Estar a la altura

10 12 2007

Viene a decir Daniel Innerarity, el pensador de cabecera de Miquel Iceta, del que me estoy haciendo seguidor, que la política es el arte de tomar las mejores decisiones en un entorno dominado por la contingencia; que a los políticos lo que se les pide es la mayor cercanía posible entre lo que habría que hacer y lo que al final se hace; que en la virtud está, también, reconocer la propia incapacidad para hacer frente a determinadas situaciones; y que hay cosas que están (deben estar) en el ámbito de la ingobernabilidad, como parte de los mecanismos de defensa del sistema. En sucesos como el de este fin de semana en el Cabildo de Arriba (derrumbe de un edificio en el centro de una capital del primer mundo), es cuando los políticos se ponen a prueba, y lo hacen sin parapetos, sin nada que les proteja: es la política en carne viva. Ante esta situación, hay quienes optan por moverse en los odiosos lugares comunes, otros por necesarios ejercicios de responsabilidad; hay quienes, en parte, prefieren obviar la realidad, y también hay algunos, los menos, que pretenden sacar tajada de todo. En fin, que ahora toca, como dice Innerarity, hacer lo mejor con los medios (limitados) de los que se dispone. No es el momento de sacar tajada (ante hechos así, nunca debería serlo), y eso es algo que ha entendido bien (como siempre) un político responsable como Jesús Cabezón, y mal, por ejemplo, quien, mientras trabajaban los bomberos, se sentaba en un plató televisivo junto a Urdaci, sin reparar en que, desde hace más de doce años, la política regional de vivienda está bajo su directa responsabilidad. Mientras tanto, el Alcalde ha estado correcto en las formas y (más o menos) acertado en el timing de (obligadas) decisiones, aunque le ha faltado (¡imperdonable!) hacer un ejercicio de sinceridad necesario (y que le deja un importante flanco abierto a la crítica). No se ha caído un edificio por casualidad. No se puede descontextualizar el hecho concreto del derrumbe de un inmueble, de una realidad conocida y comprobada que es el deterioro inhumano de todo un barrio, para centrarse solo en la responsabilidad (que la hay) de la empresa que estaba haciendo obras no autorizadas (¿para qué está la inspección?) en el edificio anexo. Me hubiera gustado escuchar, del Alcalde, un reconocimiento de la indecencia que supone que haya zonas en Santander en ese estado de degradación urbanística y social. Me da igual que sea en el centro que en la periferia. Santander deja mucho que desear, y eso es fruto de una errática política urbanística (desde el comienzo de los tiempos) y de una ausencia total de proyecto de ciudad. Y aquí el máximo (y casi único) responsable es el Partido Popular, que piensa que Santander son solo dos o tres calles. Al final, lo que hay es una inseguridad creciente instalada en parte de la ciudadanía, que siente que no está libre de ser víctima de un suceso tan desgraciado y lamentable como el del sábado. Y ante ello, el usurpador de la opinión vecinal, portavoz eterno de la FECAV, le pide al Ayuntamiento “un incremento de la actividad”, destaca su “voluntad de diálogo”, y le echa la culpa al “despropósito de las autoridades en el pasado inmediato respecto de su mantenimiento”. En resumen: demasiada mediocridad para tan importante problema, en el que nos jugamos nuestra dignidad como ciudad, por lo que todos deberíamos hacer un esfuerzo para estar a la altura.

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13 12 2007

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