Sábado de frío

15 12 2007

Es sábado y hace frío. Como he dejado la calefacción funcionando toda la noche, con el termostato a diecinueve grados, no puedo certificarlo en mi propio cuerpo, pero al subir la persiana de mi habitación, un simple vistazo al desfile de abrigos y bufandas me lo ha dejado más o menos claro. Subo la radio para escuchar a Angels hablar del fomento de la lectura entre los más jóvenes, al respecto de los datos de PISA. La clave está en casa, en un ámbito informal como el familiar. Es cierto que los maestros y profesores pueden corregir deficiencias, guiar y animar (también algunos pueden hacer y hacen todo lo contrario), y que hay niños más despiertos, y con más querencia por los libros que otros, pero lo fundamental sucede entre las cuatro paredes donde vives.
En mi casa, siempre ha habido libros en todas las habitaciones; incluso en la cocina y el baño. Mi padre, en sus comienzos en la escuela, fue profesor de Lengua y Francés (luego en su admirable afán por la formación continua, se pasó a Matemáticas y Ciencias), y a mi madre la recuerdo, desde siempre también, con un libro entre las manos. Era como el maravilloso anuncio del Ministerio de Cultura de Si tú lees, ellos leen. No sé si leían solo por el placer de la lectura (uno de los mayores de la vida, como dice Federico Luppi en Martín H), o también había algo de querer transmitir unos determinados valores. El caso es que lo hicieron y, desde muy pequeño, tanto que me da rubor decirlo, los libros pasaron a formar parte de mi vida, en un lugar muy destacado. Lo de mi hermana fue peor (mejor) todavía. Cada noche, mi madre le leía Margarita, de Rubén Darío:

Margarita esta linda
la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de
azahar,

yo siento
en el alma una
alondra cantar
tu acento.
Margarita, te voy a
contar un cuento…

Un día, justo antes de cumplir los tres años, cogió el libro y lo leyó parándose en las comas, en los puntos, casi entonando. En realidad, se lo había aprendido de memoria de tanto escucharlo, pero estuvimos a punto de mandarla a uno de esos horribles programas de niños prodigio; lo que pasa es que por esa época no había ninguno, y no pudimos hacernos ricos a su costa. Hizo lo mismo con un cómic de Lucky Lucke, por lo que descartamos que se hubiera aficionado, singularmente, desde tan temprana edad a la poesía latinoamericana del siglo XX.
Si hay un libro que recuerde, de aquella época, aparte de la colección completa de Astérix, con la que aprendí historia, geografía y un especial interés por las diferentes recetas para cocinar el jabalí, es La historia interminable, de Michael Ende. La imagen (y el contenido) de ese libro marrón oscuro (desde que desgastamos, hasta reducirla a la nada, la cubierta original de la que ya no recuerdo su color), me ha perseguido y me perseguirá siempre. Quizá por eso el escritor alemán lo tituló de esa manera. Se puede decir que fue el primer libro que me impactó lo suficiente como para hacerlo parte de mí. Algo que no han conseguido tantos como yo habría querido. Me hubiera gustado apuntar en un cuaderno todos los cuentos, poemas, relatos, novelas, comics, etc, que he leído, pero nunca tuve esa brillante idea. Además, tengo mala memoria y, encima, de mi casa en Santoña han ido desapareciendo libros, con un balance negativo, a pesar de todas las adquisiciones de estos años. Supongo que buena parte de ellos estarán en Alemania; otros en casa de alguna de mis tías; alguno huyó, aprovechando el aleteo de las hojas, buscando ocupaciones más tranquilas; y otros, los que más, se fueron el día en que todos nos volvimos más tristes.
Recuerdo que tuve una época de sequía lectora: los tiempos del instituto. Allí me di cuenta que lo de representar a los alumnos, y denunciar las malas prácticas de algún que otro aprendiz de caudillo, era algo que me entusiasmaba. Lo malo es que, a la vez, descubrí lo interesante que era hacer el ganso, los primeros amores serios, el calimocho, el ambiente del fumadero, y las risas que provocaban entre mis compañeros de clase mis diálogos, rayando la falta de respeto, con los profesores. En fin, que no tenía mucho tiempo para leer, y además cometí el error de optar por la optativa de dibujo técnico, en detrimento de literatura.
La vida de estudiante de alquiler en Santander despertó, nuevamente, mi afición por la lectura, y los delgados pasillos de la biblioteca del interfacultativo siempre me llevaban a la zona frecuentada por los matriculados en magisterio, lo que no me ayudaba, nada, académicamente, pero sí personalmente, supongo. Transversalmente, para modelar a ese joven rebelde, las lecturas políticas siempre han estado presentes en mi vida: desde las memorias del Ché, Carrillo, Mandela, Brandt, El capital de Marx, hasta cualquier intervención o programa marco que pasase por mis manos, pasando por artículos, comentarios o estudios de derecho político comparado (hasta conseguir, entre otras cosas, el dudoso logro hacerme experto en la Constitución de Cuba de 1976). Esas lecturas, más actualizadas claro, las he ido complementando con libros sobre talento, liderazgo y creatividad, lo que me provoca una frustración constante, ya que son palabras tan bonitas como extrañas en el entorno más cercano. Esa circunstancia ha conseguido que, de un tiempo a esta parte, las novelas, los cuentos y la poesía, vuelvan a ganar por goleada a los ensayos, lo que siempre es mucho más saludable.
Al final, los libros siempre han estado (están) ahí; son grandes e insustituibles compañeros, evocadores de sentimientos y dignos depositarios de nuestra máxima confianza. También son multiplicadores de historias. Como dice hoy Muñoz Molina, en Babelia, “soy lo que he leído”. Una vez dicho todo esto, continúo con el segundo capítulo de El mundo de Juanjo Millás, dándole antes las gracias por traerme estos recuerdos.

