El secreto de la lluvia

27 11 2007

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje. 

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante. 

FEDERICO GARCÍA LORCA, en Lluvia.

La lluvia ha irrumpido, con fuerza, en nuestras vidas, tornando la calle en un lugar de tránsito rápido en el que nadie quiere estar, por no mojarse o pasar frío. Es una de las incógnitas de la humanidad: sabemos que la lluvia existe, llevamos viviendo con ella desde que nacimos, pero no acabamos de acostumbrarnos; de eso se aprovecha para cambiar nuestros planes, para convertirnos en indefensos viandantes que van de un sitio a otro, con un gesto molesto en el rostro, maldiciendo el chaparrón que azota nuestros paragüas; eso cuando los tenemos. Mi vida entre semana transcurre, siempre, por las mismas calles. Siempre las mismas aceras, las mismas esquinas, los mismos comercios, los mismos olores: a café, por la mañana pronto; unas horas más tarde a tortilla recién hecha; y a la hora de comer a platos más elaborados, que me hacen salivar, mientras acelero la marcha para llegar pronto a casa y precipitarme, violento, sobre el frigorífico. Cuando llueve, y ese ha sido el caso los últimos días, los olores se diluyen, llegan difuminados, a lo que contribuye que pasamos más rápido por delante de todo. A veces ni nos damos cuenta de saludar a las mismas personas de cada día, con las que nos encontramos siempre a la misma hora y en el mismo número de portal de la misma calle. La lluvia consigue que todos seamos unos completos desconocidos. Es capaz, incluso, de hacer que pase de largo del dieciséis del Paseo Pereda, y que tenga que volver sobre mis pasos cuando veo el letrero de la Cafetería Fripsia y me doy cuenta de que, otra vez, se ha salido con la suya. Ella se presenta siempre distinta ya que, como buena coqueta, no le gusta repetir modelo. Hay días que opta por trajes largos y entallados, que cubren hasta los pies, y dejan poca libertad de movimientos. Suele usar colores oscuros: sobre todo negros y grises, pero también marrones, aunque, en ocasiones muy especiales, se le ha podido ver luciendo casi todos los tonos de la paleta. Otras veces, los vestidos son cortos, intermitentes, con un corte fino y moderno, siguiendo las recomendaciones de los mejores estilistas de la meteorología. Incluso, no se sabe si para llamar aún más la atención (porque se siente sola), alguna vez se aparece desnuda, sin más tejido que el llanto dulce de sus gotas, que buscan cobijo en el pelo y en los labios de algún desprotegido muchacho. La lluvia late con fuerza en las calles de mi ciudad. Rebota y explota como malherida. Vuelve más desdichada la rutina, que no tiene más remedio que compartir su tristeza con las personas que viven encerradas en ella. Aprovecha que la gente se encierra en sus casas, para disfrutar de la ciudad a su antojo. Juega divertida en los parques, pasea en círculos por las solitarias plazas y corre (casi vuela) por las avenidas sin hacer caso de las señales y dejando atrás todos los coches aparcados a su paso. Hay tardes en las que se la puede escuchar hablando con el viento. No se adivinan palabras, tan solo algún silbido que se pierde en el horizonte. Una noche, de camino a casa, me encontré con el vagabundo loco de mi barrio gritando sus proclamas en medio del incesante chaparrón. Una mirada rápida para darme cuenta de que, en toda la Alameda, sólo estábamos los tres: la lluvia, el loco y yo. Esa vez no sentí pena, ni asco, y me paré junto a él para escucharlo. Decía algo de la lluvia, aunque no se le entendía bien, porque cuánto más gritaba, más intenso se hacía el chaparrón; era como si ella quisiese silenciar sus palabras. Parecía como si estuviesen escritas en un papel, cuya tinta se va emborronando al mojarse. Decidí acercarme más; tanto que podía oler sus palabras. Al fin, conseguí descifrar el mensaje. Seguí caminando hasta casa pensando en ello. A la vez que las palabras del loco rebotaban en mi cabeza, se iban haciendo más pequeñas en medio de la noche. Cerré la puerta, me quité la ropa mojada, me sequé el pelo con una toalla que olía a humedad y me senté en el sillón para ver caer las enormes gotas, a través de la ventana de mi balcón. Puse las noticias y comprobé que, en la costa del sur del país, la lluvia también estaba haciendo de las suyas. Inundando calles, anegando portales y casas, destrozando coches y empujando, con fuerza, hacia ninguna parte a los incautos que osaban ponerse en su camino. Quizá el loco tuviera razón, pensé. Quizá sea cierto que la lluvia necesite deshacerse con fuerza cerca del mar, como cualquiera sintiendo algo parecido. Tal vez sea verdad que en la oscuridad de una noche cerrada, en medio de alguna devastadora tormenta, la lluvia y el mar se encuentran, desnudos y a solas, sin pensar nada más que en ellos mismos. ¡Quién podría condenarlos por eso!

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