La horma de mi cabeza

29 12 2007

Ayer llegué medio dormido a casa. American Gangster nos tuvo sentados en la butaca del cine abarrotado desde las diez a la una menos veinte. Es una película muy recomendable. Quizá haya algún exceso (la heroicidad de los dos protagonistas) en la trama, pero estéticamente es brillante, y Denzel y Russel están exquisitos. Me costó dormirme. Leí un poco y di muchas vueltas. Alrededor de las cuatro de la madrugada, encontré la paz al posar mi cabeza en el hueco que se abre entre las dos almohadas que se reparten, no sin cierta disputa, el ancho de mi cama. Al sur las sábanas frias, al este y al oeste cada una de las almohadas gemelas, y al norte el tranquilizador techo amarillo pastel de la habitación. En ese momento, pensé que había encontrado la perfecta horma de mi cabeza. Mi felicidad era tal que quise escribir algo en mi cuaderno, pero enseguida me di cuenta que sería difícil de explicar si alguien, al despertarse por el ruido del contacto entre el bolígrafo y el papel, me preguntaba por lo que estaba haciendo. Deseché la idea, pero repetí varias veces “la horma de mi cabeza”, para que al despertarme, por la mañana, no se me olvidase. Hace un rato, desayunando, me he acordado de la horma de mi cabeza. Ha surgido sin esfuerzo, casi con una sonrisa en la boca pero, violentamente, ha vuelto la necesidad de escribir sobre ello. Cuando eso pasa, es mejor no llevar la contraria, porque puede ser fatal.
En el camino hacia el destino, he ojeado Babelia. Hacen una selección de los diez mejores libros del año 2007. Algunos ya me los habían recomendado (se avivan las ganas de leerlos), pero no está ninguno de la lista de más de cincuenta títulos que he elaborado y difundido entre familia y allegados para que me puedan regalar en estas fechas. Es la primera vez que lo hago, pero creo que ha sido un acierto. A ellos les evito aquello de pensar en un libro que me vaya a gustar, y yo voy completando una biblioteca, más o menos decente, con algunos libros imprescindibles. Hoy, mientras desayunaba una tostada con mantequilla y mermelada, zumo de naranja y café en una cafetería de Vargas, y justo después de acordarme de la horma de mi cabeza, me entraron ganas de ver ya los libros, tocarlos, olerlos (hay pocos olores tan estupefacientes como los de un libro nuevo), pasar mis dedos curiosos por sus cubiertas y sus hojas, ver las ilustraciones si las tienen, ojear los capítulos, leer las reseñas, ordenarlos, o buscar sitio para ellos en las estanterías que se han ido haciendo grandes y pequeñas a la vez. La suerte que tengo con la horma de mi cabeza es su capacidad de adaptarse a los cambios. Quizá sea su mejor virtud.

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4 responses

29 12 2007
mariasane

Jefitito… Tú estás seguro de que esa cabeza (“el cabecilla de este grupo de jóvenes…”) tiene posibilidad de horma alguna??? No sé, no sé…

29 12 2007
Raúl Gil

Era consciente de que lo estaba poniendo a huevo…jeje

29 12 2007
bhr

Estoy de acuerdo,el olor de un libro nuevo es algo maravilloso, ya nos diras alguno de esos titulos, ……feliz año

30 12 2007
Raúl Gil

He descubierto los paquetes (muchos) en casa, pero no me han dejado abrirlos. Habrà que esperar…

Feliz año para ti, también.

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