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10 responses

16 12 2007
Isr@

Post cojonudo,el mejor de los que he leido y ya tienes unos cuantos,por eso merece que le ponga un comentario…..Por desgracia esa mala costumbre de leer y leer tuya la he adquirido de poco tiempo acá…..
Por cieto,mañana me corto pelo Je Je……

17 12 2007
Raúl Gil

Hola Isr@, gracias por pasarte. Si tú te cortas el pelo, yo llevo mi dedo gordo del pie a naturhouse…jeje

17 12 2007
tiempodedescuento

Jefitooo, yo tb estoy leyendo El Mundo¡ Me ha encantado el post¡ Besis…

17 12 2007
Raúl Gil

Yo no lo he leído entero, todavía, porque me gusta la lectura por jirones, así que volveré con Millás al mediodía o esta tarde. Ayer, por cambiar un poco, empecé La invitada de Simone de Beauvoir y me está gustando (usa más que tú el punto y coma, que ya es decir). Lo malo de este hábito es que debo tener unos cuantos libros esperando a que los termine.

17 12 2007
Raquel

Muy bonito, Rulo

17 12 2007
Raúl Gil

Danke Reichel. Te debo lo que te corresponde de los royalties por tu aparición estelar…

17 12 2007
charo

Estaba esperando el comentario de Raquelita. Ahora estoy más contenta, si cabe.
Besos

18 12 2007
Rukaegos

Me gusta el post, y siempre es enternecedor comprobar cómo muchos lectores tenemos en la mochila títulos comunes. La colección de Astérix es, claro, fundamental. De hecho todavía colecciono la frase “están locos estos romanos” en diferentes idiomas, manías raras de uno. Y por leer de un golpe La historia interminable, falté a un parcial de civil en la uni.

En fin … que mucho frío, sí, pero mejores libros. Aunque para ambientarme con las heladas y quitarme la ñoñería navideña de encima yo ande leyendo uno estremecedor y brutal: Las benévolas, de Johnatan Littell.

Un saludo, que hace mucho que no nos vemos.

18 12 2007
Raúl Gil

Te vi de lejos, el sábado en el Palacio; te perdí la pista, cuando los visones y el votox botox se levantaron precipitados, antes de terminar el espectáculo. Aunque la música lied no me entusiasma demasiado, me gustó el espectáculo; salí horrorizado del comportamiento de parte del público. Incluso, a ratos, se podía escuchar a alguien roncar.

Me apunto Las benévolas para mi lista de regalos de este año.

18 12 2007
tiempodedescuento

Si te digo que tengo cuatro libros empezados… Debe de ser un mal común ése tuyo, ¿que no?

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