que también lo serían para otras manos distintas a las suyas). La miró varias veces, deteniéndose en cada detalle —era casi tan bonita como sus colores—, mientras ella hablaba con el camarero sabiendo, porque esas cosas se saben, que podía contar hasta cuatro y esos eran los ojos que estaban posados en sus palabras, y en su boca, y en su forzada sonrisa, que, de dormida, resultaba incluso más necesaria. Maldijo haber terminado tan pronto el café, y el pincho quemado, y la prisa que tenía, y su propia incapacidad para hacer otra cosa que salir por la puerta de ese bar con la única novedad en su vida de haberse fijado en unas mejillas, únicas y definitivas, que podrían generar más energía —de la buena: la que mueve el mundo— que todas las centrales nucleares de este mundo juntas.

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